Recientemente, estudiando
sobre la cultura clásica política y la ratio studiorum jesuita, di con la
figura de John O’Malley. Un sacerdote jesuita, especializado en historia de la
Iglesia, pero que también investigó sobre los métodos educativos de la Compañía
de Jesús a lo largo de su historia. A partir de dichos estudios, a mi criterio,
logró decodificar el núcleo y la esencia de la pedagogía jesuita.
En efecto, su obra no fue
simplemente un ejercicio de historiografía eclesiástica; sino que, al
desplazarse hacia la historia cultural, nos hizo redescubrir que la fuerza
creativa de la Compañía de Jesús no residía en su militancia evangélica (como
soldados de la contrarreforma), sino en su estudio y dominio de la retórica
clásica. O’Malley nos enseñó que la eloquentia perfecta —esa capacidad
de decir exactamente lo que se quiere decir con gracia y fuerza persuasiva— no es
un adorno estético, sino una filosofía de vida, una escuela de virtud para la
formación del carácter y una herramienta de liderazgo cívico fundamental para
el bien común.
En su obra, es muy
interesante enfocarse en la tensión que O’Malley exploró entre la escolástica
medieval y el humanismo renacentista. Entre la lógica abstracta y las letras
que conmueven el ánimo hacia la verdad y la virtud. Esa tensión, de modo
análogo, sigue vibrando hoy en nuestras aulas.
Veamos. Por un lado, tenemos el
"espíritu geométrico" de la educación moderna: una búsqueda de
verdades abstractas, especialización técnica y un rigor lógico que, aunque
necesario, a menudo resulta árido y despegado de la realidad humana. Por otro
lado, emerge el ideal de la vita activa —la vida cívica comprometida—
inspirada en Isócrates, Cicerón y Quintiliano. Los jesuitas, a través de la Ratio
Studiorum de 1599, lograron una síntesis integradora que hoy debemos
recuperar: utilizar el rigor intelectual (segunda escolástica) que busca la
verdad como cimiento para una palabra elocuente que sea capaz de
"mover" el corazón hacia la virtud y la acción social.
O'Malley advirtió con lucidez
en sus últimas reflexiones antes de fallecer en el 2022, el peligro de que la
actual formación universitaria se transforme en una "torre de marfil"
académica. Es lo que sucede cuando los programas de estudio de grado y de
posgrado a menudo entrenan a los futuros profesores para priorizar la
investigación especializada y la publicación de “papers académicos” —el camino
para "progresar" en el sistema— en detrimento del compromiso
comunitario.
Sin desmerecer esa importante
labor académica lo que se advertía era un desequilibrio que generaba el
descuido por la formación integral de los estudiantes y la falta de compromiso
cívico con el bien común. Frente a dicha fragmentación, la propuesta de los
"cinco ganchos" de O’Malley para revitalizar las humanidades actúa
como un antídoto necesario.
Esos “cinco ganchos” se
pueden sintetizar de la siguiente manera:
1.
"La mosca en la botella":
Utilizando una metáfora de Ludwig Wittgenstein, O'Malley propone que la
educación humanística debe ayudar al estudiante a escapar de los límites de sus
propias presunciones y experiencias limitadas. Al exponerlos a diversas
culturas y pensamientos del pasado, se busca que el estudiante cuestione sus
"zonas de confort" y aprenda a preguntar sobre el significado
profundo de la vida, más allá de su mera profesión.
2.
Herencia y Perspectiva:
Este punto subraya la importancia de la historia. Entender de dónde venimos es
esencial para comprender quiénes somos hoy. La educación debe proporcionar un
enriquecimiento cultural que permita a los estudiantes apreciar las expresiones
más sofisticadas del espíritu humano a través del tiempo.
3.
"No nacemos solo para nosotros
mismos": Retomando a Cicerón y conectándolo con el
llamado del Padre Arrupe a formar "hombres y mujeres para los demás",
este gancho enfatiza el imperativo moral de la retórica. La elocuencia no debe
usarse para el avance personal cínico, sino para el beneficio de los demás y el
bien común.
4.
Eloquentia Perfecta:
Definida como la habilidad inmediata de decir exactamente lo que se quiere
decir con gracia y fuerza persuasiva. O'Malley argumenta que esta es la
habilidad fundamental para el liderazgo en cualquier campo, incluso más valiosa
en el mercado que las habilidades técnicas puras, ya que permite influir y
guiar a otros hacia causas valiosas.
5.
El "espíritu de finura":
Citando a Henri Marrou, O'Malley distingue entre el "espíritu
geométrico" de la lógica absoluta y la sutileza necesaria para las
interacciones humanas. La literatura enseña a navegar las ambigüedades y los
"nudos" de la vida, cultivando la prudencia, que es una versión
secular del discernimiento ignaciano: la capacidad de tomar decisiones sabias
en situaciones de incertidumbre.
En el contexto actual, la eloquentia
perfecta emerge como un baluarte crítico frente al avance del
aceleracionismo de Silicon Valley y la creciente dataificación de la
experiencia humana. Mientras que la lógica de los algoritmos y el big data
pretenden reducir la complejidad de la existencia a patrones predictivos y
métricas de eficiencia, el ideal que recupera O’Malley nos recuerda que la
palabra humana posee una profundidad que escapa a la codificación binaria.
Frente a una tecnocracia que
prioriza la velocidad del procesamiento sobre la densidad del sentido, tanto el
"espíritu de finura" jesuítico, como la prudencia se presentan como los
antídotos necesarios: una invitación a la pausa, al discernimiento y a la
comunicación compasiva que no busca simplemente transmitir información, sino
construir comunidad.
En un mundo donde la
humanidad corre el riesgo de ser tratada como un mero conjunto de datos,
recuperar la retórica clásica es un acto de resistencia a la deshumanización;
es reafirmar que el juicio prudente y la capacidad de conmover al otro son
facultades irreductibles que deben dirigir el progreso tecnológico hacia un
propósito genuinamente humano y ético
En conclusión, la vigencia
del pensamiento de O’Malley reside en su llamado a retomar la formación del
carácter como cuestión esencial y a cultivar el "espíritu de finura":
esa prudencia o discernimiento que nos permite navegar las ambigüedades y
oscuridades de la vida humana. Recuperar a los clásicos no es un ejercicio de
nostalgia; es una necesidad urgente para formar ciudadanos que no sean meros
tecnócratas, sino líderes capaces de unir el pensamiento, con la palabra y con
la acción en la búsqueda del bien común. La universidad debe volver a ser el
espacio donde la verdad lógica y el conocimiento técnico se encuentren con la elocuencia para transformar,
finalmente, el saber en una acción moral efectiva en el mundo.
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