Por Juan Bautista González Saborido[i]
1- Introducción:
Estamos
sufriendo a nivel global una crisis de enorme envergadura y profundidad que se
viene manifestando desde hace tiempo atrás. Efectivamente, estamos sufriendo la
agudización de una crisis socio ecológico global y civilizatoria, sobre la cual
se viene alertando desde distintos foros académicos y políticos desde hace más
30 años y que Perón, con notable lucidez, ya había advertido claramente el 21
de febrero de 1972 en su conocido “Mensaje
a los Pueblos y Gobiernos del Mundo”, donde señaló:
“El ser humano ya no puede ser concebido independientemente
del medio ambiente que él mismo ha creado. Ya es una poderosa fuerza biológica,
y si continúa destruyendo los recursos vitales que le brinda la Tierra, sólo
puede esperar verdaderas catástrofes sociales para las próximas décadas.”[1]
En el año
2015, el Papa Francisco, en la encíclica “Laudato
Si”, formuló una contundente crítica tanto al paradigma científico
tecnológico como a las formas de poder que derivan del mismo y lanzó la
invitación a buscar otros modos de entender la economía y el progreso.
Cuestionó que se tienda a creer
ingenuamente que todo incremento del poder constituye sin más un
progreso, un aumento de seguridad, de utilidad, de bienestar, de energía vital,
de plenitud de los valores, como si la realidad, el bien y la verdad brotaran
espontáneamente del mismo poder tecnológico y económico.
Agregó,
que el hombre moderno no está preparado para utilizar el poder con acierto,
porque el inmenso crecimiento tecnológico no estuvo acompañado de un desarrollo
del ser humano en responsabilidad, valores y conciencia[2].
Ahora bien, en este contexto de
enorme complejidad, hay una serie de desafíos que vienen desde largo tiempo
atrás y que deben ser abordados en forma urgente. Entre ellos, los más
importantes nos parecen: la crisis del orden multilateral; el desarrollo de la
tecnología digital, de la inteligencia artificial y la biotecnología; la
financiarización de la economía, la desigualdad, la injusticia social y la mercantilización
de la vida que puede derivar en el triunfo del transhumanismo o del
posthumanismo. Estos desafíos no pueden ser analizados como compartimentos
estancos, sino que cada uno de ellos está relacionado con los demás, porque en
el fondo estamos frente una crisis civilizatoria.
En esta lógica, como ya hemos
planteado en otras oportunidades, la ciencia y la técnica, que en el origen de
la modernidad ilustrada europea prometían la emancipación del hombre, hoy
tienden a volverse contra el hombre mismo anulando su subjetividad. Con el
avance de las técnicas de la clonación humana y de edición genética, el hombre
se vuelve un producto de sí mismo e incluso una mercancía.
Así pues, estamos ante un problema
civilizatorio profundo debido a que las herramientas tecnológicas no están
integradas en la cultura, sino que la atacan. La tecnología pretende
convertirse en la cultura. En consecuencia, la tradición, los usos sociales,
los mitos, la política, los rituales y la religión, es decir todo aquello que
culturalmente humaniza la vida, tiene que luchar para poder sobrevivir en
condiciones de inferioridad.
La llamada tecnocracia ha entrado
en una etapa en la que un mundo culturalmente arrasado opera sometido a una
ideología del progreso que lleva a la sumisión de todas las formas de vida
cultural a la soberanía de la técnica y la tecnología.
La conclusión de este diagnóstico,
siguiendo a Carlos Disandro, es que estamos en un tiempo de entropía histórica,
de autonomía de los acontecimientos por pérdida de su núcleo de sentido, de disolución
de la armonía entre razón religiosa y razón secular por la ruptura con la
percepción de lo sagrado y lo numinoso, y consecuentemente, de diáspora
espiritual de la humanidad en el desierto de la cultura técnica.
Esta crisis, se proyecta tanto al
orden global como hacia adentro de los estados nacionales. Por eso, nos parece
oportuno volver la mirada hacia la comunidad organizada, y buscar en esta extraordinaria
concepción elaborada por Juan Domingo Perón algunas respuestas para resolver
esta crisis y encarar el futuro próximo.
Primero, vamos a realizar una
síntesis sobre los fundamentos profundos de la comunidad organizada y luego
vamos a señalar los desafíos que afrontamos y a plantear las respuestas que la
concepción de la comunidad organizada brinda a nuestro país, a nuestra región y
al mundo en su totalidad.
2.- La comunidad organizada como fundamento del
modelo social, político, jurídico y cultural:
Dentro
del ideario político del peronismo y de la filosofía justicialista, la
concepción de “Comunidad Organizada”
es la principal, porque sobre esta concepción, se construye el modelo
social, político y cultural al que aspira el peronismo como movimiento
político.
La comunidad organizada no es un
modelo teórico, sino que es una concepción que se debe encarnar en la realidad
y que se construye en forma ascendente. Es decir, es el pueblo mismo el que
debe organizarse por voluntad propia para cumplir su misión común. En esa tarea
sustancial, el gobierno es el instrumento administrativo, jurídico y político
que fortalece, a través de su acción a las organizaciones libres que surgen
desde el pueblo en el marco de un Estado descentralizado. Si el pueblo se
organiza, adquiere poder y se transforma en el actor privilegiado del cambio
histórico.
El fundamento de esta concepción,
se asienta sobre la dignidad eminente que tiene la persona humana como miembro
de ese “nosotros” o ente colectivo, que es la comunidad organizada. El
mismo Perón en el discurso de apertura del Congreso Internacional de Filosofía
de 1949 en Mendoza dijo: “Aristóteles nos dice: El hombre es un
ser ordenado para la convivencia social; el bien supremo no se realiza, por
consiguiente, en la vida individual humana, sino en el organismo
superindividual del Estado; la ética culmina en la política.”[3].
La
concepción tanto de la persona humana, como de su dignidad, son tomados por
Juan Domingo Perón, de la tradición jurídica y política grecolatina sintetizada
en el ideal romano de la “humanitas”. La “humanitas” para
la concepción romana “… significa por una parte, el sentido de la
dignidad de la personalidad propia, peculiarísima y que se debe cultivar y
desarrollar hasta el máximo. Por otra, significa el reconocimiento de la
personalidad de los demás y de su derecho a cultivarla, y este reconocimiento
implica transigencia, dominio de sí, simpatía y consideración.”[4].
Esta
elevada concepción de la jerarquía de la persona humana heredada de griegos y
romanos, a su vez fue enriquecida por el aporte del cristianismo. La
importancia que para el cristianismo reviste la persona humana, últimamente,
fue plasmada en la enseñanza social de la Iglesia: “El principio
fundamental de esta concepción consiste en que cada uno de los seres humanos es
y debe ser el fundamento, el fin y el sujeto de todas las instituciones en las
que se expresa y actúa la vida social: cada uno de los seres humanos visto en
lo que es y en lo que debe ser según su naturaleza intrínsecamente social y en
el plan providencial de su elevación al orden sobre natural.”[5]
En
consecuencia, sobre la dignidad de la persona humana, y su naturaleza
eminentemente social, es decir la persona como perteneciente a un “todo” de
manera esencial, es que se edifica la comunidad organizada. Su objetivo, es que
cada persona se realice de manera integral y plena como miembro activo de una
comunidad que también se realiza y plenifica con el aporte de cada uno de sus
miembros. Ese esfuerzo común y mancomunado de todos realiza el destino de la
comunidad organizada. En tanto esta se realiza y plenifica, ello produce la
realización y plenificación de cada uno de sus integrantes.
La construcción de la “comunidad
organizada” implica el restablecimiento del sentido de la vida en común (el
paso del yo al nosotros) y de las verdades últimas de un hombre vertical en un
mundo en el que dominan el materialismo, el desarrollo científico-tecnológico,
el individualismo y el consumismo exacerbado, aunque este último
paradójicamente, sólo para unos pocos.
El
mismo Perón dice: “Lo que nuestra filosofía intenta restablecer al
emplear el término armonía es, cabalmente, el sentido de plenitud de la
existencia. Al principio hegeliano de realización del yo en el nosotros,
apuntamos la necesidad de que ese “nosotros” se realice y perfecciones por el
yo.”[6] .
Una
cuestión importante a destacar, frente a cualquier idea posnacional o
cosmopolita, es que esta comunidad organizada a la que aspiramos, está situada
en un tiempo y en un espacio determinado. Al agregarse estas dos dimensiones,
la comunidad organizada se transforma en la patria concebida como morada, como
pertenecía, como devenir y destino colectivo. Devenir y destino colectivo cuyo
desarrollo es función principal del estado, el cual se concibe como conciencia
histórica y política de la patria.
La
persona como miembro de una comunidad queda ligada a un paisaje, a un grupo
humano, a un lenguaje y a una cultura histórica. Este es un aspecto sustancial
de la comunidad organizada. La geografía que habita esta comunidad organizada,
se transforma en geocultura –como para Kusch- espacio cargado de significación.
Ámbito en donde se opera la relación con los otros y donde se juega el destino
colectivo y que es para quienes lo habitan “el rincón más risueño de la
tierra”, pues allí se sitúan las vivencias más íntimas y significativas del
ser humano[7].
La
vivencia que se opera dentro de la comunidad de poseer un origen en común, una
historia y un destino colectivo, brota de la coordenada temporal. De allí surge
la noción de pueblo como conjunto fraternal, no gregario, construido sobre la
noción cristiana de persona. El pueblo es el sujeto histórico y colectivo que
realiza el destino común. Parafraseando a Marechal, la construcción de una comunidad
organizada es “transformar una masa numeral, en un pueblo esencial”[8].
Esta
concepción justicialista de la comunidad organizada, vale recordarlo, toma sus
contornos de la herencia cultural griega y romana. Particularmente la noción de
como a través de la acción política se ponen en contacto el mundo divino y el
mundo humano. Noción que luego fue incorporada por el cristianismo.
Nos
parece importante desarrollar este punto, precisamente, porque vivimos inmersos
en un paradigma tecnocientifico y económico secularista, que limita y restringe
mucho la visión de la realidad, y en consecuencia de la acción política a
realidades puramente materiales.
El
mismo Perón señalaba que el ser humano, cegado por el espejismo de la
tecnología, ha olvidado las verdades que están en la base de su existencia. Y
así, mientras consigue logros extraordinarios y conocimientos fabulosos en
dicho campo, al mismo tiempo mata el oxígeno que respira, el agua que bebe y el
suelo que le da de comer, así como eleva constantemente la temperatura del
medio en que vive, sin medir sus consecuencias biológicas[9].
Desde
la cosmovisión griega, para Hesíodo, la comunidad política se funda en un acto
de inspiración, es decir se traslada aquello que está en el orden divino de las
Musas hacia al orden humano. El gobernante no puede entender el acto de
conducción política, sino a través del principio de inspiración y no puede
ordenar armoniosamente la comunidad, sino como un acto de interiorización que
se traslada a la realidad política.
De
esa realización íntima procede el desarrollo de la comunidad humana y política
tal como la entiende el griego: una comunidad como realidad nueva incorporada a
la realidad cósmica. Realidad cósmica en donde hay interdependencia entre la
naturaleza humana y la no humana y también en donde interactúa lo visible y lo
invisible. La comunidad política queda de esa forma inserta en una realidad
mayor y sobrenatural[10].
Por
su parte, en la religión romana interesa en primer lugar, la intervención
activa del hombre en el cosmos. El hombre como creador de un espacio sacro -“templum”- en
el que se ponen en contacto el mundo divino, invisible, misterioso, con el
mundo de nuestra experiencia, con la tierra, con el cosmos. El hombre
posibilita ese vínculo en la medida en que realiza una acción sagrada.
Esa
relación entre ambas esferas para el romano, se debe plasmar en el orden de la
comunidad humana y política. Es el carácter activo del hombre a través de su
acción, lo que le permite ser intermediario entre lo divino y lo humano, nexo
entre ambas dimensiones. El rasgo característico de esta actividad sagrada para
el romano lo da su condición de fundador de ciudades, de la “civitas”, el
denominado “homo conditor” según la célebre frase de Cicerón.
El
carácter fundador se da principalmente en la construcción de la comunidad
política, que es para el romano el verdadero ámbito donde se ponen en contacto
lo divino, lo humano y lo cósmico. Ese vínculo con lo numinoso, con lo divino,
para el romano debe expresarse en un orden social y político, tal como lo
expresara para la inmortalidad Cicerón: “…porque en realidad no hay
ninguna cosa en la cual la virtud humana se acerque más al numen de los dioses
que el hecho, o de fundar ciudades nuevas o de conservar la ya fundadas.”[11].
Nos
detendremos en algunos conceptos de Cicerón, debido a que logró una acertada
síntesis y claridad sobre algunas instituciones que provienen de la tradición
romana y que fueron incorporados al justicialismo. El primer es su definición de pueblo. Cicerón nos dice que el
pueblo no debe entenderse como simple agregado humano, sino como sociedad que
se sirve de un derecho común.
Este agregado natural -unión de
hombres o de muchedumbre- no es todavía propiamente un "pueblo", sino
solamente cuando existe un derecho común del que todos pueden servirse. Cicerón
habla aquí de “iuris consensus” y de “communio utilitatis”.
No se trata de que los hombres se
pongan de acuerdo en un derecho -pues esta idea consensualista o pactista es contraria
al pensamiento de Cicerón-, sino de que rijan por un derecho común: un derecho asumido
conscientemente para todo el pueblo, y del que éste puede servirse comúnmente.
Y, esta disponibilidad del derecho es precisamente la “utilitas” cuya comunión exige Cicerón para que se pueda
hablar de “populus”. Consiguientemente,
el derecho común al servicio de todos es lo que hace que un agregado humano
natural se convierta en 'pueblo" y se pueda hablar de "gobierno
público" o 'república", una conceptualización muy diferente a la que
popularizaron los teóricos iluministas de la revolución francesa.
Cicerón parte de la naturalidad de
un agregado humano, no pactado sino espontáneo, pero considera que tal agregado
sólo constituye un “pueblo” propiamente dicho cuando dispone de un orden común,
de un “consensus iuris”, y que, por lo tanto, sólo entonces se puede hablar de
que existe un gobierno común, una “res pública”, propia de ese populus. Vale
señalar que ese “consensus iuris” debe expresar la realidad e idiosincrasia del
pueblo.
Cuando el gobierno es tal que esa
comunidad del derecho desaparece, como ocurre en las formas de gobierno degradadas
(anaciclosis), la república también desaparece, pero no ocurre así cuando hay
un mínimo de comunidad jurídica[12].
Tanto la comunidad de derecho como
la comunidad de intereses son para Cicerón rasgos distintivos de un pueblo. De
ahí, viene un segundo concepto muy importante que es la “concordia ordinum”. Para Cicerón, tal como lo explica en las “Las
Cartas Tusculanas”, la concordia tenía tres dimensiones. En primer lugar, la
concordia es unidad, amistad y acuerdo, lo que asegura la armonía de la
república. Evitar las divisiones y discordias internas es condición
indispensable para la prosperidad y la libertad. La República debe eliminar el odio
y fomentar la amistad y el acuerdo entre sus ciudadanos.
En segundo lugar, la concordia
ordinum era una armonía política o coalición entre los dos órdenes de los
senadores y la clase aristocrática, los equites. La mejor manera de asegurar la
concordia en una república, para Cicerón, era mantener el equilibrio entre sus
dos órdenes principales.
En tercer lugar, la clave para
preservar la concordia debe ser preservar el bien común en un consenso de todas
las personas buenas y la idea de la
concordia como un consenso omnium bonorum, lo que también llamo
concordia de los ciudadanos o concordia civium.
Ahora bien esta categoría del “ius romanun” es reinterpretada por
Perón que le da un alcance diferente. Para el justicialismo, la “concordia
ordinum” además de la armonía política y la búsqueda de la amistad, también
consiste en la alianza y la colaboración de clases basada en la búsqueda del
bien común y de la justicia social. Lo que Juan Perón llamó, con indudable
estilo político, concertación por la justicia social[13]. Esta, es la única forma
de alcanzar una verdadera democracia social.
En síntesis, el ideal político del
peronismo pasa por la construcción de una comunidad organizada. Esta noción es
un legado de la cultura política y jurídica grecorromana quienes consideraban
que la actividad política era la más alta y la más noble de las actividades
humanas a tal punto que los ponía en contacto con el mundo de los dioses.
La comunidad debe ser
conscientemente organizada y adecuada a nuestra propia cultura e idiosincrasia.
Señala Perón, que los pueblos que carecen de organización pueden ser sometidos
a cualquier tiranía. Se tiraniza lo inorgánico, pero es imposible tiranizar lo
organizado. Además, la organización es lo único que va más allá del tiempo y que
triunfa sobre él.
Para que esto sea posible deberemos
alcanzar un alto grado de conciencia social, que en gran medida se debe a que
las personas identifiquen sus derechos inviolables, sin enajenar la compresión
de sus deberes.
Por último, para Perón, un factor
aglutinante, es la solidaridad social, que opera como fuerza poderosa de cohesión
y que sólo un pueblo maduro puede hacer germinar. Cuando la comunidad argentina
esté completamente organizada, será posible realizar la misión fundamental de
todos los ciudadanos: hacer triunfar la fuerza del derecho y no el derecho de
la fuerza[14].
Como
puede observarse, la construcción de la comunidad organizada es una tarea de la
máxima importancia y del máximo nivel, que corresponde a la alta política y que
en cada época y en cada período histórico, debe enfrentar nuevos desafíos
estratégicos y nuevos problemas que conspiran contra su identidad, unidad,
dinamismo y cohesión interior.
Una
vez aclarada la concepción de la comunidad organizada en todas sus dimensiones,
sus fundamentos y antecedentes, a continuación, se expondrán algunos desafíos
que se presentan para la construcción y el mantenimiento de la comunidad
organizada en esta crisis global y civilizatoria.
3.- Los cambios tecnológicos y los
desafíos que ponen en crisis la dignidad de la persona como fundamento de los derechos
humanos:
Tal
como señalamos, la dignidad humana es uno de los fundamentos de la comunidad
organizada y también de los derechos fundamentales. Sin embargo, desde hace
tiempo, los cambios tecnológicos, algunos de ellos acelerados por la pandemia,
están poniendo en jaque la relevancia de la dignidad humana, y vaciando de
contenido el concepto de persona.
El
primer ámbito donde se dan los grandes cambios, es en el de las tecnologías de
la información y la comunicación que generan una interconexión efectiva y global
de carácter económico, cultural, turístico, científico, técnico y comunicativo.
A este proceso se lo denomina globalización y abarca los procesos económicos,
mediáticos, técnicos, y culturales que se desprenden de dicha globalidad.
Cabe
señalar, por un lado, que estos procesos se realizan a veces de forma
espontánea, pero también de modo premeditado y planificado y que tienen un
ritmo particular: por momentos se acelera y por momento se desacelera como
sucede actualmente. Es decir que operan en forma simultánea dinámicas de
globalización y de desglobalización.
Los
cambios económicos, sociales y tecnológicos que generan estos procesos,
requieren de una continua adaptación política e institucional para responder a
las nuevas necesidades y para aprovechar las oportunidades que se abren en un
sistema mundial. Por ello, los cambios y la necesidad de adaptación del derecho
a los mismos, constituyen inequívocamente un factor de incertidumbre y de
crisis en los ordenamientos jurídicos, especialmente cuando no respetan la
idiosincrasia y cultura de los pueblos.
Asimismo,
dentro de este proceso, herramientas como internet, las redes sociales, los
videos documentales y la educación virtual han acelerado cambios políticos, han
reducido las desventajas de información de los grupos marginados y han
facilitado el surgimiento de nuevos movimientos sociales.
Sin
embargo, simultáneamente con el desarrollo de la inteligencia artificial y el
análisis de los macro datos, ha permitido que Estados y empresas controlen y
manipulen la información personal y vigilen la vida de los ciudadanos, que se
fragmente cada vez más el tejido social, y que derechos básicos como la
privacidad, la intimidad, el honor, la autodeterminación informativa y la
libertad de opinión y de expresión, queden en entredicho.
Por
último, estos desarrollos de la tecnología de la información han generado una
interacción creciente con el hombre, produciendo que la frontera entre hombre y
máquina se haya tornado mucho más borrosa y difusa, con la lógica afectación de
la concepción que tenemos sobre la persona humana y su dignidad. Como ya había señalado el sociólogo Manuel
Castells:
La integración creciente entre
mentes y máquinas, está borrando lo que se denomina “la cuarta discontinuidad”
(la existente entre humanos y máquinas), alterando de forma fundamental el modo
en que nacemos, vivimos, aprendemos, trabajamos, producimos, consumimos,
soñamos, luchamos o morimos[15].
El
segundo de los ámbitos, donde se dan grandes cambios es en el de la
biotecnología o tecnologías de la vida. En este campo, desde la década de 1990
la capacidad educativa e investigadora se ha incrementado exponencialmente y ha
acelerado la revolución biotecnológica.
Esto
significa que se ha incrementado el poder del hombre sobre la vida en el planeta,
a un nivel que se ha tornado terriblemente imprecisa la frontera entre
naturaleza y tecnología. A tal punto es así, que el poder tecnológico
desarrollado en la actualidad alcanza la posibilidad de manipular incluso la
vida humana. Este avance tecnológico reviste una importancia singular, porque
significa que el hombre podría borrar los límites de su propia condición humana[16].
Una
consecuencia de todo esto, es que conforme aumenta la capacidad tecnológica,
aumenta simultáneamente el imperativo tecnológico. Esto es: que todo avance por
el solo hecho de ser posible en el campo de los hechos, se vuelve
inmediatamente deseable en el campo axiológico[17].
Así
pues, este imperativo tecnológico, está desmantelando la misma visión del mundo
que en el pasado alentó, a través de la modernidad occidental y su paradigma
científico tecnológico en el sentido de que el hombre deja de ser el centro y
se subordina a este paradigma. Estamos frente a una paradoja sorprendente, el
hombre es a la vez un creador omnipotente que descubrió como dominar el
misterio de la vida y como producirla en un laboratorio, pero simultáneamente
pierde su eco de eternidad y se convierte en un puro objeto técnico. Se trata
de un cruce de límites en la concepción occidental del ser humano que
necesariamente se traslada al campo jurídico[18].
Por
otra parte, la aparición de estas nuevas tecnologías y el desarrollo de la inteligencia
artificial por la vía de la apropiación del conocimiento y la generación de los
sistemas concentrados, ha generado la acumulación de recursos en los países
altamente desarrollados en detrimento de los países periféricos o
semiperiféricos como el nuestro.
Por
lo tanto, mientras advertimos estos cambios colosales en materia tecnológica, al
mismo tiempo percibimos la gravedad cada vez mayor de la cuestión de la
desigualdad y de la pobreza consiguiente, que afectan gravemente a la dignidad
humana. La pobreza extrema se puede definir mejor como una condición en la que
la gran mayoría de los derechos humanos no tiene posibilidad alguna de hacerse
realidad. En otras palabras, la desigualdad y la injusticia social no es
solamente una cuestión económica, sino también una cuestión de privación de
derechos humanos básicos.
4.- El riesgo de la relativización
de la dignidad humana afecta a la Comunidad Organizada:
El
principio de la dignidad de la persona, está reconocido como fundamento último
de los derechos humanos y surge clara y expresamente de la Carta de las
Naciones Unidas y de la Declaración Universal de Derechos Humanos[19].
Sin embargo, paradójicamente, este principio es justamente el que está puesto
en crisis actualmente.
Ahora
bien, para recuperar la potencia de este principio, no bastan solamente las
declaraciones ni las enunciaciones. Esto debe ser tenido debidamente presente,
porque pese a la proliferación de declaraciones y tratados internacionales de
derechos humanos, lo cierto es que a diario se daña seriamente la dignidad del
hombre y se violan los derechos humanos más elementales de cientos de miles de
personas, con el agravante de que se trata de una realidad completamente
naturalizada.
Ello
se debe, según nuestro opinión, a una creciente devaluación de la importancia
de la dignidad humana y a su paulatina relativización, es decir que ya no se
considera que la dignidad humana sea un principio absoluto que reside en todo
hombre o mujer, sin importar su condición, por el solo hecho de ser persona.
¿Y
que entendemos por persona? Cuando nos referimos a la categoría de persona,
estamos aludiendo a que la persona
humana es un individuo único, irrepetible e insustituible, por eso la persona
merece ser nombrada con un nombre propio, porque no es algo, sino alguien, eso que significamos con los términos “yo”,
“tú”, “nosotros”; de ahí que la persona no sea intercambiable como ocurre con
las cosas o con otros seres vivos[20].
Por
otra parte, la persona tiene una dimensión social, intersubjetiva y relacional
que le es inherente a su naturaleza. La sociedad está integrada por personas.
La persona aparece en la sociedad como en su ámbito natural, y solo en la
sociedad se realiza en toda su perfección.
Del
carácter único e irrepetible y de su naturaleza social deriva la dignidad
humana como fundamento de los derechos humanos. La referencia de la dignidad
humana siempre es la existencia concreta e incomunicable de cada persona
particular.
El mismo Perón, sostuvo que la
filosofía justicialista insistió siempre en los valores y principios
permanentes como fundamento espiritual insoslayable. Para él, el hombre de
nuestra tierra, debe integrar la esencia
de cualquier hombre de bien: autenticidad, creatividad y responsabilidad. Pero
agregaba que sólo una existencia impregnada de espiritualidad, en plena
posesión de su conciencia moral puede asumir estos principios, que son el
fundamento único de la más alta libertad humana, sin la cual el hombre pierde
su condición de tal[21].
Por
ello, si se relativiza la importancia de la dignidad humana, se relativiza la
base antropológica de los derechos humanos y de la comunidad organizada. Pues
así, los derechos y deberes del hombre, al carecer de una base sólida de
sustentación, se debilitan y entonces aumenta el peligro de
“instrumentalización” de la persona que así corre el riesgo de terminar
convertido en esclavo del más fuerte. Y el más fuerte puede asumir diversos
nombres: ideología, poder económico, sistemas políticos inhumanos, tecnocracia
científica, oligarquía financiera y avasallamiento por parte de los medios de
comunicación social[22].
Pues
bien, ¿Qué entendemos por relativización de la dignidad humana? La
relativización de la dignidad humana, significa que se la considere sólo como
un concepto, como una mera abstracción, o como un elemento puramente nominal.
Esta concepción devaluada del hombre y de su dignidad, provoca que el sistema
de derechos humanos pierda su potencia protectoria. El peligro de esta
situación es que esta mentada relativización y devaluación de la dignidad
humana pueda convertirse en un mecanismo de paulatino dominio sobre el mismo
hombre.
Hannah
Arendt, por ejemplo, extrajo de la experiencia del totalitarismo, que un paso
esencial en el camino que conduce a la dominación total del hombre, a su
sometimiento, consiste en suprimir a la persona jurídica en el hombre: “La destrucción de los derechos del hombre,
la muerte en el hombre de la persona jurídica, es un prerrequisito para
dominarle enteramente”[23].
Hoy
sigue existiendo el riesgo de los totalitarismos. Quizás un totalitarismo
diferente al que hacía referencia Hannah
Arendt, pero no menos peligroso. Nos referimos al riesgo de caer en un
totalitarismo del mercado, que a su vez, esté dominado por el imperativo
tecnológico. De esta forma, la unión de mercado e imperativo tecnológico,
pueden terminar subordinando al hombre a su propia lógica de lucro a cualquier
costo. Por ello, es que juzgamos de tan relevante importancia la defensa de su
dignidad, como punto de partida para una reflexión profunda acerca del hombre y
de su lugar en la sociedad y consecuentemente, la necesidad de construir la
comunidad organizada.
Ahora
bien, en la actualidad dicha lección pareciera olvidada por algunos juristas[24] que
sostienen que la persona jurídica es un mero artefacto sin relación con el ser
humano concreto. Esto significaría que hay seres humanos que no alcanzan el
estatus jurídico de persona, como sería el caso, por ejemplo, de los seres
humanos en gestación. Contra esta unidad entre ser humano y persona apuntan
quienes hoy procuran descalificar al sujeto de derecho para poder aprehender al
ser humano como una simple unidad contable y tratarlo como una pura
abstracción.
Esta
concepción que relativiza a la persona humana y su dignidad, nos pone frente al
riesgo de perder de vista el rostro concreto de cada persona y reducir su
existencia a una fría estadística. Tal reducción del hombre empeora, si además
va a acompañada por la dinámica del cálculo que proviene del paradigma actual del capitalismo y de la
ciencia moderna. Con este mismo criterio muchas veces se interpreta el
principio jurídico de la igualdad. La igualdad algebraica autoriza la no
diferenciación. Así pues, la igualdad puede resultar objeto de interpretaciones
insensatas cuando, bajo el dominio de la cantidad, se pone el acento en la
abstracción del número por encima de la cualidad de los seres enumerados[25].
Esta
reducción del hombre, que analizamos precedentemente, es consecuencia del
predominio de una racionalidad instrumental –economicista, que explica la
realidad exclusivamente en términos de un interés individual y material. Para
esta racionalidad, la interpretación de la existencia se realiza solamente en
términos de los valores económicos – crecimiento, eficiencia, productividad,
capacidad de consumo- y se erige como el discurso hegemónico, al mismo tiempo
que desestima cualquier interpretación diferente[26].
Esta
racionalidad instrumental – economicista es la que convierte al ser humano no
ya sólo en un instrumento, sino incluso en una mera circunstancia o cifra
coyuntural en el marco de un proceso económico y tecnológico que se erige como
instancia de justificación última de toda la realidad.
Estas
características señaladas: el predominio de la racionalidad instrumental
–economicista; la consideración de la persona humana como una mera abstracción;
que se evalúe el principio de la igualdad jurídica exclusivamente en términos
algebraicos; etc.; son las cuestiones centrales que denotan que nos encontramos
frente a una crisis profunda de base antropológica, cuya consecuencia es la
relativización y erosión de la dignidad humana.
El
contexto descripto, genera que el hombre paulatinamente se vaya transformando
en un instrumento y por ende, que la persona humana vaya perdiendo su
centralidad. Esta instrumentalización que señalamos, se ve incrementada porque
el desarrollo de las tecnologías de la vida –como hemos esbozado- le da al
hombre cada vez mayor poder para transformar la realidad, a tal punto, que
ahora está en condiciones de poder hacer hombres, de producirlos, por así
decir, en el tubo de ensayo. De este modo, el hombre se convierte en un
producto, y así, se muda de raíz la relación del hombre consigo mismo.
La
combinación entre el predominio de la racionalidad instrumental –
economicista, y el poder tecnológico que
ha desarrollado el hombre sobre la vida humana misma, agravan enormemente el
problema. Con el desarrollo de la biotecnología, el hombre ha logrado descifrar
los trasfondos de un poder tan extraordinario como peligroso y ello plantea un
nuevo desafío de dimensión civilizatoria. Nos referimos al poder de generar
vida humana y de manipular los ámbitos de su propia existencia.
Con
este poder, la tentación de ponerse a construir entonces al hombre adecuado (al
hombre que hay que construir), la tentación de experimentar con el hombre, la
tentación también de considerar quizá al hombre o a cierto grupo de hombres
como basura, como sobrantes y de dejarlos de lado y excluirlos, ya no es ninguna
fantasía de moralistas hostiles al progreso[27].
La
consecuencia de todo ello, es el riesgo de que el hombre deje de ser el
principio y el fundamento del orden jurídico, político, cultural, económico y
social y que se produzca una paulatina deshumanización de nuestras sociedades y
la consiguiente dificultad para edificar la comunidad organizada.
De
esta forma, el relativismo y el desarrollo tecnológico, en vez de producir la
liberación o la plenificación del hombre,
producen lo contrario, es decir, que el hombre mismo se transforme en
una víctima de una dominación cada vez más ominosa.
5.- El riesgo del avance del mercado
sobre la vida humana:
Otro
de los desafíos en torno a la edificación de la comunidad organizada, que a
nuestro juicio está vinculado con la relación entre derecho e ideología y al
que calificamos como uno de los más importantes, es el del avance del mercado
sobre la vida en general y sobre la vida humana en particular. Nos referimos
concretamente al peligro de la sociedad del hiperconsumo y a una de sus
consecuencias que es la subordinación de la persona humana a las leyes del
mercado.
Para
comprender el fenómeno de la sociedad del hiperconsumo, nos vamos a basar en
los trabajos e investigaciones de Zygmunt Bauman, quién parte de la
hipótesis general de que nos encontramos frente al paso de una sociedad de
productores (sociedad sólida) a una sociedad de consumidores
(sociedad líquida). Dentro de este periplo, es que se opera lo que él denomina
la revolución consumista, es decir el proceso de transformación a través del
cual el consumo adquiere una característica central en la vida social, o en la
mayoría de las personas del conjunto social.
Así, el consumo deja de ser una necesidad
existencial o inmanente y se transforma en una necesidad
construida al querer o desear algo. En otras palabras,
para la mayoría de las personas se tornó particularmente importante, por no
decir central, que la capacidad de querer, desear, anhelar y en especial la
capacidad de experimentar esas emociones repetidamente, sea el fundamento de
toda la economía de las relaciones humanas[28].
Agrega
Bauman, que el consumismo se asienta como un acuerdo social, como una
fuerza que opera otras esferas de la vida pública al constituirse como una
forma de integración, estratificación y formación del
individuo, sobre todo porque adquiere un papel preponderante en procesos
de auto identificación de personas y colectividades.
Esto
provoca que en la sociedad de consumo, los productos se conviertan en mercancía
–objeto de transacción- y consecuentemente, que la mercancía se transforme
paulatinamente en el principal organizador de las relaciones sociales, sea como
principal vehículo que asegura la interdependencia y la cohesión social, sea
como principal conductor de los conflictos distributivos. En efecto, en torno
de la mercancía se organizan los sistemas distributivos y el mercado, sea del
trabajo o de productos y servicios, que exigen y movilizan la constante
regulación del estado. Podemos afirmar que de alguna manera, el consumismo
produce una aceleración de la mercantilización de la sociedad[29].
En
este marco, debemos destacar, como una cuestión de singular importancia, que la
sociedad de consumo genera en el individuo nuevos estándares de felicidad
y estos estándares están basados en la libertad de elección
individual. Sin embargo, esa felicidad está condicionada a la
capacidad del poder adquisitivo: el que decide qué compra es porque tiene los
recursos suficientes para estar a la altura de sus propias aspiraciones.
Esta característica es lo que se ha denominado como la felicidad
paradójica que genera el hiperconsumo, tal como advierte Gilles
Lipovetsky:
“Nace un “Homo consumericus” de
tercer tipo, una especie de turbo consumidor desatado, móvil y flexible,
liberado en buena medida de las antiguas culturas de clase, con gustos y
adquisiciones imprevisibles. Del consumidor sometido a las coerciones sociales
(…) se ha pasado al hiperconsumidor al acecho de experiencias emocionales y de
mayor bienestar, de calidad de vida y de salud, de marcas y autenticidad, de
inmediatez y comunicación (…) De ahí la condición profundamente paradójica del
hiperconsumidor. Por un lado, se afirma como “consumactor”, informado y
“libre”, que ve ampliarse su abanico de opciones, que consulta portales y
compradores de costes, aprovecha las ocasiones de comprar barato, se preocupa
por optimizar la relación calidad-precio. Por otro lado, los estilos de vida,
los placeres y los gustos se muestran cada vez más dependientes del sistema
comercial. Cuanto más obtiene el hiperconsumidor un poder que no conocía hasta
entonces, más extiende el mercado su influencia tentacular (…)”[30].
Aquí
es pertinente hacer un comentario. Ciertamente, la libertad individual es una
necesidad natural de todo ser humano y una de sus características esenciales.
Ahora bien, esta característica consiste principalmente en la capacidad de
autodeterminación del hombre en aras de un fin, de un objetivo, que llene de
sentido su vida. Pero si esta característica es reducida a la capacidad de
elección, obviando el fin último, el para qué de la misma, entonces la libertad
abre sus puertas a un número infinito de nuevas necesidades y, por tanto, de
nuevas posibilidades de mercado.
Frente
a una nueva necesidad o frente a un nuevo deseo, surgirá siempre un nuevo
producto. Cuanto más libre sea o se crea un consumidor, más fácil va a ser
diseñar bienes con que tentarle. Asimismo, cuantos menos fines intrínsecos
existan en la naturaleza, en sí mismo o en las relaciones sociales y
comunitarias, mayor será el horizonte de posibilidad de unos mercados en
continua expansión.
En
este mismo orden de ideas, el filósofo Alain Renaut, que define a la modernidad
como la era del individuo y de la libertad, considera a ambos bienes respetables
y buenos aunque sostiene que no lo son –necesariamente- cada uno de los modos
en los que éstos han ido siendo adquiridos.[31] Pues si
estos bienes quedan reducidos a la libertad de elección y capacidad de consumo,
la consecuencia es que los intereses de mercado juegan un importante papel en
el reconocimiento de los derechos y libertades individuales. Por lo tanto,
dichas conquistas pronto se tornan contra el propio consumidor que ha quedado
reducido a un producto o a un medio o a una pieza del engranaje del mercado de
consumo.
En
otras palabras, la sociedad de consumo define a sus miembros a partir
de su capacidad de consumo y el poder adquisitivo en
la sociedad de consumidores está invariablemente relacionado con el
desempeño individual, ya que consumir significa invertir en la propia
pertenencia a la sociedad. De esta forma, las presiones
sociales generan un clima de reproducción de un sistema que vive por,
para y desde el consumo. “La
presentación tácita que subyace a todo este razonamiento es nuevamente la
fórmula “para ser consumidor, primero hay que ser producto”. Antes de consumir,
hay que convertirse en producto, y es esa transformación la que regula la
entrada al mundo del consumo. En primer término, uno debe convertirse en
producto para tener por lo menos una oportunidad razonable de ejercer los
derechos y cumplir las obligaciones de un consumidor”[32].
Esta
faceta social, supone para Bauman, la manera en la que se presentan los
individuos en la vida cotidiana. Aquí se hace explícito el paso del sujeto al objeto producto de consumo. El
individuo adquiere cualidades que el mercado demanda como conditio sine qua non para alcanzar el éxito de
la movilidad social, que hace apenas medio siglo otorgaba el mundo
del trabajo industrial.
Otro
aspecto de suma relevancia es el impacto sobre el funcionamiento del poder
político. Así pues, el consumismo, la sociedad de consumo, la cultura del
consumo, la modernidad liquida, el avance del mercado, han provocado también
grandes transformaciones en el poder político en las últimas décadas. Así,
para Boaventura Santos, estamos en una fase de “capitalismo desorganizado” en
el cual se derrumban muchas de las formas de organización de épocas anteriores,
y el principio del mercado alcanza una intensidad sin precedentes que va más
allá de lo económico y que pretende colonizar los principios del Estado y la
comunidad, con cambios claros en el ámbito de la regulación de los derechos
humanos[33].
“Esto es que el aumento de la
promiscuidad entre el poder político y económico, las condicionalidades
impuestas por los organismos financieros internacionales, el papel predominante
de las empresas multinacionales en la economía mundial, la concentración de la
riqueza, todo esto ha contribuido a reorganizar el Estado, a diluir su
soberanía y someterlo a la creciente influencia de poderosos agentes económicos
nacionales e internacionales, lo que hace que los mandatos democráticos sean
subvertidos por mandatos de intereses minoritarios pero muy poderosos, con el
detrimento que ello causa en el sistema de protección de los derechos humanos.”
En
definitiva, de lo que hemos expuesto en este punto -en forma sintética-, es
posible vislumbrar el nivel de profundidad de la crisis de los derechos humanos
y que esta crisis afecta directamente al hombre y a su vida comunitaria, pues
el auge de la lógica del mercado y la mercantilización de las relaciones que
genera la cultura consumista, aumenta los riesgos de pérdida de sentido y
concomitantemente de exclusión social.
Perón advertía hace más de 40 años
atrás, que asistíamos a un desolador proceso: la disolución progresiva de los
lazos espirituales entre los hombres. Y agregaba que, este catastrófico
fenómeno debe su propulsión a la ideología egoísta e individualista, según la
cual toda realización es posible sólo como desarrollo interno de una
personalidad clausurada y enfrentada con otras en la lucha por el poder y el
placer. Quienes así piensan solo han logrado aislar al hombre del hombre, a la
familia de la Nación, a la Nación del mundo. Han puesto a unos contra otros en
la competencia ambiciosa y la guerra absurda[34].
La
consecuencia de ese proceso es la subordinación de la persona al mercado, el
prevalecimiento del más fuerte, el predominio del sistema financiero, la exclusión
social de grandes masas de la población, la falta de trabajo, la crisis
ambiental y la falta de cobertura frente a las contingencias sociales. La
consideración del hombre como un número o como un bien de consumo, nos
demuestra la dimensión de la crisis que embarga al hombre, a nuestra sociedad,
a nuestra cultura y por ende a los derechos fundamentales del hombre.
6.-
¿Qué aportes nos hace la Comunidad organizada frente a estos desafíos?
Frente a
los enormes desafíos descriptos, la vida y el mundo de la vida, siguen reclamando
su lugar central en el nuevo paradigma civilizatorio. La vida, especialmente la
vida humana, no se deja someter a la racionalidad instrumental y economicista
de la tecnología. En ella, siempre hay múltiples planos definidos por el dinamismo,
la diversidad y la complejidad, y que se dejan captar mejor desde una
aproximación múltiple e interdisciplinaria.
Es
preciso entonces, para preservar el mundo de la vida, por un lado, retomar la
vía de exaltar la dignidad de la persona y por el otro, señalar la
interdependencia, la intersubjetividad relacional que es constitutiva del mundo
de la vida del hombre y que lo impulsan a construir la comunidad organizada a
partir de su célula básica: la familia.
Pese a los embates de una creciente
anarquía de los valores esenciales del hombre y la sociedad que parece brotar
en diversas partes del mundo, la familia seguirá siendo, en la comunidad
nacional por la que debemos luchar, el núcleo primario, la célula social básica
cuya integridad debe ser celosamente resguardada.
Aunque parezca prescindible
reafirmarlo, el matrimonio sigue siendo la base más importante de constitución y
funcionamiento equilibrado y perdurable de la familia. La indispensable
legalidad conforme a las leyes nacionales no puede convertirse en requisito
único de armonía. Como sostenía Perón, es preciso que nuestros hombres y
mujeres comprendan la importancia de la constitución del matrimonio con una
insobornable autenticidad, que consiste en comprenderlo no como un mero
contrato jurídico, sino como una unión de carácter trascendente[35].
Ahora bien, en el actual marco
legal, el modelo de la unión conyugal ha perdido sus atributos de “unidad” y de
“institución”, para hacer prevalecer el aspecto de “autonomía de la voluntad”.
En el mismo, se privilegia la idea de que cada miembro tiene derechos humanos y
civiles en las relaciones de familia por sobre la dimensión institucional que
se genera a través de la unión conyugal. Esto significa que la familia ya no es
concebida como una institución en sí misma, sino como un ámbito de realización
personal de cada uno de sus miembros.
La opción de este modelo por la
libertad y la autonomía de la voluntad, incluye privilegiar los proyectos de
vida individuales. Es decir, que lo que se buscó cuando se sancionó el nuevo
Código Civil y Comercial es regular una serie de opciones de vida propias de
una sociedad pluralista, pero asentados en los derechos individuales de los
contrayentes[36].
Cuando señalamos que la unión conyugal ha perdido sus atributos de
“unidad” y de “institución”, para hacer prevalecer el aspecto de
“individualidad”, estamos señalando que se privilegia la idea de que cada
miembro tiene derechos humanos y civiles en las relaciones de familia que están
por encima de la dimensión institucional o unitiva que surge a través de la
unión conyugal.
Esta característica genera como
resultado una mayor fragilización de la conyugalidad, que se ve más como un
derecho subjetivo de los individuos, que como una institución que presta una
serie de servicios sociales o interpersonales en orden al bien común. Esto a
pesar de la letra de los tratados internacionales, que indicarían lo contrario[37].
Así pues, en este contexto actual
de individualismo, de consumismo exacerbado, de debilitamiento de los lazos
sociales y de profunda crisis social agravada por la pandemia del
coronavirus, el actual modelo jurídico y social de matrimonio y familia puede facilitar la erosión de los vínculos
familiares y aumentar la fragmentación social y la desigualdad.
Sin embargo, actualmente parece existir una corriente
fuerte de opinión, que busca restituir la importancia de la institución
familiar como la base de la estructura social.
Es decir, que en estos momentos críticos, la familia, independientemente
de cómo este conformada, ocupa un papel decisivo como factor de vertebración,
como mecanismo impulsor de la solidaridad intrageneracional e intergeneracional
y como ámbito singular para el libre desarrollo de la personalidad de la
ciudadanía.
En virtud de ello, es que
planteamos que existe una oportunidad para promover la institucionalidad de la
familia, considerando la interrelación profunda entre el bienestar familiar y
el desarrollo humano integral. Sobre esta base, por ejemplo, es recomendable
que los gobiernos incluyan en sus políticas sociales la atención a la familia
como primer agente de bienestar social. No lo planteamos desde una perspectiva
tradicional o conservadora, sino precisamente, desde su rol fundamental para el
desarrollo humano.
En ese sentido, existen múltiples
razones para enfocarse en el rol de las políticas públicas orientadas a las
familias para el desarrollo. Pues la familia es considerada la unidad natural y
elemental de las sociedades modernas. Esta realidad social y política, es la
que hace comprender que la contribución de la familia al progreso social, la
constituye en una de las rutas más efectivas para lograr resolver la crisis
social y un desarrollo verdaderamente humano[38].
En el mismo orden de ideas, no hay
que titubear al señalar, que el amor familiar es el que construye y sostiene
las orientaciones altruistas de sus miembros. Orientaciones que pueden
activarse y que van más allá de la misma familia, beneficiando a la
sociedad. En esta estructura de
expectativas mutuas se dan acuerdos de comunicación y de intercambio de bienes
y servicios, apuntando a lo más personal con un carácter marcadamente educativo
y formativo.
Por su parte, hay que señalar, que
las relaciones dentro de la institución familiar son diferentes a la que se dan
en las instituciones características de una sociedad de mercado. Los vínculos
que se dan en el ámbito familiar, se basan en la reciprocidad y en el mercado,
en cambio, se basan en la competencia. Esta característica que brota de la
familia facilita la cooperación y la cohesión social.
Las
asociaciones de vínculos estables, como la familia, son las instituciones que
permiten hacer proyectos que van más allá del interés particular de un
individuo. Por eso, en este orden social institucional se expresa con tanta
naturalidad el ser humano como persona. La dimensión sociable de las personas
se expande así como solidaridad y no solo como mera socialización o adaptación
a un grupo o a un entorno[39].
Una
visión de la política que contemple adecuadamente la naturaleza social de la
persona humana, con eje en lo comunitario en contraposición al individualismo liberal,
entenderá la importancia de la familia como modelo de relación política: es a
través de la idea de familia (pese a su lado oscuro, propio de una institución
realmente existente) que aprendemos que es posible entender la realización como
recíproca, a diferencia de la manera en que la entendemos en el mercado, que
nos muestra la realización de cada uno como independiente de la de los demás[40].
La comunidad
organizada necesita de la familia por su
fecundidad y por la reproducción de la sociabilidad. Las familias asientan la
principal vía de interacción entre las generaciones. Asimismo, los lazos
intergeneracionales estrechos en las familias pueden dar lugar a una
distribución más justa de los recursos y bienes entre distintas generaciones.
Los derechos de la familia como unidad básica de la sociedad y pilar del
desarrollo nacional aparecen por primera vez en la Argentina en la Constitución
Nacional de 1949. La concepción política que informa esta revalorización de la
familia se asienta en la reacción en lo social contra los desórdenes del
individualismo, recuperando el núcleo originario de la sociedad, que no es la
sola agrupación de individuos sino de familias, defendiendo, a su vez, los
intereses de la familia del trabajador.
Perón mismo señalaba, que es la
solidaridad interna del grupo familiar la que enseña al niño que amar es dar,
siendo ése el punto de partida para que el ciudadano aprenda a dar de sí todo
lo que le sea posible en bien de la comunidad. Y agregaba, que en esto, la
mujer argentina tiene reservado un papel fundamental. Es ella, con su enorme capacidad
de afecto, la que debe continuar asumiendo la enorme responsabilidad, con la
colaboración de los hombres, de ser el centro anímico de la familia[41]. Tareas y responsabilidades,
que lamentablemente es opacada por ciertos estereotipos e ideologías que
difunden los medios de comunicación social y las redes sociales, que,
paradojalmente son importadas, cosmopolitas y carentes de arraigo popular.
A su vez, Perón sostenía, que la
falacia de creer que es posible la realización individual fuera del ámbito de
la realización común es una de las causas de la disolución social. Por tanto, no
puede concebirse a la familia como un núcleo desgajado de la comunidad, con
fines ajenos y hasta contrarios a los que asume la Nación. Ello conduce a la
atomización de un pueblo y al debilitamiento de sus energías espirituales que
lo convierten en fácil presa de quienes lo amenazan con el sometimiento y la
humillación[42].
No se trata, por tanto, de imponer
un perfil determinado de familia, ni menos aún de volver atrás, sino de fortalecer
a la familia funcional, que aporta más felicidad a sus miembros, mejor
educación a los hijos y mayor bienestar a la sociedad. Aunque todas las
estructuras familiares y sociales sean respetables, no todas aportan los mismos
beneficios al bien común.
Las familias siempre llegan más
lejos en sus funciones en un entorno político favorable, en el que, por
ejemplo, los centros educativos favorezcan la participación de los padres, las
empresas reconozcan las obligaciones familiares de sus trabajadores hombres y
mujeres, las organizaciones tengan a la familia como el centro de su ideario y
su práctica, y las leyes secunden el papel de los miembros de la familia como
cuidadores, padres, cónyuges y trabajadores. Una función esencial de los
gobiernos consiste en complementar y apoyar las inversiones privadas que hacen
las familias y que benefician a toda la sociedad.
Por todo esto, planteamos que nos
encontramos frente a una oportunidad para que desde las políticas públicas
podamos encontrar nuevos y creativos caminos de libertad recreando la
conyugalidad a partir del anhelo que hay en cada hombre y mujer de formar una
familia sólida y duradera y acoger allí el futuro de la patria[43].
7.- La organización de la producción - Consejo Económico y
Social:
En este punto
del trabajo, nos parece lo más adecuado referirnos a los principios rectores de
la Constitución de 1949, porque nos muestran la realización jurídica de la
comunidad organizada y porque consideramos que dichos principios jurídicos todavía
conservan su vigencia para afrontar los desafíos actuales.
Debemos
precisar, que en dicho texto, la función del Estado era actuar como conciencia
jurídica y política del pueblo organizado. Es relevante aclarar este punto,
porque en la concepción justicialista, el protagonista siempre es el pueblo
argentino y el Estado es un instrumento de acción.
Desde esta
perspectiva, en la constitución de 1949, el Estado cumplía un rol central en la
producción de riqueza y distribución de la renta, con el objetivo de lograr “una nación socialmente justa,
económicamente libre y políticamente soberana”, como se sostenía en el
preámbulo.
Con respecto a
la organización de la producción, nos parece muy clarificadora la exposición
que realizó Arturo Sampay, en su carácter de miembro informante de la reforma
constitucional, cuando señaló que la economía la dirige el Estado a favor del
pueblo, o la dirige el mercado a favor de los carteles capitalistas:
“La realidad histórica enseña que el postulado de la no
intervención del Estado en materia económica, incluyendo la prestación de
trabajo, es contradictoria en sí misma, porque la no intervención significa
dejar libres las manos a los distintos grupos en sus conflictos sociales y
económicos, y por lo mismo, dejar que las soluciones queden libradas a las
pujas entre el poder de esos grupos. En tales circunstancias, la no
intervención implica la intervención a favor del más fuerte. (…) “Frente al
capitalismo moderno ya no se plantea la disyuntiva entre economía libre o
economía dirigida, sino que el interrogante versa sobre quién dirigirá la
economía y hacia qué fin. Porque economía libre, en lo interno y en lo
exterior, significa fundamentalmente una economía dirigida por los ´cartels´
capitalistas, vale decir, encubre la dominación de una plutocracia que, por eso
mismo, coloca en gran parte el poder político al servicio de la economía”[44].
Está claro que
en la concepción justicialista de la comunidad organizada, la economía debía
ponerse al servicio del bienestar del pueblo argentino y no a la inversa. Por
eso, es que nos parece que pese al tiempo transcurrido, la cita y los
principios allí sostenidos, mantienen toda su vigencia. Hoy quizás los cartels capitalistas y la
oligarquía plutocrática de la que hablaba Sampay, lo constituyen las elites
financieras y sus organizaciones internacionales sin fines de lucro, que han
aumentado su poder de acción, que erosionan y devalúan la capacidad del Estados
Nación y debilitan a los pueblos para dominarlos.
Por esta
razón, es más necesario que nunca que los Estados Nación, se relacionen en las respectivas regiones
geográficas donde la vecindad y la similitud de intereses generen “grandes
espacios” y evolucionen hacia formas mayores de integración. La inserción del
Estado Nacional en grandes espacios geopolíticos, es generador de mayores
márgenes de maniobra al estar integrados en espacios autocentrados y fuertes[45]. Todo indica que en la
actualidad, es más necesario que nunca avanzar hacia los estados continentales.
Ahora bien, volviendo nuestra
mirada a los principios jurídicos de la Constitución de 1949 que mantienen su
vigencia, estimamos que merecen señalarse los siguientes:
ü
La
propiedad privada tiene una función social y, en consecuencia, estará sometida
a las obligaciones que establezca la ley con fines de bien común (art. 38).
ü
El
capital debe estar al servicio de la economía nacional y tener como principal
objeto el bienestar social. Sus diversas formas de explotación no pueden
contrariar los fines de beneficio común del pueblo argentino (art. 39)
ü La organización de la riqueza y su
explotación, tienen por fin el bienestar del pueblo, dentro de un orden
económico conforme a los principios de la justicia social (art. 40)[46].
Asimismo, el
texto constitucional detalla la búsqueda por suprimir “la oligarquía
plutocrática para poner en manos del pueblo las decisiones y el gobierno”, en
lo económico, “suprimir la economía capitalista de explotación reemplazándola
por una economía social”, “suprimir el abuso de la propiedad”, “asegurar los
derechos del trabajar”, “asegurar el acceso a la cultura y la ciencia”[47].
Todos valores y principios que operan como una respuesta al exacerbado
crecimiento del sistema financiero y del ánimo de lucro que impera en el actual
paradigma de producción y consumo.
El otro punto de máxima importancia
en lo referido a la organización de la producción es la institucionalidad de un
Consejo Económico y Social. En 1974, el entonces Presidente Juan D. Perón lo denominó
Consejo para el Proyecto Nacional y lo consideró como un instrumento
fundamental para lograr la democracia social. Se refirió al mismo en su mensaje
a la Asamblea Legislativa del 1 de mayo de 1974 en los siguientes términos:
“Quiero finalmente referirme a la participación dentro de nuestra
democracia plena de justicia social. El ciudadano como tal se expresa a través
de los partidos políticos, cuyo eficiente funcionamiento ha dado a este recinto
su capacidad de elaborar historia. Pero también el hombre se expresa a través
de su condición de trabajador, intelectual, empresario, militar, sacerdote,
etc. Como tal, tiene que participar en otro tipo de recinto: el Consejo para el
Proyecto Nacional que habremos de crear, enfocando su tarea sólo hacia esa gran
obra en la que todo el País tiene que empeñarse. Ningún partícipe de este
consejo ha de ser un emisario que vaya a exponer la posición del Poder
Ejecutivo o de cualquier otra autoridad que no sea el grupo social al que
represente”.
Para comprender la importancia de
este organismo en el funcionamiento de la comunidad organizada nos parece útil
referirnos a la actuación del Consejo Nacional de Posguerra (CNP) durante la
década del cuarenta. La experiencia del (CNP) resulta reveladora, pues, además
de ser el primer intento orgánico y materializado de planificación en el país,
funcionó como un foro de alto nivel en donde empresarios y trabajadores
cooperaron para definir el rumbo en el período de la posguerra iniciado en 1945.
Presidido por el entonces
vicepresidente, Juan Domingo Perón, el CNP concebía una planificación que
buscaba incorporar la “colaboración” de empresarios y trabajadores a través de
sendas subcomisiones. Así pues, el “Ordenamiento Económico-Social” del CNP,
sentó las bases del futuro Primer Plan Quinquenal 1947-1952, fue publicado en
enero de 1945 y constituye una muestra del consenso que se logró construir en
torno a una idea de industrialización liviana, pleno empleo y una activa
política social[48].
A través del CNP, se institucionalizó
la cooperación económica, la cual cumplió una doble función: a) práctica, al formular
soluciones efectivas en base a los problemas percibidos por los actores y b) legitimante,
al generar aquiescencia en torno a las políticas. La centralidad doctrinaria de
la cooperación económica puede comprenderse en la recurrencia y permanencia que
estos organismos ocuparon en la arquitectura estatal de esa época[49].
A través de este instrumento, la
economía y la producción se regulan a través del trabajo de una democracia
social -desarrollándose como comunidad organizada- basada en la paz social y el
diálogo abierto como método de trabajo político en búsqueda de coincidencias
con todos los sectores políticos y sociales. Así es como comprendió Juan
Domingo Perón la “concordia ordinum”
de las antiguos romanos adecuándola a las realidades de nuestro país.
Mediante la acción de un Consejo
Económico y Social, la actividad económica puede y debe dirigirse a fines
sociales y no individualistas, respondiendo a los requerimientos del hombre
integrado en una comunidad y no a las apetencias personales.
Esta interpretación amplia y
solidaria de la actividad económica, lleva implícita una definición clara del
concepto de beneficio, ubicándolo no ya como un fin en sí mismo, lo que daría
como resultado una utilización de los recursos en función de un individuo
egoísta, sino como la justa remuneración del factor empresarial por la función
social que cumple.
Esta concepción del beneficio que
emana del justicialismo, no solo es fundamental para el logro de la justicia
social, sino también para una economía que sea sustentable en el tiempo,
considerando la gravedad de la crisis social y ambiental. Para enfrentar esta
crisis socio ambiental, es fundamental la preservación de los recursos
naturales, particularmente los agotables, realizar un permanente control sobre
ellos y también sobre el proceso productivo. No sorprende por eso, que el mismo
Perón sostuviera: “La lucha por la
liberación es, en gran medida, lucha también por los recursos y la preservación
ecológica, y en ella estamos empeñados.”[50]
8.-
Conclusión:
La crisis
civilizatoria que estamos sufriendo a nivel mundial, nos permite interpelar al
paradigma tecnológico y económico imperante.
Un paradigma que hasta ahora, se afianzaba pletórico de un eficientismo
abstracto fundado en la supuesta superioridad de la economía de mercado, en el
gran poder de la tecno-ciencia y en la lógica de la racionalidad instrumental
medio-fin, pero que nos está conduciendo a una crisis socio ambiental sin
precedentes y de dimensiones civilizatorias.
Ese “orden”
hoy en crisis, no promete un lugar para todos, sino que exalta la ideología de
la competencia y la eficiencia abstracta: el mundo es de ganadores y perdedores
(winners y losers). Pero, este orden prescinde de toda referencia a los
seres humanos concretos como fuente de legitimidad[51].
Este paradigma, pone en peligro cada vez mayor los
ámbitos de la vida social y de la naturaleza, y tiene una carga de
auto-destructividad creciente que socava las propias condiciones de posibilidad
de la vida humana, natural y social.
Para
construir una nueva racionalidad, son necesarios principios éticos en donde la
dignidad humana debe recuperar la centralidad, pero no sólo en las
declaraciones, sino en los hechos concretos. Eso es lo que nos permitirá
humanizar al mundo y a la tecnología.
Uno de
ellos es que los derechos y los deberes de
las personas en relación a la vida en sociedad, se delimitan, se esclarecen y
cobran su sentido verdadero, a partir del reconocimiento de su dignidad
inalienable, de su carácter único e irrepetible, única manera de saber qué
lugar se ocupa en el mundo y de reconocer el papel que cumplimos en él[52].
El orden
social y su progresivo desarrollo deben en todo momento subordinarse al bien de
la persona, ya que el orden real debe someterse al orden personal, y no al
contrario. La persona humana es el único ser que es autoconsciente, que está
dotado de interioridad, de “in-sistencia”
en la terminología del filósofo Ismael Quiles.
Reconocer la dignidad inalienable
de la persona humana, implica también reconocer que esta posee una dimensión de
intersubjetividad y relacional que le es connatural, que la vinculan con el
otro y que hace que no permanezca en un recinto estrictamente individual. Por
el contrario, en el hombre existe una simultánea apertura al mundo natural
circundante y a la vida comunitaria. Esta apertura lleva necesariamente al
mundo concreto de la vida, donde se manifiestan sus necesidades materiales,
pero también donde surge el ámbito de la cultura, con sus relaciones sociales,
sus formas simbólicas y el espacio de la comunidad espiritual encarnada en un
entorno espacio-temporal.
Esta dimensión intersubjetiva y
relacional, que es fundamental en el hombre, marca una característica que se
resiste a cualquier reducción que cosifique sus exigencias de fondo. El
reconocimiento de este carácter, como elemento constitutivo de nuestra
identidad humana, permite mirar a los demás no como competidores seriales, o
como una amenaza, sino como posibles aliados en la construcción de un bien, que
no es auténtico si no se refiere, al mismo tiempo, a todos y a cada uno.
En esta comprensión, es fundamental
fortalecer a la familia como célula básica de la sociedad y como factor
necesario para el desarrollo integral. Ello nos permitirá realizar una apertura
que trascienda lo material y nos oriente hacia un marco de valores como la
confianza, la solidaridad y la cooperación.
Pues bien, en este proceso de
cambio paradigmático y civilizatorio, la comunidad organizada y el
justicialismo nos aporta muchas respuestas políticas y jurídicas para modelar
un futuro más humano, donde el centro sea la dignidad humana y donde todos
puedan realizarse plenamente en una comunidad que se realiza a su vez.
Se trata de una doctrina que logró integrar
los grandes aportes de la cultura clásica, agregándole además la expresión del
sentir popular y de su idiosincrasia cultural. De alguna manera, la doctrina justicialista
de la comunidad organizada expresa políticamente las entrañas profundas de la
patria. Por ello, tiene la potencia de
constituir un horizonte que se proyecta al futuro para delinear que tipo de
sociedad queremos los argentinos, como asumimos el adelanto tecnológico y como
afrontamos la amenaza de que los mercados impongan su criterio y terminen
dominando incluso al mundo de la vida.
Ahora bien, es importante tener muy
en cuenta que así como el mundo se ha transformado en una aldea global, en gran
medida como consecuencia de las tecnologías. Pero, junto a ellas, también
operan de forma hibrida, dinámicas de des globalización y re globalización en
forma simultánea. Estas dinámicas, debemos tenerlas muy presentes debido a que
el cambio de “orden” global” y de paradigma cosmovisional, ya se ha iniciado, pero
no será un proceso abrupto y de corto plazo, sino que estamos frente a un
proceso histórico.
Como señaló acertadamente Perón, sabemos
que la integración del hombre en esa sociedad, presupone y concreta la armonía
entre la persona y la comunidad, entre la tecnología y la dignidad humana,
entre la economía, la producción y el bien común del pueblo. Por ello, la
concepción económica en la comunidad organizada, no es aséptica, no puede
aplicarse como un conjunto de medidas técnicas si no está integrada en una
visión del hombre y el mundo de carácter radicalmente nacional.
Siguiendo en esto al Papa Francisco, nos parece que estamos
frente a una oportunidad para que los gobiernos comprendan que los paradigmas
tecnocráticos (sean estado céntricos, sean mercado céntricos) no son
suficientes para abordar esta crisis, ni el resto de los grandes problemas de
la humanidad. Ahora más que nunca, son las personas, las comunidades, los
pueblos quienes deben estar en el centro, unidos para curar, cuidar, trabajar,
compartir[53].
Hoy requerimos más que nunca de más comunidad organizada, de más pueblo como
sujeto político y de un gobierno que esté al servicio de sus intereses.
La propuesta de Perón, va dirigida
al núcleo trascendente del hombre argentino: es hora de superar una visión materialista que amenaza aturdir al
ciudadano con incitaciones sensoriales que dispersan su vida interior. La ruta
que debemos recorrer activamente es la misma que definen las Escrituras: un camino
de fe, de amor y de justicia, para un hombre argentino cada vez más sediento de
verdad[54].
[1]
Juan Domingo Perón “Mensaje Ambiental a los Pueblos y Gobierno del Mundo”
Madrid, 21 de febrero de 1972, consulta en línea en http://www.labaldrich.com.ar/wp-content/uploads/2013/03/Mensaje-Ambiental-de-Juan-Domingo-Per%C3%B3n-a-los-Pueblos-y-Gobiernos-del-Mundo-%E2%80%93-Madrid-1972.pdf
[2]
Papa Francisco, Carta Encíclica “Laudato Si”, Roma 24 de mayo de 2015, n°104,
consulta en línea en http://www.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20150524_enciclica-laudato-si.html
[3] Juan
Domingo Perón, La Comunidad Organizada, Secretaría Política de la Presidencia
de la Nación, Buenos Aires, 1974, Editorial Códex, pág. 25.
[4] R.
H. Barrow, Los Romanos, Fondo de Cultura Económica, México, 2008, pág. 15.
[5] Juan
XXIII, Mater et Magistra, n° 219.
[6] Juan Domingo Perón, La Comunidad Organizada,
Secretaría Política de la Presidencia de la Nación, Buenos Aires, 1974,
Editorial Códex, pág. 75
[7]
Graciela Maturo, Marechal, El Camino De La Belleza, Editorial Biblos, Buenos
Aires, 1999, pág. 268
[8] Andrés,
Alfredo, Palabras con Marechal, Editorial Ceyne SRL, Buenos Aires, 1990,
pág. 49.
Juan Domingo Perón, Modelo
Argentino para el Proyecto Nacional, Ediciones Realidad Política, Buenos Aires,
pág. 28.
[9]
Juan Domingo Perón, Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, Ediciones
Realidad Política, Buenos Aires, pág. 62.
[10] Carlos
A. Disandro, “Humanismo: Fuentes y Desarrollo Histórico”, Fundación Decus, La
Plata, 2004, pág. 75 y siguientes.
[11] Cicerón,
De re pública, libro VI, Editorial Gredos, Madrid, 2000.
[12]
Alvaro d´Ors, “Sobre el concepto Ciceroniano de República” Universidad de
Navarra, págs. 30-41.
[13] Cicerón,
“De re publica” y Carlos A. Disandro, Sentido político de los romanos, Thule
Antártica, Buenos Aires, 1985.
[14]
Juan Domingo Perón, Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, Ediciones
Realidad Política, Buenos Aires, pág. 28.
[15] Castells, Manuel “La era de la
información. Economía, sociedad y cultura” Vol. I, I “La
Sociedad Red”, editorial Siglo Veintiuno S.A., México, 3ra. Edición en español,
2001, pág. 59.
[16] Castells, Manuel “La era de la
información. Economía, sociedad y cultural” Vol. I, I “La Sociedad Red”,
editorial Siglo Veintiuno S.A., México, 3ra. Edición en español, 2001, pág. 74
-77.
[17] Szlajen, Fernando “El humano exacerbado,
consecuencias del equilibrio perdido” consulta en línea en https://www.fernandoszlajen.com.ar/assets/frontend/images/pdf/5be418d804dc1.pdf el 10 de agosto de 2019.
[18] Supiot, Alain “Homo juridicus. Ensayo
sobre la función antropológica del derecho” Siglo Veintiuno Editores S.A., 2da.
Edición argentina revisada, 2012, pág. 41.
[19] Adoptada y proclamada por la Asamblea General
en su resolución 217 A (III), de 10 de diciembre de 1948.
[20] Quiles, Ismael S.J. “La Persona Humana”
Editorial Depalma, Buenos Aires, 1980,
4ta. Edición, pág. 35 y siguientes.
[21]
Juan Domingo Perón, Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, Ediciones
Realidad Política, Buenos Aires, pág. 41.
[22] Juan Pablo II, Papa “Exhortación
Apostólico Christifideles Laici sobre
la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo”, n° 5,
Editorial Claretiana, Bs. As. Argentina, 1993, pág. 14.
[23] Hannah Arendt, Los Orígenes del
Totalitarismo. Barcelona, Tauros. (1974), pág. 542.
[24] Angela Aparisi Miralles “El principio de
la dignidad humana como fundamento del bioderecho global”, en Cuadernos de
Bioética XXIV 2013/2ª, España, págs. 204 y siguientes.
[25] Supiot, Alain, “Homo juridicus. Ensayo
sobre la función antropológica del derecho.” Siglo Veintiuno Editores S.A.,
2da. Edición argentina revisada, 2012, pág. 12/13,
[26] Font, Pablo “La pobreza urbana como
violencia de la razón instrumental moderna: Una reflexión sobre las causas y
posibles respuestas” publicado en “Sociedad, valores y economía. Aproximaciones
a la complejidad de nuestro tiempo” Ediciones Universitarias de la Universidad
Católica del Norte: Antofagasta (Chile), p.146-180.
[27] Ratzinger, Joseph Cardenal “Sobre las
bases morales prepolíticas del Estado Liberal: Razón secular y Religión en el
Estado”; ponencia leída el 19 de enero de 2004 en la "Tarde de
discusión" con Jürgen Habermas, organizada por la Academia Católica de
Baviera, pág. 56.
[28] Bauman, Zygmunt “Vida de Consumo” Fondo
de Cultura Económica, 3era reimpresión, 2011, Bs. As, pág. 44.
[29] Bauman, Zygmunt “Vida de Consumo” Fondo
de Cultura Económica, 3era reimpresión, 2011, Bs. As. Pág. 47.
[30] Gilles Lipovetsky, “La felicidad
paradójica. Ensayo sobre la sociedad del hiperconsumo”, Barcelona, Anagrama,
2007, pp. 10-11.
[31] Renaut, Alain “La era del individuo. Una
contribución a la historia de la subjetividad”, ediciones Destino,
Barcelona, 1993; XVIII, citado por Echarte
LE. en “Consumismo y mejora moral. El papel de la biotecnología en las nuevas
necesidades de mercado.” En Torregrosa M. El
consumidor de moda. Colección ISEM Fashion Business School. Pamplona: EUNSA
2018: 249-288.
[32] Bauman, Zygmunt, “Vida de Consumo”
Fondo de Cultura Económica, 3era reimpresión, 2011, Bs. As, pág. 96.
[33] De Sousa Santos, Boaventura “Derechos
Humanos, Democracia y Desarrollo”, Bogotá, Centro de Estudios de Derecho,
Justicia y Sociedad, Dejusticia, 2014, pág 31.
[34]
Juan Domingo Perón, Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, Ediciones
Realidad Política, Buenos Aires, pág. 78.
[35]
Juan Domingo Perón, Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, Ediciones
Realidad Política, Buenos Aires, pág. 75.
[36]
Fundamentos del Anteproyectos de Código Civil y Comercial de la Nación consulta
en línea el 23 de mayo de 2020 en http://www.nuevocodigocivil.com/wp-content/uploads/2015/02/5-Fundamentos-del-Proyecto.pdf
[37]
Ver artículo 17 y 32, Convención Americana de Derechos Humanos, consulta en
línea en https://www.oas.org/dil/esp/tratados_B-32_Convencion_Americana_sobre_Derechos_Humanos.pdf
[38] D. Richardson, E. Dugarova, D. Higgins, K. Hirao, D. Karamperidou, Z.
Mokomane, and M. Robila, Families,
Family Policy and the Sustainable Development Goals, UNICEF Office of
Research – Innocenti, Florence, 2020, original en ingles, traducción propia, disponible
en: https://www.unicef-irc.org/publications/1092-families-family-policy-and-the-sustainable-development-goals.html.
[39]
Aurora Bernal de Soria en “La educación en la familia, germen de capital social”, publicado en: R. Martínez, H, Pérez, B.
Rodríguez (ed.), “Family-School-Community Partnerships Merging into Social
Development”, Oviedo, Grupo SM, 2005, pp. 21-40, ISBN: 84-675-0587-7.
[40]Atria,
Fernando, Derechos Sociales, Socialismo y Contrato Social consulta en línea en
https://law .yale.edu/sy stem/files/d ocuments/ pdf/SELA1 4_Atria_CV_ Sp.pdf el
día 28 de junio de 2019.
[41]
Juan Domingo Perón, Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, Ediciones
Realidad Política, Buenos Aires, pág. 76.
[42]
Juan Domingo Perón, Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, Ediciones
Realidad Política, Buenos Aires, pág. 77.
[43]
Ursula Basset, “El malestar en la conyugalidad y sus repercusiones jurídicas:
del matrimonio a las uniones de hecho, y de allí a la poligamia” consulta en
línea en https://www.academia.edu/42800950/El_malestar_en_la_conyugalidad_y_sus_repercusiones_jur%C3%ADdicas_del_matrimonio_a_las_uniones_de_hecho_y_de_all%C3%AD_a_la_poligamia
.
[44] Diario
de sesiones de la Convención Nacional Constituyente de 1949. (1949). Buenos
Aires: Imprenta del Congreso de la Nación, p. 276
[45]
Andrés Berazategui, La vigencia de la Tercera Posición, editorial nomos,
consulta en línea en https://nomos.com.ar/2018/04/24/la-vigencia-de-la-tercera-posicion/
[46]
Constitución Nacional de 1949, consulta en línea en http://www.bibliotecadigital.gob.ar/files/original/20/1571/CONST_NACIONAL_1949_digital.pdf
[47] Juan Domingo Perón, Discurso a todo el país
desde su despacho de la Casa de Gobierno, el viernes 3 de septiembre de 1948.
[48]
Sowter, Leandro “El
Consejo Económico y Social y la política de la cooperación económica en los
primeros años de la Argentina peronista, 1946-1948” CONICET, Universidad de San Martín, Instituto de Altos Estudios Sociales,
Revista 14 Escuela de Historia, Año 2015, Nº 14, Vol. 1.
[49] Sowter, Leandro, obra citada.
[50] Juan Domingo Perón, Modelo Argentino para el
Proyecto Nacional, Ediciones Realidad Política, Buenos Aires, pág. 15.
[51] Franz J. Hinkelammert y Henry Mora Jiménez, “Por
una economía orientada hacia la reproducción de la vida”, en Iconos. Revista de
Ciencias Sociales. N° 33, Quito, enero 2009, pp. 39-49
[52]
Royo Urrizola, Paulina “La pregunta antropológica en la filosofía in-sistencial
de Ismael Quiles” en CUYO Anuario de Filosofía Argentina y Americana, Volumen
16, año 1999, Mendoza, Argentina, pág. 104 – 115.
[53]
Papa Francisco, “Carta a los movimientos populares”, 12 de abril de 2020,
Domingo de Pascua.
[54]
Juan Domingo Perón, Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, Ediciones
Realidad Política, Buenos Aires, pág. 135.