Buscar este blog

miércoles, 11 de octubre de 2023

Dignidad humana como fundamento de los derechos humanos y el desafío del imperativo tecnológico.

 Razón religiosa y razón secular.

Por Juan Bautista González Saborido

Abogado USAL, Magister en Ciencias de la Legislación, Investigador, Profesor de Derecho Comercial II, de Derecho Regulatorio de los Mercados (USAL) y  Profesor de Doctrina Social de la Iglesia (UCA). Correo electrónico: jb.gonzalezsaborido@usal.edu.ar.

 


Resumen

 Un auténtico desarrollo del hombre, no se asegura sólo con el progreso técnico y con meras relaciones de conveniencia. Solamente un humanismo abierto al Absoluto nos puede guiar en este camino de modo que abra la conciencia del ser humano a relaciones recíprocas de libertad y de responsabilidad.

En materia de derechos humanos no se puede excluir todo el desarrollo que realizó el magisterio católico y el resto de las grandes tradiciones religiosas sobre el fundamento religioso de la dignidad humana y el valor intrínseco de las personas.

 Palabras clave:

 Dignidad Humana- Religión- Ciencia.

Human Dignity- Religion- Science.

Publicado en Red Rucoc nº1. La revista de las facultades de derecho.

 https://revistas.ucalp.edu.ar/inde.../redrucoc/issue/view/40

1.- Introducción:

El progreso de la ciencia y de la técnica en las últimas décadas es algo asombroso. Los adelantos operados en materia de inteligencia artificial, robótica y biotecnología son realmente disruptivos y maravillosos. Pero cuando analizamos la cuestión de los valores espirituales, el progreso ya no es tan nítido. Es más, se generan dudas respecto a si realmente hemos progresado desde la época del Renacimiento o incluso de la Edad Media.

Últimamente se ha desarrollado una fuerte polémica respecto a la Inteligencia Artificial por su capacidad para dominar los discursos, especialmente el discurso público, como así también por su capacidad de controlar: el sentido de la realidad, la cultura y hasta la educación. A su vez, en materia de biotecnología es vertiginoso el avance en las técnicas de manipulación genética, en la clonación, en las terapias génicas y en el trasplante de órganos de animales en humanos.

El Papa Francisco, en la encíclica Laudato Si del año 2015, sin dejar de reconocer los impresionantes logros y avances científicos del último siglo, ya había formulado una contundente crítica tanto al paradigma científico tecnológico como a las formas de poder que derivan del mismo, y lanzó la invitación a buscar nuevos modos de entender la economía y el progreso.

En dicho documento señaló que no podemos ignorar que los adelantos científicos y tecnológicos nos dan un tremendo poder. Un poder que en realidad no disfruta toda la humanidad, sino quienes tienen el conocimiento, y sobre todo la capacidad económica para utilizarlo, lo cual otorga un dominio impresionante sobre el conjunto de la humanidad y del mundo entero.

En ese marco, cuestionó que se tienda a creer ingenuamente que todo incremento del poder técnico constituya sin más, un progreso, un aumento de seguridad, de utilidad, de bienestar, de energía vital, de plenitud de los valores, como si la realidad, el bien y la verdad brotaran espontáneamente del mismo poder tecnológico y económico.

Agregó, que el hombre moderno no está preparado para utilizar el poder con acierto, porque el inmenso crecimiento tecnológico no estuvo acompañado de un desarrollo del ser humano en responsabilidad, valores y conciencia[1].

En este contexto, planteamos que la defensa del ser humano, de su dignidad, de su personalidad, de su carácter único, irrepetible e insustituible, de su modo de ser y de su cultura, contra la lógica del paradigma tecno económico imperante, se convierte en una cuestión central. Los cambios vertiginosos que estamos viviendo repercuten fuertemente en el derecho en general y particularmente en el campo de los derechos humanos, colocándolo en crisis. En efecto, surgen corrientes culturales y de pensamiento, algunas de matriz cientificista y otras nihilistas, que cuestionan las bases ontológicas del hombre y, en consecuencia, su dignidad inalienable.

Este cuestionamiento, conlleva una paulatina relativización de la importancia de los derechos humanos como sistema protectorio de la dignidad humana. Esto, podría dejar liberado el campo para el avance de lo que se conoce como el imperativo tecnológico. Vale decir que “todo lo que técnicamente es posible, será axiológicamente deseable” y que el hombre mismo quede subordinado a esta lógica.

En la defensa del ser humano el derecho cumple un rol sustancial, en primer lugar, debido a su dimensión normológica que regula derechos y obligaciones. Pero, además, el orden jurídico también tiene una dimensión antropológica al garantizar a cada persona la preexistencia de un mundo dado, su identidad a largo plazo y la posibilidad de transformar ese mundo e imprimirle su propia huella. El derecho, como una de las manifestaciones de la cultura junto a la lengua, tiene la característica de dar sentido a la vida social[2].

En este ensayo intentaremos profundizar en dicha dimensión antropológica para lo cual consideramos de singular importancia rescatar la necesaria armonía y equilibrio que debe haber entre la razón secular, científica o filosófica y la razón religiosa que se fundamenta en la fe. Cuestión sobre la que advertimos que existen líneas de continuidad entre el magisterio de Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco.   

2.- La necesidad de la armonía y el equilibrio entre la razón religiosa y la razón secular:

En la encíclica Fides et Ratio de Juan Pablo II[3] se postula, con singular lucidez, la necesidad de recuperar la armonía fundamental entre el conocimiento filosófico y el teológico que proviene de la fe. Ello debido a que la fe, lejos de ser irracional, requiere que su objeto sea comprendido con la ayuda de la razón, lo cual es materia de reflexión de la teología, y la razón, por su lado, en el punto límite de su búsqueda, admite como necesario lo que la fe le presenta como verdadero.

El vínculo equilibrado entre la razón religiosa (la fe) y la razón filosófica y científica, es muy fecundo porque se amplía el horizonte de conocimiento del hombre. Igualmente conviene aclarar que la unidad y la armonía entre la fe y la razón de todos modos distinguía claramente sus diversos objetos y métodos, sin confundirlos.

Sin embargo, a partir de la baja Edad Media la legítima distinción entre los dos saberes se transformó progresivamente en una desdichada separación. Debido al excesivo espíritu racionalista de algunos pensadores -especialmente a partir de la ilustración europea- se radicalizaron las posturas, llegándose de hecho a una filosofía y a unas ciencias separadas y absolutamente autónomas respecto a los contenidos de la fe. 

En esa senda, lo cierto es que el gran proyecto ilustrado de poner a la razón humana, como el logro supremo del hombre fracasó. Y ello –precisamente- porque se encorsetó a la razón en el molde propio de su condición humana, llena de límites, y así se la desvinculó de todo horizonte metafísico trascendente. Lejos de pensar con más amplitud, lo que se produjo fue una singular restricción de la inteligencia y del razonamiento en general. 

Asimismo, esta separación, en el ámbito de la investigación científica generó que paulatinamente se vaya imponiendo una mentalidad positivista. La misma, no sólo se fue alejando de cualquier referencia a la visión cristiana del mundo, sino que fue olvidando y despreciando toda relación con la visión metafísica y moral de la realidad[4]

Una de las consecuencias de este proceso es el paulatino oscurecimiento del valor de la persona y de su dignidad intrínseca e inalienable y que se cuestione que el hombre sea el fundamento, el fin y el sujeto del ordenamiento social, político y económico[5]. 

Este oscurecimiento llega al punto donde algunos científicos, carentes de referencia ética, dejan de poner en el centro de su interés a la persona y la globalidad de su vida. Es más, algunos de ellos, conscientes de las potencialidades inherentes al progreso técnico, parece que ceden, no sólo a la lógica del mercado, sino también a la tentación de un poder demiúrgico sobre la naturaleza y sobre el ser humano mismo[6].

En este marco, consideramos que vale la pena revisitar algunas de las reflexiones que realizaron Joseph Ratzinger y Jürgen Habermas[7] sobre el denominado "imperativo tecnológico" del paradigma vigente para discernir cuáles son sus profundas consecuencias y  peligros, pero fundamentalmente, de qué manera la humanidad puede resolver dichos desafíos y revalorizar la relevancia de la dignidad humana como fundamento de los derechos humanos.

3.- La autosuficiencia de la técnica y la necesidad de ampliar el horizonte de la razón:

La primera cuestión que abordaron es lo que se denomina la autosuficiencia de la técnica. Esto significa que, frente al poder de la tecnología, el hombre ya no se pregunta el “para qué” de los incesantes adelantos, ni tampoco sus implicancias éticas.

Así pues, el fruto de la “autosuficiencia de la técnica” para Ratzinger, será que “el hombre se pregunta sólo por el cómo, en vez de considerar los porqués que lo impulsan a actuar”. De esta forma, se consolida una “mentalidad tecnicista, que hace coincidir la verdad con lo factible”[8] lo cual conlleva a una mutilación de la realidad, reduciendo su misterio, su riqueza y su esplendor.  Para la mentalidad tecnicista lo que importa ya no es la satisfacción de aquello que llamamos verdad, sino solamente la operación correcta y el procedimiento eficaz.

Más adelante Ratzinger sostiene que “el verdadero desarrollo no consiste principalmente en hacer. La clave del desarrollo está en una inteligencia capaz de entender la técnica y de captar el significado plenamente humano del quehacer del hombre, según el horizonte de sentido de la persona”[9]. Esto significa que hay que volver a ubicar la técnica al servicio del hombre y de su desarrollo integral y no a la inversa.

No vamos a poder encontrar el sentido de la técnica, si subordinamos la grandeza del hombre al mero desarrollo tecnológico. Por el contrario, la persona humana es y debe seguir siendo, el principio, el fundamento y el fin del ordenamiento político, social, económico y tecnológico. O, dicho de otra forma, la técnica debe servir y no dominar.

Luego de señalar el problema de la autosuficiencia de la técnica y la necesidad de captar el significado plenamente humano de la misma, Ratzinger plantea que para resolver el problema de “la autosuficiencia de la técnica”, no es posible refugiarse nostálgicamente en un pasado que no vuelve.

Esto sería una mera ilusión sin arraigo en la realidad. Lo más razonable para él, es reconocer lo que tiene de positivo el desarrollo moderno del espíritu, por lo que no merece la pena retroceder o hacer una crítica negativa, sino ampliar nuestro concepto de razón y de su uso.

Ampliar el concepto de razón y de su uso, es recuperar el sentido de la trascendencia. Junto a ello, también es singularmente importante rescatar un modo de habitar contemplativo y poético, que esté abierto al misterio, que genere la capacidad de transfigurar la realidad con la palabra y de intuir la presencia de lo sagrado en la realidad. En lo que respecta a la persona humana, es tener la capacidad de ver en el “otro” el reflejo de la gloria de Dios.

4.- Importancia del dialogo profundo e intercultural frente al relativismo ético:

Además de ampliar el concepto de razón y de su uso en el sentido señalado, es también necesario el ejercicio del diálogo, de un dialogo profundo e intercultural. Sin embargo, no hay que confundir en dicho ejercicio el valor de la tolerancia y la amplitud de horizonte con el relativismo ético.

En ese sentido, Ratzinger tiene el convencimiento de que el relativismo ético, lejos de dejar abierto un apacible campo de diálogo social, sólo sirve de entrada a un individualismo egocéntrico en donde predominan los intereses subjetivos dominados por el deseo. Con la entrada del individualismo, triunfa el utilitarismo economicista, que es completamente incompatible tanto con la antropología cristiana como con una crítica lúcida al capitalismo contemporáneo como la que realiza Habermas. 

En efecto, en 2001 Habermas publicó un libro titulado El futuro de la naturaleza humana. ¿Hacia una eugenesia liberal?"[10], en el que se enfrentaba a los desafíos provocados por la acelerada expansión de las biotecnologías. En el desarrollo ilimitado de las mismas, Habermas percibe una manifestación más de la colonización del mundo de la vida por imperativos sistémicos. El imperativo sistémico al que se refiere Habermas sería el del dinero. 

En ese libro, el autor alemán llega a sostener que la posibilidad de modificar el genoma humano y la selección libre del patrimonio genético que la ciencia hace posible, termina tecnificando las relaciones interpersonales y poniendo en entredicho la auto comprensión de la especie humana.

En ese orden de ideas, un punto central de su preocupación es la posibilidad de sustitución tecnológica de lo “engendrado” a través de las relaciones humanas entre varón y mujer, por lo "manufacturado" en un laboratorio. Esto último lo lleva a preocuparse seriamente por el futuro de la naturaleza humana. Más adelante, reflexionando sobre su ya mítico Lebenswelt (mundo de la vida), Habermas señala que “nuestro mundo vital está en cierto sentido constituido aristotélicamente”[11] es decir que la realidad tiene un “telos” o causa fin, y por ello recuerda la distinción del estagirita entre teoría, técnica y praxis.

Sin embargo, en la modernidad las ciencias naturales pasaron de esa observación desinteresada, a realizar una intervención técnica, destinada a someter a una naturaleza “desalmada”, o “desencantada”, y desprovista de finalidad. Y aclara este autor, que las consideraciones sobre la naturaleza, incluyen también a la naturaleza del ser humano. Vale decir, que en la Modernidad la praxis se tecnificó, presa de una “lógica de aplicación”, dominada por el utilitarismo, con una deriva que termina cuestionando la “función directiva de la praxis propia de la moral y el derecho.”[12].

Para comprender la cuestión de la técnica desde la perspectiva habermasiana, es muy relevante la entrada en juego de la biotecnología y sus enormes posibilidades de manipulación del hombre. Esta entrada, genera la obligación de plantearse si habrá que comportarse autónomamente, con el apoyo tanto de consideraciones éticas personales como de una regulación pública de la biotecnología basada en una democrática conformación de voluntad, o si todo consistirá en actuar arbitrariamente de acuerdo con preferencias subjetivas, que encuentran satisfacción en el mercado

Esto es, que como la biotecnología tiene la posibilidad de "producir" seres humanos a la carta, el dilema es si se regula legislativamente dicha posibilidad, o si dejamos que la naturaleza humana se mercantilice y sea un bien más en el mercado. El dilema ética-mercantilismo queda así meridianamente expuesto, como así también la posibilidad de que el ser humano se transforme en una mercancía más que se compra y se vende en función de deseos, ahora convertidos en derechos subjetivos, con el fuerte menoscabo que ello implica para su dignidad.

Para Ratzinger el hecho de que la razón secular (moderna) se confunda o se limite a la mera razón tecnológica o utilitaria implica que la "técnica" puede acabar entendiéndose como un instrumento “de la libertad absoluta, que desea prescindir de los límites inherentes a las cosas.”. En efecto, es tal el poder de la técnica que el hombre puede renunciar a reconocer un límite objetivo para su utilizaciónEllo lleva a que Ratzinger diagnostique que “el peligro del mundo occidental” es que “se rinda ante la cuestión de la verdad: Y eso significa al mismo tiempo que la razón, al final, se doblega ante la presión de los intereses y ante el atractivo de la utilidad, y se ve forzada a reconocerla como criterio último”[13]. Para él, ética o mercado, a su modo, también están contrapuestos.

Frente a estos dilemas, Ratzinger no tiene la menor duda de que “escuchar las grandes experiencias y convicciones de las tradiciones religiosas de la humanidad, especialmente las de la fe cristiana, constituye una fuente de conocimiento; oponerse a ella sería una grave limitación de nuestra escucha y de nuestra respuesta”. De ahí que haya que mostrar “la valentía para abrirse a la amplitud de la razón, y no la negación de su grandeza”[14]

Y prosigue: “En la actualidad, la bioética es un campo prioritario y crucial en la lucha cultural entre el absolutismo de la técnica y la responsabilidad moral”. Nos encontramos ante “un ámbito muy delicado y decisivo, donde se plantea con toda su fuerza dramática la cuestión fundamental: si el hombre es un producto de sí mismo o si depende de Dios. Los descubrimientos científicos en este campo y las posibilidades de una intervención técnica han crecido tanto que parecen imponer la elección entre estos dos tipos de razón: una razón abierta a la trascendencia o una razón encerrada en la inmanencia”[15]

Asimismo, con este poder “demiúrgico” que surge de la técnica, la tentación de ponerse a construir al hombre adecuado (al hombre que hay que construir), la tentación de experimentar con el hombre, la tentación también de considerar quizá al hombre o a cierto grupo de hombres como basura, como sobrantes y de dejarlos de lado y excluirlos, ya no es ninguna fantasía de moralistas hostiles al progreso[16].

5.- Frutos posibles del dialogo intercultural:

Según Ratzinger “la racionalidad del quehacer técnico centrada sólo en sí misma se revela como irracional, porque comporta un rechazo firme del sentido y del valor”. Atraída por el puro quehacer técnico, la razón sin la fe se ve avocada a perderse en la ilusión de su propia omnipotencia y por su parte[17]la fe sin la razón corre el riesgo de alejarse de la vida concreta de las personas. En consecuencia, concluye que la sabiduría de las grandes religiones y de sus culturas no es algo que se pueda dejar de lado “como una especie de “quantité négligeable (de magnitud despreciable)”[18].

Por estos motivos, Ratzinger, devenido en el Papa Benedicto XVI el 11 de mayo de 2010 en pleno vuelo hacia Lisboa, frente a periodistas señaló: “una cultura europea, que fuera únicamente racionalista no tendría la dimensión religiosa trascendente, no estaría en condiciones de entablar un diálogo con las grandes culturas de la humanidad, que tienen todas ellas esta dimensión religiosa trascendente, que es una dimensión del ser humano. Por tanto, pensar que hay sólo una razón pura, antihistórica, y que ésta sería la razón, es un error”[19].

Que un teólogo que luego fue Papa afirme todo esto no puede sorprender a nadie, pero el propio Habermas no tendrá tampoco nada que objetar; muy al contrario: se cuestionará si es “la ciencia moderna una práctica que puede explicarse completamente por sí misma” y, sobre todo, si “determina performativamente la medida de todo lo verdadero y todo lo falso”, o si “puede más bien entenderse como resultado de una historia de la razón que incluye de manera esencial las religiones mundiales”[20].

Una de las conclusiones que podemos sacar de estos planteos, es que frente a un paradigma tecno científico dominado por las lógicas de poder y de lucro, que en muchos aspectos tienen una mirada miope sobre la realidad, se hace necesario reafirmar la necesaria complementariedad entre razón y fe. Esta complementariedad en palabras de San Juan Pablo II significa que: “… se ayudan mutuamente, ejerciendo recíprocamente una función tanto de examen crítico y purificador, como de estímulo para progresar en la búsqueda y en la profundización”.[21]

El dialogo entre la razón secular y científica con la razón religiosa, es lo que permitirá que tengamos una razón ampliada que reconozca la grandeza de la apertura a la trascendencia y que nos permita dialogar con las grandes religiones y tradiciones de la humanidad para fundamentar -entre otras cosas- la dignidad humana.

6. Vigencia y continuidad en el magisterio de Francisco.

La armonía, el equilibrio y el dialogo entre la razón religiosa y la razón secular, es un camino que ha sido continuado por el Papa Francisco. Por ejemplo, en la encíclica “Laudato Si”, donde ha realizado un dialogo fecundo entre la ciencia y la fe para diagnosticar los graves problemas ecológicos que afectan a nuestra casa común y donde también ha incorporado la tradición ortodoxa al inspirarse en el Patriarca Bartolomé I de Constantinopla para alertar sobre las raíces éticas y espirituales de los problemas socio ambientales.

Posteriormente, el dialogo con otras tradiciones religiosas se concretó en la declaración sobre la Fraternidad Humana realizada junto al Gran Imán de Al-Azhar Ahmad Al-Tayyeb. Allí se invoca el nombre de Dios creador de todos los seres humanos iguales en los derechos, en los deberes y en la dignidad, llamados a convivir como hermanos entre ellos, para poblar la tierra y difundir en ella los valores del bien, la caridad y la paz. Esta declaración fue, a su vez, una inspiración para su posterior encíclica “Fratelli Tutti” de octubre de 2020[22].

En su magisterio, Francisco le habla a la fe de los fieles, pero también a la razón humana y al pensamiento de creyentes y no creyentes. A su vez, entra en dialogo con otras cosmovisiones religiosas cristianas y no cristianas, como la ortodoxa y el islam. A través de esta práctica busca una alianza y un punto de encuentro entre las civilizaciones para que se asuma el compromiso central de honrar, respetar y cuidar la dignidad de la vida humana, especialmente de los más pobres y desfavorecidos.

Para Francisco la dignidad común es fundamento de la fraternidad y la fraternidad es un tema serio para la política y el poder, la filosofía y la ciencia. Ello porque considera que en la fraternidad todo se puede ganar y que afuera de ella todo puede ser perdido.  Es tal la importancia que le atribuye, que la propone como estilo de vida, como método de acción social y como escuela para una nueva política.

7. Consecuencias en la fundamentación de los derechos humanos.

En el ámbito secular, el principio de la dignidad de la persona, está reconocido como fundamento último de los derechos humanos y surge clara y expresamente de la Carta de las Naciones Unidas y de la Declaración Universal de Derechos Humanos[23].

La dignidad es una categoría jurídica clave porque es la base de todos los derechos humanos. Los seres humanos tienen derechos que deben ser tratados con sumo cuidado, precisamente porque cada uno posee un valor intrínseco.

En 1948, y en respuesta al horror de las dos guerras mundiales, la comunidad internacional pensó que era importante enfatizar el concepto de la dignidad humana en las primeras palabras de este innovador documento, subrayando un término que ya estaba destacado en la línea de apertura del Preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre (DUDH), así como en la Carta que fundó las Naciones Unidas hacía tres años antes[24].

Además de su inclusión en la DUDH, la dignidad humana se encuentra tutelada específicamente por el art. 51 de nuestro Código Civil y Comercial. Se fundamenta en la subjetividad de la persona, no en su cuerpo o en su apariencia. Lo que le otorga su carácter único, irrepetible e insustituible, lo que la hace “alguien” y no “algo”, es que la persona está dotada de un centro interior capaz de autoconciencia, autocontrol y autodecisión, con plena capacidad para donarse a sí misma en un acto de libertad y de amor[25]. No desde la exterioridad cósica de su cuerpo, sino desde su interioridad personal, allí donde reside el esplendor de la persona y de su dignidad.

En plena pandemia por el coronavirus el Papa alertaba ante lo que denominó una patología más amplia: la visión distorsionada de la persona, una mirada que ignora su dignidad y su carácter relacional. Advertía, que a veces las personas son consideradas como meros objetos, para usar y descartar y que este tipo de mirada ciega fomenta una cultura del descarte individualista y agresiva, que transforma el ser humano en un bien de consumo[26].

Luego, en la encíclica Fratelli Tutti, señaló que la cultura del descarte es un estilo de vida que no considera a las personas como un valor primario que hay que respetar y amparar, sino que las considera como objetos descartables, especialmente si son pobres o discapacitadas, si “todavía no son útiles” —como los no nacidos—, o si “ya no sirven” —como los ancianos—[27].

En línea con el Concilio Vaticano II, el Papa reafirma que a la luz de la fe tenemos la certeza de que Dios nos ha creado como personas amadas y capaces de amar; que nos ha creado a su imagen y semejanza (cfr. Gen 1, 27). De esta manera, a través de la fe sabemos que Dios nos ha donado una dignidad única, invitándonos a vivir en comunión con Él, en comunión con nuestras hermanas y nuestros hermanos y en el respeto de toda la creación. Aquí radica el fundamento de toda la vida social y determina sus principios operativos[28].

Por ello, la referencia al principio de la dignidad inalienable de la persona en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, fue definida por Juan Pablo II como como «una de las más altas expresiones de la conciencia humana»[29].

Consiguientemente, podemos observar como el equilibrio y armonía, entre fe y razón, florece en la fundamentación de la dignidad de la persona humana como clave de la defensa de los derechos humanos frente al peligro de que el hombre quede subordinado y tratado como un objeto ante un paradigma tecno económico hipertrofiado.  

8. Conclusión.

Los cambios tecnológicos, sociales, políticos y culturales que estamos viviendo son maravillosos, pero al mismo tiempo, generan un cuestionamiento a las bases ontológicas del hombre y por ende al fundamento de los derechos humanos.

En este contexto, para extraer frutos provechosos del desarrollo científico, consideramos que el dialogo y equilibrio entre la razón religiosa y la razón secular y científica es más necesario que nunca.

En el pasado los Derechos Humanos tuvieron un origen religioso y un desarrollo secular, fruto del encuentro entre la tradición religiosa cristiana y la cultura ilustrada secular. Hoy, nuevamente, es necesario ese dialogo para plantear un sólido debate para que el hombre, portador de una dignidad inalienable, no quede subordinado al imperativo tecnológico con las imprevisibles consecuencias éticas, sociales, políticas y culturales que ello puede aparejar.

La discusión sobre el desarrollo científico y tecnológico no puede quedar clausurada meramente a sus implicancias fácticas. En este sentido, los diálogos entre Ratzinger y Habermas, han sido fecundos y mantienen su plena vigencia y existen líneas de continuidad en el magisterio del Papa Francisco. Si dejamos de lado el diálogo entre la ciencia y la fe, y entre las diversas tradiciones religiosas, silenciaríamos en el ámbito público la vitalidad discursiva de las mismas, limitando nuestra comprensión de la realidad y debilitando el ethos cultural.

Un auténtico desarrollo del hombre, no se asegura sólo con el progreso técnico y con meras relaciones de conveniencia. Solamente un humanismo abierto al Absoluto nos puede guiar en este camino de modo que abra la conciencia del ser humano a relaciones recíprocas de libertad y de responsabilidad.

En materia de derechos humanos no se puede excluir todo el desarrollo que realizó el magisterio católico y el resto de las grandes tradiciones religiosas sobre el fundamento religioso de la dignidad humana y sobe el valor intrínseco de las personas.

Por ello, es que insistimos en la necesidad de que el discurso religioso diga “presente” al momento de abordar las más urgentes y delicadas problemáticas científicas y culturales de nuestro tiempo en dialogo, equilibrio y armonía con el discurso secular.

 



[1] Francisco, Carta Encíclica “Laudato Si”, Roma 24 de mayo de 2015, n°104 y 105, consulta en línea en http://www.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20150524_enciclica-laudato-si.html

[2] Supiot, Alain, “Homo juridicus. Ensayo sobre la función antropológica del derecho” Siglo Veintiuno Editores S.A., 2da. Edición argentina revisada, 2012, pág. 11/12.

[3] Juan Pablo II, “Fides et Ratio”, 14 de septiembre de 1998, consulta en línea con fecha 8 de abril de 2023 en: https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html

[4] Juan Pablo II, Ídem anterior.

[5] Juan XXIII, Mater et Magistra, n° 219.

[6] Juan Pablo II, Fides et Ratio, 14 de septiembre de 1998, nº 46-48, consulta en línea con fecha 8 de abril de 2023 en: https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html

[7] Joseph Ratzinger y Jürgen Habermas, Dialéctica de la secularización, Ed. Encuentro, Madrid, 2006. En italiano tiene otro título: Ragione e fede in dialogo, Marsilio / I libri di Reset, Venezia, 2005.

[8] Benedicto XVI. Caritas in Veritate, 70, consulta en línea el 20 de abril de 2023 en: https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/encyclicals/documents/hf_ben-xvi_enc_20090629_caritas-in-veritate.html

[9] Benedicto XVI, ídem anterior.

[10] Editorial Paidós, editado en dicha colección en 2009.

[11] J. Habermas, ob cit, págs. 80-82.

[12] Ollero Tassara, Andrés “La crítica de la razón tecnológica. Benedicto XVI y Habermas, un paralelismo sotenido” 6 de junio de 2010, consulta en línea  con fecha 18 de abril de 2023, en https://www.bioeticaweb.com/la-crastica-de-la-razasn-tecnolasgica-benedicto-xvi-y-habermas-un-paralelismo-sostenido/

[13] Benedicto XVI. Caritas in Veritate, 70, consulta en línea el 20 de abril de 2023 en: https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/encyclicals/documents/hf_ben-xvi_enc_20090629_caritas-in-veritate.html

[14] Citado por Ollero Tassara, Andrés en “La crítica de la razón tecnológica. Benedicto XVI y Habermas, un paralelismo sotenido” 6 de junio de 2010, consulta en línea  con fecha 18 de abril de 2023, en https://www.bioeticaweb.com/la-crastica-de-la-razasn-tecnolasgica-benedicto-xvi-y-habermas-un-paralelismo-sostenido/

[15] Benedicto XVI. Caritas in Veritate, 74, consulta en línea el 20 de abril de 2023 en: https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/encyclicals/documents/hf_ben-xvi_enc_20090629_caritas-in-veritate.html

[16] Ratzinger, Joseph Cardenal “Sobre las bases morales prepolíticas del Estado Liberal: Razón secular y Religión en el Estado”; ponencia leída el 19 de enero de 2004 en la "Tarde de discusión" con Jürgen Habermas, organizada por la Academia Católica de Baviera.

[17] Benedicto XVI. Caritas in Veritate, 74, consulta en línea el 20 de abril de 2023 en: https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/encyclicals/documents/hf_ben-xvi_enc_20090629_caritas-in-veritate.html

[18] Ratzinger, Joseph Cardenal “Sobre las bases morales prepolíticas del Estado Liberal: Razón secular y Religión en el Estado”; ponencia leída el 19 de enero de 2004 en la "Tarde de discusión" con Jürgen Habermas, organizada por la Academia Católica de Baviera.

[20] Citado por Ollero Tassara, Andrés en “La crítica de la razón tecnológica. Benedicto XVI y Habermas, un paralelismo sotenido” 6 de junio de 2010, consulta en línea  con fecha 18 de abril de 2023, en https://www.bioeticaweb.com/la-crastica-de-la-razasn-tecnolasgica-benedicto-xvi-y-habermas-un-paralelismo-sostenido/

[21] Juan Pablo II, Fides et Ratio, n° 100 consulta en línea el 23 de abril de 2021 en http://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html

[23] Adoptada y proclamada por la Asamblea General en su resolución 217 A (III), de 10 de diciembre de 1948.

[24] Naciones Unidas, “Libres e iguales en dignidad” consulta en línea el 17 de abril de 2023 en: https://news.un.org/es/story/2018/11/1445521

[25] Quiles, Ismael S.J.  “La persona humana”, editorial Depalma, Buenos Aires, 1980, 4ta. Edición, pág. 35 y siguientes.

[26] Francisco, Audiencia General 12 de agosto de 2020 “Curar el mundo. Fe y Dignidad Humana”.

[27] Francisco, Fratelli Tutti, nº 18.

[28] Francisco, Audiencia General 12 de agosto de 2020 “Curar el mundo. Fe y Dignidad Humana”.

[29] Juan Pablo II, Discurso a la Asamblea General de las Naciones Unidas, 5 de octubre de 1995.

miércoles, 18 de enero de 2023

La vigencia de la paideia griega frente a la crisis de la sociedad posmoderna:

 



La vigencia de la paideia griega frente a la crisis de la sociedad posmoderna:

Por Juan Bautista González Saborido[i]

Abstract: El progreso de la ciencia y de la técnica en las últimas décadas es algo asombroso. Pero cuando analizamos la cuestión de los valores espirituales, el progreso ya no es tan nítido. Es más, se generan dudas respecto a si realmente hemos progresado desde la época del Renacimiento o incluso de la Edad Media.

Ante el avance vertiginoso del desarrollo tecnológico de estas últimas décadas; en medio de la sociedad del conocimiento, de la cultura posmoderna, de la inteligencia artificial, de la biotecnología; nos preguntamos si todavía sigue vigente el humanismo clásico. Es decir, si tanto la antigua cultura, como los valores de griegos y romanos, tienen algo que aportar para equilibrar el desarrollo espiritual con el material.

Por ello, el objetivo que nos proponemos en este trabajo es reflexionar sobre la vigencia de los valores de la cultura clásica y si es posible lograr la prolongación creadora de dicha herencia en la actualidad. Para realizar este objetivo nos basaremos principalmente en los filólogos Werner Jaeger, Carlos Disandro y Walter Otto.

En tiempos de profunda crisis, es cuando se vuelve necesaria una mirada retrospectiva hacia los fundamentos mismos del espíritu humano, frente al vigor de miradas tecnocráticas inclinadas a una cuantificación del hombre, a un predominio de la ratio sobre el intellectus, a la clausura del conocimiento simbólico y a imponer un dominio exacerbado y destructivo sobre la naturaleza.

1.- Introducción:

El progreso de la ciencia y de la técnica en las últimas décadas es algo asombroso. Pero cuando analizamos la cuestión de los valores espirituales, el progreso ya no es tan nítido. Es más, se generan dudas respecto a si realmente hemos progresado desde la época del Renacimiento o incluso de la Edad Media.

El desfasaje entre el progreso material y científico, respecto del progreso ético y espiritual, no es una cuestión tan novedosa. En nuestro país ya había sido abordada por Perón hace más de 70 años atrás. Efectivamente, como señala el lúcidamente Silvio Maresca, el líder del justicialismo, en 1949, en su famoso discurso “La Comunidad Organizada”, subraya enérgicamente como un tema central, el desajuste que se habría producido en la modernidad europea, a partir del Renacimiento, entre el progreso material y el progreso espiritual.

Para Maresca, ese sería el eje central del texto donde se expresa que hay un retraso del desarrollo espiritual respecto del desarrollo material. Y agrega que ahí aparece la dimensión de la ética como aquello que podría ayudar a resolver el problema, permitiendo que se ponga el desarrollo espiritual a la altura del desarrollo material.[1]

Ahora bien, esta cuestión aún no ha sido resuelta. Por eso, ante el avance vertiginoso del desarrollo tecnológico de estas últimas décadas; en medio de la sociedad del conocimiento, de la cultura posmoderna, de la inteligencia artificial, de la biotecnología; nos preguntamos si todavía sigue vigente el humanismo clásico. Es decir, si tanto la antigua cultura, como los valores de griegos y romanos, tienen algo que aportar para equilibrar el desarrollo espiritual con el material.

No parecen existir dudas en cuanto a que estamos en una época de grandes cambios que se aceleran rápidamente. Ciertamente vivimos en una sociedad postindustrial, en la que la información, el conocimiento y los servicios han reemplazado a los bienes materiales en el núcleo de la producción y los países o regiones que no se adecuen a esta realidad corren el riesgo de quedar “desconectados” y “excluidos”.

Asimismo, en esta economía informacional, impregnada de materialismo, de un individualismo nihilista y de un consumismo exacerbado –aunque claro solo para unos pocos- avanza por todos lados el fenómeno de la mercantilización volviéndose una característica omnipresente que lo invade todo, incluso a la vida y a la persona humana.

La mercantilización de la vida significa, ante todo, un conjunto de conductas, de ideologías, estrategias económicas, opciones sociales y políticas por las cuales la vida (la del otro, pero en el fondo la propia) pierde su estatuto de santuario que abriga el misterio del ser para convertirse en un objeto mercantilizado por el frenesí de poseer[2].

En esta lógica, la ciencia y la técnica, que en el origen de la modernidad ilustrada europea, prometían la emancipación del hombre, hoy tienden a volverse contra el hombre mismo anulando su subjetividad.  Con el avance de las técnicas de la clonación humana y de edición genética, el hombre se vuelve un producto e incluso una mercancía.

Por ello, en este contexto, nos parece relevante el análisis histórico de nuestra herencia cultural clásica, especialmente la griega, de modo que nos permita comprender mejor el misterio del hombre y de la naturaleza, como así también de su vínculo con la tierra y con la sociedad para encontrar respuestas a los desafíos que se presentan.

Ello porque como señaló Scalabrini Ortiz, nos enorgullecemos de ser un pueblo de tradición occidental mediterránea (Grecia, Roma, España, Medio Oriente, Norte de África) hondamente enraizado en la origienariedad de América y con profunda vocación de protagonismo en el concierto de las naciones. 

Consiguientemente, el objetivo que nos proponemos es reflexionar sobre la vigencia de los valores de la cultura clásica y si es posible lograr la prolongación creadora de dicha herencia en la actualidad. Para realizar este objetivo nos basaremos principalmente en los filólogos Werner Jaeger, Carlos Disandro y Walter Otto.

2.- Una necesaria mirada retrospectiva:

Así, en tiempos de profunda crisis, es cuando se vuelve necesaria una mirada retrospectiva hacia los fundamentos mismos del espíritu humano[3], frente al vigor de miradas tecnocráticas inclinadas a una cuantificación del hombre, a un predominio de la ratio sobre el intellectus, a la clausura del conocimiento simbólico y a imponer un dominio exacerbado y destructivo sobre la naturaleza.

En esta situación, un retorno a las fuentes clásicas de nuestra cultura quizás nos permita recuperar la frescura, la fuerza y la vitalidad necesaria para resurgir como personas, como nación y como comunidad política de esta crisis. Como dijo el Papa Francisco en su discurso pronunciado en Atenas el 4 de diciembre de 2021[4]:

“Sin Atenas y sin Grecia, Europa y el mundo no serían lo que son: serían menos sabios y menos felices. Desde aquí, los horizontes de la humanidad se han dilatado. Yo también me siento invitado a elevar la mirada y a detenerla en la parte más alta de la ciudad: la Acrópolis. Visible desde lejos para los viajeros que han llegado hasta allí a través de los milenios, ofrecía una imprescindible referencia a la divinidad. Es la llamada a ampliar los horizontes hacia lo alto, desde el Monte Olimpo a la Acrópolis y al Monte Athos. Grecia invita al hombre de todos los tiempos a orientar el viaje de la vida hacia lo alto: hacia Dios, porque necesitamos de la trascendencia para ser verdaderamente humanos. (…)Y mientras hoy en el Occidente, que ha nacido aquí, se tiende a ofuscar la necesidad del Cielo, atrapados por el frenesí de miles de carreras terrenas y por la avidez insaciable de un consumismo que despersonaliza, estos lugares nos invitan a dejarnos sorprender por el infinito, por la belleza del ser, por la alegría de la fe. Por aquí han pasado los caminos del Evangelio que han unido el Oriente y el Occidente, los Santos Lugares y Europa, Jerusalén y Roma; esos Evangelios que, para llevar al mundo la buena noticia de Dios amante del hombre, se escribieron en griego, lengua inmortal usada por la Palabra —el Logos— para expresarse, lenguaje de la sabiduría humana convertido en voz de la Sabiduría divina.”

Lógicamente, a nosotros hombres y mujeres modernos no nos resulta fácil llegar a una justa comprensión ni de la antigua religión griega, ni tampoco de su cultura. Podemos detenernos y asombrarnos ante las imágenes del panteón de los dioses de la gran época y sentir que el esplendor de estas figuras es y será único en su género. Incluso, puede ser que al mirarlas experimentemos un estremecimiento ante lo eterno.

Pero como señala Walter Otto, lo que oímos de estos dioses y de sus relaciones con los hombres ya no tiene eco en nuestra alma. Falta aquella melodía de inefable elevación y solemnidad que los antiguos veneraron durante siglos y que nuestro paradigma tecno económico -orientado meramente a lo pragmático- ha desterrado de nuestro horizonte cultural[5] y que urge recuperar.

Por eso, es que nos parece necesario reafirmar que nuestra historia civilizacional comienza en Grecia, sigue en Roma, se transformó con el cristianismo y luego fue enriquecida por otras culturas y tradiciones. Cuando lanzamos esta afirmación, estamos sosteniendo que la historia de la América hispana comienza allí, en el Peloponeso.

3.- La paideia griega:

Ahora bien, cuando hablamos de historia nos referimos a la historia plena de significación, que se funda en una unión espiritual viva y activa junto a la comunidad de un destino, de nuestro propio pueblo o más bien la del grupo de pueblos estrechamente unidos por lazos de historia, lengua, religión y cultura en común como es el caso de la América hispana.

Desde esta perspectiva, nos resulta relevante discernir en primer lugar el rasgo más propio de los griegos que perduró a través de los siglos y de la cual los pueblos hispanoamericanos somos herederos. Dicho rasgo es que en este pueblo, por primera vez, se establece de una manera consciente, un ideal de cultura como principio formativo del hombre. Esta característica es única y la que hace de la cultura griega un modelo perenne.

Efectivamente, en el comienzo de la historia griega aparece el principio de una nueva apreciación del hombre que no se aleja mucho de la idea difundida por el cristianismo sobre el valor infinito del alma individual humana, ni del ideal de la autonomía espiritual del individuo proclamado a partir del Renacimiento. ¿Y cómo hubiera sido posible la aspiración del individuo al más alto valor y su reconocimiento por los tiempos modernos sin el sentimiento griego de la dignidad humana?[6]

Todas las imágenes filosóficas del hombre propuestas a lo largo de los siglos se remontan a la creada por los griegos. Y, por consiguiente, como dice el filósofo italiano Reale, todas las distintas concepciones de la paideia, o sea de la educación y de la formación del hombre, tienen raíces exquisitamente helénicas[7].  

El concepto de alma (psyché) ciertamente es una creación espiritual de los griegos.  Como sostiene este autor[8], la idea de alma como un elemento divino en el hombre nació con la aparición y la difusión del Orfismo, por un lado, y, después, mediante el pensamiento de algunos filósofos presocráticos y, sobre todo, por obra de Sócrates, con la imponente fundación metafísica y los desarrollos de la misma realizados por Platón.

La fórmula más significativa contenida en laminillas de oro encontradas en las tumbas de seguidores del Orfismo decía así: “De hombre renacerás dios, porque tu origen es divino.”

En ese sentido, el filósofo checo Jan Patocka (1907-77), citado por Reale, en su libro Platón y Europa, ha sostenido una tesis, según la cual precisamente en la adquisición de la concepción del ‘cuidado del alma’ la conciencia de Europa ha empezado a construirse.

El cuidado del alma, es la formación interior del hombre, de una conciencia sólida e inquebrantable. Pero esto no es una forma de intelectualismo abstracto, es, por el contrario, una aspiración a encarnar lo eterno en el tiempo y en el propio ser, una aspiración, al mismo tiempo, a resistir al huracán del tiempo, a resistir en todos los peligros que éste comporta, a resistir cuando el cuidado del alma pone al hombre en peligro[9].

En este mismo sentido, hay un pasaje de Aristóteles, sacado de la Ética a Nicómaco, que es singularmente elocuente respecto al valor que los griegos le atribuían al alma: “No hay que seguir a aquellos que aconsejan que, por ser hombres, se atienda a cosas humanas, y, siendo mortales, a cosas mortales, sino que en la medida en que sea posible, hay que hacerse inmortales y hacer todo lo posible para vivir según la parte más elevada de aquellas que se encuentran en nosotros; aunque sea pequeña en extensión, sobresale en mucho sobre todas las otras por potencia y valor.”[10]

4.- Homero como clave fundamental:

La paideia griega, como ideal educativo alcanza un carácter peculiar y un singular desarrollo histórico. No se trata de un conjunto de ideas abstractas, sino de la historia misma de Grecia en la realidad concreta de su destino vital.

La paideia ha sido creada, en sus propios términos clásicos, como expresión de una voluntad altísima proveniente de los olímpicos dioses y a través de ella se esculpió el destino eterno de los griegos.

En los primitivos estadios de su desarrollo, los griegos no tuvieron idea clara de esa voluntad. Pero, a medida que avanzaron en su camino, se inscribió con claridad creciente en su conciencia el fin, siempre presente, en que descansaba su vida: la formación de un alto tipo de hombre.

Para los clásicos, la idea de la educación representaba el sentido de todo humano esfuerzo. Era la justificación última de la existencia de la comunidad y de la individualidad humana.

Ahora bien, la paideia, como ideal educativo, estaba fundamentado en Homero, poeta clave de la historia griega, que asombrosamente aún tiene vigencia para pensar la coyuntura de estos tiempos posthumanos, hipertecnificados y desacralizados.

En efecto, de su obra depende misteriosamente un brillo que aún relumbra con intensidad, y un convivio habitual de lo divino y humano en la palabra del poeta, que prepara todas las inhabitaciones divinas y que nos amplían el horizonte de nuestro destino abriéndolo a la trascendencia.

Por eso, al hablar de Homero hablamos sustancialmente de la unión perenne de la divinidad y la humanidad, que luego con el cristianismo se hace personal en Cristo, mística en la Iglesia, operativa en la historia y siempre laudante en el júbilo de los poetas y los filósofos griegos[11].

Homero es la totalidad del espacio en que dioses y hombres habitan cotidianamente por acciones sacras, centradas en la misteriosa guerra troyana; o bien es la memoria de lo acontecido en aquella destrucción, cuando los héroes retornan a sus lares lejanos. Así pues, como dice el filólogo y humanista argentino Carlos Disandro:

“el espacio luminoso, el aire encendido en el fuego apolíneo, el cerúleo y vinoso mar de marmóreas resplandecencias, la tierra ceñida y calcinada como huesos y vértebras para una sensibilidad inconmensurable, he ahí el espacio hierofánico de los griegos, he ahí la estricta localización de un encuentro divino-humano, de una revelación de la lumbre inaccesible en la lumbre del cosmos, del logos inviolable en el logos del hombre griego, del pneuma o soplo transfigurante en el soplo del poeta, en el símbolo ancestral que congrega lumbre, logos, espíritu y que funda pues los penetrales inaccesibles de la conciencia, lo que Hesíodo denomina inspiración”[12].

Por tanto, la gran vigencia de Homero, encarnada en la paideia griega, estriba en que, en su verso, se redescubre la existencia numinosa, la virtud fundante de la physis (naturaleza) como sagrado espacio donde se asienta la divino-humanidad. En todo este universo, se manifiesta una grandeza y esplendor que nos eleva por encima de lo efímero, de la banalidad y de la pesadez del mundo real.

De manera asombrosa, lo natural se entreteje con lo espiritual y lo eterno sin perder, en esta interacción, su abundancia, calor y espontaneidad. Y el espíritu, para el cual la observación más fiel de lo natural se convirtió en contemplación de lo eterno e infinito, hizo de la religión griega lo que ella es.

Cuando para otros se producen milagros, en el espíritu griego acaece el milagro más notable: pueden ver lo objetos de la experiencia viva en una forma tal que muestra los contornos de lo divino sin perder su realidad natural. Percibimos aquí la mentalidad de un pueblo destinado a enseñar a la humanidad a explorar la naturaleza del hombre y de lo que lo rodea. Y eso significa que nos ha dado la idea de la naturaleza que tubo vigencia durante siglos, pero que hoy el paradigma tecno económico la ha diluido[13].

5.- Conclusión:

Como señalamos en la introducción, estamos asistiendo a un cambio de época, pero estas transformaciones de ninguna manera parecen implicar el fin del sistema capitalista de producción ni tampoco del dominio de su racionalidad instrumental economicista.

Por el contrario, pareciera que las relaciones de poder del sistema han tomado otras formas en estos tiempos de globalización posmoderna, sin que ello implique la desaparición de ese mismo sistema económico mundial, ni se su motor principal, el afán de lucro, que actúa como una suerte de "hybris" que fomenta un modelo producción y consumo, que en términos geo biofísicos y sociales es insostenible en el tiempo.

En estos tiempos difíciles y hasta oscuros si se quiere, esta asombrosa capacidad contemplativa que podemos encontrar en la paideia griega, lograda a través de la  unión de lo visible con lo invisible, de lo divino con lo humano y de la eternidad en el tiempo, puede operar como un punto de inicio para una nueva visión sobre el hombre y de la naturaleza que eleven nuestros horizontes hacia lo alto, hacia el infinito, hacia el absoluto. 

El mundo moderno nos tienen acostumbrados, en referencia al pasaje del mythos al lógos a verlo éste como un salto evolutivo que parte de lo irracional y alcanza a lo racional; que va de lo empírico concreto a lo universal; y de lo sensible a lo conceptual.

Esto es incorrecto. Dicho pasaje se da de una narrativa con un cierto grado de racionalidad a otro discurso con un grado diverso de racionalidad. El discurso científico de la modernidad es un progreso en la precisión unívoca, en la claridad discursiva, en la simplicidad, en la fuerza conclusiva de la fundamentación, pero es una pérdida de los sentidos profundos del símbolo que pueden ser hermenéuticamente redescubiertos en momentos y lugares diversos.

Los mitos y los símbolos, siguen teniendo profunda significación en el presente[14]y son un instrumento necesario para la vivencia de las realidades trascendentes. Ellos, nos refieren una profunda vivencia de la divinidad. Los dioses no pueden ser inventados, ni ideados, ni representados, sino únicamente experimentados.

A cada especie del género humano, lo Divino se le ha revelado de una manera, dando forma a su existencia y haciendo de ella lo que había de ser. Así también los griegos recibieron su propia experiencia de lo Divino, que configuró no solo su sociedad y su cultura, sino también la de todo el occidente.

La trinidad griega del poeta (ποιητής), el hombre de estado (πολιτικός) y el sabio (σοφός), encarna la más alta dirección de su cultura. En esta atmósfera, que se encuentra vinculada, por conocimiento esencial y aun por la más alta ley divina al servicio de la totalidad, se desarrolló el genio creador de los griegos hasta llegar a su plenitud educadora en la paideia, que como exponemos, tiene mucho que aportar a nuestra moderna civilización tecnocrática e individualista.

Perón, en 1974, con singular clarividencia dijo que la humanidad asistía a un desolador proceso: la disolución progresiva de los lazos espirituales entre los hombres. Agregaba que este catastrófico fenómeno debía su propulsión a la ideología egoísta e individualista, según la cual toda realización es posible sólo como desarrollo interno de una personalidad clausurada y enfrentada con otras en la lucha por el poder y el placer. Y concluía que este pensamiento solo había logrado aislar al hombre del hombre, a la familia de la Nación, a la Nación del mundo, poniendo a unos contra otros en una competencia ambiciosa y en una guerra absurda[15].

En el actual cambio de época, cuando nuestra cultura toda se halla constreñida a un nuevo examen de sus propios fundamentos, cuando es más necesario que nunca ampliar el horizonte espiritual que recree los vínculos entre los hombres y de los hombres con la naturaleza, se plantea de nuevo el problema, último y decisivo para nuestro propio destino, de la forma, el valor y la necesaria reivindicación de la cultura y la educación clásica.

No se trata de presentar artísticamente la cuestión bajo una luz idealizadora, sino de comprender el fenómeno imperecedero de la educación antigua y el ímpetu que la orientó a partir de su propia esencia espiritual y del movimiento histórico a que dio lugar retornando a las fuentes.

En suma, la recuperación del nexo entre: la vida sensible y la inteligible e invisible de la realidad y de la eternidad con el tiempo. La valorización del arraigo cósmico del hombre, su aptitud vital, su capacidad de asombro y de contemplar las realidades trascendentes, su equilibrio en el ocio y el trabajo, su audacia al afrontar instancias límites.

Surge así la posibilidad de extraer de estas enseñanzas un rumbo significante a nuestra propia cultura. En este sentido Juan Domingo Perón señaló: “es necesario comprender que la cultura europea ha fundado principios y valores de real resonancia espiritual a través de la ciencia, la filosofía y el arte. No podemos negar la riqueza de algunos de esos valores frente al materialismo de las grandes potencias, ni podemos dejar de admitir que, en alguna medida, han contribuido —en tanto perfilen principios universales— a definir nuestros valores nacionales. Pero es hora de comprender que ya ha pasado el momento de la síntesis, y debemos —sin cercenar nuestra herencia— consolidar una cultura nacional firme y proyectada al porvenir. Europa insinúa ya, en su cultura, las evidencias del crepúsculo de su proyecto histórico. Argentina comienza, por fin, a transitar el suyo. La gestación de nuestra cultura nacional resultará de una herencia tanto europea como específicamente americana, pues no hay cultura que se constituya desde la nada, pero deberá tomar centralmente en cuenta los valores que emanan de la historia específica e irreductible de nuestra patria.”[16]

En este cambio epocal, con la crisis civilizatoria que conlleva, quizás es hora de tomarse en serio el retorno a las fuentes clásicas para impulsar en nuestras sociedades la muy humana apertura a la trascendencia, a contemplar el misterio que habita la naturaleza y el vínculo sagrado que une a los hombres en la comunidad política.

 



[1] , Silvio J. Maresca, “Perón y la filosofía. Tres clases sobre las referencias filosóficas de Juan Perón”, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2007.

[2] Mons. Piero Coda "La mercantilización de la persona" consulta en línea el 6 de junio de 2022 en CCIC Centro Católico Internacional de Cooperación con la UNESCO, París, Francia.

[3] Carlos A. Disandro “Filología y Teología”. Homero, Sófocles, San Atanasio. Ediciones Horizontes de Gral. Buenos Aires. 1973, págs. 33 y 34.

[4] Papa Francisco, Palacio Presidencial de Atenas, Sábado, 4 de diciembre de 2021, Dicastero per la Comunicazione - Libreria Editrice Vaticana.

[5]  Walter F. Otto, “Los dioses de Grecia”, Ediciones Siruela, Traducción de Rodolfo Berge y Adolfo Murguía Zuriarrain, Madrid, 2003, pág. 23.

[6] W. Jaeger, “Paideia: los ideales de la cultura griega” Fondo de Cultura Económica de México, Decimoquinta reimpresión, 2001. Pág. 22 y siguientes.

[7] Giovanni Reale, “Paideia y Humanitas”, texto presentado en el Congreso Internacional Paideia e Humanitas, Roma, 2000. Traducción del italiano de María Luisa Ibañez y Palecha.

[8] Giovanni Reale, “Paideia y Humanitas”, texto presentado en el Congreso Internacional Paideia e Humanitas, Roma, 2000. Traducción del italiano de María Luisa Ibañez y Palecha.

[9] Giovanni Reale, “Paideia y Humanitas”, texto presentado en el Congreso Internacional Paideia e Humanitas, Roma, 2000. Traducción del italiano de María Luisa Ibañez y Palecha.

[10] Aristóteles, “Ética Nicomachea”, VIII 7, 1177b-1178 a (traducción de A. Plebe), Editorial Gredos, Madridad, 2000.

[11] Carlos A. Disandro “Filología y Teología”. Homero, Sófocles, San Atanasio. Ediciones Horizontes de Gral. Buenos Aires. 1973, págs. 17/18.

[12] Carlos A. Disandro “Filología y Teología”. Homero, Sófocles, San Atanasio. Ediciones Horizontes de Gral. Buenos Aires. 1973, págs. 19/22.

[13] Carlos A. Disandro “Filología y Teología”. Homero, Sófocles, San Atanasio. Ediciones Horizontes de Gral. Buenos Aires. 1973, págs. 34 y ss.

[14] Enrique Dussel, “Filosofías del Sur. Descolonización y Transmodernidad”, Edicionesakal, México, 2015, pág. 14.

[15] Juan Domingo Perón, “Modelo Argentino para el Proyecto Nacional”, Ediciones Realidad Política, Buenos Aires, pág. 78

[16] Juan Domingo Perón, Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, Ediciones Realidad Política, Buenos Aires, pág. 266.



[i] Abogado, Magister en Ciencias de la Legislación, docente e investigador universitario.