Para comprender la raíz de esta
suerte de automatización existencial que presenciamos, no basta con revisar los
últimos códigos de programación. Es necesario desandar el camino. Este escrito
es simplemente un esbozo, una invitación a recorrer una línea invisible, pero
firme: aquella que parte de la sensibilidad de un poeta, se detiene en la
interpretación del filósofo más influyente del siglo pasado sobre ese poeta, y
culmina en las advertencias más recientes del pensamiento humanista y
magisterial.
1. El diagnóstico de Rilke: El
eclipse de lo invisible
A principios del siglo XX, en las
vísperas de una revolución tecnológica que pronto mostraría su rostro más
oscuro en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, una inquietud espiritual
recorrió a Europa. Escritores como Franz Kafka intuyeron que el vertiginoso
desarrollo material traía consigo una contrapartida trágica: la dilución y el
agotamiento de las energías espirituales de la humanidad.
Este cansancio del alma dejó el
paso libre a una caída en las formas de convivencia social y política. Su
nombre más amable terminó siendo el de la burocracia, una abstracción
que encubría el dominio de cúpulas impersonales —élites, plutocracias o
tecnocracias— desvinculadas de la vida común, difíciles de detectar y remover,
que usufructuaban el nuevo poder tecnológico, económico y cultural en provecho
propio.
En medio de este desierto, el
poeta austríaco Rainer María Rilke manifestó en sus obras cumbre, como las Elegías
de Duino y los Sonetos a Orfeo, un profundo malestar metafísico.
Para Rilke, el ser humano moderno había comenzado a perder la huella de los
"dioses huidos", es decir, la capacidad de percibir lo sagrado en lo
cotidiano. Su poesía diagnosticó un estado de riesgo existencial absoluto: una
tragedia íntima donde el hombre ya no era capaz de experimentar el Ser en su
totalidad, habiendo intercambiado la hondura de la existencia por el control
utilitario.
Para Rilke, el Ser no es una
abstracción conceptual, sino una corriente unificada y desbordante de vida que
incluye tanto lo visible como lo invisible, la vida y la muerte, lo humano y lo
divino. Sostenía que la misión fundamental del hombre es la transformación de
lo visible en invisible. Las cosas del mundo sensible —una casa, una fuente, un
almendro en flor— son efímeras. El ser humano tiene el deber de "salvarlas"
a través de la contemplación íntima y el lenguaje poético, introduciéndolas en
su espacio interior (Weltinnenraum). Al dotar a la materia de un
significado espiritual, la vuelve eterna, uniendo el acá y el allá en un plano
vital y misterioso.
La salvación, en consecuencia, se
encuentra en un cambio de conciencia, en recuperar el arte y la poesía
entendidos como un acto místico de conexión con la eternidad. El poeta es aquel
que se atreve a mantener la apertura del corazón para seguir escuchando el
aliento invisible del mundo, evocando la serena actitud de los almendros en
flor:
«Almendros en flor: la única
tarea que podemos
realizar aquí es la de reconocernos, sin el menor
resto de duda, en la manifestación de lo terrenal.
Os contemplo infinitamente asombrado,
dichosos en vuestra actitud.
En vuestro efímero ornato sois portadores de un sentido eterno.
Ay, quién supiera florecer como vosotros: para este, su corazón se
encontraría por encima de todos los pequeños peligros;
en el grande estaría sereno.»
El gran garante de esta
metamorfosis rilkiana es el Ángel de las Elegías: una criatura (quizás
literaria) en la cual esa transformación de lo visible en invisible ya está
plenamente realizada, ofreciéndose como testimonio de que lo Invisible
representa el nivel más elevado de la realidad.
Bajo esta luz, la técnica (Technik)
no es simplemente el conjunto de las máquinas o los inventos de la industria.
Es una disposición mental ante la existencia: la voluntad del ser humano de
erigirse como un sujeto absoluto que convierte a todo lo creado en un mero
objeto de consumo, cálculo y explotación. Es el imperio del "querer
técnico", una imposición violenta sobre la naturaleza. En una famosa carta
de 1925 a su traductor Witold Hulewicz, Rilke se lamentaba amargamente de cómo
las cosas verdaderas —aquellas que habían recibido el cuidado de generaciones—
estaban siendo sustituidas por mercancías vacías provenientes de la
estandarización americana: «Cosas animadas, cosas vividas, cosas que admiten
nuestro secreto, están en decadencia y ya no pueden ser reemplazadas. De
América nos llegan cosas vacías, indiferentes, cosas que aparentan ser cosas,
simulacros de vida».
Para Rilke, este querer técnico
opera como un velo que ciega al ser humano frente a la auténtica realidad por
tres razones:
1. Reduce la cosa a un objeto sustituible: Un árbol integrado en el paisaje tiene un ser propio; el árbol talado por la técnica es solo "madera de reserva". Al volverse todo intercambiable, se anula la posibilidad de crear un lazo íntimo con el mundo, sumiéndonos en un profundo empobrecimiento espiritual.
2. Destruye la muerte como parte de
la vida: La
técnica busca el confort, el goce y la prolongación artificial de la
existencia, ocultando la muerte y lo terrible. Al esconder el final, se esconde
la mitad de la vida, volviéndonos incapaces de experimentar la verdadera
alegría o el auténtico asombro.
3. Sustituye la transformación por
la producción: La
técnica exige fabricar de forma externa en lugar de transformar internamente.
En lugar de que el alma actúe como el órgano que redime a la tierra haciéndola
invisible, la mente técnica satura el mundo de objetos materiales pesados,
opacos y ruidosos que bloquean la comunicación con lo sagrado.
2. Heidegger y la penuria de la cuadrícula
mental
Décadas más tarde, el filósofo
alemán Martin Heidegger recogería el testigo de este diagnóstico, identificando
la era moderna como una "época de penuria" espiritual. Heidegger
coincide con Rilke en que el ser humano ha olvidado el sentido del Ser —la
maravilla de que las cosas simplemente existan— para pasar a ver el mundo como
un mero inventario de recursos listos para ser explotados.
Para explicar esta deriva,
Heidegger acude al concepto rilkiano de "Lo Abierto" (Das Offene),
ese estado en el que los animales viven y fluyen con la naturaleza sin juzgarla
ni intentar controlarla. El hombre moderno ha perdido la capacidad de habitar
en Lo Abierto. La mentalidad
tecnológica nos impone una cuadrícula mental donde todo lo que miramos es
procesado por un "cálculo intencional". Si la mente técnica mira un
río, no ve su belleza invisible, ve "energía hidroeléctrica de
reserva"; si mira un bosque, ve "madera". El peligro de la
técnica no reside en los aparatos, sino en esta obsesión humana de dominarlo
todo de manera egoísta.
Llevando la queja de Rilke sobre
las "cosas vacías" a un plano estrictamente ontológico, Heidegger
plantea un contraste revelador: una mesa hecha a mano por un carpintero
"reúne" al bosque, al oficio, al tiempo y a las familias que comerán
en ella; tiene alma y una dimensión invisible. En cambio, una mesa de plástico
fabricada en masa por la industria técnica es un objeto indiferente y
desechable. Al llenar nuestro entorno de objetos vacíos, nosotros mismos nos volvemos
vacíos, perdiendo nuestra patria espiritual e incapacitándonos para echar
raíces.
Aquí se produce la gran inversión
del riesgo existencial. Por naturaleza, la vida es arriesgada. Rilke decía que
la flor o el almendro se arriesgan al florecer en el frío, pero lo hacen con la
serenidad de quien confía en el flujo eterno del mundo. El ser humano moderno,
a través de la técnica, intenta eliminar todo riesgo: pretende controlar el
clima, el envejecimiento, la incertidumbre y la muerte. Sin embargo, Heidegger
advierte que, al intentar suprimir el riesgo físico, caemos en el verdadero
riesgo existencial: quedar atrapados para siempre en una existencia superficial
y artificial, completamente desconectados de la verdad del Ser.
¿Cuál es la salida? Al igual que el
poeta, el filósofo no propone destruir las máquinas ni recluirse en una
caverna. La solución es un cambio profundo en la forma de mirar y escuchar.
Heidegger afirma que «los poetas son los que salvan en tiempos de penuria».
Y en esta categoría entramos todos los seres humanos cuando decidimos dejar de
explotar el objeto para obtener una ganancia. El poeta es quien simplemente
contempla la realidad, la celebra y, mediante la palabra, rescata su dimensión
invisible, transfigurándola. La poesía es el antídoto definitivo contra la
técnica porque nos enseña a "habitar poéticamente el mundo": a vivir
en la tierra cuidando las cosas y percibiendo su misterio, en lugar de
dominarlas.
3. El magisterio eclesial ante
el reduccionismo tecno-económico
Benedicto
XVI: la autosuficiencia de la técnica y la necesidad de ampliar la razón
Este proceso de desanclaje
ontológico y la consecuente pérdida del sentido del Ser encuentran un correlato
preciso en el pensamiento teológico contemporáneo. El creciente avance de la
ciencia y su formidable capacidad para controlar la naturaleza a través de los
dispositivos modernos no se han dado en el vacío; con frecuencia, han ido
acompañados por una correspondiente "retirada" de la filosofía, de la
religión e incluso de la fe cristiana. No es una coincidencia que diversos
pensadores identifiquen en este despliegue tecnológico una de las principales
raíces de la secularización y el materialismo de masas. Para Benedicto XVI, sin
embargo, el verdadero peligro de nuestra época no reside en los instrumentos técnicos
en sí mismos, sino en la instauración de un «espíritu técnico»: una ideología
tecnocrática que se asume como el único criterio de verdad.
Cuando la técnica se
independiza de todo horizonte moral y cae en la ilusión de su propia
autosuficiencia, el ser humano se precipita en una distorsión antropológica de
consecuencias impredecibles. Bajo el influjo de esta autosuficiencia, el hombre
contemporáneo renuncia a interrogarse por el para qué de los incesantes
adelantos y por el modelo de sociedad en el que estos se introducen; clausura
las preguntas por el sentido y abdica de evaluar sus implicaciones éticas. El
fruto más amargo de esta renuncia es una mutilación de la racionalidad: el
sujeto solo se pregunta por el cómo, subordinando los porqués esenciales
que deberían guiar la acción voluntaria.
Se consolida de este modo una
mentalidad tecnicista que hace coincidir la verdad con lo meramente factible,
reduciendo el misterio, la riqueza y el esplendor de la realidad. Para este
pragmatismo, lo que importa ya no es la búsqueda de la verdad intrínseca de las
cosas, sino exclusivamente la operación correcta y el procedimiento eficaz.
Frente a esta reducción,
Joseph Ratzinger sostiene que el auténtico desarrollo no consiste
principalmente en el hacer, sino en una inteligencia capaz de entender la
técnica y captar su significado plenamente humano, situándola bajo el horizonte
de sentido de la persona. Reubicar la tecnología al servicio del desarrollo
integral implica recordar que el ser humano es el principio, el fundamento y el
fin de todo ordenamiento social, económico y tecnológico. Lejos de refugiarse
en una nostalgia estéril hacia un pasado que no regresará, Ratzinger propone
una vía superadora: reconocer lo positivo del espíritu moderno, pero ampliar
nuestro concepto de razón y de su uso. Esto significa recuperar la apertura
a la trascendencia y rehabilitar un modo de habitar abierto al misterio, capaz
de transfigurar la realidad a través de la palabra y de intuir la presencia de
lo sagrado en lo cotidiano.
El
Paradigma Tecnocrático en “Laudato si”
y la raíz de la crisis
Esta veta crítica es retomada
y ampliada por el Papa Francisco en su encíclica Laudato si, donde se advierte
que la verdadera raíz de la crisis ecológica y social de nuestro tiempo no
radica en los avances técnicos aislados, sino en la consolidación de un
paradigma tecnocrático dominante. Este enfoque presupone un modo de comprender
la existencia y la acción humana que se desvía de lo real, tratando a la
naturaleza y a la vida misma como objetos infinitamente moldeables y sujetos a
una posesión violenta.
El paradigma opera a través de
dos dinámicas complementarias:
- La posesión y la manipulación del objeto:
La tecnología deja de ser un canal de sintonía armónica con el entorno
para convertirse en un intento de extraer de las cosas todo lo posible,
imponiendo de manera ciega la voluntad humana. De este modo, se asume la
quimera de un crecimiento ilimitado o infinito que fagocita los recursos
del planeta.
- La devaluación del ser humano:
Al desvincularse de cualquier verdad objetiva anterior, se consagra el
dogma de que el poder técnico equivale automáticamente a progreso y
bienestar. Francisco advierte sobre la desprotección en la que queda el
sujeto cuando este paradigma extiende su dominio sobre la política y la
economía, reduciendo a las personas a simples engranajes de un sistema de
optimización constante.
La
deuda filosófica con Romano Guardini
La arquitectura conceptual de
este diagnóstico en Laudato si se
nutre directamente de la obra del teólogo y filósofo Romano Guardini, en
especial de su ensayo El fin de los tiempos modernos (1950). El
magisterio pontificio hace suya la distinción guardiniana entre la «técnica
como servicio» y la «técnica como voluntad de dominio absoluto», desarmando dos
de los grandes mitos de la modernidad:
- La ilusión de la neutralidad:
Guardini demostró con lucidez que la técnica nunca es neutral. No es una
mera herramienta que depende del uso bueno o malo del usuario; el
artefacto mismo condiciona la cultura, las conductas y el modo en que el
ser humano se concibe a sí mismo, imponiendo su férrea lógica interna.
- La falta de una cultura del límite:
La gran advertencia heredada de Guardini es que el ser humano
contemporáneo ha adquirido un poder inmenso, pero carece de la formación
interior, los valores éticos y la espiritualidad necesarios para
autolimitarse. El crecimiento tecnológico exponencial no ha sido
acompañado por un desarrollo correlativo en responsabilidad, conciencia y
maduración del ser.
4.
La continuidad doctrinal en Magnifica humanitas
Promulgada en 2026, la
encíclica Magnifica humanitas del Papa León XIV lleva el diagnóstico de
Guardini, Benedicto XVI y Francisco hacia su frontera contemporánea definitiva:
la Inteligencia Artificial y la automatización existencial. Si Laudato si alzó la voz contra la
pretensión de someter el ecosistema planetario a la lógica de las máquinas,
Magnifica humanitas advierte sobre un peligro mucho más íntimo: someter el
núcleo de la conciencia, la identidad y las decisiones humanas al imperio de
los algoritmos de lucro.
La IA como transformación interna
del pensamiento
León XIV expone en el primer
capítulo que la inteligencia artificial no puede despacharse como un simple
apéndice temático o una emergencia periférica a gestionar. Se trata de una
revolución estructural que interpela desde dentro las categorías de la Doctrina
Social y afecta de raíz la autocomprensión del hombre. Las innovaciones en IA,
ciencias cognitivas, robótica y biotecnología tienen un potencial inmenso para
el desarrollo humano integral y el cuidado de la Casa común; pero, precisamente
por el poder acumulado que representan, actúan como un acelerador del paradigma
tecnocrático si se las deja desprovistas de un marco espiritual, ético y
político adecuado. Más poderoso nunca significa necesariamente mejor.
Continuando la línea de Laudato si sobre la fragmentación del
conocimiento, Magnifica humanitas eleva una advertencia severa contra el riesgo
de que la técnica opaque la formación humana y ética profunda, reduciendo la
educación a una mera gestión de datos: «No podemos dejar que surja un sistema
educativo carente de amor por la verdad y que simplemente esté brindando
información, pero no formación». El peligro estriba en que este paradigma
digital haga parecer justa y normal una visión antihumana de la existencia,
según la cual la plenitud de la vida consistiría únicamente en acumular,
reducir la fragilidad, eliminar lo imprevisto y controlarlo todo por vía
algorítmica. Cuando la eficiencia se erige en la única medida de valor, el ser
humano es tentado a considerarse como un proyecto de ingeniería que debe
optimizarse, olvidando que es una criatura llamada intrínsecamente a la
relación, a la justicia y a la comunión.
De la dominación ecológica a
las "estructuras de pecado" en el entorno digital
León XIV recupera el esquema
de Guardini y Francisco, señalando que el desarrollo desregulado de la IA
genera asimetrías de poder inéditas y nuevas dinámicas de descarte social: «La
tecnología puede curar, conectar, educar y cuidar la casa común, aunque también
advierte que puede dividir, descartar y generar nuevas injusticias cuando no
está orientada al bien». El Papa profundiza este análisis al constatar que el
control de las plataformas, las infraestructuras, los datos y la capacidad de
cálculo no es prerrogativa de los Estados, sino de grandes actores económicos y
tecnológicos que determinan de facto las condiciones de acceso, las reglas de
visibilidad y las mismas posibilidades de participación pública. Cuando un
poder de tal magnitud se concentra en pocas manos de forma opaca, crece el
riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias,
exclusiones y desigualdades.
Es precisamente en el núcleo
de esta asimetría donde el magisterio de León XIV reintroduce con fuerza el
concepto teológico y social de las «estructuras de pecado» aplicadas al entorno
digital. El Papa advierte que cuando los sistemas algorítmicos se diseñan,
entrenan y optimizan con el único fin de maximizar el lucro, el control y la
eficiencia —ignorando la justicia social y el destino universal de los bienes—,
se consolidan verdaderas estructuras ciegas que automatizan la exclusión. Estas
estructuras operan de manera independiente a las voluntades individuales de los
usuarios, atrapando a las comunidades en dinámicas de dependencia y descarte.
En este escenario, hablar de bien común exige desenmascarar esta asimetría
epistémica, económica y política, nombrando directamente a los nuevos
monopolios de la IA.
La arquitectura de diseño y
los principios de la DSI
De esto se deriva una
consecuencia apremiante que resuena con las advertencias de Heidegger sobre la
cuadrícula mental: la IA no es moralmente neutra. Todo artefacto técnico lleva
consigo decisiones y prioridades: lo que mide, lo que ignora, lo que optimiza y
el modo en que clasifica a las personas y las situaciones. Si un sistema se
concibe tratando algunas vidas como menos dignas, introduce ya un criterio que
contradice la dignidad inalienable de la persona. Por eso, el discernimiento
ético no puede limitarse a evaluar si el fin para el que usamos un sistema es
bueno o malo; debe interrogarse sobre el modo en el que el sistema ha sido
diseñado y qué idea de ser humano queda inscrita en sus datos y modelos.
No basta con invocar la mera
"alineación" de la IA con los valores humanos; es necesario tener la
valentía de someter el código ético a criterios de justicia social compartida.
De lo contrario, quien controla la IA impondrá su propia visión moral como una
infraestructura invisible. Se requiere una política más presente, capaz de
ralentizar donde todo acelera y de proteger los espacios de participación
comunitaria. A la luz de los principios de la Doctrina Social de la Iglesia,
León XIV redefine los ejes de intervención frente a esta realidad digital:
• Destino universal de los bienes: Exige asegurar el acceso universal
a las tecnologías y a la formación, regulando la propiedad de los datos —que
son fruto del aporte de muchos— como un bien común o colectivo que no puede
confiarse en exclusiva al sector privado.
• Subsidiariedad: Demanda proteger la capacidad de las comunidades y
cuerpos intermedios para decidir, vigilar y corregir los estándares desde su
origen, impidiendo que sean reducidos a simples receptores pasivos de
decisiones tomadas en otros lugares.
• Solidaridad: Obliga a reconocer y dignificar el trabajo invisible y
a menudo explotado que alimenta los modelos algorítmicos de los centros de
poder.
• Justicia social: Pide cuestionar las geografías del poder que
definen quién programa los modelos y quién es solo objeto de esa programación,
garantizando que la justicia sea una condición de diseño originaria y no una
reparación posterior.
Desarmar la IA frente al
transhumanismo y posthumanismo
Finalmente, León XIV introduce
el imperativo de «desarmar la IA». Esto significa sustraerla de la lógica de la
competencia armamentística —tanto militar como económica y cognitiva— que busca
consolidar ventajas geopolíticas o comerciales mediante el monopolio de
algoritmos y bancos de datos. Desarmar la IA no implica renunciar a ella, sino
romper la equivalencia entre el poder tecnológico y el derecho a gobernar,
impidiéndole el dominio sobre lo humano y restableciendo la pluralidad de las
culturas y formas de vida.
Esta tarea es ecológica en el
sentido más radical, pues desarma también el trasfondo ideológico del
transhumanismo y el posthumanismo. Estas corrientes, instaladas en los centros
de poder tecnológico, colonizan el imaginario colectivo a través de medios y
redes sociales, induciendo un entusiasmo acrítico por una "humanidad
potenciada" o un "hombre hibridado" con la máquina. Frente a la
tentación de optimizar al ser humano como si fuera un proyecto de ingeniería,
el magisterio de la Iglesia recuerda que la plenitud de la vida no radica en el
control absoluto o en la eliminación de la fragilidad, sino en la custodia de
lo humano como una criatura llamada intrínsecamente a la relación, a la
justicia y al misterio.
5. Conclusión: Habitar
poéticamente el mundo y la restauración de la mirada
El recorrido a través de este
siglo de penuria y asombro nos sitúa ante una certeza fundamental: la
Inteligencia Artificial y la automatización existencial no representan
fenómenos de irrupción repentina, sino la consumación de una disposición
metafísica que el pensamiento humanista viene rastreando desde las primeras
décadas del siglo XX. Cuando la técnica se emancipa de la ética y se proclama
autosuficiente, cuando el cálculo intencional se transforma en la única grilla
aceptable para medir lo real, el mundo corre el riesgo de vaciarse. Las
"cosas vacías" que denunciaba Rilke y la reducción de la naturaleza a
un mero "inventario de reserva" de Heidegger encuentran hoy su
réplica exacta en la devaluación del sujeto humano bajo el paradigma
tecnocrático y las estructuras de pecado que operan en los monopolios del
entorno digital.
Frente a la tentación
contemporánea del transhumanismo, que pretende optimizar la existencia como si
fuera un frío proyecto de ingeniería, el pensamiento crítico y el magisterio
social nos devuelven una advertencia y un límite: la plenitud de la vida no
radica en el control absoluto, en la anestesia del dolor o en la eliminación
artificial de toda fragilidad e imprevisto. Pretender erradicar el riesgo
constitutivo de vivir a través del dominio algorítmico es, paradójicamente,
precipitarse en el peligro existencial definitivo: el confinamiento en una
superficie ruidosa y opaca, completamente desvinculada de la verdad del Ser y
de la patria espiritual.
Sin embargo, el porvenir
permanece abierto. La salida a esta encrucijada no se halla en una resistencia
ciega contra los dispositivos, ni en el refugio nostálgico de un pasado que no
ha de volver. La verdadera alternativa radica en un cambio profundo de
conciencia: en la valentía de desarmar la técnica para impedirle su dominio
sobre lo humano, y en el acto ético de ampliar las fronteras de la razón hacia
la trascendencia. Se trata, en definitiva, de recuperar los porqués que nos
impulsan a actuar y de subordinar la eficacia procedimental a la dignidad
inalienable de la persona y al misterio de la comunión.
Allí es donde la esperanza se
vuelve una tarea del presente y se viste con los ropajes de la belleza poética.
Sostener la esperanza hoy es atreverse a mantener, en medio de la saturación
digital, la apertura del corazón. Es recordar que, tal como intuyeron el poeta
y el filósofo, todos estamos llamados a ser custodios del mundo, puentes
vivientes entre lo efímero y lo eterno. Al igual que los almendros en flor, que
se arriesgan con serenidad ante el frío del invierno porque confían en el flujo
invisible de la vida, el ser humano está llamado a florecer en la intemperie de
su propia vulnerabilidad.
La salvación se encuentra en
restaurar la mirada: aprender a contemplar las cosas por lo que son y no por el
provecho que podemos extraer de ellas; rescatar el tejido íntimo de la palabra
que transfigura la realidad y nos devuelve el asombro ante el milagro cotidiano
de existir. En un mundo que nos empuja a ser meros engranajes eficaces de un
sistema opaco, la resistencia más radical consiste en volver a habitar
poéticamente la tierra, cuidando de lo creado, celebrando su misterio y
reconociendo que la dimensión invisible de la vida es la que verdaderamente la
dota de un sentido eterno.
Bibliografía y Fuentes
Consultadas
Documentos del Magisterio
Eclesial
- León XIV.
(2026). Carta Encíclica Magnifica Humanitas: Sobre la protección de la
persona humana en tiempos de inteligencia artificial y automatización
existencial. Texto oficial de la Santa Sede (15 de mayo de 2026).
- Francisco.
(2015). Carta Encíclica Laudato si’: Sobre el cuidado de la casa común.
Roma: Tipografía Vaticana.
- Francisco.
(2019). Exhortación Apostólica Postsinodal Christus vivit: A los
jóvenes y a todo el Pueblo de Dios. Roma: Tipografía Vaticana.
- Pablo VI.
(1967). Carta Encíclica Populorum Progressio: Sobre la necesidad de
promover el desarrollo de los pueblos. Roma: Tipografía Vaticana.
Referencias Académicas,
Filosóficas y Literarias
- Guardini, R.
(1950). El fin de los tiempos modernos (Das Ende de Neuzeit).
Würzburg: Werkbund.
- Heidegger, M.
(1954). La pregunta por la técnica (Die Frage nach der Technik).
En Vorträge und Aufsätze. Pfullingen: Neske.
- Rilke, R. M.
(1923). Elegías de Duino y Sonetos a Orfeo (Duineser Elegien /
Die Sonette an Orpheus). Leipzig: Insel Verlag.
- Rilke, R. M.
(1925). Carta a Witold Hulewicz (13 de noviembre de 1925). En Briefe
aus Muzot. Leipzig: Insel Verlag.


