1.-
Introducción:
Intentaremos
en este trabajo realizar una síntesis de la cuestión de la fraternidad, de la amistad social y de la categoría "pueblo" utilizadas en la
encíclica “Fratelli Tutti” del Papa Francisco. Nos parece que estos tres temas son de singular relevancia en el documento y que operan como una respuesta
frente a la crisis de la democracia y al auge de los populismos de distintos
signos que florecen en el mundo y en América del Sur.
Tanto la fraternidad como a la amistad social son cuestiones axiales en el documento. Allí el papa Francisco nos ofrece herramientas esenciales para advertir la
urgencia de construir un método que nos ayude a sanar nuestras incontables
heridas y fracturas personales, sociales y comunitarias. Describe las
características más relevantes del escenario político y social de la actualidad
y luego intenta superar el reduccionismo de las ideologías imperantes y de
mostrar la importancia de la fraternidad como estilo de vida, como método de
acción social y como escuela para una nueva política.
El documento magisterial
no pretende resumir la doctrina sobre el amor fraterno, sino detenerse en su
dimensión universal, en su apertura a todos y especialmente en hacerse prójimos
de los que sufren. Señala el Papa, que es un humilde aporte para que, frente a
diversas y actuales formas de eliminar o de ignorar a otros, seamos capaces de
reaccionar con un nuevo sueño de fraternidad y de amistad social que no se
quede en las palabras.
Por eso, nos recuerda
que nadie puede pelear la vida aisladamente y que es necesario una comunidad
que nos sostenga, que nos ayude y en la que nos ayudemos unos a otros a mirar
hacia delante. Sin embargo, nos señala, que la historia de los últimos años da muestras de estar
volviendo atrás. Se encienden conflictos anacrónicos que se consideraban
superados, resurgen nacionalismos cerrados, exasperados, resentidos y
agresivos.
En varios
países una idea de la unidad del pueblo y de la nación, penetrada por diversas
ideologías, crea nuevas formas de egoísmo y de pérdida del sentido social
enmascaradas bajo una supuesta defensa de los intereses nacionales que terminan
generando o agrandando las divisiones sociales y nacionales (FT, n°s. 6 y 11).
Por último, señala que no cede la fiebre consumista y surgen nuevas formas de
autopreservación egoísta, de globalización de la indiferencia y de
hiperinflación del individuo. Todo un elenco de disvalores que oscurecen la
construcción de un “nosotros” y que favorecen una dinámica en donde solo
existen “los otros” que son vistos con temor y desconfianza.
2.-
Estamos frente a un gran desafío por delante:
Francisco ve
este momento como la hora de la verdad, un momento en que se sacuden nuestras
categorías y estilos de vida. Un momento, en donde afrontamos una crisis ante
la cual la pregunta es si saldremos mejores, o si seguiremos inmersos en un
consumismo donde impera la cultura del descarte que no considera ya a las personas como un valor primario que
hay que respetar y amparar, sino que las considera como objetos descartables,
especialmente si son pobres o discapacitadas, si “todavía no son útiles” —como
los no nacidos—, o si “ya no sirven” —como los ancianos— (FT, n° 18). Este
descarte también se expresa en la obsesión por reducir los costos laborales,
que no advierte las graves consecuencias que esto ocasiona, porque el desempleo
que se produce tiene como efecto directo expandir las fronteras de la pobreza (FT, n° 20).
El Papa nos recuerda
que frente a este panorama, existe el peligro de refugiarnos en nuestra zona de
confort, para mantener nuestro statu quo. Pero, como dice
Hölderlin, “donde hay peligro, crece también lo que nos salva”. Así
pues, nos incita a que veamos en esta crisis una oportunidad para soñar en
grande, para comprometernos en lo pequeño, para crear algo nuevo y para aceptar
el desborde de la misericordia de Dios que se derrama rompiendo fronteras
tradicionales.
Frente a la
cultura del descarte y frente al virus de la indiferencia, el Papa propone que
miremos el modelo del buen samaritano. Se trata de un texto que nos invita a
que resurja nuestra vocación de ciudadanos del propio país y del mundo entero,
constructores de un nuevo vínculo social. Es un llamado siempre nuevo, aunque
está escrito como ley fundamental de nuestro ser, para que la sociedad se
encamine a la prosecución del bien común y, a partir de esta finalidad,
reconstruya una y otra vez su orden político y social, su tejido de relaciones,
su proyecto humano. Con sus gestos, el buen samaritano reflejó que «la existencia de cada uno de nosotros está
ligada a la de los demás: la vida no es tiempo que pasa, sino tiempo de
encuentro” (FT, n°66).
La cultura del
servicio y del cuidado; y la convocatoria a la fraternidad humana, la amistad
social y la solidaridad, son los ingredientes fundantes para forjar un nosotros
auténtico que nos contenga a todos. Por eso, nos exhorta a que la fraternidad y
la amistad social se abran paso, sin prisa, pero sin pausa, en los mundos
de la religión, la política, la economía y la cultura.
Asimismo, nos
alienta también a luchar contra la colonización cultural que se concreta
en la tentativa de “imponer un modelo cultural único”, individualista,
consumista e indiferente a los demás, intentando socavar la dimensión
comunitaria y relacional que es connatural a la persona humana.
Nos formula una advertencia profunda ante la promoción de una pérdida
del sentido de la historia que disgrega a las sociedades y les hace perder su
identidad, debilitando aún más los vínculos comunitarios. Denuncia también la
penetración cultural de una especie de “deconstruccionismo”, donde la libertad
humana pretende construirlo todo desde cero provocando un mayor asilamiento de
las personas y una pérdida de sentido cada vez más profundo, dejando en pie
–únicamente- la necesidad de consumir sin límites y la acentuación de muchas
formas de individualismos hedonistas sin contenidos.
Para Francisco "los pueblos que enajenan su tradición, y
por manía imitativa, violencia impositiva, imperdonable negligencia o apatía,
toleran que se les arrebate el alma, pierden, junto con su fisonomía
espiritual, su consistencia moral y, finalmente, su independencia ideológica,
económica y política. Un modo eficaz de licuar la conciencia histórica, el
pensamiento crítico, la lucha por la justicia y los caminos de integración es
vaciar de sentido o manipular las grandes palabras. ¿Qué significan hoy algunas
expresiones como democracia, libertad, justicia, unidad? Han sido manoseadas y
desfiguradas para utilizarlas como instrumento de dominación, como títulos
vacíos de contenido que pueden servir para justificar cualquier acción" (FT,
n° 14).
En efecto, ni
las personas ni las sociedades tenemos existencia por nosotros mismos, sino que
sólo podemos realizarnos en el marco de una comunidad, de un pueblo que también
se realice. Puesto que cada uno es plenamente persona cuando pertenece a un
pueblo y, al mismo tiempo, no hay verdadero pueblo sin respeto al rostro singular
de cada persona.
3.-
La categoría pueblo y la democracia:
En ese orden
de ideas, plantea que la pretensión de instalar el populismo como clave de
lectura de la realidad social, tiene la debilidad de ignorar la legitimidad de
la noción de pueblo. El intento por hacer desaparecer del lenguaje esta
categoría podría llevar a eliminar la misma palabra “democracia” —es decir: el
“gobierno del pueblo”—. No obstante, si se quiere afirmar que la sociedad es
más que la mera suma de los individuos, se necesita la palabra “pueblo”. La
realidad es que hay fenómenos sociales que articulan a las mayorías, que
existen megatendencias y búsquedas comunitarias. También que se puede pensar en
objetivos comunes, más allá de las diferencias, para conformar un proyecto
común. Finalmente, que es muy difícil proyectar algo grande a largo plazo si no
se logra que eso se convierta en un sueño colectivo. Todo esto se encuentra
expresado en el sustantivo “pueblo” y en el adjetivo “popular”. Si no se
incluyen —junto con una sólida crítica a la demagogia— se estaría renunciando a
un aspecto fundamental de la realidad social (FT, n° 157).
Romano Guardini, un
teólogo de enorme influencia en el pensamiento del Papa, afirma que el concepto
de pueblo es la expresión profunda y auténtica de lo propiamente humano. El
pueblo es la esfera primigenia de lo humano, esfera poderosa y venerable en
donde el hombre está verdaderamente arraigado. Y la política, es la práctica
mediante la cual una comunidad se conforma en un pueblo, por ello su práctica
debe tener hacia la unidad y al fortalecimiento de la identidad, y no hacia su
debilitamiento, la división o el enfrentamiento.
Por el
contrario, el Papa nos indica que los grupos populistas cerrados desfiguran la
palabra “pueblo”, puesto que en realidad no hablan de un verdadero pueblo. La
categoría de “pueblo” es abierta, no cerrada. Un pueblo vivo, dinámico y con
futuro es el que está abierto permanentemente a nuevas síntesis incorporando al
diferente. No lo hace negándose a sí mismo, pero sí con la disposición a ser
movilizado, cuestionado, ampliado, enriquecido por otros, y de ese modo puede
evolucionar.
La categoría
de pueblo, que incorpora una valoración positiva de los lazos comunitarios y
culturales, suele ser rechazada por las visiones liberales individualistas,
donde la sociedad es considerada una mera suma de intereses que coexisten.
Hablan de
respeto a las libertades, pero sin la raíz de una narrativa común. En ciertos
contextos, es frecuente acusar de populistas a todos los que defiendan los
derechos de los más débiles de la sociedad. Para estas visiones, la categoría
de pueblo es una mitificación de algo que en realidad no existe. Sin embargo,
aquí se crea una polarización innecesaria, ya que ni la idea de pueblo ni la de
prójimo son categorías puramente míticas o románticas que excluyan o desprecien
la organización social, la ciencia y las instituciones de la sociedad civil
(FT, n° 163).
4.-
La caridad y la categoría pueblo:
La caridad
reúne ambas dimensiones —la mítica y la institucional— puesto que implica una
marcha eficaz de transformación de la historia que exige incorporarlo
principalmente todo: las instituciones, el derecho, la técnica, la experiencia,
los aportes profesionales, el análisis científico, los procedimientos
administrativos. Porque «no hay de hecho
vida privada si no es protegida por un orden público, un hogar cálido no tiene
intimidad si no es bajo la tutela de la legalidad, de un estado de tranquilidad
fundado en la ley y en la fuerza y con la condición de un mínimo de bienestar
asegurado por la división del trabajo, los intercambios comerciales, la
justicia social y la ciudadanía política» (FT, n° 164).
En ciertas
visiones economicistas cerradas y monocromáticas, no parecen tener lugar, por
ejemplo, los movimientos populares que aglutinan a desocupados, trabajadores
precarios e informales y a tantos otros que no entran fácilmente en los cauces
ya establecidos.
En realidad,
estos gestan variadas formas de economía popular y de producción comunitaria.
Hace falta pensar en la participación social, política y económica de tal
manera «que incluya a los movimientos
populares y anime las estructuras de gobierno locales, nacionales e
internacionales con ese torrente de energía moral que surge de la incorporación
de los excluidos en la construcción del destino común» y a su vez es bueno
promover que «estos movimientos, estas
experiencias de solidaridad que crecen desde abajo, desde el subsuelo del
planeta, confluyan, estén más coordinadas, se vayan encontrando» (FT, n°
169).
En medio de la
revolución tecnológica que estamos viviendo, el Papa insiste en que la política
no puede renunciar al objetivo de lograr que la organización de una sociedad
asegure a cada persona alguna manera de aportar sus capacidades y su esfuerzo.
Porque no
existe peor pobreza que aquella que priva del trabajo y de la dignidad del
trabajo. En una sociedad realmente desarrollada el trabajo es una dimensión irrenunciable
de la vida social, ya que no sólo es un modo de ganarse el pan, sino también un
cauce para el crecimiento personal, para establecer relaciones sanas, para
expresarse a sí mismo, para compartir dones, para sentirse corresponsable en el
perfeccionamiento del mundo, y en definitiva para vivir como pueblo (FT, n°
162).
5. La política como lugar de encuentro dialogo y responsabilidad compartida:
Para el Obispo de Roma, la política es el lugar del encuentro, el diálogo y la responsabilidad compartida. Esa es la definición misma de la verdadera democracia: un espacio donde todos pueden expresarse y participar en la toma de decisiones, para el bien común y la justicia.
Es importante subrayar que la "amistad social", que es el otro nombre de la fraternidad, la atención y la benevolencia, no es una actitud débil sino, por el contrario, una postura moral fuerte, que se niega a despreciar al otro - el más débil en particular - y que se abre a la construcción de la "corresponsabilidad" para el bien común. Es necesario tener mucho valor y mucho amor a la patria para lograr encarnar estos valores.
Esta capacidad de escucha mutua entre quienes piensan o tienen visiones diferentes, propia de la amistad, nos hace sensibles a la palabra del otro, al respeto de nuestras promesas y a la necesidad de perdón y reconciliación. Todas actitudes que ayudan a valor al otro en su profunda dignidad y a lograr un verdadero ámbito de confianza, colaboración y paz.
Por encima de todo, debe estar el patriotismo y la búsqueda del bien común, que exige el feliz despliegue de talentos para el bien de la comunidad. Estos valores, deben considerarse como la condición y el horizonte de la paz. Buscar la paz significa cuidar nuestros lazos, de los derechos humanos que salvaguardan la dignidad de las personas, de nuestra memoria y de nuestra esperanza.
"Ser parte de un pueblo es ser parte de una identidad común, hecha de lazos sociales y culturales. Y esto no es algo automático, sino todo lo contrario: es un proceso lento y difícil... hacia un proyecto común" (Fratelli tutti, n. 158)
El diálogo implica acercarse, expresarse, escucharse, mirarse, conocerse, en definitiva, buscar puntos de contacto. La función del diálogo es ayudar discretamente al mundo a vivir mejor. Para el Papa, el diálogo social facilita una nueva cultura. Un país crece cuando sus diversas riquezas culturales dialogan de manera constructiva.
No hay que confundir el diálogo con un febril intercambio de opiniones en redes sociales. El diálogo es camino de encuentro y de entendimiento, el diálogo abierto y respetuoso facilita encontrar una síntesis superadora entre desencuentros u opiniones diferentes. El Papa nos pide sostener con respeto las palabras cargadas de verdad.
En tiempos de crisis, este diálogo social es más necesario que nunca. La discusión pública, dice el Papa Francisco, si verdaderamente da especio a todos y no manipula ni esconde información, es un permanente estímulo que permite alcanzar más adecuadamente la verdad, o al menos expresarla mejor.
El Papa expone el peligro de los relativismos. Por relativismo, de acuerdo con diversas fuentes, se entiende que los puntos de vista no tienen, ni siquiera pueden llegar a tener, verdad ni tampoco validez universal, sino que en vez de esto solo pueden tener una validez subjetiva enmarcada en determinados ámbitos concretos de referencia. Por ello, el Papa Francisco manifiesta que el relativismo envuelto detrás de una supuesta tolerancia termina facilitando que los valores morales sean interpretados por los poderosos según las conveniencias del momento.
En función de ello, se plantea el Papa cuál es la garantía de futuro de una sociedad y responde, para que una sociedad tenga futuro es necesario que haya asumido un sentido respeto hacia la verdad de la dignidad humana. También plantea los peligros que envuelven la verdad hoy, por lo cual, hay que acostumbrarse a desenmascarar las diversas maneras de manoseo, desfiguración y ocultamiento de la verdad en los ámbitos públicos y privados. Para el Papa, hay verdades que no cambian, que lo eran antes de nosotros y lo serán siempre. El Evangelio de Jesús está lleno de esas verdades.
Nos advierte el Papa sobre una pereza que conduce a un individualismo indiferente, impidiendo buscar valores más altos. Hoy existen paradigmas sociales dominantes basados exclusivamente en el crecimiento y el acaparamiento de recursos sin límite, olvidando el bien común y la fraternidad universal. Por eso, el planeta y el mundo sufren.
Este desplazamiento de la razón moral, por la razón económica o tecnológica, trae como consecuencia que el derecho no puede referirse a una concepción fundamental de justicia, sino que se convierte en el espejo de las ideas dominantes. Para el Papa, la búsqueda de consenso y de la verdad son realidades no cuestionables. En una sociedad pluralista, el diálogo es el camino más adecuado para llegar a reconocer aquello que debe ser siempre afirmado y respetado.
Por ello, hablamos de un diálogo que necesita ser enriquecido e iluminado por razones, por argumentos racionales, por variedad de perspectivas, por aportes de diversos saberes y puntos de vista, que no excluyen la existencia de verdades elementales que deben ser sostenidas, valores permanentes que otorgan solidez y estabilidad a una ética social. Entre ellos, nos recuerda el Papa el supremo valor de la dignidad humana, nos dice que todo ser humano posee una dignidad inalienable que es una verdad que responde a la naturaleza humana, una dignidad inviolable.
El Papa Francisco invita a una cultura del encuentro, que vaya más allá de las dialécticas que enfrentan. Nuestra sociedad humana es un poliedro, que engloba una sociedad donde las diferencias conviven complementándose, enriqueciéndose e iluminándose recíprocamente, nadie es inservible, nadie es prescindible. Esto implica también incluir a las periferias. La importancia política de la cultura del encuentro, radica en que integrar a los que son o piensan diferente es la garantía de una paz real y sólida.
Lo que vale es generar procesos de encuentro, procesos que construyan un pueblo que sabe recoger las diferencias. Esta idea implica el hábito de reconocer al otro el derecho de ser él mismo y de ser diferente. Y con todo ello, es posible la gestación del pacto social, con un reconocimiento del otro que sólo el amor hace posible.
6.-
Conclusión:
En definitiva,
lo que Francisco plantea, es que nuestras sociedades, nuestros pueblos, no
requieren un mero ajuste secundario de algunas cuantas cuestiones que precisan
afinarse para su cabal funcionamiento. Mucho menos necesitan una mejora
meramente cosmética, superficial, de cara a la cultura de las “apariencias”.
Al contrario,
el Papa nos recuerda con particular intensidad que cuando la
sociedad –local, nacional o mundial– abandona en la periferia una parte de sí
misma, no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia
que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad. No sólo porque la inequidad
provoca la reacción violenta de los excluidos del sistema, sino porque el sistema
social y económico es injusto en su raíz y opera como una gangrena que impide
el logro del bien común y de la realización social y personal.
Por eso, afirma
con particular intensidad, que la fraternidad y la amistad social son el camino
para la reconstrucción de los vínculos comunitarios que nos permitan formar
parte de un verdadero pueblo de hermanos y no una precaria suma de individuos
fragmentados.
Para lograr
esta reconstrucción de los vínculos comunitarios, insiste en la necesidad de la
política -de la mejor política- y en que esta, no debe someterse a la economía
ni a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia. Aunque haya
que rechazar el mal uso del poder, la corrupción, la falta de respeto a las
leyes y la ineficiencia:
«no se puede justificar una economía sin política,
que sería incapaz de propiciar otra lógica que rija los diversos aspectos de la
crisis actual». Al contrario, «necesitamos una política que piense con
visión amplia, y que lleve adelante un replanteo integral, incorporando en un
diálogo interdisciplinario los diversos aspectos de la crisis” (FT, n° 177).
La mejor
política que propone el Papa, a su vez, debe estar regida por la caridad. Esta
caridad política supone haber desarrollado un sentido social que supera toda
mentalidad individualista:
«La caridad social nos hace amar el bien común y
nos lleva a buscar efectivamente el bien de todas las personas, consideradas no
sólo individualmente, sino también en la dimensión social que las une».
(FT, n° 182)
En efecto, la
buena política, la mejor política podríamos decir, busca caminos de
construcción de comunidades en los distintos niveles de la vida social, en
orden a reequilibrar y reorientar la globalización para evitar sus efectos
disgregantes.
Por último,
queremos señalar el énfasis que dedica el Papa a la tarea educativa, al
desarrollo de hábitos solidarios, a la capacidad de pensar la vida humana más
integralmente, a la hondura espiritual. Todo esto es necesario para dar calidad
a las relaciones humanas, de tal modo que sea la misma sociedad la que
reaccione ante sus inequidades, sus desviaciones, los abusos de los poderes
económicos, tecnológicos, políticos o mediáticos.