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domingo, 1 de marzo de 2026

Panamericanismo Isocrático – De la Hélade del siglo IV a.c. a la América del siglo XXI

 


por Juan Bautista González Saborido

1. La retórica de Isócrates en la Atenas del siglo IV a.c.

La retórica de Isócrates ofrece un marco permanente para analizar crisis regionales o continentales, donde divisiones internas ceden ante amenazas externas mediante un liderazgo claro que logra concretar la unidad política en torno a una idea compartida. Su llamado a la unidad panhelénica –en su caso contra Persia- tiene resonancias en la visión continentalista de Perón[1] y en la renovación de la "Doctrina Monroe" y el “Corolario Trump” de los Estado Unidos, urgiendo a Hispanoamérica a forjar una renovada unidad cultural y estratégica.​

No existen mayores dudas en cuanto a que después de las Guerras Médicas toda Grecia quedó sumida en luchas interminables por el poder. Los efectos desastrosos de dichas guerras en la vida de todas las ciudades-estado griegas hicieron que las clases dirigentes buscaran distintos caminos para terminar con una crisis que amenazaba extenderse por tiempo ilimitado.

Concretamente para Isócrates (436-338 a.C.) superar la decadencia moral y política era un paso fundamental si se quería conseguir el orden general del mundo griego y la unidad política de todos los helenos (panhelenismo).

En sus escritos, de enorme valor histórico, Isócrates consideraba que la educación política del ciudadano ateniense era piedra angular de su proyecto político. No ignoraba que la situación de Atenas no le permitiría lograr por sí misma la prosperidad de la Hélade. Razón por la que para él, “encontrar la empresa común” que logre la unidad de las polis griegas equivalía “a salvar a los griegos como nación," concepto que se formulaba en el marco de lo que se puede denominar como un temprano nacionalismo.

En su famoso “Panegírico” (“panegyris”, 380 a.C.) Isócrates sugirió a sus compatriotas que cesaran las luchas internas y defendió con insistencia la unificación de las ciudades-estado como única medida de protección contra los persas. Tras fracasar en su empeño por lograr estos objetivos e imponer la areté (o virtud) espiritual sobre la física, Isócrates instó a Filipo II –considerado un bárbaro para la mayor parte de los atenienses- en su “Discurso a Filipo” (346 a.C.) para que encabezara las tropas griegas en guerra abierta contra Persia. Proyecto que finalmente realizó su hijo, Alejandro Magno, evidenciando la importancia superlativa de dicho discurso político.

2. Paralelismos Históricos

Por otra parte, en la historia argentina del siglo XX, Perón, ya en 1954[2] sostenía que la unidad económica de los pueblos es la base de la unidad política futura. Esa unidad económica no se limitaba a una cuestión arancelaria, sino que se trataba de lograr la complementariedad económica. Así pues, mediante la unidad económica de los pueblos y el continentalismo propiciado por Perón eran la base material y el marco teórico para justificar una alianza estratégica con Washington[3].

Posteriormente, durante su tercer gobierno, en El Modelo Argentino para el Proyecto Nacional” (1974), persiste en su visión evolucionista de la historia de los pueblos, señalando que la etapa continentalista era previa a la universalista.

Añadía, que frente a dicha realidad, era de vital relevancia lo siguiente: mantener una soberanía política sustantiva que permita decisiones autónomas; promover un nacionalismo cultural autóctono, integrando herencias universales con lo propio hispanoamericano  para preservar la identidad; impulsar la base científico-tecnológica propia como núcleo soberano; trabajar en la defensa estratégica de los recursos naturales; y preservar la paz en la región, promoviendo e institucionalizando la lucha por las ideas a través del diálogo, rechazando el recurso a la violencia.

Asimismo, J. D. Perón rechazaba el “colonialismo cultural” hoy fomentado por el establishment globalista  y el auge de un consumismo hedonista y materialista que diluye el espíritu y anula la personalidad. Ante estas realidades que erosionan la cultura y el espíritu de un pueblo, exaltaba la necesidad de la armonía -la (sōphrosýnē) griega- como "categoría fundamental" de la existencia humana para forjar comunidades sólidas y maduras, única manera de proyectar la identidad argentina —y por extensión, hispanoamericana— en un mundo interconectado, tecnocrático y materialista.​

Donald Trump, por su parte, en su segundo mandato (2025-2026), revitaliza la Doctrina Monroe. A través de la misma prioriza la unidad y seguridad del hemisferio occidental (es decir América Central, el Caribe y América del Sur) frente a intervenciones de potencias extracontinentales como China y Rusia, combatiendo la migración irregular y el narcotráfico como factores desestabilizantes. Por su parte, a través de esta doctrina busca expandir las alianzas bilaterales mutuamente beneficiosas, y restablecer una influencia compartida en corredores clave como Panamá y las costas del atlántico y del pacífico. Ahora bien, esta estrategia norteamericana no debería menoscabar las soberanías nacionales.

3. Analogía Actual

Esta evolución del pensamiento político —que va desde la unidad económica hasta la preservación de la identidad cultural frente al materialismo globalista — encuentra hoy un escenario de aplicación urgente. Así como Isócrates comprendió que la supervivencia de la Hélade dependía de una "empresa común" liderada por un actor con la capacidad de amalgamar voluntades frente a la amenaza persa, la realidad contemporánea de América exige una traducción de esos principios clásicos a la luz de los nuevos desafíos globales.

No se trata meramente de rescatar una retórica del pasado, sino de reconocer que las fracturas internas del continente, de no ser subsanadas mediante un liderazgo unificador y una visión compartida, dejan la puerta abierta a potencias y fenómenos que operan fuera de la tradición occidental. Bajo esta premisa, la analogía entre la Atenas del siglo IV a.C. y la América del siglo XXI adquiere una vigencia meridiana al analizar las fuerzas que hoy tensionan nuestra soberanía.

América enfrenta amenazas extracontinentales complejas y multifrontales: por un lado, la creciente influencia china mediante inversiones masivas en infraestructura, puertos y recursos estratégicos que puede generar una fuerte dependencia económica y política; y por el otro, el crecimiento de grupos delictivos trasnacionales dedicados al narcotráfico y la trata de personas con sus consiguientes relaciones y terminales políticas y económicas en la región. A ello hay que agregarle dos cuestiones: las divisiones ideológicas internas que fragmentan la cohesión hemisférica; y por último, ponderando la importancia que tiene en este contexto el Atlántico Sur, la persistente presencia británica con su base militar en las Islas Malvinas, que proyecta poder naval y tensiona la soberanía regional.

Así pues, más allá de los acuerdos existentes en materia de seguridad y defensa, creemos beneficioso seguir las enseñanzas de Isócrates y adaptarlas a nuestra época. Ello se podría traducir en la necesidad de impulsar mancomunadamente la formación de élites virtuosas —areté helénica, paideia ética, cultura nacional arraigada, ideas compartidas— para poder realizar la "empresa común" que involucra a todas las naciones del continente: garantizar la seguridad hemisférica -aceptando en este aspecto el indudable liderazgo estadounidense-, pero que simultáneamente preserve las identidades locales y las soberanías nacionales.

De esta manera, la unidad del continente americano, no debería fundarse en hegemonías unilaterales, sino en acuerdos soberanos (al estilo de un panhelenismo Isocrático adaptado al continente), donde impere la armonía entre gobernantes y pueblos, el equilibrio entre el saber y el poder continental, y la defensa  de nuestro acervo cultural contra las élites globalistas.

4. Implicancias para Argentina

En este orden de ideas: ¿Es posible forjar una alianza estratégica con la administración Trump y las que lo sucedan, enfocada en ciencia y tecnología —aprovechando recursos como el litio, minerales críticos y Vaca Muerta—, la defensa de la cultura hispanoamericana frente al progresismo y el liberalismo globalista, y la afirmación de una soberanía continental compartida? Consideramos que si es posible, pero que es necesario tener una claridad meridiana sobre cuáles son los interés de argentina y por ende los términos de dicha alianza.

Para ello, siguiendo los escritos de Isócrates y adaptándolos a nuestro tiempo y a nuestra realidad, se podría diseñar a través de los sistemas de educación y la a red de universidades una paideia panamericana en base a los principios de la retórica isocrática: una educación política que combata la decadencia moral e ideológica, proyectando al continente americano como un defensor de la historia y de los valores de occidente a partir de su propia idiosincrasia y diversidad cultural.  

El desafío particular que Isócrates puso ante sus conciudadanos era el de recuperar el esplendor de la cultura griega, impulsando por medio de la educación una nueva cultura (“paideia”) con la intención de reformar la ciudad-estado por medio de sus líderes. Según su opinión, estos, como factor ejemplar y multiplicador, actuarían de guías del resto de la ciudadanía.

Hoy parece necesario recuperar el esplendor de la cultura latinoamericana o iberoamericana, si se prefiere como espacio civilizacional específico de Occidente. Una tarea formidable y de largo aliento, pero que parece urgente y necesaria mientras Europa atraviesa esta crisis de identidad y sentido.  En efecto, América Latina es el "continente" de la esperanza. Así lo llamó el Papa Pablo VI, hace casi 60 años, en el 1968. El mismo Pontífice previamente había explicado el contenido de esta esperanza en su homilía del 3 de julio de 1966, en la basílica de San Pedro, poniendo en relieve "la original vocación" de América Latina de "plasmar en una síntesis nueva y genial lo antiguo y lo moderno, lo espiritual y lo temporal, lo que otros te han dado y tu […] propia originalidad", para dar "testimonio" de una "novísima civilización cristiana".

El Papa San Juan Pablo II retomó varias veces esta definición. Lo hizo en su primer viaje apostólico, en México, durante la inauguración de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, a Puebla de los Ángeles en enero de 1979. Ciertamente, los hispanoamericanos poseemos una cultura mestiza que afirma la dignidad de toda persona como sujeto de la historia, abierta a la trascendencia y compartiendo un destino común más allá de las razas o creencias y que se conjuga con la reverencia tradicional por la vida familiar y comunitaria que siempre ha caracterizado nuestra idiosincrasia.

5. Importancia de la paideia isocrática

¿Cómo era el ideal educativo de Isócrates? El ideal educativo Isocrático era algo más que un orador. Lo que pretendía era formar una persona integralmente, la cual no sólo poseía la técnica adecuada del discurso y de la elegancia de las formas, sino también y fundamentalmente, la virtud moral apropiada para que sus costumbres estén de acuerdo a lo expresado en sus palabras.

Por otra parte, la educación isocrática tenía que ser necesariamente política, en el sentido más pleno y profundo de este término. Por dicha razón, el tema de la retórica debía ser la política y el uso del poder por parte de quienes dirigirán en el futuro la polis. Así pues, la educación isocrática, por ser integral, daba poder a quién la poseía y, recíprocamente, el uso del poder al servicio del bien,  producía saber. Se trataba de un poder que se debía ejercer desde un "cuerpo político" integrado por hombres que aspiraban a la sabiduría y que compartían una misma visión de futuro.

El dirigente formado de esta manera empleará entonces la retórica para convencer y dirigir, como instrumento de saber y de poder. Es por eso que los progresos del estilo y de la forma del lenguaje no son simplemente materia técnica. Isócrates insiste constantemente en que todo depende de la grandeza de los problemas humanos a los se trate de dar expresión y del manejo de dicha expresión. A través de una retórica concebida de esta forma, se caracteriza un problema, se lo explica y se lo domina.

Al apreciar al “logos” como creador de cultura y a la capacidad discursiva como el signo más importante de la razón humana, Isócrates proclamaba decididamente el poder de la palabra para dirigir el destino de la comunidad política, lo que equivale a decir el poder de dirigir a la sociedad hacia el bien común.

6. Conclusión: El Amanecer del Continente de la Esperanza

Dicho esto, es imperativo reconocer que, si bien la cultura europea cimentó los valores universales de la historia, la ciencia, la filosofía y el arte que nutrieron nuestras patrias, hoy asistimos a lo que parece ser el crepúsculo de su proyecto histórico. Mientras Europa se sumerge en una crisis de identidad y sentido, perdiendo el rumbo de su propia tradición, América pretende transitar el suyo con vigor renovado para constituirse como el "continente de la esperanza".

La síntesis propuesta no es una mera reacción, sino una "novísima civilización" que debe integrar la areté isocrática —aquella educación política que une saber y poder — con el continentalismo y la armonía de J.D. Perón, y la unidad estratégica necesaria para la seguridad hemisférica. La "empresa común" de nuestro tiempo nos exige forjar una alianza que, bajo un liderazgo continental claro, preserve la soberanía y el acervo cultural hispanoamericano frente a las fuerzas de un globalismo antinacional y las amenazas extracontinentales.

En definitiva, la paideia panamericana no es solo un programa educativo, sino un escudo espiritual. Al rescatar la centralidad del logos y la virtud del dirigente, América no solo reclama su autonomía política, sino que asume su vocación histórica: ser el baluarte donde la luz de la civilización cristiana, romana y helénica continúe iluminando el porvenir del hombre frente al materialismo reinante.



[1] Para Perón, el "Continentalismo" no era solo una expresión de deseos, sino una etapa necesaria en la evolución histórica. Él sostenía que así como el siglo XIX fue el de la integración nacional, el siglo XX debía ser el de la integración regional

[2] Acto de Clausura del Congreso Nacional de Productividad en Mendoza, 10 de octubre de 1954. 

[3] Su idea era: "Si EE. UU. nos ayuda a liderar Sudamérica (a través del Pacto ABC y el continentalismo), nosotros garantizamos la estabilidad y el orden en la región bajo una órbita compartida" (https://history.state.gov/historicaldocuments/frus1952-54v04/d125#:~:text=Peron%20has%20abandoned%20his%20former,expansion%20of%20Argentine%20military%20facilities.)

 

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