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sábado, 18 de abril de 2026

La cuestión social clave: Dignidad del trabajo, Doctrina Social de la Iglesia e Inteligencia Artificial

 

Abstract: La dignidad del trabajo ocupa un lugar central en la reflexión social de la Iglesia y ofrece criterios especialmente relevantes para países como Argentina, que enfrentan simultáneamente desigualdad estructural y una acelerada transformación tecnológica. La irrupción de la Inteligencia Artificial (IA) reabre preguntas clásicas: ¿qué lugar ocupa el trabajo en la vida humana?, ¿hasta dónde puede la técnica reconfigurar el empleo sin dañar la dignidad de la persona?, ¿cómo debe organizarse la economía para que la innovación no se traduzca en descarte de trabajadores?¿Cómo pensar un proyecto nacional donde el trabajo sea el principal organizador social?

La Doctrina Social de la Iglesia (DSI) no ofrece recetas técnicas, pero sí una visión antropológica y ética que permite evaluar los procesos en curso y orientar políticas públicas, decisiones empresariales y prácticas sindicales. Desde Rerum novarum hasta Laudato si’ y Fratelli tutti, la Iglesia insiste en que el trabajo es “clave de la cuestión social” y que la técnica, lejos de ser neutral, debe ser discernida a la luz de la dignidad humana y del bien común (Juan Pablo II, 1981; Benedicto XVI, 2009; Francisco, 2015, 2020).

1. El trabajo como valor social y su concepción en la Doctrina Social de la Iglesia

El trabajo es una actividad verdaderamente singular en el hombre, a tal punto que lo distingue del resto de las criaturas. En efecto, solamente el hombre es capaz de trabajar, solamente él puede hacerlo y llenar con el trabajo su existencia sobre la tierra. De este modo el trabajo lleva en sí un signo particular del hombre y de la humanidad. Este signo determina su característica interior y constituye en cierto sentido su misma naturaleza.

Lo expuesto significa que el trabajo tiene una indudable dimensión subjetiva que, precisamente, está constituida por el hombre que trabaja. Dicha dimensión le confiere al trabajo su peculiar dignidad, que impide considerarlo como una simple mercancía o un elemento impersonal de la organización productiva. El trabajo, independientemente de su mayor o menor valor objetivo, es expresión esencial de la persona.

Por ello, cualquier forma de materialismo y de economicismo que intente reducir el trabajador a un mero instrumento de producción, a simple fuerza de trabajo, a mero recurso humano, acabaría por desnaturalizar irremediablemente la esencia del trabajo, privándolo de su finalidad más noble y profundamente humana.

El hombre, trabajando con empeño y competencia, actualiza sus capacidades naturales, honra los dones de la creación y desarrolla los talentos recibidos. Mediante el trabajo, la persona  procura su sustento y el de su familia y además, sirve a la comunidad humana. El valor primordial del trabajo pertenece al hombre mismo, que es su autor y su destinatario. De ahí que se pueda afirmar que el trabajo es para el hombre y no el hombre para el trabajo.

Estos conceptos recién expuestos son importantes y en gran medida surgen de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI). De hecho, la DSI nace, en buena medida, como respuesta a la “cuestión obrera” en el capitalismo industrial del siglo XIX. Efectivamente, en Rerum novarum (1891), León XIII denuncia la explotación de trabajadores sometidos a jornadas extenuantes, salarios de subsistencia y ausencia de protección, y afirma que el trabajo no puede ser tratado como una mercancía más, sino como expresión de una persona dotada de dignidad inalienable (León XIII, 1891). La encíclica defiende el derecho a un salario justo, al descanso, a la asociación sindical y a la intervención del Estado para corregir las injusticias del mercado.

Pío XI desarrolla esta línea en Quadragesimo anno (1931), criticando tanto los excesos del liberalismo como del socialismo y proponiendo un orden económico y social que reconozca la función social de la propiedad, el papel de los cuerpos intermedios y la necesidad de un orden cooperativo donde trabajo y capital dialoguen en instituciones comunes (Pío XI, 1931). Juan XXIII, en Mater et magistra (1961), y Pablo VI, en Populorum progressio (1967), amplían la perspectiva al plano internacional: el trabajo se vincula a la “cuestión del desarrollo”, y las asimetrías entre países se leen como prolongación de la injusticia laboral a escala global.

La gran síntesis sobre el trabajo llega con Laborem exercens (1981), de Juan Pablo II. Allí se afirma que el trabajo es una “dimensión fundamental de la existencia humana”, por la cual el hombre se realiza como sujeto, transforma el mundo y participa en la obra creadora de Dios (Juan Pablo II, 1981, nn. 4–6). Esta afirmación tiene varias consecuencias:

  • la primacía del trabajo sobre el capital y la técnica, porque el sujeto es el trabajador, no las cosas, ni los sistemas productivos, ni el ánimo de lucro;
  • la exigencia de un trabajo que no solo sea “empleo” sino tarea digna, que permita sostener a la familia, desarrollar talentos y contribuir al bien común;
  • la denuncia de toda forma de organización económica que trate al trabajador como instrumento o mero costo.

Benedicto XVI retoma y actualiza esta visión en Caritas in veritate (2009), al señalar que el trabajo sigue siendo “clave de la cuestión social” en el contexto de la globalización y la revolución tecnológica (Benedicto XVI, 2009, n. 63). La encíclica insiste en que las nuevas formas de organización del trabajo –flexibilización, movilidad, teletrabajo– deben evaluarse según su capacidad para sostener vínculos, estabilidad razonable y participación en la vida social. También subraya que la técnica es “un hecho profundamente humano”, ligado a la libertad y la responsabilidad, y que puede mejorar la vida o degradarla según el uso que se haga de ella (Benedicto XVI, 2009, n. 69).

Francisco, en Laudato si’ (2015), introduce con fuerza la dimensión ecológica y cultural del trabajo. El papa destaca que “estamos llamados al trabajo” y advierte que “no debe buscarse que el progreso tecnológico reemplace cada vez más el trabajo humano, con lo cual la humanidad se dañaría a sí misma” (Francisco, 2015, n. 128). La crítica no se dirige a la técnica en sí, sino a la lógica “tecnocrática” que la absolutiza y la pone al servicio del beneficio, sin considerar el impacto sobre las personas, las comunidades y la casa común. En Fratelli tutti (2020), Francisco vincula el derecho al trabajo con la “dignidad de vivir” y con la construcción de sociedades abiertas, solidarias y fraternas (Francisco, 2020, nn. 110–127).

En síntesis, la DSI entiende el trabajo como:

  • dimensión constitutiva de la persona;
  • medio de subsistencia y de participación en la sociedad;
  • espacio de santificación y cooperación con Dios;
  • eje de la justicia social y del desarrollo humano integral.

Cualquier transformación tecnológica que ignore estos elementos corre el riesgo de aumentar la “cultura del descarte” y profundizar la crisis civilizatoria que el propio Papa Francisco denuncia en su magisterio.

2. IA, trabajo y riesgo de descarte

La Inteligencia Artificial se ha instalado en los últimos años como uno de los grandes vectores de cambio en el mundo del trabajo. En Argentina, como en otros países, se observa una adopción creciente de sistemas de IA en sectores como finanzas, comercio, logística, servicios profesionales y administración pública, al tiempo que se popularizan herramientas de IA generativa utilizadas por trabajadores del conocimiento, docentes, periodistas y desarrolladores (Diario Z, 2025; Libre Entre Ríos, 2025).

Las oportunidades son evidentes: automatización de tareas repetitivas y peligrosas, mejora de procesos, nuevos nichos de empleo en la economía del conocimiento, aumento potencial de productividad. Pero también lo son los riesgos:

  • desplazamiento de trabajadores en tareas administrativas, atención al cliente y producción estandarizada;
  • precarización a través de plataformas digitales que fragmentan la relación laboral;
  • ampliación de brechas entre empresas que invierten en IA y sectores que quedan rezagados;
  • concentración de poder en quienes controlan datos, algoritmos y capital tecnológico (UCEMA, 2023; Diario Z, 2025).

La DSI ofrece una clave para leer este escenario: la técnica no es neutral. Benedicto XVI advertía que la técnica expresa la libertad y la creatividad humanas, pero puede convertirse en “poder ideológico” cuando se emancipa de la ética y se subordina solo a la rentabilidad (Benedicto XVI, 2009, nn. 70–72). Francisco retoma esta idea y formula una contundente crítica tanto al paradigma científico tecnológico como a las formas de poder que derivan del mismo y lanzó la invitación a buscar otros modos de entender la economía y el progreso.

Cuestiona que se tienda a creer  ingenuamente que todo incremento del poder constituye sin más un progreso, un aumento de seguridad, de utilidad, de bienestar, de energía vital, de plenitud de los valores, como si la realidad, el bien y la verdad brotaran espontáneamente del mismo poder tecnológico y económico.

Agrega, por su parte, que el hombre moderno no está preparado para utilizar el poder con acierto, porque el inmenso crecimiento tecnológico no estuvo acompañado de un desarrollo del ser humano en responsabilidad, valores y conciencia y critica que el “paradigma tecnocrático” reduzca la realidad a objeto manipulable y tienda a instrumentalizar tanto la naturaleza como a las personas (Francisco, 2015, nn. 106–114).

Aplicado a la IA, esto significa que el problema no es el algoritmo en sí, sino el modelo de sociedad que lo orienta. La automatización puede liberar tiempo para actividades creativas, cuidados y participación cívica, o puede producir masas de descartados sin empleo, expuestos a la pobreza y la exclusión. La IA puede ayudar a identificar necesidades sociales y planificar políticas públicas más eficaces, o consolidar sistemas de vigilancia, scoring laboral y discriminación algorítmica.

La DSI plantea una pregunta básica: ¿quién se beneficia y quién queda afuera cuando se introduce IA en un sistema productivo? Si los beneficios se concentran en el capital y las pérdidas se socializan vía desempleo y precarización, la “primacía del trabajo sobre el capital” proclamada por Laborem exercens está siendo vulnerada (Juan Pablo II, 1981, n. 13).

3. Criterios desde la DSI para una IA “amiga del trabajo”

A partir de las encíclicas recientes, pueden extraerse al menos cuatro criterios para orientar la IA en clave de dignidad laboral:

  1. Centralidad de la persona y del trabajo: La IA debe ponerse al servicio de la persona y de su desarrollo integral, no del reemplazo indiscriminado de trabajadores. Francisco es explícito: “no debe buscarse que el progreso tecnológico reemplace cada vez más el trabajo humano, con lo cual la humanidad se dañaría a sí misma” (Francisco, 2015, n. 128). Esto exige evaluar los proyectos de automatización no solo en términos de eficiencia, sino en términos de impacto humano.
  2. Destino universal de los bienes y reparto de la productividad
    El aumento de productividad que la IA genera debe beneficiar a todos, no solo a los accionistas o a las empresas tecnológicas. Caritas in veritate recuerda que el desarrollo auténtico implica compartir beneficios y ampliar capacidades, especialmente de los más vulnerables (Benedicto XVI, 2009, nn. 21–22, 63). Esto se puede traducir en políticas de reducción de jornada sin recorte salarial, participación en ganancias, fondos de reconversión laboral y fortalecimiento de la protección social.
  3. Solidaridad y subsidiariedad en la gobernanza de la tecnología
    El diseño y la implementación de IA en el trabajo no deberían ser decisiones unilaterales de las empresas. La DSI insiste en el rol de los cuerpos intermedios y la participación de trabajadores y comunidades (Pontificio Consejo Justicia y Paz, 2004). Esto implica incluir a sindicatos, asociaciones profesionales y universidades en espacios tripartitos que discutan estándares, regulaciones y límites éticos de la IA en el empleo.
  4. Cuidado de la casa común y de los vínculos sociales
    Laudato si’ subraya que el trabajo bien entendido integra al ser humano con la naturaleza y con los otros, mientras que el trabajo precario o alienado rompe vínculos y daña el tejido social (Francisco, 2015, nn. 124–129). La IA debe ser evaluada también por su impacto en las comunidades: ¿fortalece redes locales, oficios, saberes, o los destruye y desarraiga?

Para un país como Argentina, estos criterios pueden traducirse en:

  • marcos legales que aseguren transparencia algorítmica, protección de datos de los trabajadores y responsabilidad de las empresas frente a sesgos y daños;
  • políticas activas de formación continua, especialmente para jóvenes y trabajadores de sectores en riesgo de automatización;
  • incentivos a modelos productivos que combinen tecnología con cooperativismo, economía social y proyectos de arraigo territorial;
  • actualización del diálogo social para incorporar explícitamente la IA en la negociación colectiva.

En suma, es fundamental fortalecer una doctrina humanista del trabajo en tanto construye la existencia profunda del hombre y lo liga solidariamente a una sociedad donde los frutos de dicho esfuerzo permiten consolidar junto a los del resto de sus compatriotas,  los bienes de la Nación.

Asimismo, el trabajo constituye la mejor forma de integrarse en la comunidad política. Y esa es la razón por la cual, el trabajo es un derecho y es un deber, no solo porque es justo que cada uno produzca por lo menos lo que consume, sino porque trabajar dignifica a la persona del trabajador y es la actividad que le permite contribuir al bien común de la patria.

Por tanto, el trabajo no es una mera tarea de producción, sino que constituye un valor social que no debe ser sustituido indiscriminadamente por la tecnología. Cuando se enuncia que el trabajo dignifica, eso significa que las personas que trabajan encuentren lazos de pertenencia con una condición “positiva” de enorme contenido simbólico porque es el motor para la realización moral de las personas, de las familias y de la Nación.

4. Conclusión: entre la esperanza y la advertencia

La DSI no es tecnofóbica; la reconoce como fruto de la creatividad humana y valora su capacidad para aliviar el sufrimiento y mejorar la vida. Pero advierte que, sin una brújula ética, la técnica se vuelve poder que domina, excluye y destruye. La IA es, en este sentido, una prueba decisiva: puede ser instrumento de una nueva ola de descarte laboral o pieza clave de una reorganización del trabajo más humana, solidaria y sostenible.

Desde una perspectiva de política pública y considerando especialmente el futuro de nuestra nación como un proyecto a realizarse en forma colectiva, el trabajo debe ser el principal organizador social. Por el contrario,  la falta de trabajo debe considerarse como un potente factor de desorganización social. Asimismo, el recurso a subsidiar la falta de trabajo en forma permanente, vía un ingreso básico universal, va en contra de la dignidad de la persona y es abiertamente contrario al bien común y a los intereses más sagrados de nuestra Nación.

En tanto personas estamos llamados al trabajo desde nuestra creación. Como sociedad no debemos buscar que el progreso tecnológico reemplace el trabajo humano y que nos reduzca exclusivamente a la dimensión de consumidores. De consentir esta situación, la humanidad se dañaría a sí misma. El trabajo es una necesidad, parte del sentido de la vida en esta tierra, camino de maduración, de desarrollo humano y de realización personal.

La Doctrina Social de la Iglesia, desde Rerum novarum hasta Fratelli tutti, ofrece una imagen exigente y esperanzadora: una sociedad donde cada persona pueda acceder a un trabajo digno, creativo, socialmente útil y ecológicamente responsable. Hacer que la IA se ponga al servicio de ese horizonte y de un proyecto nacional fundado en el trabajo, es una tarea que interpela al Estado, a empresas y a trabajadores. Pero también a comunidades de fe, universidades y centros de pensamiento. La dignidad del trabajo no es un dato garantizado; es una construcción histórica que hoy, frente a la IA, necesita ser defendida, repensada y recreada.

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