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viernes, 23 de enero de 2026

Entre la tecnología y la ideología: El Interés Nacional frente al Globalismo

 

En el debate contemporáneo, las palabras "global" y "globalización" suelen usarse de forma indistinta, generando una niebla conceptual que impide ver con claridad los desafíos que enfrenta nuestra soberanía. Para navegar el siglo XXI con inteligencia, es vital distinguir entre nuestra realidad, los procesos que la impulsan y las ideologías que pretenden capturarla.

Tres conceptos para entender el presente

Siguiendo al sociólogo Ulrich Beck, debemos diferenciar tres dimensiones que definen nuestro tiempo:

1. La Globalidad: Es nuestra condición real e ineludible. Vivimos en un mundo donde las sociedades están interconectadas y los problemas ya no respetan los límites del Estado-nación.

2. La Globalización: Es el proceso multidimensional —político, tecnológico y cultural— que expande estas interdependencias. Es un motor de modernidad que nos obliga a desarrollar nuevas formas de convivencia ante riesgos compartidos.

3. El Globalismo: Aquí reside el peligro. El globalismo es la ideología que reduce la complejidad de la globalización exclusivamente a la economía de mercado. Presenta al libre comercio como una "ley natural" para justificar la desregulación y el debilitamiento de los Estados, silenciando cualquier debate político sobre alternativas.

La Tecnología: El motor que no se detiene

A pesar de la potencia de las actuales tendencias hacia la "desglobalización" o el proteccionismo, la globalización tecnológica es un proceso irreversible en términos históricos. El transporte moderno, Internet y, más recientemente, la Inteligencia Artificial, han creado una infraestructura que trasciende las aduanas y las fronteras nacionales. Estas herramientas permiten que la información y el capital fluyan a velocidades que los Estados ya no pueden controlar por completo, consolidando una globalidad irrevocable.

El Interés Nacional y la trampa del Globalismo Económico

En este escenario, el gran desafío para una nación es discernir su interés nacional. El globalismo económico, como ideología promovida por factores de poder bien concretos, intenta imponer una visión unidimensional del proceso que erosiona la soberanía:

Despolitiza la economía: Presenta decisiones políticas clave como meras reglas técnicas o burocráticas.

Limita el margen de acción: Al priorizar el poder de las empresas transnacionales o de organismos supranacionales sobre el bienestar social, restringe la capacidad del Estado para proteger sus sectores estratégicos.

Para defender el interés nacional, no debemos combatir la tecnología, sino la ideología que pretende usarla para anular la política. En dicho marco, es fundamental comprender qué problemas pueden gestionarse localmente y cuáles exigen una cooperación internacional firme en foros multilaterales.

El camino: Fraternidad y Amistad Social

Finalmente, la interdependencia técnica no es suficiente para construir un mundo justo y equilibrado. Como propone el Papa Francisco en su encíclica "Fratelli tutti", el camino indicado es la fraternidad y la amistad social hacia adentro y hacia afuera de cada nación.

Aceptar nuestra globalidad, requiere primero una reflexión profunda y de carácter antropológico para reconocer que somos miembros de una sola familia humana. El reto es lograr que la globalización tecnológica y económica no sea una herramienta de exclusión a favor del globalismo, sino un vehículo para una integración que respete las identidades nacionales y promueva la paz. En este compromiso debemos encontrarnos todos: personas, instituciones y el mundo económico, para asegurar que el futuro sea, ante todo, humano y que busque como norte la paz y la justicia.


lunes, 19 de enero de 2026

“Gobernar la aceleración: El regreso a los clásicos como antídoto político”.

 


En un tiempo dominado por la aceleración vertiginosa del tiempo, provocado por las redes y los avances tecnológicos, la idea de volver a los clásicos puede sonar, para algunos, a nostalgia erudita. Sin embargo, la experiencia política argentina y global muestra que la crisis dirigencial que atravesamos no se resuelve con más encuestas, más consultoras ni más algoritmos, sino con algo mucho más antiguo y exigente: formar dirigentes con hondura ética, lucidez intelectual y sentido del bien común. Y ese tipo de formación tiene en los clásicos griegos, latinos y españoles una fuente insustituible.

Los grandes autores de la Antigüedad y del Siglo de Oro español pensaron con una sabiduría admirable qué significa gobernar, qué distingue a un buen gobernante y cuáles son los peligros propios del poder. Platón y Aristóteles, Demóstenes e Isócrates, Cicerón y Quintiliano, la Escuela de Salamanca y Ribadeneyra, Gracián y Saavedra Fajardo, no escribieron desde un laboratorio aséptico de las ideas, sino desde el contacto real con guerras civiles, con el surgimiento de imperios, cambios de época, intrigas cortesanas, nuevos mundos, la corrupción y la fragilidad de las instituciones. Sus textos son, muchas veces, el resultado de haber visto de cerca el auge de nuevos reyes e imperios, junto a la ruina de ciudades, reinos y dinastías.

En un contexto como el actual, marcado a nivel geopolítico por la ruptura del orden internacional y a nivel local por la desconfianza hacia la actividad política, la polarización y una preocupante resignación social, recuperar el horizonte de los clásicos es algo más que un gesto cultural. Es un modo de recordarnos que las categorías con las que discutimos hoy –ley, justicia, prudencia, tiranía, bien común, pacto– tienen una historia, una profundidad y una exigencia que no caben en un eslogan ni en un hilo de redes. Sin ese sustrato de largo plazo, podemos quedar presos del presentismo. Esto es, que cada coyuntura se vive como única, cada crisis como la peor de todas, cada nuevo líder como salvador o demonio absoluto.

La tradición hispánica, en este punto, suele ser la gran olvidada. Se la cita para la literatura, para el barroco, para el misticismo, pero mucho menos para la reflexión política y jurídica. Sin embargo, en el Siglo de Oro español confluyen dos corrientes de una potencia extraordinaria. Por un lado, la Escuela de Salamanca –con figuras como Francisco de Vitoria y Francisco Suárez– elabora una teoría original del poder, de la ley, de la soberanía y del ius gentium que anticipa debates centrales del derecho internacional y de la teoría del Estado. Por otro, los grandes tratadistas políticos del XVI y XVII se toman muy en serio la educación del príncipe, la prudencia de gobierno y los límites morales de la razón de Estado.

En ese cruce se sitúa, por ejemplo, Pedro de Ribadeneyra, cuya obra El Príncipe cristiano puede leerse como una respuesta frontal a Maquiavelo. Frente a la tentación de separar radicalmente eficacia política y moral, Ribadeneyra propone una “razón de Estado cristiana” que busca armonizar prudencia y valores evangélicos. El príncipe que dibuja, es un gobernante que entiende la autoridad como servicio, el poder como responsabilidad ante Dios y la comunidad, y la conservación del Estado como tarea inseparable del cultivo de las virtudes personales. No es un ingenuo: conoce la dureza y crueldad del mundo, pero se niega a aceptar que “gobernar bien” consista en sacrificar la justicia para satisfacer exclusivamente la sed de poder.

Baltasar Gracián, por su parte, lleva esta discusión a otro nivel. En El Héroe esboza la figura del varón eminente, no solo en el campo militar o cortesano, sino en el plano moral e intelectual. Y en el Oráculo manual y arte de prudencia nos deja una colección de aforismos que parecen escritos para la política contemporánea: cómo leer las situaciones, cómo gobernar las propias pasiones, cómo distinguir entre apariencia y realidad, cómo resistir la presión del entorno sin convertirse en cínico. Hay allí una auténtica pedagogía de la prudencia, un arte de conducirse en un mundo complejo que nuestros dirigentes –y quienes aspiran a serlo– harían bien en frecuentar.

Diego de Saavedra Fajardo completa este tríptico con sus Empresas políticas, un manual de educación del príncipe en cien empresas. Cada empresa articula un lema, una imagen y un comentario que vincula símbolo, carácter y gobierno. Saavedra asume la problemática moderna del poder, incluida la formulada por Maquiavelo, pero insiste en que la razón de Estado no puede desligarse de la ética cristiana sin destruir, tarde o temprano, tanto la legitimidad como la eficacia del gobierno. En tiempos de liderazgo fragmentado y sobreactuado en la superficie mediática o digital, la idea de que el gobernante necesita visión de largo plazo, integridad moral y dominio de sí suena menos anticuada de lo que parece.

¿Por qué todo esto debería importarle a un joven argentino del siglo XXI? Porque el contacto con estos textos lo saca de la cadena infinita de estímulos y lo introduce en una conversación que lleva siglos haciéndose la misma pregunta: ¿cómo vivir juntos y quién debe gobernar, cómo y para qué? La “rapidación”, como la llamaba el Papa Francisco, no solo acelera el tiempo; también atrofia la memoria y empobrece el lenguaje. Sin memoria y sin palabras, la política se degrada en pura técnica o pura emoción.

No se trata de idealizar el pasado ni de pensar que un curso de clásicos vaya a resolver mágicamente nuestra crisis. Se trata, más bien, de afirmar que sin una formación humanista seria –capaz de articular Grecia, Roma, Salamanca y el Siglo de Oro con nuestros dilemas presentes– cualquier proyecto de liderazgo quedará a merced de las encuestas, los focus groups y las pulsiones del momento.

En lugar de resignarnos a que las nuevas generaciones de dirigentes se formen exclusivamente en manuales de marketing político, valdría la pena abrir espacios –cátedras, seminarios, programas extracurriculares– donde la palabra, el debate y la memoria histórica vuelvan a ser escuela de ciudadanía. No por nostalgia académica, sino porque, sin esa profundidad, la política corre el riesgo de olvidar aquello que la justifica: ser, en última instancia, una búsqueda compartida del bien común en base a la verdad.

domingo, 18 de enero de 2026

La ciencia como activo estratégico: entre el saneamiento necesario y el riesgo de la irrelevancia internacional

 


Por Juan Bautista González Saborido

Como sociedad, los argentinos solemos enorgullecernos de nuestros logros científicos y de los premios Nobel recibidos a lo largo de la historia por nuestros compatriotas. Eso habla de una historia y de una identidad en el desarrollo científico y tecnológico. Sin embargo, hoy esa identidad está en riesgo bajo la premisa de una urgencia fiscal que, si no se maneja con visión estratégica, podría condenarnos a la irrelevancia tecnológica y económica. Es imperativo que comprendamos que la ciencia no es un lujo de países ricos o poderosos, sino una herramienta que permite a los países desarrollarse y proyectar su lugar en el mundo.

Nuestro Sistema de Ciencia, Técnica e Innovación (SNCTI) está integrado por  más de 131.000 personas, entre los que se encuentran investigadores y personal técnico y de apoyo. Ellos pertenecen a diversas instituciones que, conjuntamente, conforman el ecosistema científico y tecnológico de la Nación: el CONICET, La Comisión Nacional de Energía Atómica –CNEA-, El Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria – INTA-, El Instituto Nacional de Tecnología Industrial –INTI-, El Servicio Geológico Minero Argentino -SEGEMAR-, y El Instituto Nacional del Agua -INA-. Estas instituciones se encuentran ahora al borde de la parálisis. De ahí deriva la gravedad y urgencia de la cuestión.

El deber de la transparencia y el fin de los "feudos académicos"

Debemos empezar por una autocrítica honesta. Durante años, sectores del sistema científico y académico han permitido que la ineficiencia y la ideologización se filtren en sus estructuras. La existencia de "redes de influencia" y líneas de investigación dominadas por cuestiones ideológicas –por ejemplo la ideología de género-, sin impacto real, alimentaron un malestar social legítimo.

La sociedad tiene todo el derecho de exigir que cada peso invertido se use con transparencia, buscando la excelencia y la concordancia de la investigación con las necesidades y objetivos estratégicos de nuestra nación. En ese contexto, hablar de saneamiento no es una mala palabra; es un requisito ético para que el sistema recupere su prestigio.

No obstante ello, hay una diferencia abismal entre podar las ramas secas para que el árbol crezca y talar el árbol por completo. Lo que hoy vemos en el Presupuesto 2026 no es un plan de eficiencia, sino un programa de desmantelamiento estructural. Al eliminar las normas que garantizaban un financiamiento estable y progresivo, estamos desbaratando nuestra proyección de futuro.

La ciencia como motor de desarrollo y soberanía

En cualquier plan de desarrollo nacional, la ciencia y la tecnología deben ser motores centrales, no vagones de cola. Sin capacidades propias, sin un ecosistema científico y tecnológico sólido, Argentina cede sus posibilidades de desarrollo soberano y se encamina a ser un mero exportador de recursos primarios y un importador pasivo de tecnología ajena.

Esta cuestión no es un debate abstracto entre académicos. Se traduce en realidades cotidianas:

  • Federalización: Sin recursos, el interior del país pierde la posibilidad de potenciar sus economías regionales con innovación local, ampliando la brecha entre las provincias y la fragmentación política, económica y social.
  • Capital Humano: Si vaciamos al sistema de recursos, estamos empujando a nuestros jóvenes más brillantes a una nueva "fuga de cerebros". Un país que expulsa a sus talentos está regalando su mayor riqueza al mundo.

El tablero geopolítico: No podemos ser socios "vacíos"

En el actual escenario mundial, de lucha por hegemonía regional y mundial, Argentina ha decidido asociarse con los Estados Unidos en un contexto de guerra tecnológica entre este país y China. Pero debemos preguntarnos: ¿con qué capacidades nos sentamos a esa mesa?

Por su propio interés, Estados Unidos busca socios con capacidad tecnológica, no solo clientes políticos. Un país que desmantela su sistema de ciencia y técnica, renuncia a su capacidad de liderazgo regional y se puede volver un aliado irrelevante en áreas estratégicas como la inteligencia artificial, la energía nuclear o la biotecnología. Si no fortalecemos nuestras capacidades internas, el riesgo es caer en un "alineamiento dependiente". Es decir, coincidir en los discursos, pero carecer de peso para negociar beneficios reales, inversiones de calidad o transferencia tecnológica.

Frente a la presencia económica de China, la situación es igual de crítica. Sin científicos nacionales que puedan auditar y adaptar la tecnología que ingresa al país, perdemos toda autonomía para decidir sobre nuestra propia infraestructura digital y energética.

Es una cuestión que involucra el bien común

La ciencia no pertenece a un gobierno ni a un partido; pertenece a la nación. El presupuesto 2026 prevé que la Función Ciencia y Técnica -en la que se concentra la mayor porción de la inversión estatal en el sector- caerá un 7,2% en términos reales contra 2025. De este modo, totalizará un descenso del 46,4% desde diciembre de 2023.

Dicho presupuesto -aprobado por el Congreso Nacional-, al eliminar los artículos 5°, 6° y 7° de la Ley de Financiamiento de Ciencias y Tecnología (27.614),  propone un ajuste que reduciría la inversión en ciencia a niveles insignificantes, apenas un 0,15% del PBI, menos de un tercio de lo que se había garantizado.

Debemos exigir eficiencia, sí. Debemos eliminar cada rincón de despilfarro, por supuesto. Debemos rechazar que se vuelquen recursos en cuestiones ideológicas ajenas a los intereses del país. Pero no podemos permitir que se destruya la base de nuestro conocimiento.

Un país que renuncia a poseer un sistema científico, tecnológico y de innovación sólido, es un país que renuncia a su capacidad de pensar, de crear y de decidir su propio destino en el mapa del poder mundial. La importancia de esta cuestión es superlativa: se trata de decidir si queremos ser protagonistas del siglo XXI o simplemente espectadores dependientes.

martes, 13 de enero de 2026

Eduardo Mallea: Geografía espiritual y destino nacional.

 


En 1940, Eduardo Mallea escribió La Bahía de Silencio, un libro extraordinario de enorme impacto en su tiempo. Si bien ciertos aspectos han perdido actualidad, sus ideas centrales conservan una vigencia absoluta. Mallea, en toda su obra, pero especialmente en esta, contraponía a una Argentina visible —superficial, anodina e indigna— una Argentina invisible: sencilla, profunda y depositaria de las reservas morales de la nación.

Esta distinción sustancial ya se advierte en su dedicatoria del libro a los jóvenes que, habitando la "zona subterránea", sostienen una idea de limpia grandeza frente a la indignidad de quienes engañan y trafican con la patria. Hoy, su literatura nos invita a interrogar no solo su lugar en la historia, sino la utilidad de sus metáforas para pensar un país que continúa atravesado por fracturas tan profundas como las que él describía en la primera mitad del siglo XX.

Para Mallea, la oposición entre las dos argentinas no es meramente sociológica; sino que remite a una crisis espiritual y metafísica. Es el drama de un país que vive en el simulacro, renunciando a su "forma interior" y a la búsqueda de autenticidad y grandeza. En La Bahía de Silencio, esto se grafica en lo que llamó "La Traición del Pan": la trampa de decirle al pueblo que, como ya tiene el pan material, debe abandonar su inquietud interior y sumergirse en el sueño, abandonando la búsqueda de nuevos horizontes.

Pero como no todo es pan, la traición se asienta en ese sopor. El pueblo, privado de inspiración moral, se abandona a la comodidad y a los pactos, olvidando lo principal: su destino interior. Sin embargo, para Mallea, en el hondón más profundo de la Argentina, se come otro pan, "el pan no traidor": el pan de quien construye desde el alma y nutre una aspiración fundamentalmente moral. Es un alimento de espera e inquietud que, en la sombra, va organizando una sinfonía que crece como un cono invertido: de una semilla rica hacia el árbol central del bosque:

"En el hondón más profundo de la Argentina se come otro pan, uno que no traiciona, el pan del que está construyendo lo que le ha salido del alma, el pan con el que un hombre nutre las hambres y las fatigas de una aspiración fundamentalmente moral, no política ni pecuniaria; fundamentalmente moral. De ese pan honrado, de ese pan inspirado, de ese pan de preocupación, de ese pan de espera y de inquietud se están alimentando, a esta hora, las partes más olvidadas de esta tierra; y así se va organizando en la sombra una sinfonía cuyo crecimiento es como la forma del cono invertido: de un punto se va haciendo el todo; de una semilla rica, el árbol central del bosque entero. ¡En quién sabe cuántas estancias recónditas, cuartos pobres de ciudad, campos andinos, selvas septentrionales, planicies australes, pampas escasamente habitadas no se come hoy otra cosa que el buen pan, el no traidor…”

Así pues, la distinción entre la Argentina visible e invisible, lejos de ser una metáfora agotada, parece ser un poderoso símbolo que describe con precisión la brecha entre una superficie saturada de imágenes, de culto al éxito fácil y a la vulgaridad estética, y un subsuelo social donde se acumulan frustraciones, precariedades y formas de vida que no son nombradas en el discurso público. Sin embargo, esa realidad “invisible” y "sin expresión", hace referencia a hombres y mujeres justos que, desde la noche de los tiempos hasta la actualidad, siguen sosteniendo los fundamentos de una nación que se tambalea.

Esta lectura dual conserva una notable capacidad de interpelación en la Argentina contemporánea, marcada por la polarización, la desconfianza y la presencia de ciertas élites parasitarias que asfixian la savia vital del pueblo. Por eso, lejos de ser un testimonio de época, la prosa de Mallea funciona como matriz para repensar las tensiones entre la búsqueda de la notoriedad pública y el esfuerzo cotidiano por un futuro mejor, entre el consumismo exhibicionista y la búsqueda de una fuerza interior autentica que nos haga responsables del bien común de la patria.

Recuperar a Mallea hoy implica integrarlo en un universo de lecturas que permitan reabrir la vieja pregunta por la forma interior de nuestra comunidad, por nuestra identidad profunda. Al obligarnos a mirar más allá de la "Argentina visible", nos obliga también a cuestionar nuestra propia complicidad con un orden anodino e insustancial y a apostar por una nueva pasión argentina que articule memoria histórica, crítica lúcida y especialmente, un proyecto de futuro compartido.

 


jueves, 8 de enero de 2026

Humanizar la tecnología: El desafío ético de la Inteligencia Artificial en Iberoamérica en pos del desarrollo humano integral.

 


1. Introducción:

Los avances en inteligencia artificial, robótica, computación cuántica y el resto de las llamadas tecnologías “autónomas” han originado una serie de desafíos morales, jurídicos y políticos cada vez más urgentes y complejos.

Existen notables esfuerzos para orientar estas tecnologías hacia el bien común y para resolver los dilemas que generan, pero las diversas iniciativas que existen -analizadas a escala mundial- son todavía hoy, un mosaico de voluntades dispares.

La denominada “galaxia digital”, y en particular la llamada “inteligencia artificial”, están en el corazón mismo del cambio de época que estamos atravesando y si bien están dotadas de un gran potencial para mejorar la vida de las personas y de la sociedad (en materia de salud, educación, ciencia, productividad, optimización de recursos, etc.), también plantean profundos desafíos que dependen de la orientación que se les dé a estas tecnologías a tal punto que incluso pueden llegar a desestabilizar a la humanidad.

Es una realidad que no puede ser subestimada, pues se trata de una tecnología omnipresente, es decir, que interactúa en todas las actividades que realizamos e incluso en las mismas decisiones humanas, a tal punto que moldean incluso nuestro interior y están cambiando nuestra forma de pensar y actuar.

La mayor parte de las decisiones, incluso las más importantes, como las del ámbito médico, económico o social, son hoy fruto de la voluntad humana y de una serie de contribuciones algorítmicas, muchas de las cuales pasan desapercibidas frente a nosotros.

En suma, debemos reconocer que las nuevas tecnologías no son neutrales. Más bien, son instrumentos que dan forma al mundo e influyen en la intimidad de las personas debido a que los productos tecnológicos reflejan la visión del mundo de sus creadores, propietarios, usuarios y reguladores. Y, con su poder, como ha dicho el Papa Francisco «modelan el mundo y comprometen a las conciencias en el ámbito de los valores».

En el mismo sentido, el Papa León XIV -nos señala- que la inteligencia artificial, las biotecnologías, la economía de datos y las redes sociales están transformando profundamente nuestra percepción y experiencia de vida. En dicho escenario, plantea que la dignidad humana corre el riesgo de verse disminuida u olvidada, sustituida por funciones, automatismos y simulaciones. Frente a ello -nos recuerda- que la persona no es un sistema de algoritmos, sino que es criatura, relación y misterio.

En este contexto, desde una perspectiva espiritual, ética, política y jurídica, el gran desafío es humanizar la tecnología, esforzarnos por conducir la tecnología y evitar que esta gobierne y degrade lo humano. Es decir, que ya sea por acción, por omisión, o negligencia, que terminemos legitimando que el ser humano quede subordinado a la tecnología cuando la tarea que debemos encarar es justamente la contraria: ¡Debemos humanizar la tecnología y no tecnificar al humano!

Para realizar esta tarea en nuestro país, debemos apelar a nuestra rica tradición humanística iberoamericana, a nuestra historia y a nuestra cultura, para que con sus profundos valores podamos redescubrir la centralidad de la persona en este mundo hipertecnológico.

Esto significa, que en nuestra escala de valores lo primero a tener en cuenta es el bienestar integral de la persona humana, no solo desde el punto de vista material, sino también intelectual y espiritual. Esto implica salvaguardar su dignidad inviolable, y respetar la riqueza cultural y espiritual de los pueblos del mundo.

2. Los desafíos:

Los desafíos que enfrentamos son inmensos. No podemos ser ingenuos, el desarrollo de esta tecnología está marcado por lógicas geopolíticas y económicas que puede impedir su plena utilización, si no actuamos oportunamente, de manera mancomunada y con firmeza.

2.1. La ventaja tecnológica en la lucha por la hegemonía:

En lo que respecta a la competencia por la hegemonía mundial observamos que el principal escenario de la misma se está dando en el control de las tecnologías emergentes que, a su vez, se han convertido en el principal motor de cambio del orden económico internacional y que tienen una indudable aplicación en materia de defensa y seguridad.

Lo que comenzó como una guerra comercial ha evolucionado hacia una competencia sistémica por la supremacía en sectores estratégicos como los semiconductores, la inteligencia artificial, la computación cuántica, las infraestructuras digitales y el suministro de minerales críticos.

Este proceso está impulsando una reconfiguración acelerada de las cadenas globales de valor, donde se refuerza la importancia geopolítica de los recursos estratégicos (energía, minerales, tierras raras, etc.) y donde desde una perspectiva técnica, la eficiencia optimizada cede su lugar a un enfoque guiado por el control estratégico y la soberanía tecnológica. Esta realidad puede ser un factor que aliente los conflictos abiertos o solapados frente a los cuales debemos estar muy atentos para preservar toda nuestra región como una zona de paz.

2.2. El peligro del desarrollo de estas tecnologías fuera todo marco humano, ético y jurídico:

No existen dudas en cuanto a los beneficios que puede generar la Inteligencia Artificial en materia de producción y desarrollo para nuestros países y el fortalecimiento consiguiente a la dignidad humana. Efectivamente, la IA tiene elementos muy positivos: detectar la cura de enfermedades, mejorar la producción de alimentos, mejorar la producción de medicamentos, predecir mejor el clima, etc.

Pero para promover los beneficios y evitar los perjuicios es necesario que exista un marco ético y jurídico de gobernanza sólido para evitar que la tecnología se salga de su cauce y termine perjudicando a nuestras naciones y a toda la humanidad. El hecho de que, actualmente, la mayor parte del poder sobre las principales aplicaciones de la IA esté concentrado en pocas empresas plantea importantes problemas éticos.

A eso le debemos agregar la naturaleza inherente de los sistemas de IA, en los que ningún individuo puede tener una supervisión completa de los vastos y complejos conjuntos de datos utilizados para el funcionamiento. Esta falta de una responsabilidad (accountability) bien definida produce el riesgo cierto de que la IA pueda ser manipulada para ganancias personales o empresariales, o para orientar la opinión pública hacia los intereses de un sector.

De esta forma, en la opacidad de su funcionamiento, ciertas entidades motivadas por sus propios intereses, pueden llegar a ejercer formas de control tan sutiles como invasivas, creando mecanismos de manipulación de las conciencias y del proceso democrático. Por eso, lo que hay que generar son incentivos y marcos normativos sólidos basados en una ética de profundos valores humanos abiertos a la trascendencia, que fijen claramente líneas rojas que no se puedan pasar y que simultáneamente se fomenten y generar incentivos para que la IA se integre en los procesos productivos y en las cadenas de valor de nuestros países.

3. La Inteligencia Artificial como motor de desarrollo:

Dicho lo anterior, existen enormes oportunidades de desarrollo para nuestros países y para la región. La cuestión estriba en las decisiones de políticas públicas que se tomen, cómo se generan incentivos adecuados y cómo se abren espacios para que esto ocurra. Espacios que, desde mi perspectiva, deben tener una clara dimensión regional, o si se quiere continental, y colaborativa para poder aprovechar plenamente esta oportunidad.

El avance acelerado que se opera en el mundo privado tecnológico y la desorganización y la falta de adaptación de las políticas públicas y de las estructuras institucionales, generan el riesgo de que ambos mundos choquen y que consecuentemente se desperdicien oportunidades. Por otra parte, una innovación desvinculada del respeto a la persona podría “quemar el futuro” de la humanidad, agudizando las desigualdades, dañando a la creación y comprometiendo el sistema de trabajo en el que todos están llamados a expresarse. Asimismo, la ausencia de coordinación, la falta de articulación y de armonización de los marcos de gobernanza entre países oscurece los horizontes para el desarrollo, más allá de las buenas intenciones que suponen. Finalmente, sancionar normas sin definir previamente la política pública, a veces de manera espasmódica y sin sistematicidad corren el peligro de dificultar su cumplimiento y muchos más su monitoreo. Por eso, es necesario el dialogo hacia dentro de cada país y a nivel regional para establecer coincidencias básicas.

Ahora bien, hay algunos puntos que prima facie son importantes para incorporar la IA a los planes de desarrollo de nuestra región, sin pretensión de exhaustividad.

3.1. Una IA productiva y centrada en la dignidad humana para generar cadenas de valor:

Esto significa atender al fenómeno de generar IA y construir cadenas de valor que comienzan en las entrañas de la tierra con la identificación de minerales críticos y tierras raras, continúa en el desafío de la conectividad e infraestructura, y se extiende a los satélites, los centros de datos, las habilidades y talentos profesionales, y atender los efectos tanto sobre el territorio como sobre las personas.

3.1.1. Retención e intercambio de talento entre los países de la región.

Debemos crear un “Mercado Regional de Talentos Tecnológicos” con incentivos fiscales y marcos normativos coordinados para la retención y el intercambio. Esto incluye el reconocimiento mutuo de títulos y certificaciones en IA y Ciencias de Datos para que el talento pueda trabajar y desarrollar proyectos dentro de los países de nuestro continente con la misma fluidez generando polos de desarrollo locales.

3.1.2. Brecha de Infraestructura y Conectividad

La IA, especialmente en su modalidad de Machine Learning –aprendizaje automático- y grandes modelos de lenguaje (LLMs), requiere inmensas capacidades de cómputo (GPUs) y centros de datos. Invertir en esta infraestructura es sumamente complicado para un solo país y requiere de una compleja logística en materia de energía. Por eso, es necesario trabajar conjuntamente por crear fondos regionales de inversión que puedan solucionar esta dificultad. También es necesario crear y compartir regionalmente grandes centros de datos y clústeres de supercomputación. Esto permitiría a investigadores y empresas emergentes de toda la región acceder a la potencia necesaria para entrenar modelos de IA sin depender de infraestructura extranjera.

3.1.3. Fragmentación Regulatoria y Ética

Cada país avanza con su propia legislación sobre ciberseguridad, protección de datos y el uso ético de la IA. Esta fragmentación genera inseguridad jurídica y desincentiva la inversión de grandes empresas que buscan escalar sus soluciones a nivel continental. Acordar un “Marco Regulatorio Común de IA y Datos” centrado en la dignidad de la persona humana es fundamental. Debemos trabajar en pos de un marco iberoamericano unificado. Ello facilitaría la transferencia transfronteriza de datos, garantizaría la privacidad de los ciudadanos y establecería reglas éticas claras para el desarrollo y despliegue de la IA.

La cooperación no es solo una opción; es la estrategia más eficiente para convertir el desafío de la IA en una oportunidad de desarrollo equitativo y soberano para toda la región. Pero, debemos recordar que la IA no es solo una herramienta técnica. Es una tecnología de poder. En ese sentido, la llamada “gobernabilidad algorítmica”, puede transformar a los ciudadanos en perfiles de datos, reduciendo su participación política e intentando manipular a la acción humana.

La IA no solo automatiza procesos: redefine las condiciones mismas de la libertad. Opera como caja negra: decide sin deliberación, clasifica sin contexto, predice sin historia. Por lo tanto, puede afectar seriamente dos características fundamentales de la persona humana como son la libertad y la responsabilidad. Para mitigarlos, es necesario redefinir la noción misma de propiedad de los datos: transitar desde el modelo contractual —basado en la aceptación pasiva de términos opacos— hacia mecanismos de consentimiento cívico con mayor participación de los usuarios, de las entidades académicas y de organismos de gobierno, que reconozcan la soberanía informacional de ciudadanos y comunidades.

La ciudadanía, como titular soberana de los datos, tendría capacidad para decidir cómo se recogen, procesan y utilizan, y para revocar ese uso si vulnera sus derechos o contradice principios democráticos. Esto contribuiría enormemente a configurar una ciudadanía digital a nivel regional con un desarrollo de IA que respete derechos humanos básicos y que involucre una generación de “neuro-derechos” que tengan en cuenta los peligros de la interacción de la mente y el cerebro humano con herramientas tecnológicas invasivas.

3.2. Una IA que respete la “oikofilia” (amor al hogar y a la patria que incluye la protección de los recursos naturales):

Este aspecto se vincula a un humanismo trascendente desde la perspectiva de la protección ambiental con fundamento en el amor a la creación y a la patria. El amor a la patria es la motivación para proteger la matriz energética amplia que va desde la energía nuclear, las energías renovables no convencionales, las fuentes hidroeléctricas, el viento, el sol, la movilidad urbana, la diversidad biológica, e incluso los patrones de comportamiento para una transformación social individual y productiva que evite el derroche de recursos. Todos ellos son bienes comunes que hemos heredados de nuestros mayores y respecto a los cuales tenemos el mandato de protegerlo y custodiarlos para nuestros hijos y para las generaciones futuras.

3.3. Una aplicación de IA arraigada en el consenso social:

Esto significa que debemos apelar a herramientas de participación social que promuevan un nuevo pacto social democrático para el empleo de instrumentos tecnológicos que transparenten las compras y contrataciones estatales, agilizar procesos judiciales, consolidar mecanismos participativos con consecuencias prácticas y dinamizar la planificación productiva y presupuestaria. Incluyendo una mesa de concertación de trabajadores y empresarios y científicos para acordar la incorporación de esta tecnología, la pre-distribución de sus futuros y potenciales impactos positivos y el tiempo de adaptación a los mismos.

Se requiere una IA que sea parte de una política industrial innovadora, que esté a la altura de los tiempos de transformación, con la capacidad de tener un plan de desarrollo que contemple la dimensión del trabajo humano como mecanismo central de integración social.

3.4. Una prioridad “La protección de la niñez y de la adolescencia frente a la toxicidad de las redes sociales”:

En un mundo tan interconectado a nivel digital y pleno de algoritmos, vemos con frecuencia que se incrementa la soledad y el aislamiento. El aumento del aislamiento y de la soledad facilitan la propagación de la epidemia de las adicciones (pantallas, alcohol, droga, juego, etc.).

La primera infancia es una etapa fundamental en la educación y desarrollo de la persona. El uso de las pantallas desde edades tempranas y sostenidas en el tiempo pueden impedir que se desarrolle en los niños su capacidad de jugar, de contemplar y asombrarse frente a la realidad, de construir su vida interior, con la singular importancia que tienen estos hábitos para su crecimiento sano, pleno y feliz. Ninguna generación ha tenido nunca un acceso tan rápido a la cantidad de información que ahora está disponible gracias a la inteligencia artificial. Esto genera un potencial daño a las personas más indefensas que son los niños a quienes debemos proteger especialmente.

Respecto de la ludopatía, es preocupante el incremento de este problema en adolescentes y niños. La ludopatía precoz está relacionada con el uso excesivo de las pantallas a edad tempranas. La Sociedad Argentina de Pediatría (SAP) ha advertido las consecuencias del uso excesivo de la tecnología, que repercute en forma negativa en otros ámbitos (personal, familiar, social, académico). El avance exponencial de la problemática se vio potenciada con la publicidad dirigida que las casas de apuestas online realizan continuamente. Existe una peligrosidad latente, especialmente en menores de edad, quienes pueden desarrollar problemas financieros, dificultades académicas, problemas de salud mental, deterioro de las relaciones personales y hasta adicciones al juego.

Ahora bien, el problema de las adicciones parece haber adquirido escala mundial, pero sin duda debe ser tratado a nivel nacional y regional. Por eso, además de armonizar marcos normativos, también debe considerarse que la familia debe ser la principal aliada para prevenir y curar. Como unidad natural y fundamental de la sociedad, la familia desempeña un papel indispensable para garantizar una vida sana y promover el bienestar.

Es la familia la que moldea las esferas física, emocional y espiritual del individuo. La familia es la primera escuela de virtudes humanas, donde los niños aprenden solidaridad, responsabilidad y cuidado de los demás. La familia también proporciona la atención primaria a los más necesitados, incluidos los niños, los ancianos y las personas con discapacidad. Debemos fortalecer las políticas de protección de las familias lo cual no solo redundará en una mejora en la cuestión de las adicciones, sino que mejorará la cohesión social, factor de importancia crucial para el desarrollo.

4. Conclusión

Los desafíos que nuestro país y los de la región deben afrontar en materia de IA son enormes. De ninguna manera pretendo abordarlos todos en este modesto trabajo. Pero si considero fundamental el deber de afrontarlos desde una perspectiva ética fundada en el humanismo trascendente que surge de nuestra propia historia y cultura iberoamericanas, donde la religión católica ocupa un lugar central.

Apelando a dicho acervo y con un profundo espíritu de diálogo y colaboración entre las naciones de nuestra región y de nuestro continente, vamos a poder resolver estos desafíos y lograr un desarrollo humano integral a partir de la incorporación eficiente de la IA a nuestros planes de desarrollo. No existen mayores dudas de que esta es la tarea que la historia nos demanda.

 

miércoles, 24 de diciembre de 2025

El Diálogo Necesario: Razón, Fe y Dignidad en la Era Tecnológica

 


por Juan Bautista González Saborido

1.- Introducción:

En un mundo marcado por avances científicos y tecnológicos vertiginosos, con una digitalización que parece abarcarlo todo, surge una pregunta fundamental: ¿Dónde queda la esencia de lo humano? Para responder esta pregunta el debate sobre la secularización no es solo un ejercicio académico; es una necesidad urgente para proteger nuestra dignidad intrínseca e inviolable.

2. La “traducción” lo Sagrado: El encuentro entre Habermas y Ratzinger

Uno de los puntos de partida más interesantes de la filosofía contemporánea es la propuesta del filosofo alemán Jürgen Habermas. Él, pese a que es agnóstico, sugiere que las tradiciones religiosas contienen "potenciales de significado" que pueden ser traducidos al lenguaje público universal. Un ejemplo claro es la idea de que el hombre es "imagen de Dios", la cual -dice Habermas- al secularizarse, se convierte en el concepto de dignidad humana inalienable.

Por su parte, el entonces cardenal Joseph Ratzinger proponía una "correlacionalidad necesaria" entre la razón secular y la religiosa:

Para él existe “una necesaria correlacionalidad de razón y fe, de razón y religión, pues razón y fe están llamadas a limpiarse y purificarse entre sí. Ambas razones se necesitan mutuamente, y ambas tienen que reconocerse recíprocamente.

Pero además de este diálogo entre fe y razón, para Ratzinger, resulta necesario otro: el diálogo entre culturas. Pues si bien “en su propia autocomprensión, ambos (el Cristianismo y la razón moderna) se presuponen universales, y puede que de iure (de derecho) efectivamente lo sean”, de facto (de hecho) “tienen que reconocer que sólo han sido aceptados en partes de la humanidad.”

Por otra parte, en la encíclica “Caritas in Veritate” Ratzinger señala la irracionalidad del puro quehacer técnico: “la racionalidad del quehacer técnico centrada sólo en sí misma se revela como irracional, porque comporta un rechazo firme del sentido y del valor”

En efecto, atraída por el puro quehacer técnico, la razón sin la fe se ve avocada a perderse en la ilusión de su propia omnipotencia y por su parte, la fe sin la razón corre el riesgo de alejarse de la vida concreta de las personas.

3. El Desafío del Paradigma Tecnológico

Hoy, la necesaria armonía entre razón científica y religiosa está bajo mucha presión. En las últimas décadas, en materia de biotecnología es vertiginoso el avance en las técnicas de manipulación genética, en la clonación, en las terapias génicas y en el trasplante de órganos de animales en humanos.

Asimismo, últimamente se ha desarrollado una fuerte polémica respecto a la Inteligencia Artificial, debido a que no se puede ocultar el riesgo concreto, -como señala el Papa Francisco[1]-, de que limite la visión del mundo a realidades que pueden expresarse en números y encerradas en categorías preestablecidas, eliminando la aportación de otras formas de verdad e imponiendo modelos antropológicos, socioeconómicos y culturales uniformes reforzando el actual paradigma tecnológico dominado por la razón instrumental y económica.

Esta "razón instrumental" puede llevar al oscurecimiento del valor de la persona, haciendo que el ser humano deje de ser el centro del orden social y político. Este es uno de los riesgos más graves, peligrosos y profundos de nuestro tiempo.

4. El Derecho como Refugio de lo Humano

Estos cambios, repercuten fuertemente en el derecho en general y particularmente en el campo de los derechos humanos, colocándolo en crisis. En efecto, surgen corrientes culturales y de pensamiento, algunas de matriz cientificista y otras nihilistas, que cuestionan las bases ontológicas del hombre, su apertura a la trascendencia y, en consecuencia, su dignidad inalienable.

Veamos, el derecho tiene dos dimensiones fundamentales en la defensa de la dignidad humana:

  • Dimensión nomológica del derecho: En la defensa del ser humano el derecho cumple un rol sustancial, en primer lugar, debido a su dimensión normo lógica que regula derechos y obligaciones.
  • Dimensión antropológica: Pero, además, el orden jurídico también tiene una dimensión antropológica al garantizar a cada persona la preexistencia de un mundo dado, su identidad a largo plazo. El derecho, como una de las manifestaciones de la cultura junto a la lengua, tiene la característica de dar sentido a la vida social[2].
  • En este campo de intersección entre el derecho y la antropología es necesario el dialogo entre razón secular y religiosa: En dicha dimensión antropológica consideramos de singular importancia recuperar la necesaria armonía y equilibrio que debe haber entre la razón secular, científica o filosófica y la razón religiosa que se fundamenta en la fe.

Por ejemplo, en materia de derechos humanos no se puede excluir todo el desarrollo que realizó el magisterio católico y el resto de las grandes tradiciones religiosas sobre el fundamento religioso de la dignidad humana y el valor intrínseco de las personas.

5. La armonía, equilibrio y dialogo entre razón religiosa y razón secular ha sido continuado por el Papa Francisco:

  • En "Laudato Si" para diagnosticar los graves problemas ecológicos: La armonía, el equilibrio y el dialogo entre la razón religiosa y la razón secular, es un camino que ha sido continuado por el Papa Francisco. Por ejemplo, en la encíclica “Laudato Si”, donde ha realizado un dialogo fecundo entre la ciencia y la fe para diagnosticar los graves problemas ecológicos que afectan a nuestra casa común y donde también ha incorporado la tradición ortodoxa al inspirarse en el Patriarca Bartolomé I de Constantinopla para alertar sobre las raíces éticas y espirituales de los problemas socio ambientales.
  • Declaración sobre la Fraternidad Humana y "Fratelli Tutti": Posteriormente, el dialogo con otras tradiciones religiosas se concretó en la declaración sobre la Fraternidad Humana realizada junto al Gran Imán de Al-Azhar Ahmad Al-Tayyeb. Allí se invoca el nombre de Dios creador de todos los seres humanos iguales en los derechos, en los deberes y en la dignidad, llamados a convivir como hermanos entre ellos, para poblar la tierra y difundir en ella los valores del bien, la caridad y la paz. Esta declaración fue, a su vez, una inspiración para su posterior encíclica “Fratelli Tutti” de octubre de 2020[3].

En su magisterio, Francisco le habla a la fe de los fieles, pero también a la razón humana y al pensamiento de creyentes y no creyentes. A su vez, entra en dialogo con otras cosmovisiones religiosas cristianas y no cristianas, como la ortodoxa y el islam. A través de esta práctica busca una alianza y un punto de encuentro entre las civilizaciones para que se asuma el compromiso central de honrar, respetar y cuidar la dignidad de la vida humana, especialmente de los más pobres y desfavorecidos.

Para Francisco la dignidad común es fundamento de la fraternidad y la fraternidad es un tema serio para la política y el poder, la filosofía y la ciencia.

6.- La dignidad es una categoría jurídica clave para la protección de los derechos humanos:

En el ámbito secular, el principio de la dignidad de la persona, está reconocido como fundamento último de los derechos humanos y surge clara y expresamente de la Carta de las Naciones Unidas y de la Declaración Universal de Derechos Humanos[4].

La dignidad es una categoría jurídica clave porque es la base de todos los derechos humanos. Los seres humanos tienen derechos que deben ser tratados con sumo cuidado, precisamente porque cada uno posee un valor intrínseco.

En 1948, y en respuesta al horror de las dos guerras mundiales, la comunidad internacional pensó que era importante enfatizar el concepto de la dignidad humana en las primeras palabras de este innovador documento, subrayando un término que ya estaba destacado en la línea de apertura del Preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre (DUDH), así como en la Carta que fundó las Naciones Unidas hacía tres años antes[5].

Por ello, la referencia al principio de la dignidad inalienable de la persona en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, fue definida por Juan Pablo II como como «una de las más altas expresiones de la conciencia humana»[6].

7.- Conclusión: El magisterio de Francisco en relación a la importancia de la dignidad humana:

En línea con el Concilio Vaticano II, el Papa Francisco reafirma que a la luz de la fe tenemos la certeza de que Dios nos ha creado como personas amadas y capaces de amar; que nos ha creado a su imagen y semejanza (cfr. Gen 1, 27). 

De esta manera, a través de la fe sabemos que Dios nos ha donado una dignidad única, invitándonos a vivir en comunión con Él, en comunión con  nuestros hermanos y en el respeto de toda la creación. Aquí radica el fundamento de toda la vida social y determina sus principios operativos[7].

Por el contrario, cuando no se reconoce esta común dignidad aparecen algunos males sociales como la cultural del descarte. En la encíclica Fratelli Tutti, Francisco señaló que la cultura del descarte es un estilo de vida que no considera a las personas como un valor primario que hay que respetar y amparar, sino que las considera como objetos descartables, especialmente si son pobres o discapacitadas, si “todavía no son útiles” —como los no nacidos—, o si “ya no sirven” —como los ancianos—[8].

Consiguientemente, podemos observar como el equilibrio y armonía, entre fe y razón, florece en la fundamentación de la dignidad de la persona humana como clave de la defensa de los derechos humanos frente al peligro de que el hombre quede subordinado y tratado como un objeto ante un paradigma tecno económico hipertrofiado. 

                                                   

 

 

 

 



[1] Discurso en la sesión del G-7 sobre Inteligencia Artificial, consultan en línea en: https://www.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2024/june/documents/20240614-g7-intelligenza-artificiale.html

[2] Supiot, Alain, “Homo juridicus. Ensayo sobre la función antropológica del derecho” Siglo Veintiuno Editores S.A., 2da. Edición argentina revisada, 2012, pág. 11/12.

[4] Adoptada y proclamada por la Asamblea General en su resolución 217 A (III), de 10 de diciembre de 1948.

[5] Naciones Unidas, “Libres e iguales en dignidad” consulta en línea el 17 de abril de 2023 en: https://news.un.org/es/story/2018/11/1445521

[6] Juan Pablo II, Discurso a la Asamblea General de las Naciones Unidas, 5 de octubre de 1995.

[7] Francisco, Audiencia General 12 de agosto de 2020 “Curar el mundo. Fe y Dignidad Humana”.

[8] Francisco, Fratelli Tutti, nº 18.