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jueves, 30 de abril de 2026

John O´Malley: La Palabra como Puente y la Vigencia de la Eloquentia Perfecta en la Encrucijada del aceleracionismo.

 

Recientemente, estudiando sobre la cultura clásica política y la ratio studiorum jesuita, di con la figura de John O’Malley. Un sacerdote jesuita, especializado en historia de la Iglesia, pero que también investigó sobre los métodos educativos de la Compañía de Jesús a lo largo de su historia. A partir de dichos estudios, a mi criterio, logró decodificar el núcleo y la esencia de la pedagogía jesuita.

En efecto, su obra no fue simplemente un ejercicio de historiografía eclesiástica; sino que, al desplazarse hacia la historia cultural, nos hizo redescubrir que la fuerza creativa de la Compañía de Jesús no residía en su militancia evangélica (como soldados de la contrarreforma), sino en su estudio y dominio de la retórica clásica. O’Malley nos enseñó que la eloquentia perfecta —esa capacidad de decir exactamente lo que se quiere decir con gracia y fuerza persuasiva— no es un adorno estético, sino una filosofía de vida, una escuela de virtud para la formación del carácter y una herramienta de liderazgo cívico fundamental para el bien común.

En su obra, es muy interesante enfocarse en la tensión que O’Malley exploró entre la escolástica medieval y el humanismo renacentista. Entre la lógica abstracta y las letras que conmueven el ánimo hacia la verdad y la virtud. Esa tensión, de modo análogo, sigue vibrando hoy en nuestras aulas.

Veamos. Por un lado, tenemos el "espíritu geométrico" de la educación moderna: una búsqueda de verdades abstractas, especialización técnica y un rigor lógico que, aunque necesario, a menudo resulta árido y despegado de la realidad humana. Por otro lado, emerge el ideal de la vita activa —la vida cívica comprometida— inspirada en Isócrates, Cicerón y Quintiliano. Los jesuitas, a través de la Ratio Studiorum de 1599, lograron una síntesis integradora que hoy debemos recuperar: utilizar el rigor intelectual (segunda escolástica) que busca la verdad como cimiento para una palabra elocuente que sea capaz de "mover" el corazón hacia la virtud y la acción social.

O'Malley advirtió con lucidez en sus últimas reflexiones antes de fallecer en el 2022, el peligro de que la actual formación universitaria se transforme en una "torre de marfil" académica. Es lo que sucede cuando los programas de estudio de grado y de posgrado a menudo entrenan a los futuros profesores para priorizar la investigación especializada y la publicación de “papers académicos” —el camino para "progresar" en el sistema— en detrimento del compromiso comunitario.

Sin desmerecer esa importante labor académica lo que se advertía era un desequilibrio que generaba el descuido por la formación integral de los estudiantes y la falta de compromiso cívico con el bien común. Frente a dicha fragmentación, la propuesta de los "cinco ganchos" de O’Malley para revitalizar las humanidades actúa como un antídoto necesario.

Esos “cinco ganchos” se pueden sintetizar de la siguiente manera:

1.    "La mosca en la botella": Utilizando una metáfora de Ludwig Wittgenstein, O'Malley propone que la educación humanística debe ayudar al estudiante a escapar de los límites de sus propias presunciones y experiencias limitadas. Al exponerlos a diversas culturas y pensamientos del pasado, se busca que el estudiante cuestione sus "zonas de confort" y aprenda a preguntar sobre el significado profundo de la vida, más allá de su mera profesión.

2.    Herencia y Perspectiva: Este punto subraya la importancia de la historia. Entender de dónde venimos es esencial para comprender quiénes somos hoy. La educación debe proporcionar un enriquecimiento cultural que permita a los estudiantes apreciar las expresiones más sofisticadas del espíritu humano a través del tiempo.

3.    "No nacemos solo para nosotros mismos": Retomando a Cicerón y conectándolo con el llamado del Padre Arrupe a formar "hombres y mujeres para los demás", este gancho enfatiza el imperativo moral de la retórica. La elocuencia no debe usarse para el avance personal cínico, sino para el beneficio de los demás y el bien común.

4.    Eloquentia Perfecta: Definida como la habilidad inmediata de decir exactamente lo que se quiere decir con gracia y fuerza persuasiva. O'Malley argumenta que esta es la habilidad fundamental para el liderazgo en cualquier campo, incluso más valiosa en el mercado que las habilidades técnicas puras, ya que permite influir y guiar a otros hacia causas valiosas.

5.    El "espíritu de finura": Citando a Henri Marrou, O'Malley distingue entre el "espíritu geométrico" de la lógica absoluta y la sutileza necesaria para las interacciones humanas. La literatura enseña a navegar las ambigüedades y los "nudos" de la vida, cultivando la prudencia, que es una versión secular del discernimiento ignaciano: la capacidad de tomar decisiones sabias en situaciones de incertidumbre.

En el contexto actual, la eloquentia perfecta emerge como un baluarte crítico frente al avance del aceleracionismo de Silicon Valley y la creciente dataificación de la experiencia humana. Mientras que la lógica de los algoritmos y el big data pretenden reducir la complejidad de la existencia a patrones predictivos y métricas de eficiencia, el ideal que recupera O’Malley nos recuerda que la palabra humana posee una profundidad que escapa a la codificación binaria.

Frente a una tecnocracia que prioriza la velocidad del procesamiento sobre la densidad del sentido, tanto el "espíritu de finura" jesuítico, como la prudencia se presentan como los antídotos necesarios: una invitación a la pausa, al discernimiento y a la comunicación compasiva que no busca simplemente transmitir información, sino construir comunidad.

En un mundo donde la humanidad corre el riesgo de ser tratada como un mero conjunto de datos, recuperar la retórica clásica es un acto de resistencia a la deshumanización; es reafirmar que el juicio prudente y la capacidad de conmover al otro son facultades irreductibles que deben dirigir el progreso tecnológico hacia un propósito genuinamente humano y ético

En conclusión, la vigencia del pensamiento de O’Malley reside en su llamado a retomar la formación del carácter como cuestión esencial y a cultivar el "espíritu de finura": esa prudencia o discernimiento que nos permite navegar las ambigüedades y oscuridades de la vida humana. Recuperar a los clásicos no es un ejercicio de nostalgia; es una necesidad urgente para formar ciudadanos que no sean meros tecnócratas, sino líderes capaces de unir el pensamiento, con la palabra y con la acción en la búsqueda del bien común. La universidad debe volver a ser el espacio donde la verdad lógica y el conocimiento técnico se encuentren con la elocuencia para transformar, finalmente, el saber en una acción moral efectiva en el mundo. 

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