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domingo, 22 de febrero de 2026

LA CRISIS CIVILIZATORIA DE OCCIDENTE Y LA COMUNIDAD ORGANIZADA COMO RESPUESTA:

 

Por Juan Bautista González Saborido[i]

1- Introducción:

Estamos sufriendo a nivel global una crisis de enorme envergadura y profundidad que se viene manifestando desde hace tiempo atrás. Efectivamente, estamos sufriendo la agudización de una crisis socio ecológico global y civilizatoria, sobre la cual se viene alertando desde distintos foros académicos y políticos desde hace más 30 años y que Perón, con notable lucidez, ya había advertido claramente el 21 de febrero de  1972 en su conocido “Mensaje a los Pueblos y Gobiernos del Mundo”, donde señaló:

“El ser humano ya no puede ser concebido independientemente del medio ambiente que él mismo ha creado. Ya es una poderosa fuerza biológica, y si continúa destruyendo los recursos vitales que le brinda la Tierra, sólo puede esperar verdaderas catástrofes sociales para las próximas décadas.”[1]

En el año 2015, el Papa Francisco, en la encíclica “Laudato Si”, formuló una contundente crítica tanto al paradigma científico tecnológico como a las formas de poder que derivan del mismo y lanzó la invitación a buscar otros modos de entender la economía y el progreso. Cuestionó que se tienda a creer  ingenuamente que todo incremento del poder constituye sin más un progreso, un aumento de seguridad, de utilidad, de bienestar, de energía vital, de plenitud de los valores, como si la realidad, el bien y la verdad brotaran espontáneamente del mismo poder tecnológico y económico.

Agregó, que el hombre moderno no está preparado para utilizar el poder con acierto, porque el inmenso crecimiento tecnológico no estuvo acompañado de un desarrollo del ser humano en responsabilidad, valores y conciencia[2].

Ahora bien, en este contexto de enorme complejidad, hay una serie de desafíos que vienen desde largo tiempo atrás y que deben ser abordados en forma urgente. Entre ellos, los más importantes nos parecen: la crisis del orden multilateral; el desarrollo de la tecnología digital, de la inteligencia artificial y la biotecnología; la financiarización de la economía, la desigualdad, la injusticia social y la mercantilización de la vida que puede derivar en el triunfo del transhumanismo o del posthumanismo. Estos desafíos no pueden ser analizados como compartimentos estancos, sino que cada uno de ellos está relacionado con los demás, porque en el fondo estamos frente una crisis civilizatoria.  

En esta lógica, como ya hemos planteado en otras oportunidades, la ciencia y la técnica, que en el origen de la modernidad ilustrada europea prometían la emancipación del hombre, hoy tienden a volverse contra el hombre mismo anulando su subjetividad. Con el avance de las técnicas de la clonación humana y de edición genética, el hombre se vuelve un producto de sí mismo e incluso una mercancía.

Así pues, estamos ante un problema civilizatorio profundo debido a que las herramientas tecnológicas no están integradas en la cultura, sino que la atacan. La tecnología pretende convertirse en la cultura. En consecuencia, la tradición, los usos sociales, los mitos, la política, los rituales y la religión, es decir todo aquello que culturalmente humaniza la vida, tiene que luchar para poder sobrevivir en condiciones de inferioridad.

La llamada tecnocracia ha entrado en una etapa en la que un mundo culturalmente arrasado opera sometido a una ideología del progreso que lleva a la sumisión de todas las formas de vida cultural a la soberanía de la técnica y la tecnología.

La conclusión de este diagnóstico, siguiendo a Carlos Disandro, es que estamos en un tiempo de entropía histórica, de autonomía de los acontecimientos por pérdida de su núcleo de sentido, de disolución de la armonía entre razón religiosa y razón secular por la ruptura con la percepción de lo sagrado y lo numinoso, y consecuentemente, de diáspora espiritual de la humanidad en el desierto de la cultura técnica.

Esta crisis, se proyecta tanto al orden global como hacia adentro de los estados nacionales. Por eso, nos parece oportuno volver la mirada hacia la comunidad organizada, y buscar en esta extraordinaria concepción elaborada por Juan Domingo Perón algunas respuestas para resolver esta crisis y encarar el futuro próximo.

Primero, vamos a realizar una síntesis sobre los fundamentos profundos de la comunidad organizada y luego vamos a señalar los desafíos que afrontamos y a plantear las respuestas que la concepción de la comunidad organizada brinda a nuestro país, a nuestra región y al mundo en su totalidad.

2.- La comunidad organizada como fundamento del modelo social, político, jurídico y cultural:

Dentro del ideario político del peronismo y de la filosofía justicialista, la concepción de “Comunidad Organizada” es la principal, porque sobre esta concepción, se construye el  modelo social, político y cultural al que aspira el peronismo como movimiento político.

La comunidad organizada no es un modelo teórico, sino que es una concepción que se debe encarnar en la realidad y que se construye en forma ascendente. Es decir, es el pueblo mismo el que debe organizarse por voluntad propia para cumplir su misión común. En esa tarea sustancial, el gobierno es el instrumento administrativo, jurídico y político que fortalece, a través de su acción a las organizaciones libres que surgen desde el pueblo en el marco de un Estado descentralizado. Si el pueblo se organiza, adquiere poder y se transforma en el actor privilegiado del cambio histórico. 

El fundamento de esta concepción, se asienta sobre la dignidad eminente que tiene la persona humana como miembro de ese “nosotros” o ente colectivo, que es la comunidad organizada. El mismo Perón en el discurso de apertura del Congreso Internacional de Filosofía de 1949 en Mendoza dijo: “Aristóteles nos dice: El hombre es un ser ordenado para la convivencia social; el bien supremo no se realiza, por consiguiente, en la vida individual humana, sino en el organismo superindividual del Estado; la ética culmina en la política.”[3].

La concepción tanto de la persona humana, como de su dignidad, son tomados por Juan Domingo Perón, de la tradición jurídica y política grecolatina sintetizada en el ideal romano de la “humanitas”. La “humanitas” para la concepción romana “… significa por una parte, el sentido de la dignidad de la personalidad propia, peculiarísima y que se debe cultivar y desarrollar hasta el máximo. Por otra, significa el reconocimiento de la personalidad de los demás y de su derecho a cultivarla, y este reconocimiento implica transigencia, dominio de sí, simpatía y consideración.”[4].

Esta elevada concepción de la jerarquía de la persona humana heredada de griegos y romanos, a su vez fue enriquecida por el aporte del cristianismo. La importancia que para el cristianismo reviste la persona humana, últimamente,  fue plasmada en la enseñanza social de la Iglesia: “El principio fundamental de esta concepción consiste en que cada uno de los seres humanos es y debe ser el fundamento, el fin y el sujeto de todas las instituciones en las que se expresa y actúa la vida social: cada uno de los seres humanos visto en lo que es y en lo que debe ser según su naturaleza intrínsecamente social y en el plan providencial de su elevación al orden sobre natural.”[5] 

 En consecuencia, sobre la dignidad de la persona humana, y su naturaleza eminentemente social, es decir la persona como perteneciente a un “todo” de manera esencial, es que se edifica la comunidad organizada. Su objetivo, es que cada persona se realice de manera integral y plena como miembro activo de una comunidad que también se realiza y plenifica con el aporte de cada uno de sus miembros. Ese esfuerzo común y mancomunado de todos realiza el destino de la comunidad organizada. En tanto esta se realiza y plenifica, ello produce la realización y plenificación de cada uno de sus integrantes.

La construcción de la “comunidad organizada” implica el restablecimiento del sentido de la vida en común (el paso del yo al nosotros) y de las verdades últimas de un hombre vertical en un mundo en el que dominan el materialismo, el desarrollo científico-tecnológico, el individualismo y el consumismo exacerbado, aunque este último paradójicamente, sólo para unos pocos.

El mismo Perón dice: “Lo que nuestra filosofía intenta restablecer al emplear el término armonía es, cabalmente, el sentido de plenitud de la existencia. Al principio hegeliano de realización del yo en el nosotros, apuntamos la necesidad de que ese “nosotros” se realice y perfecciones por el yo.”[6] .

Una cuestión importante a destacar, frente a cualquier idea posnacional o cosmopolita, es que esta comunidad organizada a la que aspiramos, está situada en un tiempo y en un espacio determinado. Al agregarse estas dos dimensiones, la comunidad organizada se transforma en la patria concebida como morada, como pertenecía, como devenir y destino colectivo. Devenir y destino colectivo cuyo desarrollo es función principal del estado, el cual se concibe como conciencia histórica y política de la patria.

La persona como miembro de una comunidad queda ligada a un paisaje, a un grupo humano, a un lenguaje y a una cultura histórica. Este es un aspecto sustancial de la comunidad organizada. La geografía que habita esta comunidad organizada, se transforma en geocultura –como para Kusch- espacio cargado de significación. Ámbito en donde se opera la relación con los otros y donde se juega el destino colectivo y que es para quienes lo habitan “el rincón más risueño de la tierra”, pues allí se sitúan las vivencias más íntimas y significativas del ser humano[7].

La vivencia que se opera dentro de la comunidad de poseer un origen en común, una historia y un destino colectivo, brota de la coordenada temporal. De allí surge la noción de pueblo como conjunto fraternal, no gregario, construido sobre la noción cristiana de persona. El pueblo es el sujeto histórico y colectivo que realiza el destino común. Parafraseando a Marechal, la construcción de una comunidad organizada es “transformar una masa numeral, en un pueblo esencial”[8].

Esta concepción justicialista de la comunidad organizada, vale recordarlo, toma sus contornos de la herencia cultural griega y romana. Particularmente la noción de como a través de la acción política se ponen en contacto el mundo divino y el mundo humano. Noción que luego fue incorporada por el cristianismo.

Nos parece importante desarrollar este punto, precisamente, porque vivimos inmersos en un paradigma tecnocientifico y económico secularista, que limita y restringe mucho la visión de la realidad, y en consecuencia de la acción política a realidades puramente materiales.

El mismo Perón señalaba que el ser humano, cegado por el espejismo de la tecnología, ha olvidado las verdades que están en la base de su existencia. Y así, mientras consigue logros extraordinarios y conocimientos fabulosos en dicho campo, al mismo tiempo mata el oxígeno que respira, el agua que bebe y el suelo que le da de comer, así como eleva constantemente la temperatura del medio en que vive, sin medir sus consecuencias biológicas[9].

Desde la cosmovisión griega, para Hesíodo, la comunidad política se funda en un acto de inspiración, es decir se traslada aquello que está en el orden divino de las Musas hacia al orden humano. El gobernante no puede entender el acto de conducción política, sino a través del principio de inspiración y no puede ordenar armoniosamente la comunidad, sino como un acto de interiorización que se traslada a la realidad política.

De esa realización íntima procede el desarrollo de la comunidad humana y política tal como la entiende el griego: una comunidad como realidad nueva incorporada a la realidad cósmica. Realidad cósmica en donde hay interdependencia entre la naturaleza humana y la no humana y también en donde interactúa lo visible y lo invisible. La comunidad política queda de esa forma inserta en una realidad mayor y sobrenatural[10].

Por su parte, en la religión romana interesa en primer lugar, la intervención activa del hombre en el cosmos. El hombre como creador de un espacio sacro -“templum”- en el que se ponen en contacto el mundo divino, invisible, misterioso, con el mundo  de nuestra experiencia, con la tierra, con el cosmos. El hombre posibilita ese vínculo en la medida en que realiza una acción sagrada.

Esa relación entre ambas esferas para el romano, se debe plasmar en el orden de la comunidad humana y política. Es el carácter activo del hombre a través de su acción, lo que le permite ser intermediario entre lo divino y lo humano, nexo entre ambas dimensiones. El rasgo característico de esta actividad sagrada para el romano lo da su condición de fundador de ciudades, de la “civitas”, el denominado “homo conditor” según la célebre frase de Cicerón.

El carácter fundador se da principalmente en la construcción de la comunidad política, que es para el romano el verdadero ámbito donde se ponen en contacto lo divino, lo humano y lo cósmico. Ese vínculo con lo numinoso, con lo divino, para el romano debe expresarse en un orden social y político, tal como lo expresara para la inmortalidad Cicerón: “…porque en realidad no hay ninguna cosa en la cual la virtud humana se acerque más al numen de los dioses que el hecho, o de fundar ciudades nuevas o de conservar la ya fundadas.”[11].

Nos detendremos en algunos conceptos de Cicerón, debido a que logró una acertada síntesis y claridad sobre algunas instituciones que provienen de la tradición romana y que fueron incorporados al justicialismo. El primer es su definición de pueblo. Cicerón nos dice que el pueblo no debe entenderse como simple agregado humano, sino como sociedad que se sirve de un derecho común.

Este agregado natural -unión de hombres o de muchedumbre- no es todavía propiamente un "pueblo", sino solamente cuando existe un derecho común del que todos pueden servirse. Cicerón habla aquí de “iuris consensus” y de “communio utilitatis”.

No se trata de que los hombres se pongan de acuerdo en un derecho -pues esta idea consensualista o pactista es contraria al pensamiento de Cicerón-, sino de que rijan por un derecho común: un derecho asumido conscientemente para todo el pueblo, y del que éste puede servirse comúnmente. Y, esta disponibilidad del derecho es precisamente la “utilitas”  cuya comunión exige Cicerón para que se pueda hablar de “populus”. Consiguientemente, el derecho común al servicio de todos es lo que hace que un agregado humano natural se convierta en 'pueblo" y se pueda hablar de "gobierno público" o 'república", una conceptualización muy diferente a la que popularizaron los teóricos iluministas de la revolución francesa.

Cicerón parte de la naturalidad de un agregado humano, no pactado sino espontáneo, pero considera que tal agregado sólo constituye un “pueblo” propiamente dicho cuando dispone de un orden común, de un “consensus iuris”, y que, por lo tanto, sólo entonces se puede hablar de que existe un gobierno común, una “res pública”, propia de ese populus. Vale señalar que ese “consensus iuris” debe expresar la realidad e idiosincrasia del pueblo.

Cuando el gobierno es tal que esa comunidad del derecho desaparece, como ocurre en las formas de gobierno degradadas (anaciclosis), la república también desaparece, pero no ocurre así cuando hay un mínimo de comunidad jurídica[12].

Tanto la comunidad de derecho como la comunidad de intereses son para Cicerón rasgos distintivos de un pueblo. De ahí, viene un segundo concepto muy importante que es la “concordia ordinum”. Para Cicerón, tal como lo explica en las “Las Cartas Tusculanas”, la concordia tenía tres dimensiones. En primer lugar, la concordia es unidad, amistad y acuerdo, lo que asegura la armonía de la república. Evitar las divisiones y discordias internas es condición indispensable para la prosperidad y la libertad. La República debe eliminar el odio y fomentar la amistad y el acuerdo entre sus ciudadanos.

En segundo lugar, la concordia ordinum era una armonía política o coalición entre los dos órdenes de los senadores y la clase aristocrática, los equites. La mejor manera de asegurar la concordia en una república, para Cicerón, era mantener el equilibrio entre sus dos órdenes principales.

En tercer lugar, la clave para preservar la concordia debe ser preservar el bien común en un consenso de todas las personas buenas y la idea de la concordia como un consenso omnium bonorum, lo que también llamo concordia de los ciudadanos o concordia civium.

Ahora bien esta categoría del “ius romanun” es reinterpretada por Perón que le da un alcance diferente. Para el justicialismo,  la “concordia ordinum” además de la armonía política y la búsqueda de la amistad, también consiste en la alianza y la colaboración de clases basada en la búsqueda del bien común y de la justicia social. Lo que Juan Perón llamó, con indudable estilo político, concertación por la justicia social[13]. Esta, es la única forma de alcanzar una verdadera democracia social.

En síntesis, el ideal político del peronismo pasa por la construcción de una comunidad organizada. Esta noción es un legado de la cultura política y jurídica grecorromana quienes consideraban que la actividad política era la más alta y la más noble de las actividades humanas a tal punto que los ponía en contacto con el mundo de los dioses.

La comunidad debe ser conscientemente organizada y adecuada a nuestra propia cultura e idiosincrasia. Señala Perón, que los pueblos que carecen de organización pueden ser sometidos a cualquier tiranía. Se tiraniza lo inorgánico, pero es imposible tiranizar lo organizado. Además, la organización es lo único que va más allá del tiempo y que triunfa sobre él.

Para que esto sea posible deberemos alcanzar un alto grado de conciencia social, que en gran medida se debe a que las personas identifiquen sus derechos inviolables, sin enajenar la compresión de sus deberes.

Por último, para Perón, un factor aglutinante, es la solidaridad social, que opera como fuerza poderosa de cohesión y que sólo un pueblo maduro puede hacer germinar. Cuando la comunidad argentina esté completamente organizada, será posible realizar la misión fundamental de todos los ciudadanos: hacer triunfar la fuerza del derecho y no el derecho de la fuerza[14].

Como puede observarse, la construcción de la comunidad organizada es una tarea de la máxima importancia y del máximo nivel, que corresponde a la alta política y que en cada época y en cada período histórico, debe enfrentar nuevos desafíos estratégicos y nuevos problemas que conspiran contra su identidad, unidad, dinamismo y cohesión interior.

Una vez aclarada la concepción de la comunidad organizada en todas sus dimensiones, sus fundamentos y antecedentes, a continuación, se expondrán algunos desafíos que se presentan para la construcción y el mantenimiento de la comunidad organizada en esta crisis global y civilizatoria.

3.- Los cambios tecnológicos y los desafíos que ponen en crisis la dignidad de la persona como fundamento de los derechos humanos:

Tal como señalamos, la dignidad humana es uno de los fundamentos de la comunidad organizada y también de los derechos fundamentales. Sin embargo, desde hace tiempo, los cambios tecnológicos, algunos de ellos acelerados por la pandemia, están poniendo en jaque la relevancia de la dignidad humana, y vaciando de contenido el concepto de persona.

El primer ámbito donde se dan los grandes cambios, es en el de las tecnologías de la información y la comunicación que generan una interconexión efectiva y global de carácter económico, cultural, turístico, científico, técnico y comunicativo. A este proceso se lo denomina globalización y abarca los procesos económicos, mediáticos, técnicos, y culturales que se desprenden de dicha globalidad.

Cabe señalar, por un lado, que estos procesos se realizan a veces de forma espontánea, pero también de modo premeditado y planificado y que tienen un ritmo particular: por momentos se acelera y por momento se desacelera como sucede actualmente. Es decir que operan en forma simultánea dinámicas de globalización y de desglobalización.

Los cambios económicos, sociales y tecnológicos que generan estos procesos, requieren de una continua adaptación política e institucional para responder a las nuevas necesidades y para aprovechar las oportunidades que se abren en un sistema mundial. Por ello, los cambios y la necesidad de adaptación del derecho a los mismos, constituyen inequívocamente un factor de incertidumbre y de crisis en los ordenamientos jurídicos, especialmente cuando no respetan la idiosincrasia y cultura de los pueblos.

Asimismo, dentro de este proceso, herramientas como internet, las redes sociales, los videos documentales y la educación virtual han acelerado cambios políticos, han reducido las desventajas de información de los grupos marginados y han facilitado el surgimiento de nuevos movimientos sociales.

Sin embargo, simultáneamente con el desarrollo de la inteligencia artificial y el análisis de los macro datos, ha permitido que Estados y empresas controlen y manipulen la información personal y vigilen la vida de los ciudadanos, que se fragmente cada vez más el tejido social, y que derechos básicos como la privacidad, la intimidad, el honor, la autodeterminación informativa y la libertad de opinión y de expresión, queden en entredicho.

Por último, estos desarrollos de la tecnología de la información han generado una interacción creciente con el hombre, produciendo que la frontera entre hombre y máquina se haya tornado mucho más borrosa y difusa, con la lógica afectación de la concepción que tenemos sobre la persona humana y su dignidad.  Como ya había señalado el sociólogo Manuel Castells:

La integración creciente entre mentes y máquinas, está borrando lo que se denomina “la cuarta discontinuidad” (la existente entre humanos y máquinas), alterando de forma fundamental el modo en que nacemos, vivimos, aprendemos, trabajamos, producimos, consumimos, soñamos, luchamos o morimos[15].

El segundo de los ámbitos, donde se dan grandes cambios es en el de la biotecnología o tecnologías de la vida. En este campo, desde la década de 1990 la capacidad educativa e investigadora se ha incrementado exponencialmente y ha acelerado la revolución biotecnológica.

Esto significa que se ha incrementado el poder del hombre sobre la vida en el planeta, a un nivel que se ha tornado terriblemente imprecisa la frontera entre naturaleza y tecnología. A tal punto es así, que el poder tecnológico desarrollado en la actualidad alcanza la posibilidad de manipular incluso la vida humana. Este avance tecnológico reviste una importancia singular, porque significa que el hombre podría borrar los límites de su propia condición humana[16].

Una consecuencia de todo esto, es que conforme aumenta la capacidad tecnológica, aumenta simultáneamente el imperativo tecnológico. Esto es: que todo avance por el solo hecho de ser posible en el campo de los hechos, se vuelve inmediatamente deseable en el campo axiológico[17].

Así pues, este imperativo tecnológico, está desmantelando la misma visión del mundo que en el pasado alentó, a través de la modernidad occidental y su paradigma científico tecnológico en el sentido de que el hombre deja de ser el centro y se subordina a este paradigma. Estamos frente a una paradoja sorprendente, el hombre es a la vez un creador omnipotente que descubrió como dominar el misterio de la vida y como producirla en un laboratorio, pero simultáneamente pierde su eco de eternidad y se convierte en un puro objeto técnico. Se trata de un cruce de límites en la concepción occidental del ser humano que necesariamente se traslada al campo jurídico[18].

Por otra parte, la aparición de estas nuevas tecnologías y el desarrollo de la inteligencia artificial por la vía de la apropiación del conocimiento y la generación de los sistemas concentrados, ha generado la acumulación de recursos en los países altamente desarrollados en detrimento de los países periféricos o semiperiféricos como el nuestro.

Por lo tanto, mientras advertimos estos cambios colosales en materia tecnológica, al mismo tiempo percibimos la gravedad cada vez mayor de la cuestión de la desigualdad y de la pobreza consiguiente, que afectan gravemente a la dignidad humana. La pobreza extrema se puede definir mejor como una condición en la que la gran mayoría de los derechos humanos no tiene posibilidad alguna de hacerse realidad. En otras palabras, la desigualdad y la injusticia social no es solamente una cuestión económica, sino también una cuestión de privación de derechos humanos básicos.

4.- El riesgo de la relativización de la dignidad humana afecta a la Comunidad Organizada:

El principio de la dignidad de la persona, está reconocido como fundamento último de los derechos humanos y surge clara y expresamente de la Carta de las Naciones Unidas y de la Declaración Universal de Derechos Humanos[19]. Sin embargo, paradójicamente, este principio es justamente el que está puesto en crisis actualmente.

Ahora bien, para recuperar la potencia de este principio, no bastan solamente las declaraciones ni las enunciaciones. Esto debe ser tenido debidamente presente, porque pese a la proliferación de declaraciones y tratados internacionales de derechos humanos, lo cierto es que a diario se daña seriamente la dignidad del hombre y se violan los derechos humanos más elementales de cientos de miles de personas, con el agravante de que se trata de una realidad completamente naturalizada.

Ello se debe, según nuestro opinión, a una creciente devaluación de la importancia de la dignidad humana y a su paulatina relativización, es decir que ya no se considera que la dignidad humana sea un principio absoluto que reside en todo hombre o mujer, sin importar su condición, por el solo hecho de ser persona.

¿Y que entendemos por persona? Cuando nos referimos a la categoría de persona, estamos aludiendo a que  la persona humana es un individuo único, irrepetible e insustituible, por eso la persona merece ser nombrada con un nombre propio, porque no es algo, sino alguien,  eso que significamos con los términos “yo”, “tú”, “nosotros”; de ahí que la persona no sea intercambiable como ocurre con las cosas o con otros seres vivos[20].

Por otra parte, la persona tiene una dimensión social, intersubjetiva y relacional que le es inherente a su naturaleza. La sociedad está integrada por personas. La persona aparece en la sociedad como en su ámbito natural, y solo en la sociedad se realiza en toda su perfección.

Del carácter único e irrepetible y de su naturaleza social deriva la dignidad humana como fundamento de los derechos humanos. La referencia de la dignidad humana siempre es la existencia concreta e incomunicable de cada persona particular.

El mismo Perón, sostuvo que la filosofía justicialista insistió siempre en los valores y principios permanentes como fundamento espiritual insoslayable. Para él, el hombre de nuestra tierra,  debe integrar la esencia de cualquier hombre de bien: autenticidad, creatividad y responsabilidad. Pero agregaba que sólo una existencia impregnada de espiritualidad, en plena posesión de su conciencia moral puede asumir estos principios, que son el fundamento único de la más alta libertad humana, sin la cual el hombre pierde su condición de tal[21].

Por ello, si se relativiza la importancia de la dignidad humana, se relativiza la base antropológica de los derechos humanos y de la comunidad organizada. Pues así, los derechos y deberes del hombre, al carecer de una base sólida de sustentación, se debilitan y entonces aumenta el peligro de “instrumentalización” de la persona que así corre el riesgo de terminar convertido en esclavo del más fuerte. Y el más fuerte puede asumir diversos nombres: ideología, poder económico, sistemas políticos inhumanos, tecnocracia científica, oligarquía financiera y avasallamiento por parte de los medios de comunicación social[22].

Pues bien, ¿Qué entendemos por relativización de la dignidad humana? La relativización de la dignidad humana, significa que se la considere sólo como un concepto, como una mera abstracción, o como un elemento puramente nominal. Esta concepción devaluada del hombre y de su dignidad, provoca que el sistema de derechos humanos pierda su potencia protectoria. El peligro de esta situación es que esta mentada relativización y devaluación de la dignidad humana pueda convertirse en un mecanismo de paulatino dominio sobre el mismo hombre.

Hannah Arendt, por ejemplo, extrajo de la experiencia del totalitarismo, que un paso esencial en el camino que conduce a la dominación total del hombre, a su sometimiento, consiste en suprimir a la persona jurídica en el hombre: “La destrucción de los derechos del hombre, la muerte en el hombre de la persona jurídica, es un prerrequisito para dominarle enteramente”[23].

Hoy sigue existiendo el riesgo de los totalitarismos. Quizás un totalitarismo diferente al  que hacía referencia Hannah Arendt, pero no menos peligroso. Nos referimos al riesgo de caer en un totalitarismo del mercado, que a su vez, esté dominado por el imperativo tecnológico. De esta forma, la unión de mercado e imperativo tecnológico, pueden terminar subordinando al hombre a su propia lógica de lucro a cualquier costo. Por ello, es que juzgamos de tan relevante importancia la defensa de su dignidad, como punto de partida para una reflexión profunda acerca del hombre y de su lugar en la sociedad y consecuentemente, la necesidad de construir la comunidad organizada.

Ahora bien, en la actualidad dicha lección pareciera olvidada por algunos juristas[24] que sostienen que la persona jurídica es un mero artefacto sin relación con el ser humano concreto. Esto significaría que hay seres humanos que no alcanzan el estatus jurídico de persona, como sería el caso, por ejemplo, de los seres humanos en gestación. Contra esta unidad entre ser humano y persona apuntan quienes hoy procuran descalificar al sujeto de derecho para poder aprehender al ser humano como una simple unidad contable y tratarlo como una pura abstracción.

Esta concepción que relativiza a la persona humana y su dignidad, nos pone frente al riesgo de perder de vista el rostro concreto de cada persona y reducir su existencia a una fría estadística. Tal reducción del hombre empeora, si además va a acompañada por la dinámica del cálculo que proviene del  paradigma actual del capitalismo y de la ciencia moderna. Con este mismo criterio muchas veces se interpreta el principio jurídico de la igualdad. La igualdad algebraica autoriza la no diferenciación. Así pues, la igualdad puede resultar objeto de interpretaciones insensatas cuando, bajo el dominio de la cantidad, se pone el acento en la abstracción del número por encima de la cualidad de los seres enumerados[25].

Esta reducción del hombre, que analizamos precedentemente, es consecuencia del predominio de una racionalidad instrumental –economicista, que explica la realidad exclusivamente en términos de un interés individual y material. Para esta racionalidad, la interpretación de la existencia se realiza solamente en términos de los valores económicos – crecimiento, eficiencia, productividad, capacidad de consumo- y se erige como el discurso hegemónico, al mismo tiempo que desestima cualquier interpretación diferente[26].

Esta racionalidad instrumental – economicista es la que convierte al ser humano no ya sólo en un instrumento, sino incluso en una mera circunstancia o cifra coyuntural en el marco de un proceso económico y tecnológico que se erige como instancia de justificación última de toda la realidad.

Estas características señaladas: el predominio de la racionalidad instrumental –economicista; la consideración de la persona humana como una mera abstracción; que se evalúe el principio de la igualdad jurídica exclusivamente en términos algebraicos; etc.; son las cuestiones centrales que denotan que nos encontramos frente a una crisis profunda de base antropológica, cuya consecuencia es la relativización y erosión de la dignidad humana.

El contexto descripto, genera que el hombre paulatinamente se vaya transformando en un instrumento y por ende, que la persona humana vaya perdiendo su centralidad. Esta instrumentalización que señalamos, se ve incrementada porque el desarrollo de las tecnologías de la vida –como hemos esbozado- le da al hombre cada vez mayor poder para transformar la realidad, a tal punto, que ahora está en condiciones de poder hacer hombres, de producirlos, por así decir, en el tubo de ensayo. De este modo, el hombre se convierte en un producto, y así, se muda de raíz la relación del hombre consigo mismo.

La combinación entre el predominio de la racionalidad instrumental – economicista,  y el poder tecnológico que ha desarrollado el hombre sobre la vida humana misma, agravan enormemente el problema. Con el desarrollo de la biotecnología, el hombre ha logrado descifrar los trasfondos de un poder tan extraordinario como peligroso y ello plantea un nuevo desafío de dimensión civilizatoria. Nos referimos al poder de generar vida humana y de manipular los ámbitos de su propia existencia.

Con este poder, la tentación de ponerse a construir entonces al hombre adecuado (al hombre que hay que construir), la tentación de experimentar con el hombre, la tentación también de considerar quizá al hombre o a cierto grupo de hombres como basura, como sobrantes y de dejarlos de lado y excluirlos, ya no es ninguna fantasía de moralistas hostiles al progreso[27].

La consecuencia de todo ello, es el riesgo de que el hombre deje de ser el principio y el fundamento del orden jurídico, político, cultural, económico y social y que se produzca una paulatina deshumanización de nuestras sociedades y la consiguiente dificultad para edificar la comunidad organizada.

De esta forma, el relativismo y el desarrollo tecnológico, en vez de producir la liberación o la plenificación del hombre,  producen lo contrario, es decir, que el hombre mismo se transforme en una víctima de una dominación cada vez más ominosa.

5.- El riesgo del avance del mercado sobre la vida humana:

Otro de los desafíos en torno a la edificación de la comunidad organizada, que a nuestro juicio está vinculado con la relación entre derecho e ideología y al que calificamos como uno de los más importantes, es el del avance del mercado sobre la vida en general y sobre la vida humana en particular. Nos referimos concretamente al peligro de la sociedad del hiperconsumo y a una de sus consecuencias que es la subordinación de la persona humana a las leyes del mercado.

Para comprender el fenómeno de la sociedad del hiperconsumo, nos vamos a basar en los trabajos e investigaciones de Zygmunt Bauman, quién parte de la hipótesis general de que nos encontramos frente al paso de una sociedad de productores (sociedad sólida) a una sociedad de consumidores (sociedad líquida). Dentro de este periplo, es que se opera lo que él denomina la revolución consumista, es decir el proceso de transformación a través del cual el consumo adquiere una característica central en la vida social, o en la mayoría de las personas del conjunto social.

 Así, el consumo deja de ser una necesidad existencial o inmanente y se transforma en una necesidad construida al querer o desear algo. En otras palabras, para la mayoría de las personas se tornó particularmente importante, por no decir central, que la capacidad de querer, desear, anhelar y en especial la capacidad de experimentar esas emociones repetidamente, sea el fundamento de toda la economía de las relaciones humanas[28].

Agrega Bauman, que el consumismo se asienta como un acuerdo social, como una fuerza que opera otras esferas de la vida pública al constituirse como una forma de integración, estratificación y formación del individuo, sobre todo porque adquiere un papel preponderante en procesos de auto identificación de personas y colectividades.

Esto provoca que en la sociedad de consumo, los productos se conviertan en mercancía –objeto de transacción- y consecuentemente, que la mercancía se transforme paulatinamente en el principal organizador de las relaciones sociales, sea como principal vehículo que asegura la interdependencia y la cohesión social, sea como principal conductor de los conflictos distributivos. En efecto, en torno de la mercancía se organizan los sistemas distributivos y el mercado, sea del trabajo o de productos y servicios, que exigen y movilizan la constante regulación del estado. Podemos afirmar que de alguna manera, el consumismo produce una aceleración de la mercantilización de la sociedad[29].

En este marco, debemos destacar, como una cuestión de singular importancia, que la sociedad de consumo genera en el individuo nuevos estándares de felicidad y estos estándares están basados en la libertad de elección individual. Sin embargo, esa felicidad está condicionada a la capacidad del poder adquisitivo: el que decide qué compra es porque tiene los recursos suficientes para estar a la altura de sus propias aspiraciones. Esta característica es lo que se ha denominado como la  felicidad paradójica que genera el hiperconsumo, tal como advierte Gilles Lipovetsky:

“Nace un “Homo consumericus” de tercer tipo, una especie de turbo consumidor desatado, móvil y flexible, liberado en buena medida de las antiguas culturas de clase, con gustos y adquisiciones imprevisibles. Del consumidor sometido a las coerciones sociales (…) se ha pasado al hiperconsumidor al acecho de experiencias emocionales y de mayor bienestar, de calidad de vida y de salud, de marcas y autenticidad, de inmediatez y comunicación (…) De ahí la condición profundamente paradójica del hiperconsumidor. Por un lado, se afirma como “consumactor”, informado y “libre”, que ve ampliarse su abanico de opciones, que consulta portales y compradores de costes, aprovecha las ocasiones de comprar barato, se preocupa por optimizar la relación calidad-precio. Por otro lado, los estilos de vida, los placeres y los gustos se muestran cada vez más dependientes del sistema comercial. Cuanto más obtiene el hiperconsumidor un poder que no conocía hasta entonces, más extiende el mercado su influencia tentacular (…)”[30].

Aquí es pertinente hacer un comentario. Ciertamente, la libertad individual es una necesidad natural de todo ser humano y una de sus características esenciales. Ahora bien, esta característica consiste principalmente en la capacidad de autodeterminación del hombre en aras de un fin, de un objetivo, que llene de sentido su vida. Pero si esta característica es reducida a la capacidad de elección, obviando el fin último, el para qué de la misma, entonces la libertad abre sus puertas a un número infinito de nuevas necesidades y, por tanto, de nuevas posibilidades de mercado.

Frente a una nueva necesidad o frente a un nuevo deseo, surgirá siempre un nuevo producto. Cuanto más libre sea o se crea un consumidor, más fácil va a ser diseñar bienes con que tentarle. Asimismo, cuantos menos fines intrínsecos existan en la naturaleza, en sí mismo o en las relaciones sociales y comunitarias, mayor será el horizonte de posibilidad de unos mercados en continua expansión.

En este mismo orden de ideas, el filósofo Alain Renaut, que define a la modernidad como la era del individuo y de la libertad, considera a ambos bienes respetables y buenos aunque sostiene que no lo son –necesariamente- cada uno de los modos en los que éstos han ido siendo adquiridos.[31] Pues si estos bienes quedan reducidos a la libertad de elección y capacidad de consumo, la consecuencia es que los intereses de mercado juegan un importante papel en el reconocimiento de los derechos y libertades individuales. Por lo tanto, dichas conquistas pronto se tornan contra el propio consumidor que ha quedado reducido a un producto o a un medio o a una pieza del engranaje del mercado de consumo.

En otras palabras, la sociedad de consumo define a sus miembros a partir de su capacidad de consumo y el poder adquisitivo en la sociedad de consumidores está invariablemente relacionado con el desempeño individual, ya que consumir significa invertir en la propia pertenencia a la sociedad. De esta forma, las presiones sociales generan un clima de reproducción de un sistema que vive por, para y desde el consumo. “La presentación tácita que subyace a todo este razonamiento es nuevamente la fórmula “para ser consumidor, primero hay que ser producto”. Antes de consumir, hay que convertirse en producto, y es esa transformación la que regula la entrada al mundo del consumo. En primer término, uno debe convertirse en producto para tener por lo menos una oportunidad razonable de ejercer los derechos y cumplir las obligaciones de un consumidor”[32].

Esta faceta social, supone para Bauman, la manera en la que se presentan los individuos en la vida cotidiana. Aquí se hace explícito el paso del sujeto al objeto producto de consumo. El individuo adquiere cualidades que el mercado demanda como conditio sine qua non para alcanzar el éxito de la movilidad social, que hace apenas medio siglo otorgaba el mundo del trabajo industrial.

Otro aspecto de suma relevancia es el impacto sobre el funcionamiento del poder político. Así pues, el consumismo, la sociedad de consumo, la cultura del consumo, la modernidad liquida, el avance del mercado, han provocado también grandes transformaciones en el poder político en las últimas décadas.  Así, para Boaventura Santos, estamos en una fase de “capitalismo desorganizado” en el cual se derrumban muchas de las formas de organización de épocas anteriores, y el principio del mercado alcanza una intensidad sin precedentes que va más allá de lo económico y que pretende colonizar los principios del Estado y la comunidad, con cambios claros en el ámbito de la regulación de los derechos humanos[33].

“Esto es que el aumento de la promiscuidad entre el poder político y económico, las condicionalidades impuestas por los organismos financieros internacionales, el papel predominante de las empresas multinacionales en la economía mundial, la concentración de la riqueza, todo esto ha contribuido a reorganizar el Estado, a diluir su soberanía y someterlo a la creciente influencia de poderosos agentes económicos nacionales e internacionales, lo que hace que los mandatos democráticos sean subvertidos por mandatos de intereses minoritarios pero muy poderosos, con el detrimento que ello causa en el sistema de protección de los derechos humanos.”

En definitiva, de lo que hemos expuesto en este punto -en forma sintética-, es posible vislumbrar el nivel de profundidad de la crisis de los derechos humanos y que esta crisis afecta directamente al hombre y a su vida comunitaria, pues el auge de la lógica del mercado y la mercantilización de las relaciones que genera la cultura consumista, aumenta los riesgos de pérdida de sentido y concomitantemente de exclusión social.

Perón advertía hace más de 40 años atrás, que asistíamos a un desolador proceso: la disolución progresiva de los lazos espirituales entre los hombres. Y agregaba que, este catastrófico fenómeno debe su propulsión a la ideología egoísta e individualista, según la cual toda realización es posible sólo como desarrollo interno de una personalidad clausurada y enfrentada con otras en la lucha por el poder y el placer. Quienes así piensan solo han logrado aislar al hombre del hombre, a la familia de la Nación, a la Nación del mundo. Han puesto a unos contra otros en la competencia ambiciosa y la guerra absurda[34].

La consecuencia de ese proceso es la subordinación de la persona al mercado, el prevalecimiento del más fuerte, el predominio del sistema financiero, la exclusión social de grandes masas de la población, la falta de trabajo, la crisis ambiental y la falta de cobertura frente a las contingencias sociales. La consideración del hombre como un número o como un bien de consumo, nos demuestra la dimensión de la crisis que embarga al hombre, a nuestra sociedad, a nuestra cultura y por ende a los derechos fundamentales del hombre.

6.- ¿Qué aportes nos hace la Comunidad organizada frente a estos desafíos?

Frente a los enormes desafíos descriptos, la vida y el mundo de la vida, siguen reclamando su lugar central en el nuevo paradigma civilizatorio. La vida, especialmente la vida humana, no se deja someter a la racionalidad instrumental y economicista de la tecnología. En ella, siempre hay múltiples planos definidos por el dinamismo, la diversidad y la complejidad, y que se dejan captar mejor desde una aproximación múltiple e interdisciplinaria.

Es preciso entonces, para preservar el mundo de la vida, por un lado, retomar la vía de exaltar la dignidad de la persona y por el otro, señalar la interdependencia, la intersubjetividad relacional que es constitutiva del mundo de la vida del hombre y que lo impulsan a construir la comunidad organizada a partir de su célula básica: la familia.

Pese a los embates de una creciente anarquía de los valores esenciales del hombre y la sociedad que parece brotar en diversas partes del mundo, la familia seguirá siendo, en la comunidad nacional por la que debemos luchar, el núcleo primario, la célula social básica cuya integridad debe ser celosamente resguardada.

Aunque parezca prescindible reafirmarlo, el matrimonio sigue siendo la base  más importante de constitución y funcionamiento equilibrado y perdurable de la familia. La indispensable legalidad conforme a las leyes nacionales no puede convertirse en requisito único de armonía. Como sostenía Perón, es preciso que nuestros hombres y mujeres comprendan la importancia de la constitución del matrimonio con una insobornable autenticidad, que consiste en comprenderlo no como un mero contrato jurídico, sino como una unión de carácter trascendente[35].

Ahora bien, en el actual marco legal, el modelo de la unión conyugal ha perdido sus atributos de “unidad” y de “institución”, para hacer prevalecer el aspecto de “autonomía de la voluntad”. En el mismo, se privilegia la idea de que cada miembro tiene derechos humanos y civiles en las relaciones de familia por sobre la dimensión institucional que se genera a través de la unión conyugal. Esto significa que la familia ya no es concebida como una institución en sí misma, sino como un ámbito de realización personal de cada uno de sus miembros.

La opción de este modelo por la libertad y la autonomía de la voluntad, incluye privilegiar los proyectos de vida individuales. Es decir, que lo que se buscó cuando se sancionó el nuevo Código Civil y Comercial es regular una serie de opciones de vida propias de una sociedad pluralista, pero asentados en los derechos individuales de los contrayentes[36].

Cuando señalamos que  la unión conyugal ha perdido sus atributos de “unidad” y de “institución”, para hacer prevalecer el aspecto de “individualidad”, estamos señalando que se privilegia la idea de que cada miembro tiene derechos humanos y civiles en las relaciones de familia que están por encima de la dimensión institucional o unitiva que surge a través de la unión conyugal.

Esta característica genera como resultado una mayor fragilización de la conyugalidad, que se ve más como un derecho subjetivo de los individuos, que como una institución que presta una serie de servicios sociales o interpersonales en orden al bien común. Esto a pesar de la letra de los tratados internacionales, que indicarían lo contrario[37].

Así pues, en este contexto actual de individualismo, de consumismo exacerbado, de debilitamiento de los lazos sociales y de profunda crisis social agravada por la pandemia del coronavirus,  el actual modelo jurídico y social de matrimonio y familia  puede facilitar la erosión de los vínculos familiares y aumentar la fragmentación social y la desigualdad.

Sin embargo,  actualmente parece existir una corriente fuerte de opinión, que busca restituir la importancia de la institución familiar como la base de la estructura social.  Es decir, que en estos momentos críticos, la familia, independientemente de cómo este conformada, ocupa un papel decisivo como factor de vertebración, como mecanismo impulsor de la solidaridad intrageneracional e intergeneracional y como ámbito singular para el libre desarrollo de la personalidad de la ciudadanía.

En virtud de ello, es que planteamos que existe una oportunidad para promover la institucionalidad de la familia, considerando la interrelación profunda entre el bienestar familiar y el desarrollo humano integral. Sobre esta base, por ejemplo, es recomendable que los gobiernos incluyan en sus políticas sociales la atención a la familia como primer agente de bienestar social. No lo planteamos desde una perspectiva tradicional o conservadora, sino precisamente, desde su rol fundamental para el desarrollo humano.

En ese sentido, existen múltiples razones para enfocarse en el rol de las políticas públicas orientadas a las familias para el desarrollo. Pues la familia es considerada la unidad natural y elemental de las sociedades modernas. Esta realidad social y política, es la que hace comprender que la contribución de la familia al progreso social, la constituye en una de las rutas más efectivas para lograr resolver la crisis social y un desarrollo verdaderamente humano[38].

En el mismo orden de ideas, no hay que titubear al señalar, que el amor familiar es el que construye y sostiene las orientaciones altruistas de sus miembros. Orientaciones que pueden activarse y que van más allá de la misma familia, beneficiando a la sociedad.  En esta estructura de expectativas mutuas se dan acuerdos de comunicación y de intercambio de bienes y servicios, apuntando a lo más personal con un carácter marcadamente educativo y formativo.

Por su parte, hay que señalar, que las relaciones dentro de la institución familiar son diferentes a la que se dan en las instituciones características de una sociedad de mercado. Los vínculos que se dan en el ámbito familiar, se basan en la reciprocidad y en el mercado, en cambio, se basan en la competencia. Esta característica que brota de la familia facilita la cooperación y la cohesión social.

Las asociaciones de vínculos estables, como la familia, son las instituciones que permiten hacer proyectos que van más allá del interés particular de un individuo. Por eso, en este orden social institucional se expresa con tanta naturalidad el ser humano como persona. La dimensión sociable de las personas se expande así como solidaridad y no solo como mera socialización o adaptación a un grupo o a un entorno[39].

Una visión de la política que contemple adecuadamente la naturaleza social de la persona humana, con eje en lo comunitario en contraposición al individualismo liberal, entenderá la importancia de la familia como modelo de relación política: es a través de la idea de familia (pese a su lado oscuro, propio de una institución realmente existente) que aprendemos que es posible entender la realización como recíproca, a diferencia de la manera en que la entendemos en el mercado, que nos muestra la realización de cada uno como independiente de la de los demás[40].

La comunidad organizada  necesita de la familia por su fecundidad y por la reproducción de la sociabilidad. Las familias asientan la principal vía de interacción entre las generaciones. Asimismo, los lazos intergeneracionales estrechos en las familias pueden dar lugar a una distribución más justa de los recursos y bienes entre distintas generaciones.

Los derechos de la familia como unidad básica de la sociedad y pilar del desarrollo nacional aparecen por primera vez en la Argentina en la Constitución Nacional de 1949. La concepción política que informa esta revalorización de la familia se asienta en la reacción en lo social contra los desórdenes del individualismo, recuperando el núcleo originario de la sociedad, que no es la sola agrupación de individuos sino de familias, defendiendo, a su vez, los intereses de la familia del trabajador.

Perón mismo señalaba, que es la solidaridad interna del grupo familiar la que enseña al niño que amar es dar, siendo ése el punto de partida para que el ciudadano aprenda a dar de sí todo lo que le sea posible en bien de la comunidad. Y agregaba, que en esto, la mujer argentina tiene reservado un papel fundamental. Es ella, con su enorme capacidad de afecto, la que debe continuar asumiendo la enorme responsabilidad, con la colaboración de los hombres, de ser el centro anímico de la familia[41]. Tareas y responsabilidades, que lamentablemente es opacada por ciertos estereotipos e ideologías que difunden los medios de comunicación social y las redes sociales, que, paradojalmente son importadas, cosmopolitas y carentes de arraigo popular.

A su vez, Perón sostenía, que la falacia de creer que es posible la realización individual fuera del ámbito de la realización común es una de las causas de la disolución social. Por tanto, no puede concebirse a la familia como un núcleo desgajado de la comunidad, con fines ajenos y hasta contrarios a los que asume la Nación. Ello conduce a la atomización de un pueblo y al debilitamiento de sus energías espirituales que lo convierten en fácil presa de quienes lo amenazan con el sometimiento y la humillación[42].

No se trata, por tanto, de imponer un perfil determinado de familia, ni menos aún de volver atrás, sino de fortalecer a la familia funcional, que aporta más felicidad a sus miembros, mejor educación a los hijos y mayor bienestar a la sociedad. Aunque todas las estructuras familiares y sociales sean respetables, no todas aportan los mismos beneficios al bien común.

Las familias siempre llegan más lejos en sus funciones en un entorno político favorable, en el que, por ejemplo, los centros educativos favorezcan la participación de los padres, las empresas reconozcan las obligaciones familiares de sus trabajadores hombres y mujeres, las organizaciones tengan a la familia como el centro de su ideario y su práctica, y las leyes secunden el papel de los miembros de la familia como cuidadores, padres, cónyuges y trabajadores. Una función esencial de los gobiernos consiste en complementar y apoyar las inversiones privadas que hacen las familias y que benefician a toda la sociedad.

Por todo esto, planteamos que nos encontramos frente a una oportunidad para que desde las políticas públicas podamos encontrar nuevos y creativos caminos de libertad recreando la conyugalidad a partir del anhelo que hay en cada hombre y mujer de formar una familia sólida y duradera y acoger allí el futuro de la patria[43].

 7.- La organización de la producción - Consejo Económico y Social:

En este punto del trabajo, nos parece lo más adecuado referirnos a los principios rectores de la Constitución de 1949, porque nos muestran la realización jurídica de la comunidad organizada y porque consideramos que dichos principios jurídicos todavía conservan su vigencia para afrontar los desafíos actuales.

Debemos precisar, que en dicho texto, la función del Estado era actuar como conciencia jurídica y política del pueblo organizado. Es relevante aclarar este punto, porque en la concepción justicialista, el protagonista siempre es el pueblo argentino y el Estado es un instrumento de acción.

Desde esta perspectiva, en la constitución de 1949, el Estado cumplía un rol central en la producción de riqueza y distribución de la renta, con el objetivo de lograr “una nación socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana”, como se sostenía en el preámbulo.

Con respecto a la organización de la producción, nos parece muy clarificadora la exposición que realizó Arturo Sampay, en su carácter de miembro informante de la reforma constitucional, cuando señaló que la economía la dirige el Estado a favor del pueblo, o la dirige el mercado a favor de los carteles capitalistas:

“La realidad histórica enseña que el postulado de la no intervención del Estado en materia económica, incluyendo la prestación de trabajo, es contradictoria en sí misma, porque la no intervención significa dejar libres las manos a los distintos grupos en sus conflictos sociales y económicos, y por lo mismo, dejar que las soluciones queden libradas a las pujas entre el poder de esos grupos. En tales circunstancias, la no intervención implica la intervención a favor del más fuerte. (…) “Frente al capitalismo moderno ya no se plantea la disyuntiva entre economía libre o economía dirigida, sino que el interrogante versa sobre quién dirigirá la economía y hacia qué fin. Porque economía libre, en lo interno y en lo exterior, significa fundamentalmente una economía dirigida por los ´cartels´ capitalistas, vale decir, encubre la dominación de una plutocracia que, por eso mismo, coloca en gran parte el poder político al servicio de la economía”[44].

Está claro que en la concepción justicialista de la comunidad organizada, la economía debía ponerse al servicio del bienestar del pueblo argentino y no a la inversa. Por eso, es que nos parece que pese al tiempo transcurrido, la cita y los principios allí sostenidos, mantienen toda su vigencia. Hoy  quizás los cartels capitalistas y la oligarquía plutocrática de la que hablaba Sampay, lo constituyen las elites financieras y sus organizaciones internacionales sin fines de lucro, que han aumentado su poder de acción, que erosionan y devalúan la capacidad del Estados Nación y debilitan a los pueblos para dominarlos.

Por esta razón, es más necesario que nunca que los Estados Nación, se relacionen en las respectivas regiones geográficas donde la vecindad y la similitud de intereses generen “grandes espacios” y evolucionen hacia formas mayores de integración. La inserción del Estado Nacional en grandes espacios geopolíticos, es generador de mayores márgenes de maniobra al estar integrados en espacios autocentrados y fuertes[45]. Todo indica que en la actualidad, es más necesario que nunca avanzar hacia los estados continentales.

Ahora bien, volviendo nuestra mirada a los principios jurídicos de la Constitución de 1949 que mantienen su vigencia, estimamos que merecen señalarse los siguientes:

ü  La propiedad privada tiene una función social y, en consecuencia, estará sometida a las obligaciones que establezca la ley con fines de bien común (art. 38).

ü  El capital debe estar al servicio de la economía nacional y tener como principal objeto el bienestar social. Sus diversas formas de explotación no pueden contrariar los fines de beneficio común del pueblo argentino (art. 39)

ü  La organización de la riqueza y su explotación, tienen por fin el bienestar del pueblo, dentro de un orden económico conforme a los principios de la justicia social (art. 40)[46].

Asimismo, el texto constitucional detalla la búsqueda por suprimir “la oligarquía plutocrática para poner en manos del pueblo las decisiones y el gobierno”, en lo económico, “suprimir la economía capitalista de explotación reemplazándola por una economía social”, “suprimir el abuso de la propiedad”, “asegurar los derechos del trabajar”, “asegurar el acceso a la cultura y la ciencia”[47]. Todos valores y principios que operan como una respuesta al exacerbado crecimiento del sistema financiero y del ánimo de lucro que impera en el actual paradigma de producción y consumo.

El otro punto de máxima importancia en lo referido a la organización de la producción es la institucionalidad de un Consejo Económico y Social. En 1974, el entonces Presidente Juan D. Perón lo denominó Consejo para el Proyecto Nacional y lo consideró como un instrumento fundamental para lograr la democracia social. Se refirió al mismo en su mensaje a la Asamblea Legislativa del 1 de mayo de 1974 en los siguientes términos:

Quiero finalmente referirme a la participación dentro de nuestra democracia plena de justicia social. El ciudadano como tal se expresa a través de los partidos políticos, cuyo eficiente funcionamiento ha dado a este recinto su capacidad de elaborar historia. Pero también el hombre se expresa a través de su condición de trabajador, intelectual, empresario, militar, sacerdote, etc. Como tal, tiene que participar en otro tipo de recinto: el Consejo para el Proyecto Nacional que habremos de crear, enfocando su tarea sólo hacia esa gran obra en la que todo el País tiene que empeñarse. Ningún partícipe de este consejo ha de ser un emisario que vaya a exponer la posición del Poder Ejecutivo o de cualquier otra autoridad que no sea el grupo social al que represente”.

Para comprender la importancia de este organismo en el funcionamiento de la comunidad organizada nos parece útil referirnos a la actuación del Consejo Nacional de Posguerra (CNP) durante la década del cuarenta. La experiencia del (CNP) resulta reveladora, pues, además de ser el primer intento orgánico y materializado de planificación en el país, funcionó como un foro de alto nivel en donde empresarios y trabajadores cooperaron para definir el rumbo en el período de la posguerra iniciado en 1945.

Presidido por el entonces vicepresidente, Juan Domingo Perón, el CNP concebía una planificación que buscaba incorporar la “colaboración” de empresarios y trabajadores a través de sendas subcomisiones. Así pues, el “Ordenamiento Económico-Social” del CNP, sentó las bases del futuro Primer Plan Quinquenal 1947-1952, fue publicado en enero de 1945 y constituye una muestra del consenso que se logró construir en torno a una idea de industrialización liviana, pleno empleo y una activa política social[48].

A través del CNP, se institucionalizó la cooperación económica, la cual cumplió una doble función: a) práctica, al formular soluciones efectivas en base a los problemas percibidos por los actores y b) legitimante, al generar aquiescencia en torno a las políticas. La centralidad doctrinaria de la cooperación económica puede comprenderse en la recurrencia y permanencia que estos organismos ocuparon en la arquitectura estatal de esa época[49].

A través de este instrumento, la economía y la producción se regulan a través del trabajo de una democracia social -desarrollándose como comunidad organizada- basada en la paz social y el diálogo abierto como método de trabajo político en búsqueda de coincidencias con todos los sectores políticos y sociales. Así es como comprendió Juan Domingo Perón la “concordia ordinum” de las antiguos romanos adecuándola a las realidades de nuestro país.

Mediante la acción de un Consejo Económico y Social, la actividad económica puede y debe dirigirse a fines sociales y no individualistas, respondiendo a los requerimientos del hombre integrado en una comunidad y no a las apetencias personales.

Esta interpretación amplia y solidaria de la actividad económica, lleva implícita una definición clara del concepto de beneficio, ubicándolo no ya como un fin en sí mismo, lo que daría como resultado una utilización de los recursos en función de un individuo egoísta, sino como la justa remuneración del factor empresarial por la función social que cumple.

Esta concepción del beneficio que emana del justicialismo, no solo es fundamental para el logro de la justicia social, sino también para una economía que sea sustentable en el tiempo, considerando la gravedad de la crisis social y ambiental. Para enfrentar esta crisis socio ambiental, es fundamental la preservación de los recursos naturales, particularmente los agotables, realizar un permanente control sobre ellos y también sobre el proceso productivo. No sorprende por eso, que el mismo Perón sostuviera: “La lucha por la liberación es, en gran medida, lucha también por los recursos y la preservación ecológica, y en ella estamos empeñados.”[50]

8.- Conclusión:

La crisis civilizatoria que estamos sufriendo a nivel mundial, nos permite interpelar al paradigma tecnológico y económico imperante.  Un paradigma que hasta ahora, se afianzaba pletórico de un eficientismo abstracto fundado en la supuesta superioridad de la economía de mercado, en el gran poder de la tecno-ciencia y en la lógica de la racionalidad instrumental medio-fin, pero que nos está conduciendo a una crisis socio ambiental sin precedentes y de dimensiones civilizatorias.

Ese “orden” hoy en crisis, no promete un lugar para todos, sino que exalta la ideología de la competencia y la eficiencia abstracta: el mundo es de ganadores y perdedores (winners y losers). Pero, este orden prescinde de toda referencia a los seres humanos concretos como fuente de legitimidad[51].

Este paradigma, pone en peligro cada vez mayor los ámbitos de la vida social y de la naturaleza, y tiene una carga de auto-destructividad creciente que socava las propias condiciones de posibilidad de la vida humana, natural y social.

Para construir una nueva racionalidad, son necesarios principios éticos en donde la dignidad humana debe recuperar la centralidad, pero no sólo en las declaraciones, sino en los hechos concretos. Eso es lo que nos permitirá humanizar al mundo y a la tecnología.

Uno de ellos es que los derechos y los deberes de las personas en relación a la vida en sociedad, se delimitan, se esclarecen y cobran su sentido verdadero, a partir del reconocimiento de su dignidad inalienable, de su carácter único e irrepetible, única manera de saber qué lugar se ocupa en el mundo y de reconocer el papel que cumplimos en él[52].

El orden social y su progresivo desarrollo deben en todo momento subordinarse al bien de la persona, ya que el orden real debe someterse al orden personal, y no al contrario. La persona humana es el único ser que es autoconsciente, que está dotado de interioridad, de “in-sistencia” en la terminología del filósofo Ismael Quiles.

Reconocer la dignidad inalienable de la persona humana, implica también reconocer que esta posee una dimensión de intersubjetividad y relacional que le es connatural, que la vinculan con el otro y que hace que no permanezca en un recinto estrictamente individual. Por el contrario, en el hombre existe una simultánea apertura al mundo natural circundante y a la vida comunitaria. Esta apertura lleva necesariamente al mundo concreto de la vida, donde se manifiestan sus necesidades materiales, pero también donde surge el ámbito de la cultura, con sus relaciones sociales, sus formas simbólicas y el espacio de la comunidad espiritual encarnada en un entorno espacio-temporal.

Esta dimensión intersubjetiva y relacional, que es fundamental en el hombre, marca una característica que se resiste a cualquier reducción que cosifique sus exigencias de fondo. El reconocimiento de este carácter, como elemento constitutivo de nuestra identidad humana, permite mirar a los demás no como competidores seriales, o como una amenaza, sino como posibles aliados en la construcción de un bien, que no es auténtico si no se refiere, al mismo tiempo, a todos y a cada uno.

En esta comprensión, es fundamental fortalecer a la familia como célula básica de la sociedad y como factor necesario para el desarrollo integral. Ello nos permitirá realizar una apertura que trascienda lo material y nos oriente hacia un marco de valores como la confianza, la solidaridad y la cooperación.

Pues bien, en este proceso de cambio paradigmático y civilizatorio, la comunidad organizada y el justicialismo nos aporta muchas respuestas políticas y jurídicas para modelar un futuro más humano, donde el centro sea la dignidad humana y donde todos puedan realizarse plenamente en una comunidad que se realiza a su vez.

Se trata de una doctrina que logró integrar los grandes aportes de la cultura clásica, agregándole además la expresión del sentir popular y de su idiosincrasia cultural. De alguna manera, la doctrina justicialista de la comunidad organizada expresa políticamente las entrañas profundas de la patria.  Por ello, tiene la potencia de constituir un horizonte que se proyecta al futuro para delinear que tipo de sociedad queremos los argentinos, como asumimos el adelanto tecnológico y como afrontamos la amenaza de que los mercados impongan su criterio y terminen dominando incluso al mundo de la vida.

Ahora bien, es importante tener muy en cuenta que así como el mundo se ha transformado en una aldea global, en gran medida como consecuencia de las tecnologías. Pero, junto a ellas, también operan de forma hibrida, dinámicas de des globalización y re globalización en forma simultánea. Estas dinámicas, debemos tenerlas muy presentes debido a que el cambio de “orden” global” y de paradigma cosmovisional, ya se ha iniciado, pero no será un proceso abrupto y de corto plazo, sino que estamos frente a un proceso histórico.

Como señaló acertadamente Perón, sabemos que la integración del hombre en esa sociedad, presupone y concreta la armonía entre la persona y la comunidad, entre la tecnología y la dignidad humana, entre la economía, la producción y el bien común del pueblo. Por ello, la concepción económica en la comunidad organizada, no es aséptica, no puede aplicarse como un conjunto de medidas técnicas si no está integrada en una visión del hombre y el mundo de carácter radicalmente nacional.

Siguiendo en esto al Papa Francisco, nos parece que estamos frente a una oportunidad para que los gobiernos comprendan que los paradigmas tecnocráticos (sean estado céntricos, sean mercado céntricos) no son suficientes para abordar esta crisis, ni el resto de los grandes problemas de la humanidad. Ahora más que nunca, son las personas, las comunidades, los pueblos quienes deben estar en el centro, unidos para curar, cuidar, trabajar, compartir[53]. Hoy requerimos más que nunca de más comunidad organizada, de más pueblo como sujeto político y de un gobierno que esté al servicio de sus intereses.

La propuesta de Perón, va dirigida al núcleo trascendente del hombre argentino: es hora de superar una visión materialista que amenaza aturdir al ciudadano con incitaciones sensoriales que dispersan su vida interior. La ruta que debemos recorrer activamente es la misma que definen las Escrituras: un camino de fe, de amor y de justicia, para un hombre argentino cada vez más sediento de verdad[54].



[1] Juan Domingo Perón “Mensaje Ambiental a los Pueblos y Gobierno del Mundo” Madrid, 21 de febrero de 1972, consulta en línea en http://www.labaldrich.com.ar/wp-content/uploads/2013/03/Mensaje-Ambiental-de-Juan-Domingo-Per%C3%B3n-a-los-Pueblos-y-Gobiernos-del-Mundo-%E2%80%93-Madrid-1972.pdf

[2] Papa Francisco, Carta Encíclica “Laudato Si”, Roma 24 de mayo de 2015, n°104, consulta en línea en http://www.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20150524_enciclica-laudato-si.html

[3] Juan Domingo Perón, La Comunidad Organizada, Secretaría Política de la Presidencia de la Nación, Buenos Aires, 1974, Editorial Códex, pág. 25.

[4] R. H. Barrow, Los Romanos, Fondo de Cultura Económica, México, 2008, pág. 15.

[5] Juan XXIII, Mater et Magistra, n° 219.

[6]  Juan Domingo Perón, La Comunidad Organizada, Secretaría Política de la Presidencia de la Nación, Buenos Aires, 1974, Editorial Códex, pág. 75

[7] Graciela Maturo, Marechal, El Camino De La Belleza, Editorial Biblos, Buenos Aires, 1999, pág. 268

[8] Andrés, Alfredo, Palabras con Marechal, Editorial Ceyne SRL,  Buenos Aires, 1990, pág.  49.

Juan Domingo Perón, Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, Ediciones Realidad Política, Buenos Aires, pág. 28.

[9] Juan Domingo Perón, Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, Ediciones Realidad Política, Buenos Aires, pág. 62.

 

[10] Carlos A. Disandro, “Humanismo: Fuentes y Desarrollo Histórico”, Fundación Decus, La Plata, 2004, pág. 75 y siguientes.

[11] Cicerón, De re pública, libro VI, Editorial Gredos, Madrid, 2000.

[12] Alvaro d´Ors, “Sobre el concepto Ciceroniano de República” Universidad de Navarra, págs. 30-41.

[13] Cicerón, “De re publica” y Carlos A. Disandro, Sentido político de los romanos, Thule Antártica, Buenos Aires, 1985.

[14] Juan Domingo Perón, Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, Ediciones Realidad Política, Buenos Aires, pág. 28.

[15] Castells, Manuel “La era de la información. Economía, sociedad y cultura” Vol. I, I “La Sociedad Red”, editorial Siglo Veintiuno S.A., México, 3ra. Edición en español, 2001, pág. 59.

[16] Castells, Manuel “La era de la información. Economía, sociedad y cultural” Vol. I, I “La Sociedad Red”, editorial Siglo Veintiuno S.A., México, 3ra. Edición en español, 2001, pág. 74 -77.

[17] Szlajen, Fernando “El humano exacerbado, consecuencias del equilibrio perdido” consulta en línea en https://www.fernandoszlajen.com.ar/assets/frontend/images/pdf/5be418d804dc1.pdf el 10 de agosto de 2019.

[18] Supiot, Alain “Homo juridicus. Ensayo sobre la función antropológica del derecho” Siglo Veintiuno Editores S.A., 2da. Edición argentina revisada, 2012, pág. 41.

[19] Adoptada y proclamada por la Asamblea General en su resolución 217 A (III), de 10 de diciembre de 1948.

[20] Quiles, Ismael S.J. “La Persona Humana” Editorial Depalma, Buenos Aires,  1980, 4ta. Edición, pág. 35 y siguientes.

[21] Juan Domingo Perón, Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, Ediciones Realidad Política, Buenos Aires, pág. 41.

[22] Juan Pablo II, Papa “Exhortación Apostólico Christifideles Laici sobre la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo”, n° 5, Editorial Claretiana, Bs. As. Argentina, 1993, pág. 14.

[23] Hannah Arendt, Los Orígenes del Totalitarismo. Barcelona, Tauros. (1974), pág. 542.

[24] Angela Aparisi Miralles “El principio de la dignidad humana como fundamento del bioderecho global”, en Cuadernos de Bioética XXIV 2013/2ª, España, págs. 204 y siguientes.

[25] Supiot, Alain, “Homo juridicus. Ensayo sobre la función antropológica del derecho.” Siglo Veintiuno Editores S.A., 2da. Edición argentina revisada, 2012, pág. 12/13,

[26] Font, Pablo “La pobreza urbana como violencia de la razón instrumental moderna: Una reflexión sobre las causas y posibles respuestas” publicado en “Sociedad, valores y economía. Aproximaciones a la complejidad de nuestro tiempo” Ediciones Universitarias de la Universidad Católica del Norte: Antofagasta (Chile), p.146-180.

[27] Ratzinger, Joseph Cardenal “Sobre las bases morales prepolíticas del Estado Liberal: Razón secular y Religión en el Estado”; ponencia leída el 19 de enero de 2004 en la "Tarde de discusión" con Jürgen Habermas, organizada por la Academia Católica de Baviera, pág. 56.

[28] Bauman, Zygmunt “Vida de Consumo” Fondo de Cultura Económica, 3era reimpresión, 2011, Bs. As, pág. 44.

[29] Bauman, Zygmunt “Vida de Consumo” Fondo de Cultura Económica, 3era reimpresión, 2011, Bs. As. Pág. 47.

[30] Gilles Lipovetsky, “La felicidad paradójica. Ensayo sobre la sociedad del hiperconsumo”, Barcelona, Anagrama, 2007, pp. 10-11.

[31] Renaut, Alain “La era del individuo. Una contribución a la historia de la subjetividad”, ediciones Destino, Barcelona,  1993; XVIII, citado por Echarte LE. en “Consumismo y mejora moral. El papel de la biotecnología en las nuevas necesidades de mercado.” En Torregrosa M. El consumidor de moda. Colección ISEM Fashion Business School. Pamplona: EUNSA 2018: 249-288.

[32] Bauman, Zygmunt, “Vida de Consumo” Fondo de Cultura Económica, 3era reimpresión, 2011, Bs. As, pág. 96.

[33] De Sousa Santos, Boaventura “Derechos Humanos, Democracia y Desarrollo”, Bogotá, Centro de Estudios de Derecho, Justicia y Sociedad, Dejusticia, 2014, pág 31.

[34] Juan Domingo Perón, Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, Ediciones Realidad Política, Buenos Aires, pág. 78.

[35] Juan Domingo Perón, Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, Ediciones Realidad Política, Buenos Aires, pág. 75.

[36] Fundamentos del Anteproyectos de Código Civil y Comercial de la Nación consulta en línea el 23 de mayo de 2020 en http://www.nuevocodigocivil.com/wp-content/uploads/2015/02/5-Fundamentos-del-Proyecto.pdf

[37] Ver artículo 17 y 32, Convención Americana de Derechos Humanos, consulta en línea en  https://www.oas.org/dil/esp/tratados_B-32_Convencion_Americana_sobre_Derechos_Humanos.pdf

[38] D. Richardson, E. Dugarova, D. Higgins, K. Hirao, D. Karamperidou, Z. Mokomane, and M. Robila, Families, Family Policy and the Sustainable Development Goals, UNICEF Office of Research – Innocenti, Florence, 2020, original en ingles, traducción propia, disponible en: https://www.unicef-irc.org/publications/1092-families-family-policy-and-the-sustainable-development-goals.html.

[39] Aurora Bernal de Soria en “La educación en la familia, germen de capital social”, publicado en: R. Martínez, H, Pérez, B. Rodríguez (ed.), “Family-School-Community Partnerships Merging into Social Development”, Oviedo, Grupo SM, 2005, pp. 21-40, ISBN: 84-675-0587-7.

[40]Atria, Fernando, Derechos Sociales, Socialismo y Contrato Social consulta en línea en https://law .yale.edu/sy stem/files/d ocuments/ pdf/SELA1 4_Atria_CV_ Sp.pdf el día 28 de junio de 2019.

[41] Juan Domingo Perón, Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, Ediciones Realidad Política, Buenos Aires, pág. 76.

 

 

[42] Juan Domingo Perón, Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, Ediciones Realidad Política, Buenos Aires, pág. 77.

[43] Ursula Basset, “El malestar en la conyugalidad y sus repercusiones jurídicas: del matrimonio a las uniones de hecho, y de allí a la poligamia” consulta en línea en   https://www.academia.edu/42800950/El_malestar_en_la_conyugalidad_y_sus_repercusiones_jur%C3%ADdicas_del_matrimonio_a_las_uniones_de_hecho_y_de_all%C3%AD_a_la_poligamia

   .

 

[44] Diario de sesiones de la Convención Nacional Constituyente de 1949. (1949). Buenos Aires: Imprenta del Congreso de la Nación, p. 276

[45] Andrés Berazategui, La vigencia de la Tercera Posición, editorial nomos, consulta en línea en https://nomos.com.ar/2018/04/24/la-vigencia-de-la-tercera-posicion/

[47]  Juan Domingo Perón, Discurso a todo el país desde su despacho de la Casa de Gobierno, el viernes 3 de septiembre de 1948.

[48] Sowter, LeandroEl Consejo Económico y Social y la política de la cooperación económica en los primeros años de la Argentina peronista, 1946-1948” CONICET, Universidad de San Martín, Instituto de Altos Estudios Sociales, Revista 14 Escuela de Historia, Año 2015, Nº 14, Vol. 1.

[49] Sowter, Leandro, obra citada.

[50]  Juan Domingo Perón, Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, Ediciones Realidad Política, Buenos Aires, pág. 15.

[51]   Franz J. Hinkelammert y Henry Mora Jiménez, “Por una economía orientada hacia la reproducción de la vida”, en Iconos. Revista de Ciencias Sociales. N° 33, Quito, enero 2009, pp. 39-49

[52] Royo Urrizola, Paulina “La pregunta antropológica en la filosofía in-sistencial de Ismael Quiles” en CUYO Anuario de Filosofía Argentina y Americana, Volumen 16, año 1999, Mendoza, Argentina, pág. 104 – 115.

[53] Papa Francisco, “Carta a los movimientos populares”, 12 de abril de 2020, Domingo de Pascua.

[54] Juan Domingo Perón, Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, Ediciones Realidad Política, Buenos Aires, pág. 135.



[i] Abogado, docente e Investigador universitario.

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