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miércoles, 1 de abril de 2020

La Economía, la codicia y Aristóteles.

LA ECONOMÍA, LA CODICIA Y ARISTÓTELES.

Por Juan Bautista González Saborido

 


No es ninguna novedad afirmar que la economía y la sociedad mundial están en crisis desde hace largo tiempo atrás.  Como evidencia de este desequilibrio, en los últimos años hemos sufrido crisis alimentarias, burbujas y derrumbe de los mercados financieros, contracción económica mundial, cierre de fronteras, desaceleración del comercio internacional, aislamiento social, crisis de la gobernanza mundial, guerra en Ucrania y Medio Oriente, crisis de liderazgos, crisis del multilateralismo, etc.

Estas crisis recurrentes, son una oportunidad para profundizar la discusión sobre los fundamentos del actual paradigma económico. Y, en ese marco, si se amplía el horizonte más allá de las simples apariencias inmediatas, se puede constatar que en el debate, se observa una continua referencia a temas clásicos, como el uso de la moneda y su relación con los bienes. Justamente son temas que fueron objeto de profundas observaciones por parte de Aristóteles –pensador griego del siglo IV a.c.- y que sin embargo, mantienen su plena validez y vigencia.

En efecto, Aristóteles no sólo fue el primero en afrontar el problema del uso y  de la producción de los bienes en relación al logro de una vida buena, digna del hombre, sino que introdujo los conceptos básicos, como los de economía, crematística, propiedad, moneda, intercambio, usura, etc. Sus reflexiones sobre el modo de relacionar esos conceptos siguen siendo claves para entender el sentido del consumo, el trabajo, el ocio y la propia finalidad y sentido de la vida humana.

En este trabajo, vamos a centrarnos principalmente en esa vinculación que existe entre la economía y la búsqueda de la felicidad, según la perspectiva de Aristóteles porque vislumbramos que es una de las claves para construir una economía con rostro humano. De esta forma, podremos comprender con mayor claridad la relación de medios y fines que existe entre una y otra. Relación, que se fue perdiendo en medio del auge del capitalismo financiero y su exacerbada búsqueda de la utilidad a cualquier precio. Esta situación de crisis recurrente, quizás, nos permita volver a considerar esta relación, como una cuestión central de nuestro modelo de vida.

La búsqueda de la felicidad es una característica común a todos los seres humanos. Todos buscamos la felicidad. Sin embargo, muchas veces lo  hacemos por caminos equivocados o bajo una confusión de lo que es realmente la felicidad; por ejemplo, pensando que podemos encontrar la felicidad en el mundo material, o en el consumo incesante de bienes o servicios u obteniendo dinero, éxito o admiración.

Pues bien, la filosofía, y recientemente la ciencia, coinciden en que la felicidad viene fundamentalmente de una vida llena de significado, de conexiones profundas con uno mismo y con las demás personas y espiritualmente plena.

A partir de esta idea de felicidad, nos parece apropiado rescatar el término griego de eudaimonía, término que nos remite a la importancia de conquistar una vida armónica, equilibrada y dotada de un significado profundo. Es decir, lo que también denominamos una vida llena de sentido. Aquello que los griegos creían venía del alma o del espíritu y que los vinculaba profundamente con la polis y con el cosmos.

La palabra eudaimonia está compuesta de eu (bueno) y daimon,  de donde viene nuestra palabra "demonio", pero que para los griegos significaba algo más parecido a espíritu. Este concepto fue especialmente importante para Aristóteles, quien lo ligó al más alto bien del ser humano y a ciertos bienes como la virtud (arete) y la sabiduría en su aspecto práctico (phronesis).

La virtud, ocupa un lugar muy importante en la ética aristotélica. Sin embargo, el mismo nos dice “que la virtud no es suficiente por si sola para la vida feliz, pues necesita de los bienes del cuerpo y de los externos”. En efecto, la vida plena, feliz, o buena, no consistía para Aristóteles sólo en ser prudente, justo, moderado: también requería bienes materiales. Por esta razón, Aristóteles concibe a la economía como el uso de esos bienes necesarios para la “vida buena” y lo relaciona con la justicia distributiva, es decir el reparto de cargas y de bienes entre los miembros de la “Polis”.

Dentro de la economía le puso un nombre a la actividad de fabricación y comercio de esos bienes necesarios para vida buena: la llamó “crematística”. Asimismo, sostuvo que la moneda, como instrumento que es, permitía, mediante el precio, establecer una comparación entre bienes diversos y, consiguientemente, facilitaba su intercambio. Por lo tanto, lo consideraba un instrumento útil.

Según Aristóteles, la economía como tal,  producía y utilizaba lo necesario para la vida buena. Para él, la producción e intercambio de bienes, no debía ser una actividad arbitraria, sino justa, pues  debía estar regida por la virtud de darle a cada uno lo que le corresponde.

Pero Aristóteles veía que también se podía usar mal de las riquezas. Por eso, pensó la posibilidad de que la crematística, habitualmente subordinada a la economía de la polis (es decir a la satisfacción de las necesidades materiales), deviniera autónoma y buscara no ya satisfacer la necesidad, sino enriquecerse ilimitadamente. Esta confusión proviene de considerar el medio –el dinero– como fin, lo que según él surge, a su vez, de un deseo exacerbado e ilimitado.

En base a esta posibilidad de confusión, la crematística podía clasificarse de la siguiente forma:

1.     Crematística natural: la venta de los bienes se realiza directamente entre el productor y el comprador al precio justo, donde no se forma un valor agregado al producto. Esta es aceptada por Aristóteles ya que no hay usura por parte del productor.

2.     Crematística antinatural: corresponde al comercio donde se le compra al productor para revender al consumidor por un precio mayor, formando valor agregado. Este valor agregado es rechazado por Aristóteles, pues considera que al realizarse el comercio de esta forma, el dinero pierde su sentido (que es el de un medio de intercambio y medida de valor) y a través del sobre precio se comete usura para acumular dinero. La acumulación de capital como fin en sí mismo fue mal vista por la sociedad de aquella época. 

Para Aristóteles, cuando en una sociedad se instalaba una mentalidad crematística ilimitada se desnaturalizaba finalmente todo. Oigámoslo de su propia voz: “Así ha surgido la segunda forma de crematística porque al perseguir el placer excesivo procuran también lo que pueda proporcionar ese placer y si no pueden procurárselo por medio de la crematística, es decir por medio del dinero, lo intentan por otro medio usando todas sus facultades de un modo antinatural; lo propio de la valentía no es producir dinero sino confianza, ni tampoco es lo propio de la estrategia ni de la medicina cuyos fines respectivos son la victoria y la salud. No obstante, algunos convierten en crematística todas las facultades como si el producir dinero fuera el fin de todas ellas y todo tuviera que encaminarse a ese fin”.

Aristóteles estaba convencido de que la acumulación de dinero, como un fin en sí mismo, era una actividad contra natura que deshumanizaba la vida. Es por ello que siguiendo el ejemplo de Platón condenaba toda actividad cuyo único propósito fuese exclusivamente la ganancia.

La crematística, en su segunda acepción, confunde el medio (dinero) con el fin, y lo busca de manera desmedida. La causa es lo que habitualmente denominamos codicia, que era considerada por los griegos como una enfermedad del alma.

Es decir, a pesar de que lo propio de la medicina es la salud, la medicina se convierte también en una forma de crematística; a pesar de que lo propio de la estrategia sea la victoria, también la guerra se convierte en un instrumento. Es decir, todo se tiñe de la intención de “producir dinero” (Política I, 9, 1258a 6-14).

La crematística antinatural puede entenderse como sinónimo de lo que el poeta romano Virgilio llamó en la “Eneida” auris sacra fames (maldita sed de oro), un deseo incontenible por acumular dinero a cualquier precio.

Parece ser una buena descripción de nuestros tiempos: el hacer dinero como fin de todas las actividades; y la vida del hombre subordinada a la acumulación de dinero, es decir a la crematística. Las consecuencias son muy bien conocidas, aumento permanente de las desigualdades sociales, un sector financiero hipertrofiado cada vez más divorciado de la economía real,  una crisis socio ambiental sin precedentes, que pone en peligro la supervivencia del planeta y del mismo hombre. 

Es por eso que resulta indispensable, en estos tiempos de crisis, especulación globalizada y codicia incontenida, recordar con la mayor frecuencia posible las palabras del Premio Nobel de Economía Amartya Sen.

“No hay ninguna justificación para disociar el estudio de la economía del de la ética y del de la filosofía. La economía puede hacerse más productiva prestando una atención mayor y más explícita a las condiciones éticas que conforman el comportamiento y el juicio humano”.

Pues bien, las sucesivas crisis que venimos padeciendo debieran interpelar a este paradigma que pone en primer lugar al dinero y que subordina la necesidad a la renta. Quizás sea una buena oportunidad para volver a los clásicos como Aristóteles y tener presente la reflexión de Amartya Sen para que la crematística vuelva a quedar subordinada a la economía y la economía a su vez, quede subordinada a la ética y a la consecución de la verdadera felicidad del hombre.

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