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viernes, 10 de abril de 2026

Del panhelenismo al pan hispanoamericanismo: una propuesta para re fundar Occidente. Un esbozo.

 


por Juan Bautista González Saborido 

1. Isócrates, Filipo y nosotros

Cuando Isócrates escribe el Filipo, la Hélade está exhausta y en decadencia lejos del esplendor del siglo de Pericles. Atenas y Esparta han convertido a Grecia en un archipiélago de resentimientos, y la guerra del Peloponeso dejó ruinas materiales y espirituales. Isócrates comprende que Atenas, pese a toda su grandeza cultural, ya no puede sostener una civilización pues había perdido su hegemonía comercial, política y cultural. Pero Isócrates también sabía que la Hélade había nacido para algo más que sus querellas domésticas. Por eso convoca a Filipo de Macedonia: no solo como general, sino como figura capaz de dar forma política a un proyecto panhelénico, orientado contra Persia pero pensado, sobre todo, como empresa común que cure la fractura interna. 

Si bien Filipo no pudo concretar la empresa, el discurso de Isócrates no solo catalizó la campaña de Alejandro Magno contra Persia, sino que gestó un cambio civilizacional a través del Helenismo, sincretismo cultural que fundó pilares occidentales. 

Los griegos antes de la invasión de Alejandro Magno al Asia creían que los únicos ciudadanos eran los de la polis y el resto de los pueblos eran bárbaros, pero esta idea se supera y se pasa a considerar al ser humano desde una dimensión de igualdad universal. Se crea así el ideal cosmopolita: el mundo entero se considera una polis. En este contexto surgen las escuelas helenísticas el cinismo, el epicureísmo, el estoicismo y el escepticismo.  

El Helenismo universaliza el logos y la lengua griega y moldea a  Occidente: se difunde el aristotelismo, Roma asume la cultura griega y enriquece su “humanitas” y el derecho romano. En esta atmósfera cultural se difunde el cristianismo, cuyos evangelios se redactan griego koiné, se desarrolla la patrística y los primeros concilios de la religión católica (Nicea, Constantinopla, Éfeso, Calcedonia). El Helenismo, hoy evoca la unidad civilizatoria de occidente.

La situación de las polis griegas del siglo IV y el llamado de Isócrates a la empresa común, guarda cierta analogía con nuestro tiempo es transparente. Hoy contemplamos una Occidente fatigado:

Europa, donde se originó la civilización occidental, enfrenta una crisis pluridimensional que abarca su identidad cultural, su misión histórica, su cohesión social y su relevancia geopolítica. El declive europeo como fortaleza económica y cultural en el mundo es un hecho no sólo evidente, sino que en el contexto de las actuales transformaciones mundiales luce como irreversible. Estamos ante una Europa debilitada, fragmentada, con un poder militar disminuido y con una población escasa y abatida que es suplantada por la inmigración proveniente de Asia y África. Su agonía puede durar décadas, pero su final parece inevitable.

Estados Unidos, por su parte, es un pueblo joven en términos históricos ostenta la hegemonía mundial, pese a la disputa que le presenta China e intenta ser el heredero de la civilización occidental, pero oscila entre la polarización interna, el consumismo despersonalizante, el aceleracionismo tecnológico y la tentación aislacionista. Por último, Iberoamérica permanece fragmentada, atrapada entre subdesarrollo económico y social, nacionalismos cerrados de visión miope, proyectos ideológicos sin arraigo en la cultura de los pueblos y el seguidismo a las potencias que luchan por la hegemonía mundial.

La conclusión de este diagnóstico, siguiendo en gran medida a Carlos Disandro, es que estamos en un tiempo de entropía histórica, de autonomía de los acontecimientos por pérdida de su núcleo de sentido, de disolución de la armonía entre razón religiosa y razón secular por la ruptura con la percepción de lo sagrado y lo numinoso, y consecuentemente, de diáspora espiritual de la humanidad en el desierto de la cultura técnica. Falta un ideal civilizatorio.

Siguiendo la intuición del texto que nos convoca, podríamos decir que necesitamos un nuevo Filipo: no como caudillo autoritario, sino como principio de unidad que articule fuerzas dispersas. En lugar de un panhelenismo contra Persia, se trataría de un pan hispanoamericanismo ampliado, capaz de integrar a los pueblos iberoamericanos y a Estados Unidos en un proyecto civilizatorio común. 

2. La enfermedad profunda de Occidente

Carlos Alberto Disandro, helenista y filólogo, sostuvo que la crisis de Occidente no es solo institucional o económica; es una crisis de la humanitas en su vínculo con el cosmos y con Dios. Occidente dejó de entenderse como una cristiandad histórica —es decir, una forma concreta de vida donde el mundo clásico y el cristianismo se entrelazan— para reducirse a un sistema político tecnológico exportable, sin raíces metafísicas ni horizonte sobrenatural. 

Disandro describe un proceso en tres movimientos: 

1. Ruptura entre tradición clásica y cristianismo: se pierde la unidad entre el logos griego y el Logos hecho carne.

2. Pérdida del sentido sacramental del mundo: el cosmos deja de ser signo y presencia para volverse mero objeto de explotación.

3. Clausura inmanentista de la humanitas: el hombre ya no se vive como criatura situada en un orden que lo trasciende, sino como gestor absoluto de la historia, encerrado en el horizonte biológico cultural.

El resultado es una espiritualidad inmanentista con pretensiones de absoluto: liberalismos sin límite, tecnocracias sin rostro, secularismos que absorben incluso formas “light” de religiosidad. Cuando se destruye la naturaleza simbólica del culto, advierte Disandro, se secan las fuentes de la cultura: el arte, el lenguaje, el derecho y la política pierden contacto con aquello que los nutría. Cuando se pierde la percepción de lo sagrado y numinoso el hombre se restringe en sus capacidades y ocluye una dimensión fundante de la realidad.

En términos griegos, asistimos al triunfo de la hybris: la desmesura de un hombre que quiere dominar el cosmos, a los otros hombres y, finalmente, a los dioses. Cuando la promesa de progreso infinito se derrumba —crisis ecológica, guerras, soledad digital— queda al descubierto el vacío espiritual que el consumismo y la hiperconexión no pueden llenar. 

Por su parte, en la encíclica social “Laudato sí”, el Papa Francisco también ofreció una reflexión lúcida acerca del paradigma tecnocrático que según él, está detrás del proceso actual de degradación del ambiente. Refiere, que es un modo de entender la vida y la acción humana que se ha desviado y que contradice la realidad hasta dañarla. En el fondo, dice el Papa, consiste en pensar como si la realidad, el bien y la verdad brotaran espontáneamente del mismo poder tecnológico y económico. Como lógica consecuencia, de aquí se pasa fácilmente a la idea de un crecimiento infinito o ilimitado, que ha entusiasmado tanto a economistas, financistas y tecnólogos.

Durante estos últimos años este diagnóstico no sólo se ha confirmado, sino que asistimos a un nuevo avance de dicho paradigma. Ciertamente, el desarrollo de la inteligencia artificial y las últimas novedades tecnológicas parten de la idea de un ser humano sin límite alguno, cuyas capacidades y posibilidades podrían ser ampliadas hasta el infinito gracias a la tecnología. Así, el paradigma tecnocrático se retroalimenta monstruosamente.

3. Hispanoamérica como síntesis privilegiada de Occidente

Aquí aparece la intuición decisiva del texto: el retorno a las fuentes no es un arqueologismo, sino una tarea histórica situada. Ese reditus tiene una geografía concreta: Iberoamérica. 

¿Por qué?

Porque la cultura hispanoamericana conserva, a pesar de sus fracturas, algo que Europa y Estados Unidos han ido perdiendo:

Una memoria viva de la unidad entre mundo clásico y cristianismo, a través de la tradición hispánica, de la Escuela de Salamanca a las reducciones jesuíticas.

Una religiosidad popular donde la liturgia, las fiestas, los símbolos y la devoción mantienen un sentido sacramental del mundo.

Un mestizaje cultural que integra pueblo, historia y fe, evitando tanto el individualismo radical como el colectivismo abstracto y valorando la dignidad de la persona humana. 

El filósofo e historiador oriental, Methol Ferré, leyó este proceso en clave geopolítica: sin integración continental, América Latina queda reducida a mosaico de periferias funcionales a hegemonismos externos; con integración —económica, cultural y eclesial — puede convertirse en sujeto histórico capaz de decir una palabra propia en la historia universal. Esa palabra, para él, no puede prescindir del catolicismo como matriz de sentido. 

Por su parte, una gran pensadora sobre la cuestión hispanoamericana y latinoamericana como Graciela Maturo planteaba la existencia de una “transmodernidad” latinoamericana: un humanismo que integra razón, mito y símbolo, anclado en la tradición cristiana y en el mestizaje cultural. Iberoamérica no sería copia tardía de Europa, sino laboratorio de una nueva universalidad, donde lo clásico, lo cristiano y lo popular conviven de un modo todavía no agotado y con capacidad de renovarse. 

4. Una alianza civilizatoria iberoamericana–norteamericana

Si esto es así, el problema no se agota en “América Latina vs. Estados Unidos”. La cuestión es más compleja: ¿cómo articular la tradición institucional y el espíritu emprendedor norteamericano con la profundidad simbólica hispanoamericana en un proyecto común?

Estados Unidos aporta una tradición de autogobierno, rule of law, federalismo y capacidad de innovación y de producción, sin paralelo en el mundo contemporáneo.

Iberoamérica aporta una memoria de cristiandad mestiza, un tejido comunitario todavía resistente al individualismo y al aislamiento total, y una reserva simbólica y religiosa de valoración de la dignidad humana que se niega a morir.

Pero lamentablemente, a lo largo de nuestra historia han existido muchos conflictos reales, prejuicios imaginarios aprovechados por la diplomacia de naciones como Inglaterra, que han obstaculizado las posibilidades de una alianza fructífera que vaya desde el ártico hasta el antártico, pasando por Alaska y Tierra del Fuego.

En este punto, es relevante rescatar al Padre Edmund Walsh, jesuita y geopolítico norteamericano, fundador de la Escuela de Servicio Exterior de la Universidad de Georgetown que fue, quizás, quién mejor articuló la necesidad de la unión continental en lo que en EE.UU se denominó panamericanismo.  

En su libro “Total Empire”, escrito en los años de la Guerra Fría, Walsh advertía: "La solidaridad del Hemisferio Occidental es una de las condiciones básicas para la defensa del mundo atlántico. Y la continua libertad del mundo atlántico es el cimiento de la confianza para la libertad de todo el mundo. La debilidad o desunión del Hemisferio Occidental significará debilitar la causa de la libertad en todas partes".

Pero Walsh fue mucho más allá de la retórica estratégica de la guerra fría. Denunció los prejuicios culturales que durante décadas habían envenenado las relaciones entre las Américas: la "leyenda negra" que presentaba a Hispanoamérica como un continente atrasado, la arrogancia de los agentes comerciales estadounidenses, la ignorancia sobre las universidades fundadas en la América hispana desde el siglo XVI, anteriores incluso a la de Harvard. Y recuperó la advertencia del uruguayo José Enrique Rodó en su Ariel: Estados Unidos no puede comprar la amistad, solo merecerla; su liderazgo será auténtico cuando ofrezca al mundo, además de poder material, un ideal espiritual y civilizatorio.

Así pues, una alianza civilizatoria entre Iberoamérica y Estados Unidos, bien concebida, no sería un simple alineamiento geopolítico, sino una tentativa de recomponer la humanitas occidental, es decir de recuperar la relación de la humanidad con la totalidad del “cosmos” -o creación en términos cristianos- que el hombre vuelva a ser concebido como “microcosmos” en terminología medieval  y desde allí abrirse a lo divino. Concebir también una naturaleza creada como “capax homini” y como “capax Dei” a través del hombre. Todo esto desde nuestro propio continente sobre tres pilares:

1. Raíces clásicas y cristianas comunes: Homero, Sófocles, Cicerón, Quintiliano, San Agustín, Santo Tomás, los místicos españoles, los cronistas de Indias y los padres fundadores de Estados Unidos pertenecen a un mismo arco civilizatorio. No se trata de canonizar acríticamente esa historia, sino de recuperar su capacidad de nombrar el mundo, su profunda espiritualidad, su densidad metafísica, su intención de pensar el bien común y de abrir la política a la trascendencia.

2. Dinamismo institucional más profundidad simbólica: El Norte ha conservado, mejor que nadie, la maquinaria institucional, el constitucionalismo, el derecho, la eficacia, la eficiencia productiva y la innovación como una gesta nacional; el Sur conserva, con dolor y ambigüedad, la densidad de símbolos, ritos y formas de comunidad, principalmente el culto a la amistad y a la familia, que impiden que el individuo se disuelva en la pantalla. Una alianza madura debería cruzar ambas fortalezas.

3. Humanismo integral frente al nihilismo y al consumo: El objetivo no es “volver atrás”, sino ir más hondo: reconstruir una cultura donde el desarrollo tecnológico, el mercado y la democracia estén subordinados a una visión del hombre como ser relacional, abierto a Dios y al cosmos, con capacidad de asombro frente a la realidad, con capacidad para percibir y gozar de la belleza de la creación y de la persona humana, y con la conciencia sólida de que no es  reducible a ser un consumidor, un número, un usuario, ni a un dato. 

En términos isocráticos, se trataría de convocar a las Américas a una empresa común no contra un enemigo externo puntual, sino frente a los proyectos civilizatorios alternativos:

La tecnocracia global sin rostro, que reduce al hombre a objeto de gestión y que puede ser sustituible por la máquina y que todo lo mide por el lucro y la eficiencia y que considera a la naturaleza como un recurso a ser explotado hasta su agotamiento.

Los modelos autoritarios o neoimperiales que prometen orden a costa de libertad y verdad, que no valoran la dignidad infinita de la persona humana o que se fundamentan en tradiciones ajenas sin arraigo en nuestra cultura.

Las versiones “soft” de nihilismo que vacían de sentido el lenguaje de derechos y dignidad humana, erosionando cualquier búsqueda de sentido compartido. Que solo proponen hedonismo, vacío y soledad.

5. Cinco ejes programáticos para un proyecto civilizatorio

Para que este horizonte no quede en mera retórica, es necesario esbozar algunos ejes concretos:

1. Redes educativas y humanísticas ibero estadounidenses

o Programas comunes de formación en clásicos, historia de las ideas, derecho natural, Tradición Iberoamericana de Derecho Humanos, Doctrina Social de la Iglesia y tradiciones constitucionales americanas.

o Intercambios entre universidades, seminarios, centros de pensamiento y escuelas secundarias que formen élites capaces de pensar más allá del sondeo y del tweet.

2. Diálogo teológico filosófico estructurado

o Foros permanentes donde filósofos, teólogos y pensadores laicos del continente discutan la crisis de Occidente con categorías que vayan más allá del tecnicismo: hybris, humanitas, sacramentalidad del mundo, pueblo y nación, cultura y evangelización. 

o Recuperar la tradición del CELAM (Río–Medellín–Puebla-Santo Domingo-Aparecida) como matriz de reflexión, la importancia d ela cultura y de la religiosidad popular, articulada con el debate intelectual en Estados Unidos.

3. Política exterior de inspiración pan hispánica

o Para Iberoamérica: abandonar el reflejo pendular entre antiamericanismo retórico y alineamientos acríticos, para construir una agenda propositiva con Estados Unidos en temas de Atlántico Sur, energía, migración, defensa de la vida y la familia, libertad religiosa y protección de la creación.

o Para Estados Unidos: reconocer a Iberoamérica no solo como zona de influencia estratégica, sino como socio civilizatorio, capaz de aportar contenido espiritual y cultural fecundo.

4. Alianzas culturales y mediáticas

o Coproducciones audiovisuales, literarias y periodísticas que narren una historia compartida de las Américas, diferente de la mirada puramente victimista o puramente excepcionalista.

o Plataformas de contenido que combinen rigor intelectual y capacidad narrativa para proponer un horizonte de valores, un destino común de grandeza, capaces de disputar el imaginario hoy monopolizado por el entretenimiento despersonalizante.

5. Economía al servicio de la comunidad

o Proyectos energéticos, tecnológicos y de infraestructura que se piensen explícitamente al servicio del bien común de los pueblos —y no solo de cadenas de valor anónimas—, integrando criterios de justicia social y cuidado de la casa común.

o Cooperación en regulación tecnológica (IA, datos, biotecnología) basada en una antropología que reconozca límites y dignidad.

6. Conclusión: volver a las fuentes para ir hacia el futuro

Disandro recordaba que, en tiempos indigentes y desacralizados, “conviene volver a Homero”. No para repetir el pasado, sino para recordar que una civilización comienza cuando el hombre se sabe habitado por una palabra que lo excede, cuando el verso, el rito y la ley remiten a algo más alto y profundo que la utilidad inmediata. 

Hoy, la alternativa no es entre nostalgia arqueológica y rendición a la tecnocracia. Es entre un Occidente que acepta su propia muerte espiritual y otro que se atreve a re fundarse desde sus fuentes: el helenismo, roma, el cristianismo y, en nuestro tiempo, la síntesis hispanoamericana, en diálogo honesto y exigente con Estados Unidos.

Ernst Jünger, en una entrevista comenta con perspicacia, que coincide con Heidegger –con quién estuvo unido en un lazo de amistad- cuando refiere que unos de los males fundamentales del hombre contemporáneo es su pérdida de raíces, su extrañamiento y ausencia de patria, es decir la desorientación que se instala cuando se pierden los lazos con la propia naturaleza y la estabilidad que proviene del apego al suelo.

Es necesario recuperar el sincero amor por la patria, pero por la Patria Grande en una era de continentalismo y estados civilizacionales. Ese amor nos saca de nuestros pequeños mundos. Nuestros amores compartidos –a nuestra tierra, a nuestra historia, a nuestros mitos fundacionales, a nuestros héroes y guerreros– nos arrastran hacia una perspectiva más elevada. Vemos nuestros intereses privados como parte de un todo más grande, del «nosotros» que apela a nuestra libertad de servir a la comunidad política ampliada con inteligencia y lealtad.

Si Isócrates llamó a los griegos a dejar de pelear entre sí para mirar juntos hacia una empresa mayor, quizás el llamado hoy sea similar: que las Américas dejen de consumirse en resentimientos heredados y se reconozcan, por fin, como corazón posible de una nueva etapa de Occidente, capaz de decir de nuevo, con palabras viejas y siempre jóvenes, quién es el hombre y para qué vale la pena vivir.