Buscar este blog

Mostrando entradas con la etiqueta #RatioStudiorum #Retorica #BaltasarGracian #Isocrates #Aristoteles. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta #RatioStudiorum #Retorica #BaltasarGracian #Isocrates #Aristoteles. Mostrar todas las entradas

lunes, 15 de junio de 2026

“La ilusión de la técnica: Por qué los algoritmos no reemplazan a los estadistas”

 


por Juan Bautista González Saborido

¿Qué mundo es el que se está configurando a raíz de la aceleración del desarrollo de la inteligencia artificial? Podemos afirmar que estamos frente a un cambio de época, pero todavía desconocemos la orientación y la magnitud de las transformaciones que estamos experimentando. Es un tema que desvela a intelectuales, políticos y líderes sociales, pero sobre el cual todavía no hay certezas. No obstante, sí es posible describir algunas características que se van a dar en el corto plazo, en un mundo cada vez más complejo. 

Esta realidad está instalando en la agenda pública y en los grandes debates sociales algunas cuestiones fundamentales: cómo pensar la sociedad de aquí en más; cómo va a ser el mundo de la producción y el trabajo; qué tipo de Estado necesitamos para ello y cómo planteamos, desde nuestra realidad de país semiperiférico, el futuro civilizatorio al borde del colapso. 

En este entorno que parece correr más rápido que nuestra capacidad de comprenderlo, la praxis política superficial suele oscilar entre dos extremos igualmente estériles: la gestión puramente técnica de los algoritmos o el espasmo simplificador de las redes sociales. Vivimos atrapados en lo que el Papa Francisco denomina la “rapidación”, un aceleracionismo tecnológico y cultural que no solo fagocita nuestro tiempo, sino que atrofia la memoria y empobrece el lenguaje. Sin memoria y sin palabras, la política se degrada en pura emoción o en una agudización del conflicto de suma cero. 

Hace unos años, el filósofo Daniel Innerarity nos advertía que nos adentrábamos en un entorno irreversiblemente complejo y pluriárquico —donde el poder está disperso entre múltiples actores locales, nacionales y transnacionales—. Hoy esta advertencia cobra mayor relieve frente a la indudable arquitectura de poder que surge de la inteligencia artificial y de sus diseñadores: las Big Tech de Silicon Valley. 

En ese escenario, los desafíos exigen, inevitablemente, una dosis altísima de cooperación, deliberación e innovación. Sin embargo, la respuesta inmediata de gran parte de la dirigencia frente a la incertidumbre ha sido la simplificación torpe: refugiarse en el binario de "buenos contra malos", exacerbar la competencia y alimentar la espiral viciosa de la polarización con objetivos puramente electoralistas. 

Frente a esta política sin vuelo que no tolera la heterogeneidad del mundo, cabe hacernos la pregunta: ¿Es la hora de los estadistas? Y si es así, ¿dónde se forman? 

Paradójicamente, para responder a los desafíos del futuro no necesitamos apurarnos; necesitamos recuperar a los grandes autores del pasado. La crisis contemporánea no es un problema de conectividad o de falta de datos: es una crisis antropológica y moral. Por eso, la verdadera alternativa radical frente a la lógica del tuit y del algoritmo no está en un manual moderno de coaching, sino en recuperar la tríada clásica: buen decir, buen pensar y buen obrar. 

1. El "Buen Decir": La palabra como pedagogía y límite al algoritmo

El aceleracionismo actual nos hace creer que nos falta comunicación, pero el problema real es que abunda la palabra irresponsable e irreflexiva. Carecemos de educación política y la palabra se utiliza sin prudencia. 

Ya en el siglo IV a.C., en una Atenas sacudida por crisis internas y amenazas externas, Isócrates entendió que el Logos no era mera cosmética o técnica de persuasión, sino la herramienta para construir un futuro compartido para las polis griegas y un reflejo del pensamiento ético. Para él, la deliberación pública era el verdadero método educativo: discutir con argumentos entrena tanto al pueblo como a sus dirigentes y determina el camino a seguir. 

Esta idea, que se mantuvo durante siglos, cobra nueva vigencia con el modelo de la Eloquentia Perfecta, recuperado por la tradición de la Ratio Studiorum jesuítica y analizado con maestría por el historiador John O’Malley. La elocuencia perfecta es la habilidad de decir exactamente lo que se quiere decir, con gracia y fuerza persuasiva, pero con un imperativo moral: no se usa para el beneficio personal cínico, sino para el bien común. 

Frente a la dataificación de la existencia, que pretende reducir la complejidad humana a métricas de eficiencia y patrones predictivos, la palabra humana y dialogada posee una profundidad y una perspectiva de largo plazo que escapa a cualquier codificación binaria. 

2. El "Buen Pensar": La Prudencia frente a la ilusión técnica

Uno de los grandes errores del presentismo tecnológico es creer que la inteligencia técnica y especializada puede reemplazar a la política. Podemos diseñar algoritmos sumamente sofisticados y, al mismo tiempo, tomar decisiones políticas notablemente imprudentes. 

Como nos enseñó Aristóteles, la comunidad política existe para alcanzar "la vida buena" y el florecimiento humano integral, no simplemente para la supervivencia económica o el control de métricas. Para guiar a la comunidad hacia ese bien compartido, el gobernante no necesita tecnocracia; necesita phronesis (prudencia): la capacidad práctica de deliberar rectamente sobre lo que conviene hacer "aquí y ahora" en contextos concretos, muchas veces dominados por la incertidumbre. La prudencia exige tiempo, memoria y experiencia; atributos que la inmediatez de las redes destruye. 

Esta necesidad de agudeza intelectual para navegar la inestabilidad fue brillantemente diseccionada en el Siglo de Oro español. En un imperio transoceánico acosado por la crisis y las intrigas cortesanas, Baltasar Gracián escribió en su Oráculo manual y arte de la prudencia una guía para descifrar la realidad más allá de las apariencias. 

La prudencia graciana exige desarrollar el "espíritu de finura" —ese concepto rescatado por la tradición humanista para describir la sutileza necesaria en las interacciones humanas, capaz de doblar los nudos de la vida sin romperlos—. El líder prudente sabe medir los tiempos, los silencios y las alianzas; tiene la grandeza interior para no ser "sólo fachada" y la fortaleza para no deponer las armas ante la adversidad. 

3. El "Buen Obrar": Límites, ejemplaridad y visión estratégica

Es necesario repetir una verdad conocida, pero muchas veces olvidada: un estadista no se define por su capacidad de ganar una elección, sino por su carácter y su búsqueda de la justicia. Cicerón, el gran orador-estadista que asistió a la crisis terminal de la República romana frente al peligroso ascenso de los personalismos autocráticos, planteaba que el líder debía ser un vir bonus (un hombre bueno) que uniera sabiduría filosófica y deber moral. La elocuencia sin virtud es, simplemente, un arma peligrosa. 

Cuando la política pierde su eje moral, degenera y se deslegitima. El realismo de Tácito nos dejó una lucidez implacable para advertir cómo el poder se corrompe a través de los vicios y la simulación de los gobernantes. Por otra parte, los pensadores de la Escuela de Salamanca, como Francisco de Vitoria o Francisco Suárez, recordaron con fuerza orgánica que el poder político se funda en el consentimiento de la comunidad y encuentra su límite infranqueable en la dignidad humana y el derecho natural. Si el gobernante destruye el bien común, la comunidad tiene el derecho legítimo de resistirlo. 

Finalmente, Diego de Saavedra Fajardo nos dejó en sus cien empresas una advertencia imperecedera contra la soberbia y la improvisación de los liderazgos que se agotan en la coyuntura: "Sobre las piedras de las leyes, no de la voluntad, se funda la verdadera política". El gobernante serio debe estar dotado de memoria histórica y de una perspectiva de largo plazo que le permita ver la rosa entre las espinas de las dificultades. 

4. Conclusión: Salir de la botella

El historiador jesuita John O’Malley solía usar la metáfora de "la mosca en la botella" para explicar el sentido profundo de la educación humanística y el contacto con los clásicos. Aquel que solo lee la realidad desde sus ideas preconcebidas, sus urgencias profesionales o el bombardeo de las redes sociales, está atrapado en las paredes de vidrio de su propio presentismo. 

La pluriarquía y la complejidad del mundo actual no se van a resolver con liderazgos que dividen el mapa entre buenos y malos para cosechar un puñado de interacciones digitales. Resolver el colapso sistémico y la desconfianza institucional requiere de un ejercicio colectivo de comprensión dialógica, de humildad y de acuerdos fundamentales. 

Bajo esta perspectiva, los clásicos políticos no son una pieza de museo para la nostalgia: son herramientas vivas para forjar la conducción que demanda nuestra época de incertidumbre. Nos sacan de la cadena infinita de estímulos para devolvernos a la gran conversación humana: ¿cómo vivir juntos y cómo se debe gobernar? Es hora de dejar los cursos exprés de liderazgo y volver a fundar escuelas de formación profunda, capaces de esculpir líderes con la hondura ética, la lucidez intelectual y el carácter necesarios para ser, verdaderamente, los estadistas que nuestro tiempo reclama.