Abstract: La dignidad del trabajo ocupa un lugar
central en la reflexión social de la Iglesia y ofrece criterios especialmente
relevantes para países como Argentina, que enfrentan simultáneamente
desigualdad estructural y una acelerada transformación tecnológica. La
irrupción de la Inteligencia Artificial (IA) reabre preguntas clásicas: ¿qué
lugar ocupa el trabajo en la vida humana?, ¿hasta dónde puede la técnica
reconfigurar el empleo sin dañar la dignidad de la persona?, ¿cómo debe
organizarse la economía para que la innovación no se traduzca en descarte de
trabajadores?¿Cómo pensar un proyecto nacional donde el trabajo sea el
principal organizador social?
La Doctrina Social de la Iglesia
(DSI) no ofrece recetas técnicas, pero sí una visión antropológica y ética que
permite evaluar los procesos en curso y orientar políticas públicas, decisiones
empresariales y prácticas sindicales. Desde Rerum novarum hasta Laudato
si’ y Fratelli tutti, la
Iglesia insiste en que el trabajo es “clave de la cuestión social” y que la
técnica, lejos de ser neutral, debe ser discernida a la luz de la dignidad
humana y del bien común (Juan Pablo II, 1981; Benedicto XVI, 2009; Francisco,
2015, 2020).
1. El trabajo como valor social y
su concepción en la Doctrina Social de la Iglesia
El trabajo es una actividad verdaderamente singular
en el hombre, a tal punto que lo distingue del resto de las criaturas. En
efecto, solamente el hombre es capaz de trabajar, solamente él puede hacerlo y
llenar con el trabajo su existencia sobre la tierra. De este modo el trabajo
lleva en sí un signo particular del hombre y de la humanidad. Este signo
determina su característica interior y constituye en cierto sentido su misma
naturaleza.
Lo expuesto significa que el trabajo tiene una
indudable dimensión subjetiva que, precisamente, está constituida por el hombre
que trabaja. Dicha dimensión le confiere al trabajo su peculiar dignidad, que
impide considerarlo como una simple mercancía o un elemento impersonal de la
organización productiva. El trabajo, independientemente de su mayor
o menor valor objetivo, es expresión esencial de la persona.
Por ello, cualquier forma de materialismo y de
economicismo que intente reducir el trabajador a un mero instrumento de
producción, a simple fuerza de trabajo, a mero recurso humano, acabaría por
desnaturalizar irremediablemente la esencia del trabajo, privándolo de su
finalidad más noble y profundamente humana.
El hombre, trabajando con empeño y competencia,
actualiza sus capacidades naturales, honra los dones de la creación y
desarrolla los talentos recibidos. Mediante el trabajo, la
persona procura su sustento y el de su familia y además, sirve a la
comunidad humana. El valor primordial del trabajo pertenece al hombre mismo,
que es su autor y su destinatario. De ahí que se pueda afirmar que el trabajo
es para el hombre y no el hombre para el trabajo.
Estos conceptos recién expuestos son importantes y
en gran medida surgen de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI). De hecho, la
DSI nace, en buena medida, como respuesta a la “cuestión obrera” en el
capitalismo industrial del siglo XIX. Efectivamente, en Rerum novarum
(1891), León XIII denuncia la explotación de trabajadores sometidos a jornadas
extenuantes, salarios de subsistencia y ausencia de protección, y afirma que el
trabajo no puede ser tratado como una mercancía más, sino como expresión de una
persona dotada de dignidad inalienable (León XIII, 1891). La encíclica defiende
el derecho a un salario justo, al descanso, a la asociación sindical y a la
intervención del Estado para corregir las injusticias del mercado.
Pío XI desarrolla esta línea en Quadragesimo
anno (1931), criticando tanto los excesos del liberalismo como del
socialismo y proponiendo un orden económico y social que reconozca la función
social de la propiedad, el papel de los cuerpos intermedios y la necesidad de
un orden cooperativo donde trabajo y capital dialoguen en instituciones comunes
(Pío XI, 1931). Juan XXIII, en Mater et magistra (1961), y Pablo VI, en Populorum
progressio (1967), amplían la perspectiva al plano internacional: el
trabajo se vincula a la “cuestión del desarrollo”, y las asimetrías entre
países se leen como prolongación de la injusticia laboral a escala global.
La gran síntesis sobre el trabajo llega con Laborem
exercens (1981), de Juan Pablo II. Allí se afirma que el trabajo es una
“dimensión fundamental de la existencia humana”, por la cual el hombre se
realiza como sujeto, transforma el mundo y participa en la obra creadora de
Dios (Juan Pablo II, 1981, nn. 4–6). Esta afirmación tiene varias
consecuencias:
- la primacía
del trabajo sobre el capital y la técnica, porque el sujeto es el
trabajador, no las cosas, ni los sistemas productivos, ni el ánimo de
lucro;
- la
exigencia de un trabajo que no solo sea “empleo” sino tarea digna, que
permita sostener a la familia, desarrollar talentos y contribuir al bien
común;
- la
denuncia de toda forma de organización económica que trate al trabajador
como instrumento o mero costo.
Benedicto XVI retoma y actualiza esta visión en Caritas
in veritate (2009), al señalar que el trabajo sigue siendo “clave de la
cuestión social” en el contexto de la globalización y la revolución tecnológica
(Benedicto XVI, 2009, n. 63). La encíclica insiste en que las nuevas formas de
organización del trabajo –flexibilización, movilidad, teletrabajo– deben
evaluarse según su capacidad para sostener vínculos, estabilidad razonable y
participación en la vida social. También subraya que la técnica es “un hecho
profundamente humano”, ligado a la libertad y la responsabilidad, y que puede
mejorar la vida o degradarla según el uso que se haga de ella (Benedicto XVI,
2009, n. 69).
Francisco, en Laudato si’ (2015), introduce
con fuerza la dimensión ecológica y cultural del trabajo. El papa destaca que
“estamos llamados al trabajo” y advierte que “no debe buscarse que el progreso
tecnológico reemplace cada vez más el trabajo humano, con lo cual la humanidad
se dañaría a sí misma” (Francisco, 2015, n. 128). La crítica no se dirige a la
técnica en sí, sino a la lógica “tecnocrática” que la absolutiza y la pone al
servicio del beneficio, sin considerar el impacto sobre las personas, las
comunidades y la casa común. En Fratelli tutti (2020), Francisco vincula
el derecho al trabajo con la “dignidad de vivir” y con la construcción de
sociedades abiertas, solidarias y fraternas (Francisco, 2020, nn. 110–127).
En síntesis, la DSI entiende el trabajo como:
- dimensión
constitutiva de la persona;
- medio
de subsistencia y de participación en la sociedad;
- espacio
de santificación y cooperación con Dios;
- eje
de la justicia social y del desarrollo humano integral.
Cualquier transformación tecnológica que ignore
estos elementos corre el riesgo de aumentar la “cultura del descarte” y
profundizar la crisis civilizatoria que el propio Papa Francisco denuncia en su
magisterio.
2. IA, trabajo y riesgo de
descarte
La Inteligencia Artificial se ha instalado en los
últimos años como uno de los grandes vectores de cambio en el mundo del
trabajo. En Argentina, como en otros países, se observa una adopción creciente
de sistemas de IA en sectores como finanzas, comercio, logística, servicios
profesionales y administración pública, al tiempo que se popularizan
herramientas de IA generativa utilizadas por trabajadores del conocimiento,
docentes, periodistas y desarrolladores (Diario Z, 2025; Libre Entre Ríos,
2025).
Las oportunidades son evidentes: automatización de
tareas repetitivas y peligrosas, mejora de procesos, nuevos nichos de empleo en
la economía del conocimiento, aumento potencial de productividad. Pero también
lo son los riesgos:
- desplazamiento
de trabajadores en tareas administrativas, atención al cliente y
producción estandarizada;
- precarización
a través de plataformas digitales que fragmentan la relación laboral;
- ampliación
de brechas entre empresas que invierten en IA y sectores que quedan
rezagados;
- concentración
de poder en quienes controlan datos, algoritmos y capital tecnológico
(UCEMA, 2023; Diario Z, 2025).
La DSI ofrece una clave para leer este escenario:
la técnica no es neutral. Benedicto XVI advertía que la técnica expresa
la libertad y la creatividad humanas, pero puede convertirse en “poder
ideológico” cuando se emancipa de la ética y se subordina solo a la
rentabilidad (Benedicto XVI, 2009, nn. 70–72). Francisco retoma esta idea y formula
una contundente crítica tanto al paradigma científico tecnológico como a las
formas de poder que derivan del mismo y lanzó la invitación a buscar otros
modos de entender la economía y el progreso.
Cuestiona que se tienda a creer ingenuamente
que todo incremento del poder constituye sin más un progreso, un aumento de
seguridad, de utilidad, de bienestar, de energía vital, de plenitud de los
valores, como si la realidad, el bien y la verdad brotaran espontáneamente del
mismo poder tecnológico y económico.
Agrega, por su parte, que el hombre moderno no está
preparado para utilizar el poder con acierto, porque el inmenso crecimiento
tecnológico no estuvo acompañado de un desarrollo del ser humano en
responsabilidad, valores y conciencia y critica que el “paradigma tecnocrático”
reduzca la realidad a objeto manipulable y tienda a instrumentalizar tanto la
naturaleza como a las personas (Francisco, 2015, nn. 106–114).
Aplicado a la IA, esto significa que el problema no
es el algoritmo en sí, sino el modelo de sociedad que lo orienta. La
automatización puede liberar tiempo para actividades creativas, cuidados y
participación cívica, o puede producir masas de descartados sin empleo,
expuestos a la pobreza y la exclusión. La IA puede ayudar a identificar necesidades
sociales y planificar políticas públicas más eficaces, o consolidar sistemas de
vigilancia, scoring laboral y discriminación algorítmica.
La DSI plantea una pregunta básica: ¿quién se
beneficia y quién queda afuera cuando se introduce IA en un sistema productivo?
Si los beneficios se concentran en el capital y las pérdidas se socializan vía
desempleo y precarización, la “primacía del trabajo sobre el capital”
proclamada por Laborem exercens está siendo vulnerada (Juan Pablo II,
1981, n. 13).
3. Criterios desde la DSI para
una IA “amiga del trabajo”
A partir de las encíclicas recientes, pueden
extraerse al menos cuatro criterios para orientar la IA en clave de dignidad
laboral:
- Centralidad
de la persona y del trabajo: La IA debe ponerse al servicio de la persona
y de su desarrollo integral, no del reemplazo indiscriminado de
trabajadores. Francisco es explícito: “no debe buscarse que el progreso
tecnológico reemplace cada vez más el trabajo humano, con lo cual la
humanidad se dañaría a sí misma” (Francisco, 2015, n. 128). Esto exige
evaluar los proyectos de automatización no solo en términos de eficiencia,
sino en términos de impacto humano.
- Destino
universal de los bienes y reparto de la productividad
El aumento de productividad que la IA genera debe beneficiar a todos, no solo a los accionistas o a las empresas tecnológicas. Caritas in veritate recuerda que el desarrollo auténtico implica compartir beneficios y ampliar capacidades, especialmente de los más vulnerables (Benedicto XVI, 2009, nn. 21–22, 63). Esto se puede traducir en políticas de reducción de jornada sin recorte salarial, participación en ganancias, fondos de reconversión laboral y fortalecimiento de la protección social. - Solidaridad
y subsidiariedad en la gobernanza de la tecnología
El diseño y la implementación de IA en el trabajo no deberían ser decisiones unilaterales de las empresas. La DSI insiste en el rol de los cuerpos intermedios y la participación de trabajadores y comunidades (Pontificio Consejo Justicia y Paz, 2004). Esto implica incluir a sindicatos, asociaciones profesionales y universidades en espacios tripartitos que discutan estándares, regulaciones y límites éticos de la IA en el empleo. - Cuidado
de la casa común y de los vínculos sociales
Laudato si’ subraya que el trabajo bien entendido integra al ser humano con la naturaleza y con los otros, mientras que el trabajo precario o alienado rompe vínculos y daña el tejido social (Francisco, 2015, nn. 124–129). La IA debe ser evaluada también por su impacto en las comunidades: ¿fortalece redes locales, oficios, saberes, o los destruye y desarraiga?
Para un país como Argentina, estos criterios pueden
traducirse en:
- marcos
legales que aseguren transparencia algorítmica, protección de datos de los
trabajadores y responsabilidad de las empresas frente a sesgos y daños;
- políticas
activas de formación continua, especialmente para jóvenes y trabajadores
de sectores en riesgo de automatización;
- incentivos
a modelos productivos que combinen tecnología con cooperativismo, economía
social y proyectos de arraigo territorial;
- actualización
del diálogo social para incorporar explícitamente la IA en la negociación
colectiva.
En suma, es fundamental fortalecer una doctrina humanista
del trabajo en tanto construye la existencia profunda del hombre y lo liga
solidariamente a una sociedad donde los frutos de dicho esfuerzo permiten
consolidar junto a los del resto de sus compatriotas, los bienes de la Nación.
Asimismo, el trabajo constituye la mejor forma de
integrarse en la comunidad política. Y esa es la razón por la cual, el trabajo
es un derecho y es un deber, no solo porque es justo que cada uno produzca por
lo menos lo que consume, sino porque trabajar dignifica a la persona del
trabajador y es la actividad que le permite contribuir al bien común de la
patria.
Por tanto, el trabajo no es una mera tarea de
producción, sino que constituye un valor social que no debe ser sustituido
indiscriminadamente por la tecnología. Cuando se enuncia que el trabajo
dignifica, eso significa que las personas que trabajan encuentren lazos de
pertenencia con una condición “positiva” de enorme contenido simbólico porque
es el motor para la realización moral de las personas, de las familias y de la
Nación.
4. Conclusión: entre la esperanza
y la advertencia
La DSI no es tecnofóbica; la reconoce como fruto de
la creatividad humana y valora su capacidad para aliviar el sufrimiento y
mejorar la vida. Pero advierte que, sin una brújula ética, la técnica se vuelve
poder que domina, excluye y destruye. La IA es, en este sentido, una prueba
decisiva: puede ser instrumento de una nueva ola de descarte laboral o pieza
clave de una reorganización del trabajo más humana, solidaria y sostenible.
Desde una perspectiva de política pública y considerando
especialmente el futuro de nuestra nación como un proyecto a realizarse en
forma colectiva, el trabajo debe ser el principal organizador social. Por el
contrario, la falta de trabajo debe considerarse como un potente factor
de desorganización social. Asimismo, el recurso a subsidiar la falta de trabajo
en forma permanente, vía un ingreso básico universal, va en contra de la
dignidad de la persona y es abiertamente contrario al bien común y a los
intereses más sagrados de nuestra Nación.
En tanto personas estamos llamados al trabajo desde
nuestra creación. Como sociedad no debemos buscar que el progreso tecnológico
reemplace el trabajo humano y que nos reduzca exclusivamente a la dimensión de
consumidores. De consentir esta situación, la humanidad se dañaría a sí misma.
El trabajo es una necesidad, parte del sentido de la vida en esta tierra,
camino de maduración, de desarrollo humano y de realización personal.
La Doctrina Social de la Iglesia, desde Rerum
novarum hasta Fratelli tutti, ofrece una imagen exigente y
esperanzadora: una sociedad donde cada persona pueda acceder a un trabajo
digno, creativo, socialmente útil y ecológicamente responsable. Hacer que la IA
se ponga al servicio de ese horizonte y de un proyecto nacional fundado en el
trabajo, es una tarea que interpela al Estado, a empresas y a trabajadores. Pero
también a comunidades de fe, universidades y centros de pensamiento. La
dignidad del trabajo no es un dato garantizado; es una construcción histórica
que hoy, frente a la IA, necesita ser defendida, repensada y recreada.
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