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lunes, 31 de agosto de 2020

Razón tecnológica y razón ampliada: La necesaria revisión del imperativo tecnológico para habitar un mundo más humano.


1.- Introducción:

En la encíclica  "Fides et Ratio" de Juan Pablo II[1] se postula, con singular lucidez, la necesidad de recuperar la armonía fundamental entre el conocimiento filosófico y el religioso que proviene de la fe. Ello debido a que la fe, lejos de ser irracional, requiere que su objeto sea comprendido con la ayuda de la razón y la razón, por su lado, en el punto límite de de su búsqueda, admite como necesario lo que la fe le presenta como verdadero.

El vínculo equilibrado entre la razón religiosa (la fe) y la razón filosófica y científica, es muy fecundo debido que se amplía el horizonte de conocimiento del hombre.  Igualmente conviene  aclarar, que la unidad y armonía entre la fe y la razón, de todos modos distinguía claramente sus diversos objetos y métodos sin confundirlos.

Sin embargo, a partir de la baja Edad Media la legítima distinción entre los dos saberes se transformó progresivamente en una infortunada separación. Debido al excesivo espíritu racionalista de algunos pensadores -especialmente a partir de la ilustración europea- se radicalizaron las posturas, llegándose de hecho a una filosofía y a unas ciencias separadas y absolutamente autónomas respecto a los contenidos de la fe. Es decir, que la razón religiosa y la secular marcharon por caminos separados.

En esa senda, lo cierto, es que el gran proyecto ilustrado de poner a la razón humana, como el logro supremo del hombre falló. Y falló –precisamente- porque  encorsetó a la razón en el molde propio de su condición humana, llena de límites, y la desvinculó de todo horizonte metafísico. Lejos de pensar con más amplitud, lo que se produjo fue una singular restricción de la inteligencia y del razonamiento en general. 

Asimismo, esta separación, en el ámbito de la investigación científica generó que paulatinamente se vaya imponiendo una mentalidad positivista. La misma, no sólo se fue alejando de cualquier referencia a la visión cristiana del mundo, sino que fue olvidando y despreciando toda relación con la visión metafísica y moral de la realidad. 

Una de las consecuencias de este proceso es el paulatino oscurecimiento del valor de la persona y de su dignidad intrínseca e inalienable. Este oscurecimiento llega al punto donde algunos científicos, carentes de toda referencia ética, dejan de poner en el centro de su interés a la persona y la globalidad de su vida. Es más, algunos de ellos, conscientes de las potencialidades inherentes al progreso técnico, parece que ceden, no sólo a la lógica del mercado, sino también a la tentación de un poder demiúrgico sobre la naturaleza y sobre el ser humano mismo[2].

Frente a esta realidad, resulta muy oportuno revisitar algunas de las reflexiones que realizaron Joseph Ratzinger y Jürgen Habermas[3] sobre el denominado "imperativo tecnológico" del paradigma vigente y discernir cuáles son sus profundas consecuencias y  peligros, pero fundamentalmente, de qué manera la humanidad puede resolver dichos desafíos.

2.- La autosuficiencia de la técnica y la necesidad de ampliar el horizonte de la razón:

La primera cuestión que abordaron es lo que se denomina la autosuficiencia de la técnica. Esto significa que frente al poder de la tecnología, el hombre ya no se pregunta el para qué de los incesantes adelantos, ni tampoco en qué modelo de sociedad se insertan los mismos. Por lo tanto, la autosuficiencia de la técnica, significa que el hombre ya no se pregunta por el sentido de la técnica, ni tampoco se cuestiona sus implicancias éticas.

Así pues, el fruto de la “autosuficiencia de la técnica” para Ratzinger, será que “el hombre se pregunta sólo por el cómo, en vez de considerar los porqués que lo impulsan a actuar”. De esta forma, se consolida una “mentalidad tecnicista, que hace coincidir la verdad con lo factible” lo cual conlleva a una mutilación de la realidad, reduciendo su misterio, su riqueza y su esplendor.  Para la mentalidad tecnicista lo que importa ya no es la satisfacción de aquello que los hombres llaman verdad, sino solamente la operación correcta y el procedimiento eficaz.

Ahora bien, más adelante Ratzinger sostiene que “el verdadero desarrollo no consiste principalmente en hacer. La clave del desarrollo está en una inteligencia capaz de entender la técnica y de captar el significado plenamente humano del quehacer del hombre, según el horizonte de sentido de la persona”. Esto significa que hay que volver a ubicar la técnica al servicio del hombre y de su desarrollo integral y no a la inversa. No vamos a poder encontrar el sentido de la técnica, si subordinamos la grandeza del hombre al mero desarrollo tecnológico. Por el contrario, la persona humana es y debe seguir siendo, el principio, el fundamento y el fin del ordenamiento político, social, económico y  tecnológico.

Luego de señalar el problema de la autosuficiencia de la técnica y la necesidad de captar el significado plenamente humano de la misma, Ratzinger plantea que para resolver el problema de “la autosuficiencia de la técnica”, no es posible refugiarse nostalgiosamente en un pasado que no vuelve. Esto sería una mera ilusión sin arraigo en la realidad.  Lo más razonable para él es reconocer "lo que tiene de positivo el desarrollo moderno del espíritu”, por lo que no merece la pena “retroceder o hacer una crítica negativa, sino ampliar nuestro concepto de razón y de su uso”. Vale decir, que lo que es verdaderamente relevante es recuperar el sentido de la trascendencia. Rescatar también un modo de habitar poético que por un lado esté abierto al misterio y, por el otro, que genere la capacidad de transfigurar la realidad con la palabra y de intuir la presencia del misterio de lo sagrado en la realidad.

3.- Importancia del dialogo profundo e intercultural frente al relativismo ético:

Además de ampliar el concepto de razón y de su uso en el sentido señalado, es también muy relevante el ejercicio del diálogo, de un dialogo profundo e intercultural. Sin embargo, no hay que confundir en dicho ejercicio el valor de la tolerancia y la amplitud de horizonte con el relativismo ético. Ratzinger tiene el convencimiento de que el relativismo ético, lejos de dejar abierto un apacible campo de diálogo social, sólo sirve de entrada a un individualismo egocéntrico en donde predominan los intereses subjetivos dominados por el deseo. De este modo triunfa el utilitarismo economicista, que es completamente incompatible tanto con la antropología cristiana como con una crítica lúcida al capitalismo como la que realiza Habermas. 

En efecto, en 2001 Habermas publicó un libro titulado "El futuro de la naturaleza humana. ¿Hacia una eugenesia liberal?", en el que se enfrentaba a los desafíos provocados por la arbitraria expansión de las biotecnologías. En el desarrollo ilimitado de las mismas, Habermas percibe una manifestación más de la colonización del mundo de la vida por imperativos sistémicos. En este caso, el imperativo sistémico sería el del dinero. En ese libro, Habermas llega a sostener que la posibilidad de modificar el genoma humano y la selección libre del patrimonio genético que la ciencia hace posible, tecnifica las relaciones interpersonales y pone en entredicho la auto comprensión de la especie humana. Una afirmación de enorme trascendencia e importancia.

En ese orden de ideas, un punto central de su preocupación es la posibilidad de sustitución tecnológica de lo “engendrado” a través de las relaciones humanas entre varón y mujer, por lo "manufacturado" en un laboratorio. Esto último le lleva a preocuparse seriamente por el futuro de la naturaleza humana. Más adelante, reflexionando sobre su ya mítico “Lebenswelt” (mundo de la vida), Habermas señala que “nuestro mundo vital está en cierto sentido constituido aristotélicamente” y recuerda la distinción del estagirita entre teoría, técnica y praxis.

Empero, en la modernidad las ciencias naturales pasaron de esa observación desinteresada, a realizar una intervención técnica, destinada a someter a una naturaleza “desalmada”, o “desencantada”, y desprovista de finalidad. Con la aclaración de que las consideraciones sobre la naturaleza, incluyen también a la naturaleza del ser humano. En consecuencia, en la Modernidad la praxis se tecnificó, presa de una “lógica de aplicación”, dominada por el utilitarismo, con una deriva que termina cuestionando la “función directiva de la praxis propia de la moral y el derecho.”[4].

Para comprender la cuestión de la técnica, desde la perspectiva habermasiana, es muy relevante la entrada en juego de la biotecnología y sus enormes posibilidades de manipulación del hombre. Esta entrada, genera la obligación de plantearse si habrá que comportarse “autónomamente”, con el apoyo tanto de consideraciones éticas personales como de una regulación pública de la biotecnología basada en “una democrática conformación de voluntad”, o si todo consistirá en actuar “arbitrariamente de acuerdo con preferencias subjetivas, que encuentran satisfacción en el mercado”. 

Esto significa que como la biotecnología tiene la posibilidad de "producir" seres humanos a la carta, el dilema es si se regula legislativamente dicha posibilidad, o si dejamos que la naturaleza humana se mercantilice y sea un bien más en el mercado. El dilema ética-mercantilismo queda así meridianamente expuesto, como así también la posibilidad de que el ser humano se transforme en una mercancía más que se compra y se vende en función de deseos, ahora convertidos en derechos subjetivos.

Para Ratzinger el hecho de que la razón secular (moderna) se confunda o se limite a la mera razón tecnológica o utilitaria implica que la "técnica" puede acabar entendiéndose como un instrumento “de la libertad absoluta, que desea prescindir de los límites inherentes a las cosas.”. En efecto, es tal el poder de la técnica que el hombre puede renunciar a reconocer un límite objetivo para su utilizaciónEllo lo lleva a Ratzinger a diagnosticar que “el peligro del mundo occidental” es que “se rinda ante la cuestión de la verdad: Y eso significa al mismo tiempo que la razón, al final, se doblega ante la presión de los intereses y ante el atractivo de la utilidad, y se ve forzada a reconocerla como criterio último”. Para Ratzinger, ética o mercado, a su modo, también están contrapuestos.

Frente a estos dilemas, Ratzinger no tiene la menor duda de que “escuchar las grandes experiencias y convicciones de las tradiciones religiosas de la humanidad, especialmente las de la fe cristiana, constituye una fuente de conocimiento; oponerse a ella sería una grave limitación de nuestra escucha y de nuestra respuesta”. De ahí que haya que mostrar “la valentía para abrirse a la amplitud de la razón, y no la negación de su grandeza”. Es decir, que es necesario que la razón religiosa y que la razón secular dialoguen y se complementen.

Y prosigue: “En la actualidad, la bioética es un campo prioritario y crucial en la lucha cultural entre el absolutismo de la técnica y la responsabilidad moral”. Nos encontramos ante “un ámbito muy delicado y decisivo, donde se plantea con toda su fuerza dramática la cuestión fundamental: si el hombre es un producto de sí mismo o si depende de Dios. Los descubrimientos científicos en este campo y las posibilidades de una intervención técnica han crecido tanto que parecen imponer la elección entre estos dos tipos de razón: una razón abierta a la trascendencia o una razón encerrada en la inmanencia”

4.- Conclusión:

Por lo tanto, para Ratzinger “la racionalidad del quehacer técnico centrada sólo en sí misma se revela como irracional, porque comporta un rechazo firme del sentido y del valor”. Atraída por el puro quehacer técnico, la razón sin la fe se ve avocada a perderse en la ilusión de su propia omnipotencia y por su parte, "la fe sin la razón corre el riesgo de alejarse de la vida concreta de las personas”. En consecuencia, concluye que “la sabiduría de las grandes tradiciones religiosas” es “una realidad que no se puede impunemente tirar a la papelera de la historia de las ideas”.

Por estos motivos, Ratzinger, devenido en el Papa Benedicto XVI el 11 de mayo de 2010 en pleno vuelo hacia Lisboa, frente a periodistas señaló: “una cultura europea, que fuera únicamente racionalista no tendría la dimensión religiosa trascendente, no estaría en condiciones de entablar un diálogo con las grandes culturas de la humanidad, que tienen todas ellas esta dimensión religiosa trascendente, que es una dimensión del ser humano. Por tanto, pensar que hay sólo una razón pura, antihistórica, y que ésta sería la razón, es un error”.

Que un Papa afirme todo esto no puede sorprender a nadie, pero el propio Habermas no tendrá tampoco nada que objetar; muy al contrario: se cuestionará si es “la ciencia moderna una práctica que puede explicarse completamente por sí misma” y, sobre todo, si “determina performativamente la medida de todo lo verdadero y todo lo falso”, o si “puede más bien entenderse como resultado de una historia de la razón que incluye de manera esencial las religiones mundiales”.

Una de las conclusiones que podemos sacar de estos diálogos tan importantes y con tanta vigencia, es que: frente a un paradigma tecno científico cuestionado debido a la pandemia del coronavirus, se hace necesario reafirmar la necesaria complementariedad entre razón y fe. Esta complementariedad en palabras de San Juan Pablo II significa que: “… se ayudan mutuamente, ejerciendo recíprocamente una función tanto de examen crítico y purificador, como de estímulo para progresar en la búsqueda y en la profundización”.[5]

Este dialogo, realizado con honestidad, es lo que permitirá que tengamos una razón ampliada que reconozca la grandeza de la apertura a la trascendencia y que nos permita dialogar con las grandes religiones y tradiciones de la humanidad. Un camino cada vez más necesario para revisar críticamente la complejidad del actual paradigma tecno-económico que ha causado una crisis socio ambiental sin precedentes y que también pone en peligro la supervivencia de la humanidad misma.





[1] Juan Pablo II, Carta Encíclica “Fides et Ratio”, 14 de septiembre de 1998, consulta en línea con fecha 8 de abril de 2023 en: https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html

 [2] Juan Pablo II, Fides et Ratio, 14 de septiembre de 1998, nº 46-48, consulta en línea con fecha 8 de abril de 2023 en: https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html

[3] Joseph Ratzinger y Jürgen Habermas, Dialéctica de la secularización, Ed. Encuentro, Madrid, 2006. En italiano tiene otro título: Ragione e fede in dialogo, Marsilio / I libri di Reset, Venezia, 2005.

[4] Ollero Tassara, Andrés “La crítica de la razón tecnológica. Benedicto XVI y Habermas, un paralelismo sotenido” 6 de junio de 2010, consulta en línea  con fecha 1 de mayo de 20212, en https://www.bioeticaweb.com/la-crastica-de-la-razasn-tecnolasgica-benedicto-xvi-y-habermas-un-paralelismo-sostenido/

[5] Juan Pablo II, Fides et Ratio, n° 100 consulta en línea el 23 de abril de 2021 en http://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html

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