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miércoles, 12 de agosto de 2026
JORNADA “TERRITORIO Y POBLACIÓN: DISTRIBUCIÓN FEDERAL Y EQUILIBRIO DEMOGRÁFICO” EN EL SENADO
viernes, 7 de agosto de 2026
Volver a la Phronesis: Aristóteles y la Recuperación de la Prudencia en el Arte de Gobierno
Cuando Aristóteles habla de prudencia (phronesis),
no se refiere a una postura tímida, indecisa ni meramente conservadora, sino a
la forma más elevada de la inteligencia práctica. En un mundo contingente,
cambiante e impredecible, donde no existen recetas universales ni manuales de
aplicación automática, la prudencia constituye la virtud racional capaz de
orientar la decisión recta.
En el Libro VI de la Ética a Nicómaco, el
Estagirita distingue los cinco modos en que el alma alcanza la verdad: la
ciencia (episteme), la técnica (techne), la prudencia (phronesis),
la sabiduría (sophia) y el entendimiento (nous) (EN VI, 3,
1139b15). De todas ellas, la prudencia es la única cuyo objeto directo es la
acción buena y la vida concreta del ser humano.
No se pregunta qué es el bien en abstracto, sino
qué conviene hacer aquí y ahora. No se ocupa de lo necesario —lo que no puede
ser de otro modo—, sino de aquello que está en nuestras manos transformar. La
prudencia atiende a las circunstancias en toda su complejidad singular,
alejándose tanto de los axiomas matemáticos como de las soluciones
estandarizadas de la burocracia.
Aplicada al ámbito del liderazgo contemporáneo y al
arte de gobernar, esta perspectiva revela una lección fundamental: la cualidad
decisiva de quien conduce no es la erudición enciclopédica ni la velocidad
táctica del oportunista, sino la capacidad de leer la situación real, deliberar
con templanza y elegir el curso de acción más justo y conducente para la
comunidad.
1. El Vínculo Indisoluble entre
Carácter y Razón Práctica
En la arquitectura ética de Aristóteles existe un
nexo inquebrantable entre el carácter (la virtud moral) y la razón práctica (la
prudencia). No es posible ser verdaderamente virtuoso sin prudencia, ni se
puede ser prudente sin virtud moral (EN VI, 13, 1144b30-32).
Este engranaje funciona a través de una división
del trabajo interior: la virtud ética fija el fin recto de la acción, mientras
que la prudencia determina los medios adecuados para alcanzarlo.
Las virtudes morales, como la valentía o la templanza,
consisten en hallar el "justo medio" entre el exceso y el defecto. La
prudencia es, precisamente, el hábito intelectual que calcula y pondera ese
punto de equilibrio en la situación concreta. Sin ella, la mera inclinación
natural hacia el bien resulta insuficiente o ingenua; es la phronesis la
que convierte el impulso bienintencionado en una virtud madura, consciente y
plenamente realizable.
2. La Arquitectura del Acto
Prudente
Para comprender cómo opera la prudencia en la toma
de decisiones, conviene examinar su dinámica interna a través de tres momentos
continuos: la percepción, la deliberación y la elección deliberada (proairesis).
I. Percepción: Ver la realidad
sin distorsiones
Todo acto prudente comienza por saber ver. No hay
prudencia allí donde la mirada sobre la realidad está sesgada por el deseo, el
dogma o el autoengaño. El prudente exige experiencia, atención afinada y
sensibilidad ante las circunstancias cambiantes.
Dado que las decisiones se toman siempre sobre
casos particulares, Aristóteles advierte que la prudencia requiere el
conocimiento directo de las cosas humanas (EN VI, 7, 1141b15). Los
jóvenes pueden sobresalir en disciplinas abstractas como las matemáticas, pero
carecen del recorrido vital que otorga el tiempo y el trato con la realidad
social (EN VI, 8, 1142a12-16).
En la praxis política, ver bien implica
diagnosticar adecuadamente el clima social, identificar las fuerzas en pugna, y
reconocer tanto las oportunidades reales como las limitaciones infranqueables.
El gobernante imprudente es aquel que decide sobre una imagen distorsionada del
mundo, actuando en función de sus propios deseos o prejuicios y no de lo que
efectivamente ocurre.
II. Deliberación: El cálculo
racional de los medios
El segundo momento es la deliberación (bouleusis),
entendida como el cálculo ponderado de los caminos posibles. Aristóteles define
la prudencia como la «recta deliberación sobre lo que es bueno y conveniente
para vivir bien en general» (EN VI, 5, 1140a25-28).
Deliberar exige preguntarse cómo alcanzar el fin
perseguido, evaluar alternativas, medir los tiempos oportunos y prever las
consecuencias directas e indirectas de cada opción. Mientras que el fin último
viene trazado por la búsqueda del bien común, la prudencia traza la ruta
técnica e institucional para aproximarse a él.
Un liderazgo carente de deliberación es puro
impulso reactivo; puede ser audaz o estridente, pero carece de estabilidad y
responsabilidad. El gobernante prudente no se deja arrastrar por la urgencia
mediática ni por la presión coyuntural: se concede el espacio para escuchar,
sopesar riesgos y examinar las variables antes de dar el paso decisivo.
III. Decisión y Acción (Proairesis):
El coraje de la responsabilidad
La prudencia no se agota en el análisis teórico;
culmina en la elección deliberada (proairesis) y en la ejecución
concreta. Para Aristóteles, la prudencia es una disposición que aprehende la
verdad por el razonamiento y se realiza efectivamente en la acción humana (EN
VI, 5, 1140b20-21).
Aquí radica la frontera que separa al analista o al
comentarista del verdadero gobernante. Muchos poseen la lucidez para
diagnosticar una situación; pocos asumen el riesgo de decidir cuando las
garantías no son absolutas y el costo de equivocarse es alto. La prudencia es
el puente ético donde el análisis se transforma en determinación y coraje
político.
Para llevar a cabo este proceso, la razón práctica
se apoya en facultades auxiliares indispensables: la eubulia (la
capacidad de deliberar rectamente), la synesis (la comprensión del juicio
ajeno) y la gnome (la equidad para juzgar con indulgencia y justicia
cuando la ley abstracta resulta insuficiente para el caso concreto) (EN
VI, 9-11).
3. Providencia: La Mirada de
Largo Alcance
Aunque el término providentia pertenece a la
tradición latina posterior, la exigencia de anticipar el futuro está plenamente
presente en la concepción aristotélica de la deliberación sobre lo probable.
La prudencia exige una dimensión providencial: la
capacidad de elevar la vista por encima de la inmediatez. El prudente no queda
atrapado en el cálculo del presente inmediato ni en la especulación del ciclo
electoral; mide el impacto de sus decisiones en el horizonte de la comunidad a
largo plazo.
Esta anticipación no es adivinación ni profecía,
sino estimación razonada basada en el estudio de la experiencia histórica y la
dinámica social. El gobernante debe preguntarse qué posibilidades abre o cierra
hoy para las generaciones futuras mediante las leyes que sanciona, las alianzas
que teje o las reformas que impulsa. La política desprovista de esta mirada
providencial degenera en oportunismo de corto plazo; la prudencia, por el
contrario, subordina la coyuntura a la sostenibilidad del bien común.
4. Las Dimensiones de la Phronesis
La prudencia se despliega en diversos ámbitos de la
vida humana, manteniendo una estructura análoga tanto en el plano individual
como en el colectivo (EN VI, 8):
- Prudencia
Personal: Es
la capacidad de gobernar la propia vida, ordenando pasiones, deseos y
prioridades para alcanzar el justo medio. Sin el dominio de sí, la
autoridad pública se vuelve errática e incoherente. El equilibrio interno
del gobernante es la condición indispensable para la credibilidad de su
liderazgo.
- Prudencia
Económica (Oikonomiké): Vinculada originalmente al gobierno de la
casa, supone la administración justa y sostenible de los recursos
disponibles en función del bienestar de la comunidad. En la gestión
pública contemporánea, esta dimensión demanda rigor presupuestario,
prudencia fiscal y sensibilidad social.
- Prudencia
Política (Politiké): Es la expresión más alta de la sabiduría
práctica, orientada a la conducción de la comunidad política. Comprende
tanto la prudencia legislativa (nomothetiké) —la facultad de
redactar leyes proporcionales a la idiosincrasia del pueblo— como la
prudencia deliberativa, abocada a resolver las contingencias de la paz, la
guerra y las grandes reformas políticas.
Conclusión: Sabiduría práctica
El ejercicio del poder exige la conjunción de tres
elementos esenciales: la virtud moral para desear lo bueno, la experiencia para
conocer la realidad, y la sagacidad para dar con los medios adecuados.
Cuando alguno de estos pilares falta, el liderazgo
colapsa: la pura intención sin experiencia deviene en ingenuidad destructiva;
la astucia sin orientación ética se degrada en cinismo; y la experiencia sin
principios rectores se reduce a una inercia sin rumbo.
En la tradición clásica, el mayor peligro en el arte
de gobernar no es la escasez de datos, sino la atrofia de la prudencia. Lejos
de ser un mero recurso técnico o administrativo, la prudencia política es una
forma de sabiduría ética aplicada a la incertidumbre.
El gobernante prudente es aquel que no solo sabe
qué puede hacer en términos de fuerza o viabilidad, sino que comprende
qué debe hacer, cuándo debe actuar y de qué modo debe ejecutarlo sin
quebrantar los lazos morales que sostienen la convivencia humana.
Referencias Bibliográficas
- Aristóteles. Ética a Nicómaco.
(Las citaciones en el texto corresponden a la paginación estándar de
Bekker: Libro, capítulo, página y línea).
Palabra, Carácter y Gobierno: La Lección de Isócrates para la Política Actual
En una época dominada por la inmediatez de las
redes sociales y los medios de comunicación digitales, la creciente polarización
social y la política de facciones (stásis) y en general, el auge de
usinas de pensamiento tecnocrático, la tradición clásica nos ofrece un ámbito
reflexivo indispensable. Frente al reduccionismo que entiende la oratoria como
una mera técnica de comunicación personal o el liderazgo como fruto del aprendizaje
de tips basados en las escuelas de coaching, la figura de Isócrates
(436–338 a. C.) se levanta para recordarnos una verdad fundacional: no hay
buen gobierno sin educación del carácter, ni palabra noble sin una mente
prudente.
Isócrates no fue un simple orador ocasional ni un
sofista dedicado al aplauso fácil. Fue, ante todo, un educador de la vida
pública. En su célebre escuela de Atenas, no enseñaba a triunfar a cualquier
precio, sino a cultivar la paideia: una formación integral del alma y
del juicio destinada a quienes debían asumir la responsabilidad de guiar a la
comunidad.
1. La Paideia Isocrática: El Logos
como Espejo del Alma
Para Isócrates, la retórica no es un adorno verbal
ni un conjunto de trucos de persuasión; es una verdadera philosophía
práctica orientada a deliberar sobre los asuntos de la “polis” y elegir las
mejores acciones.
Su propuesta educativa integra tres pilares
inseparables:
- El Logos
(el buen decir):
Entendido como reflejo directo del espíritu. Quien piensa noblemente no
habla con bajeza. La calidad de la palabra pública es el síntoma
definitivo del carácter de un dirigente.
- La Phrónesis
(prudencia): La
retórica no vale por su elocuencia abstracta, sino por su utilidad para el
bien común. Saber qué decir, cuándo decirlo y con qué fines es el corazón
del arte político.
- La Kyklos
Paideia (cultura general): El juicio político exige un trasfondo amplio
que integre historia, leyes, poesía e instituciones para aprender de las
acciones pasadas y juzgar con criterio el presente.
Como el propio maestro señalaba en la Antidosis:
«Los que practican con seriedad el arte del
discurso no solo se vuelven hábiles para hablar, sino que se acostumbran a
deliberar sobre los mejores consejos, pues el mismo ejercicio que mejora la
lengua forma también el espíritu».
2. El Buen Gobernante: Virtud, Moderación y Bien
Común
En sus discursos dirigidos a príncipes —como A
Nicocles—, Isócrates despliega una ética de la responsabilidad estatal. El
poder no legitima la conducta; es la conducta virtuosa la que legitima el
ejercicio del poder.
El gobernante no debe buscar el enriquecimiento
personal, sino la prosperidad de su pueblo. La autoridad real no se sostiene en
la coerción de las armas, sino en la buena voluntad de los ciudadanos, y esta
solo nace cuando se percibe la justicia y la moderación en quien manda. Las
palabras imprudentes o las decisiones apresuradas generan encono y destruyen la
reputación, que es el verdadero capital político de cualquier líder.
3. Delicadeza Geopolítica y Liderazgo Panhelénico
Frente al desgaste de las póleis griegas,
consumidas por rivalidades internas y guerras fratricidas, Isócrates desarrolló
en sus obras maduras (Panegírico y A Filipo) su gran proyecto: el
Panhelenismo.
Su propuesta geopolítica exigía:
1. Superar la stásis
(discordia interna):
Transformar la competencia destructiva entre ciudades en una emulación virtuosa
al servicio de una comunidad ampliada.
2. Construir la Homonoia
(concordia): Promover
el diálogo y la conciliación como base de la fuerza exterior.
3. Ejercer un liderazgo bienhechor (Euergeta): Dirigirse a quien posee
capacidad de mando —como Filipo II de Macedonia— para exigirme una conducta
ética, guiada por la prudencia política (politikē phrónesis),
diferenciando con claridad el papel del bienhechor y del rey frente al del
tirano.
En el Discurso A Filipo, Isócrates condensa
esta graduación del mando de forma magistral:
«Sostengo que debes actuar como bienhechor de los
griegos, como rey de los macedonios, y que debes dominar al mayor número
posible de bárbaros. Si haces esto, todos te estarán agradecidos: los griegos
por los beneficios recibidos, los macedonios si los gobiernas como un rey y no
como un tirano, y las demás naciones si son libradas por ti de la tiranía
bárbara».
Conclusión: Una Lección para Nuestro Tiempo
El pensamiento isocrático nos invita a devolverle a
la palabra pública su densidad moral, su capacidad proyectiva a largo plazo y
su facultad de darle un horizonte de sentido profundo a la comunidad nacional.
Gobernar no es encender pasiones mediante discursos irresponsables, ni reducir
la política a una mera cuestión agonal o a la fría gestión de datos. Gobernar
es educar, deliberar con prudencia, cuidar la reputación institucional y
orientar las fuerzas de la comunidad hacia un objetivo común que comprometa
todas las energías de la patria hacia un futuro donde impere la dignidad, la
justicia y la paz social.
Referencias y Fuentes Consultadas
Las citas textuales y paráfrasis utilizadas en este
trabajo provienen de la selección y traducción analítica contenida en las
fuentes del curso:
1. Isócrates, Antidosis (§§ 180, 183, 271–272, 278):
Sobre la definición de la escuela de retórica como philosophía práctica,
la formación del juicio, la palabra como reflejo del alma y el valor de la
cultura general.
2. Isócrates, A Nicocles: Sobre la ética del gobernante,
la moderación en el uso del poder, la prudencia (phrónesis), la justicia
como garante del reino y el cuidado de la reputación.
3. Isócrates, Nicocles o los
Chipriotas: Sobre
el rey como modelo de justicia, la equidad fiscal y el trato igualitario ante
la ley.
4. Isócrates, Panegírico: Sobre el ideal panhelénico, la
superación de la discordia interna (stásis), la unidad cultural de la
Hélade y la reorientación del espíritu agonístico hacia el bien común.
5. Isócrates, A Filipo (§§ 12–16, 30–34, 40–41,
109–115, 154–155): Sobre la deliberación política (bouleusis), el modelo
del líder bienhechor (euergeta), el uso de la virtud heredada
(paradeigma de Heracles) y la tipología del mando político.
6. Aristóteles, Ética a Nicómaco (Libro VI) y Política:
Marco comparativo conceptual sobre la prudencia política (politikē phrónesis),
la eubulia y la deliberación moral.
martes, 28 de julio de 2026
La Hélade en el suelo americano: Carlos Disandro y la defensa de la América románica frente a la modernidad.
Introducción:
La "lumbre" helenica en la visión de Carlos Disandro
El estudio de la Antigüedad clásica
en la Argentina del siglo XX no constituyó un simple ejercicio de erudición
académica o un desprendimiento de la filología europea, sino que, en
determinados focos intelectuales, operó como una herramienta de interpretación
de la realidad y de combate cultural, político y espiritual (rectius semántico).
En este panorama, la figura de Carlos Alberto Disandro ocupa un lugar singular
y sumamente interesante.
Filólogo de sólida formación, latinista,
helenista y polemista incansable, Disandro construyó una obra donde la
enseñanza de las lenguas clásicas y la exégesis de los textos antiguos nunca se
divorciaron de una profunda preocupación por el destino político y espiritual
de Argentina, de Hispanoamérica y de Occidente en general. Su pensamiento
partía de una convicción axial: la crisis de la modernidad era, en su raíz más
íntima, un eclipse de la humanitas y una
pérdida de sintonía con el orden ontológico que los griegos habían sabido
formular originariamente.
Frente a una academia
fundamentalmente eurocéntrica formada en el historicismo positivista, en las
distintas variantes del liberalismo, del marxismo y, más tarde, del
estructuralismo y posestructuralismo que dominó gran parte de la universidad
argentina, Disandro leyó a los poetas griegos, a los presocráticos, a los
trágicos y a los poetas latinos como mojones de una tradición viva, capaz de
interrogar el presente.
Para él, el humanismo no se reducía a
un canon estético del Renacimiento ni a una retórica secularizada de la
Ilustración, sino que representaba una densa trama de fuentes espirituales e
históricas —cuyo despliegue examinó sistemáticamente en su curso y obra Humanismo: fuentes y desarrollo histórico— que
vinculaba indisolublemente el orden cósmico, el orden humano y el orden divino.
A su juicio, el verdadero humanismo cristiano es el que aparece con la patrística,
es decir, a raíz de la confluencia de la revelación bíblica y el helenismo.
En este modesto trabajo nos
proponemos realizar un primer análisis sobre la manera en que Disandro articuló
este humanismo griego a través de tres ejes conceptuales fundamentales:
- Ø Primero, se
examinará la génesis filológica y la tríada originaria (orden cósmico, humano y
divino), donde la recuperación del logos y de la physis establece la medida (metron)
del hombre en sintonía con el cosmos y con lo sagrado.
- Ø Segundo, se
abordará la fractura moderna, que separa las fuentes grecolatinas de la
revelación y, como consecuencia de ello, se produce el desgarramiento de este
orden basado en los vínculos misteriosos entre el plano divino, el cosmológico
y el político realizado por parte del subjetivismo liberal y la razón
instrumental. Frente a ello, el noein helénico (el
pensamiento clásico) y la exégesis de sus fuentes se convierten en un acto
curativo de religación frente al nihilismo y consumismo contemporáneo.
- Ø Por último, se
estudiará su proyección sobre la "América románica", demostrando cómo
la defensa de las fuentes helénicas e hispánicas se erige como el cimiento
indispensable para fundar una soberanía comunitaria y humanista auténtica.
El propósito de este trabajo es
dimensionar la originalidad de un pensamiento que buscó en las fuentes de la
Hélade el fundamento inquebrantable de un verdadero ser nacional y continental
e instalar –como él decía- el “Reino de la Musa” en estos territorios.
I.
La génesis filológica y las fuentes de la humanitas: De la physis
al orden espiritual
1.1.
La filología como acceso a la verdad ontológica en todas sus dimensiones
Para comprender el humanismo en la
obra de Carlos Disandro, es imperativo partir de su concepción de la filología.
Lejos de reducirla a una técnica instrumental o a una arqueología de los textos
muertos, Disandro entendía la labor filológica como una disciplina rigurosa de
rescate y audición del sentido originario. En su perspectiva, las palabras de
los antiguos griegos —y su posterior decantación en el latín de los romanos— no
eran meros signos convencionales, sino depósitos vivos de experiencia fundante.
El término, el concepto y la cosa formaban una unidad indisoluble donde el logos operaba como la manifestación ordenadora del ser
frente al caos.
En su curso y obra sistemática Humanismo: fuentes y desarrollo histórico, Disandro
establece una delimitación rigurosa que evita disolver el humanismo en una
categoría vaga o puramente literaria. El humanismo no nace de la
autocomplacencia burguesa del Renacimiento o de la Ilustración, sino que hunde
sus raíces fundantes en la tensión griega por definir la medida del hombre en
estricta correlación con el cosmos y con lo divino.
1.2.
La tríada originaria: El vínculo indisoluble entre el orden cósmico, humano y
divino
El núcleo más profundo del humanismo
griego clásico, tal como lo interpreta Disandro, reside en la articulación
armónica de tres dimensiones que la modernidad se empeñó en disociar:
Ø El orden cósmico (physis
y cosmos): El universo no es un agregado mecánico de materia dispuesta para la
explotación técnica, sino un cosmos ordenado, jerárquico y bellamente dispuesto
(kósmos significa orden y ornato), regido por leyes
inmutables (logos) que evidencian una
armonía oculta (ἁρμονίη ἀφανής harmonía
aphanes) que el hombre debe contemplar y respetar.
Ø El orden humano (anthropos
y polis): El hombre encuentra su verdadera dimensión y su areté (excelencia) no en la autonomía absoluta o en la
auto-creación subjetiva, sino en la medida (metron) que le
impone su condición de parte subordinada a un todo mayor. La polis es el espejo político de ese orden cósmico.
Ø El orden divino (theios): Lo sagrado
impregna la totalidad de la experiencia griega primitiva y trágica. El destino
(moira), la justicia (dike) y la piedad (eusebeia) vinculan indisolublemente al mortal con los
dioses, vedándole la transgresión de la soberbia (hybris) e instándolo
a vivir con σωφροσύνη, sōphrosýnē significa moderación, templanza, autocontrol y sano
juicio
Así pues, Hesíodo explica cómo se
genera está armonía en la comunidad política. La misma se funda en un acto de
inspiración; es decir, se traslada aquello que está en el orden divino de las
Musas hacia el orden humano. Desde la lumbre helénica, el gobernante no puede
entender el acto de conducción política sino a través del principio de
inspiración, ni puede ordenar armoniosamente la comunidad si no es mediante una
interiorización que se traslada a la realidad política.
De esa realización íntima, de esta
inspiración, procede el desarrollo de la comunidad humana y política tal como
la entiende el griego: una comunidad como realidad nueva incorporada a la
realidad cósmica. Realidad cósmica en donde hay interdependencia entre
la naturaleza humana y la no humana, y donde también interactúan lo visible y
lo invisible (lo sagrado). La comunidad política queda de esa forma inserta en
una realidad mayor y sobrenatural.
Por consiguiente, para Disandro, los
griegos vivían en la certeza de que estos tres órdenes formaban un tejido
continuo. El hombre realizaba su humanitas en la
exactitud de su inserción en ese entramado: desatarse del cosmos o pretender la
autonomía frente a lo divino equivalía siempre a una catástrofe espiritual y
política.
1.3.
La fractura moderna y la urgencia de la "religación"
La tesis crítica fundamental que
Disandro despliega en su recorrido histórico es que la modernidad se
constituyó, esencialmente, mediante el desgarramiento y la disolución de esta
tríada. Al secularizar el pensamiento, autonomizar la razón geométrica e
instaurar el antropocentrismo, el hombre moderno cortó los amarraderos que lo
unían al orden cósmico y al orden divino, reduciéndose a un individuo
desarraigado que, al perder el sentido de trascendencia y la vivencia de lo
sagrado o numinoso, queda sometido a los mecanismos del poder técnico y
económico.
En consecuencia, volver a los textos
originarios de la Hélade no constituye un mero pasatiempo erudito ni una
nostalgia arqueológica. Para Disandro, la exégesis filológica de las fuentes
clásicas cumple una función curativa y fundacional: es un acto de religación (religio en su sentido etimológico de religar lo
desatado). La madurez americana solo será posible a través de una lectio profunda de los textos antiguos que generaron el
derecho, los fundamentos y la espiritualidad de Occidente. Al reencontrarse con
el logos originario, el pensamiento puede suturar la
herida de la modernidad, recuperando la perspectiva de la medida, la jerarquía
ontológica y la apertura a lo sagrado como condición indispensable para la
reconstrucción espiritual y comunitaria de Occidente y principalmente de
nuestra propia América.
1.4.
La crítica a las desviaciones de las raíces occidentales
Cada vez que el humanismo se
desvinculó de este triple orden y de su verdad ontológica —reduciéndose a un
mero formalismo retórico, a un subjetivismo agnóstico o a una tecnocracia
operativa—, Occidente ingresó en fases de profunda crisis espiritual. Frente a
esa petrificación, el humanismo griego que Disandro ha pretendido recuperar se levanta
como un tesoro lleno de sabiduría, donde la tradición clásica se erige como el
custodio último de la verdad frente al nihilismo contemporáneo.
II.
La fractura del orden: Tradición helénica versus modernidad
2.1.
La crisis de la polis y el desgarramiento moderno
En su lectura histórica, Carlos
Disandro advierte que el proceso constitutivo de la modernidad (nos referimos a
la tendencia triunfante) no representa una evolución o una maduración del
espíritu clásico, sino una radical inversión de sus premisas fundamentales.
Mientras que la antigüedad helénica concibió la vida comunitaria como un
reflejo directo del ordenamiento del cosmos y de la subordinación a lo divino,
la modernidad operó como un proceso sistemático de desarraigo.
Al desplazar el eje del logos comunitario hacia la subjetividad individual y la
razón discursiva, el mundo moderno rompió los límites que garantizaban la sōphrosýnē
(mesura, equilibrio, armonía).
Para Disandro, este quiebre se manifiesta nítidamente en la pérdida de la
noción de lo sagrado y de la convivencia con el mundo de los dioses, y en la
entronización de la hybris técnica: el hombre ya no
contempla la physis para admirar su belleza e integrarse en ella
—dejando de ser el ámbito de manifestación de lo sagrado (theophania) —, sino que la reduce a un mero recurso
disponible para la dominación utilitaria.
2.2.
La crítica a las lecturas disolutivas del humanismo
En su obra Humanismo:
fuentes y desarrollo histórico, Disandro combate explícitamente
aquellas interpretaciones que reducen el humanismo a un producto exclusivo del
Renacimiento secularizado o de la Ilustración enciclopedista. Para el autor, el
humanismo moderno —en tanto antropocentrismo autónomo— consuma el divorcio
entre el hombre y sus fuentes fundantes:
Ø El subjetivismo
liberal: Al consagrar al individuo abstracto desvinculado de sus adscripciones
comunitarias e históricas, el liberalismo destruye las bases de la polis tradicional y disuelve los lazos orgánicos
esenciales.
Ø El economicismo y
la tecnocracia: La subordinación de la vida social a las leyes impersonales del mercado
y al despliegue técnico consolida un orden desalmado, donde la cultura queda
reducida a un epifenómeno mercantil o a una burocracia inerte.
2.3.
La vigencia del combate cultural
Frente a este panorama de
descomposición, Disandro no postula una huida pasatista, sino una oposición
intelectual y espiritual basada en el rescate activo de la tradición clásica y
cristiana. La recuperación de las fuentes helénicas cumple así una función
eminentemente crítica: provee las claves de interpretación necesarias para
desnudar las falacias del progreso indefinido y su paradigma tecno económico, y
ofrece los lineamientos, -especialmente la semántica- para pensar un orden
político arraigado en la justicia, la jerarquía ontológica y la soberanía
comunitaria.
III. Proyección hispanoamericana y
orden político: La "América románica" y la Hélade en el suelo
americano
3.1. La transmutación americana y el
concepto de "América románica"
Para Carlos Disandro, la recuperación
del humanismo griego y de sus fuentes constituía una clave hermenéutica
insustituible para leer la realidad histórica y política de nuestra región, a
la que denominaba habitualmente "América románica". En su visión,
este continente no nacía con la modernidad ilustrada ni con las formas del
liberalismo decimonónico, sino que heredaba el sustrato espiritual, lingüístico
y político de la latinidad y de la hispanidad, el cual encontraba a su vez su
raíz remota en el orden clásico-cristiano (conjunción de helenismo y revelación
bíblica).
La categoría de "América
románica" le permitía a Disandro oponerse a las clasificaciones
eurocéntricas o meramente geográficas (como "Latinoamérica", término
de cuño francés aunque es utilizado por la Iglesia católica desde fines del
siglo XIX). Para él, lo "románico" condensaba la continuidad
histórica de una tradición comunitaria, religiosa y cultural que había
amalgamado el derecho romano, la filosofía griega y la fe cristiana,
proyectándose fecundamente sobre el suelo americano. La soberanía política de
estas tierras no podía fundarse, por lo tanto, sobre abstracciones
contractuales, sino sobre la fidelidad a ese linaje espiritual e histórico.
3.2. Crítica al liberalismo y búsqueda
de la soberanía comunitaria
Desde esta perspectiva de la América
románica, Disandro articuló una crítica impiadosa contra los proyectos
oligárquicos y liberales que modelaron los Estados latinoamericanos bajo la
influencia del positivismo y el imperialismo cultural:
Ø El desarraigo
institucional: La imitación de modelos constitucionales extranjeros ajenos a la
tradición histórica concreta condujo al debilitamiento de los lazos
comunitarios, al divorcio entre la cultura popular y las instituciones, y a la
subordinación geopolítica de las naciones que integran este espacio cultural.
Ø La política como
orden y destino: Frente a la tecnocracia y a la economía de mercado, Disandro reivindicó
una concepción profunda de la autoridad y del Estado, donde la comunidad
organizada de la América románica debía superar las antinomias del liberalismo
y del marxismo restaurando sus propias fuentes de soberanía y justicia.
IV. Consideraciones
Finales: Hacia una recapitulación del humanismo disandriano
A modo de recapitulación sintética,
el derrotero intelectual de Carlos Alberto Disandro en torno al humanismo
griego puede condensarse en tres nudos conceptuales fundamentales que articulan
su obra:
- La filología como acceso
ontológico y la triada originaria: Frente al formalismo academicista, Disandro
concibe la labor filológica como el rescate vivo del logos, de la physis y del noein griego.
Para él, el humanismo clásico encuentra su fundamento insustituible en la
integración armónica de la tríada que vincula el orden cósmico, el orden
humano y el orden divino. La medida (metron) el
equilibrio (sōphrosýnē) y el respeto a los límites del ser vedan la
hybris y constituyen la base de toda verdadera paideia.
- La fractura moderna y la urgencia
de la "religación": La crisis de la modernidad se interpreta, en
la exégesis disandriana, como el desgarramiento sistemático de esa triada
fundante. La secularización radical, el subjetivismo liberal y la razón
instrumental reducen al hombre a un individuo desarraigado, desvinculado
del cosmos y de lo sagrado. Por ello, volver a las fuentes griegas opera
como un acto curativo de religación: un esfuerzo crítico por suturar la
herida del nihilismo contemporáneo.
- La proyección política y la "América
románica":
Lejos de constituir un ejercicio de arqueología cultural, este humanismo
se proyecta de manera directa sobre el suelo de la América románica. La
recuperación de las fuentes clásicas e hispánicas se erige como el
cimiento indispensable para fundar una soberanía comunitaria auténtica,
oponiéndose tanto al eurocentrismo liberal como a las formas disolutivas
de la tecnocracia.
En definitiva, en la obra de Disandro
el humanismo griego y la defensa de la América románica convergen como
herramientas indispensables de combate cultural (rectius “semántico”): una
llamada a restaurar la jerarquía, el orden espiritual y el destino político de
Occidente a través de la fidelidad creadora a las fuentes originarias.
Fuentes y Bibliografía
1.
Obras y escritos de Carlos Alberto Disandro
- Disandro,
Carlos A. Humanismo: fuentes y desarrollo histórico.
La Plata: Centro de Estudios Universitarios Platense, 1969 [Edición basada
en el curso dictado en 1962].
- Disandro,
Carlos A. La poesía de Lucrecio. La
Plata: Universidad Nacional de La Plata, Facultad de Humanidades y
Ciencias de la Educación, 1950.
- Disandro,
Carlos A. Tránsito del mythos al logos.
(Artículos y conferencias sobre filología clásica y pensamiento antiguo).
- Disandro,
Carlos A. El humanismo político del justicialismo.
(Escritos doctrinales y políticos sobre la soberanía de la América
románica).
- Disandro,
Carlos A. Respuesta de un aborigen a Toynbee.
Ensayos de crítica histórica y cultural.
2.
Estudios críticos y complementarios sobre su obra y pensamiento
- Estudios
sobre el helenismo y la filología en la Argentina: Trabajos críticos e
historietas académicas en torno a la recepción de la antigüedad clásica en
el ámbito universitario platense y rioplatense durante el siglo XX.
- Compilaciones
de homenaje y crítica institucional: Ensayos y publicaciones periódicas de
los Anales de Filología Clásica y boletines de cátedra
vinculados al legado intelectual de la filología clásica argentina.
