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viernes, 30 de octubre de 2026

El eclipse del espacio interior y los Dioses Huidos: Una genealogía de la mentalidad técnica.


 
La cuestión de la Inteligencia Artificial no puede analizarse al margen del paradigma científico-tecnológico, ni de la pregunta esencial sobre el lugar de la técnica en vida humana. Acá existe una discusión muy profunda que se viene dando desde principios del siglo XX antes de la primera guerra mundial, en el período de entreguerras y después de la segunda guerra mundial; creo que es un debate determinante para el rumbo de la humanidad que vale la pena conocer a fondo. 

Para comprender la raíz de esta suerte de automatización existencial que presenciamos, no basta con revisar los últimos códigos de programación. Es necesario desandar el camino. Este escrito es simplemente un esbozo, una invitación a recorrer una línea invisible, pero firme: aquella que parte de la sensibilidad de un poeta, se detiene en la interpretación del filósofo más influyente del siglo pasado sobre ese poeta, y culmina en las advertencias más recientes del pensamiento humanista y magisterial.

1. El diagnóstico de Rilke: El eclipse de lo invisible

A principios del siglo XX, en las vísperas de una revolución tecnológica que pronto mostraría su rostro más oscuro en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, una inquietud espiritual recorrió a Europa. Escritores como Franz Kafka intuyeron que el vertiginoso desarrollo material traía consigo una contrapartida trágica: la dilución y el agotamiento de las energías espirituales de la humanidad.

Este cansancio del alma dejó el paso libre a una caída en las formas de convivencia social y política. Su nombre más amable terminó siendo el de la burocracia, una abstracción que encubría el dominio de cúpulas impersonales —élites, plutocracias o tecnocracias— desvinculadas de la vida común, difíciles de detectar y remover, que usufructuaban el nuevo poder tecnológico, económico y cultural en provecho propio.

En medio de este desierto, el poeta austríaco Rainer María Rilke manifestó en sus obras cumbre, como las Elegías de Duino y los Sonetos a Orfeo, un profundo malestar metafísico. Para Rilke, el ser humano moderno había comenzado a perder la huella de los "dioses huidos", es decir, la capacidad de percibir lo sagrado en lo cotidiano. Su poesía diagnosticó un estado de riesgo existencial absoluto: una tragedia íntima donde el hombre ya no era capaz de experimentar el Ser en su totalidad, habiendo intercambiado la hondura de la existencia por el control utilitario.

Para Rilke, el Ser no es una abstracción conceptual, sino una corriente unificada y desbordante de vida que incluye tanto lo visible como lo invisible, la vida y la muerte, lo humano y lo divino. Sostenía que la misión fundamental del hombre es la transformación de lo visible en invisible. Las cosas del mundo sensible —una casa, una fuente, un almendro en flor— son efímeras. El ser humano tiene el deber de "salvarlas" a través de la contemplación íntima y el lenguaje poético, introduciéndolas en su espacio interior (Weltinnenraum). Al dotar a la materia de un significado espiritual, la vuelve eterna, uniendo el acá y el allá en un plano vital y misterioso.

La salvación, en consecuencia, se encuentra en un cambio de conciencia, en recuperar el arte y la poesía entendidos como un acto místico de conexión con la eternidad. El poeta es aquel que se atreve a mantener la apertura del corazón para seguir escuchando el aliento invisible del mundo, evocando la serena actitud de los almendros en flor:

«Almendros en flor: la única tarea que podemos
realizar aquí es la de reconocernos, sin el menor
resto de duda, en la manifestación de lo terrenal.
Os contemplo infinitamente asombrado, dichosos en vuestra actitud.
En vuestro efímero ornato sois portadores de un sentido eterno.
Ay, quién supiera florecer como vosotros: para este, su corazón se
encontraría por encima de todos los pequeños peligros;
en el grande estaría sereno.»

El gran garante de esta metamorfosis rilkiana es el Ángel de las Elegías: una criatura (quizás literaria) en la cual esa transformación de lo visible en invisible ya está plenamente realizada, ofreciéndose como testimonio de que lo Invisible representa el nivel más elevado de la realidad.

Bajo esta luz, la técnica (Technik) no es simplemente el conjunto de las máquinas o los inventos de la industria. Es una disposición mental ante la existencia: la voluntad del ser humano de erigirse como un sujeto absoluto que convierte a todo lo creado en un mero objeto de consumo, cálculo y explotación. Es el imperio del "querer técnico", una imposición violenta sobre la naturaleza. En una famosa carta de 1925 a su traductor Witold Hulewicz, Rilke se lamentaba amargamente de cómo las cosas verdaderas —aquellas que habían recibido el cuidado de generaciones— estaban siendo sustituidas por mercancías vacías provenientes de la estandarización americana: «Cosas animadas, cosas vividas, cosas que admiten nuestro secreto, están en decadencia y ya no pueden ser reemplazadas. De América nos llegan cosas vacías, indiferentes, cosas que aparentan ser cosas, simulacros de vida».

Para Rilke, este querer técnico opera como un velo que ciega al ser humano frente a la auténtica realidad por tres razones:

1.     Reduce la cosa a un objeto sustituible: Un árbol integrado en el paisaje tiene un ser propio; el árbol talado por la técnica es solo "madera de reserva". Al volverse todo intercambiable, se anula la posibilidad de crear un lazo íntimo con el mundo, sumiéndonos en un profundo empobrecimiento espiritual.

2.  Destruye la muerte como parte de la vida: La técnica busca el confort, el goce y la prolongación artificial de la existencia, ocultando la muerte y lo terrible. Al esconder el final, se esconde la mitad de la vida, volviéndonos incapaces de experimentar la verdadera alegría o el auténtico asombro.

3.    Sustituye la transformación por la producción: La técnica exige fabricar de forma externa en lugar de transformar internamente. En lugar de que el alma actúe como el órgano que redime a la tierra haciéndola invisible, la mente técnica satura el mundo de objetos materiales pesados, opacos y ruidosos que bloquean la comunicación con lo sagrado.

 En este vacío, la angustia se dispara y, como previó el poeta en unos versos proféticos de 1901, hasta la misma materia se rebela: el metal de las máquinas siente la "añoranza" de volver a las profundidades pacíficas de las montañas, cansado de servir a una voluntad humana desalmada que solo genera degradación.

2. Heidegger y la penuria de la cuadrícula mental

Décadas más tarde, el filósofo alemán Martin Heidegger recogería el testigo de este diagnóstico, identificando la era moderna como una "época de penuria" espiritual. Heidegger coincide con Rilke en que el ser humano ha olvidado el sentido del Ser —la maravilla de que las cosas simplemente existan— para pasar a ver el mundo como un mero inventario de recursos listos para ser explotados.

Para explicar esta deriva, Heidegger acude al concepto rilkiano de "Lo Abierto" (Das Offene), ese estado en el que los animales viven y fluyen con la naturaleza sin juzgarla ni intentar controlarla. El hombre moderno ha perdido la capacidad de habitar en Lo Abierto. La mentalidad tecnológica nos impone una cuadrícula mental donde todo lo que miramos es procesado por un "cálculo intencional". Si la mente técnica mira un río, no ve su belleza invisible, ve "energía hidroeléctrica de reserva"; si mira un bosque, ve "madera". El peligro de la técnica no reside en los aparatos, sino en esta obsesión humana de dominarlo todo de manera egoísta.

Llevando la queja de Rilke sobre las "cosas vacías" a un plano estrictamente ontológico, Heidegger plantea un contraste revelador: una mesa hecha a mano por un carpintero "reúne" al bosque, al oficio, al tiempo y a las familias que comerán en ella; tiene alma y una dimensión invisible. En cambio, una mesa de plástico fabricada en masa por la industria técnica es un objeto indiferente y desechable. Al llenar nuestro entorno de objetos vacíos, nosotros mismos nos volvemos vacíos, perdiendo nuestra patria espiritual e incapacitándonos para echar raíces.

Aquí se produce la gran inversión del riesgo existencial. Por naturaleza, la vida es arriesgada. Rilke decía que la flor o el almendro se arriesgan al florecer en el frío, pero lo hacen con la serenidad de quien confía en el flujo eterno del mundo. El ser humano moderno, a través de la técnica, intenta eliminar todo riesgo: pretende controlar el clima, el envejecimiento, la incertidumbre y la muerte. Sin embargo, Heidegger advierte que, al intentar suprimir el riesgo físico, caemos en el verdadero riesgo existencial: quedar atrapados para siempre en una existencia superficial y artificial, completamente desconectados de la verdad del Ser.

¿Cuál es la salida? Al igual que el poeta, el filósofo no propone destruir las máquinas ni recluirse en una caverna. La solución es un cambio profundo en la forma de mirar y escuchar. Heidegger afirma que «los poetas son los que salvan en tiempos de penuria». Y en esta categoría entramos todos los seres humanos cuando decidimos dejar de explotar el objeto para obtener una ganancia. El poeta es quien simplemente contempla la realidad, la celebra y, mediante la palabra, rescata su dimensión invisible, transfigurándola. La poesía es el antídoto definitivo contra la técnica porque nos enseña a "habitar poéticamente el mundo": a vivir en la tierra cuidando las cosas y percibiendo su misterio, en lugar de dominarlas.

3. El magisterio eclesial ante el reduccionismo tecno-económico

Benedicto XVI: la autosuficiencia de la técnica y la necesidad de ampliar la razón

Este proceso de desanclaje ontológico y la consecuente pérdida del sentido del Ser encuentran un correlato preciso en el pensamiento teológico contemporáneo. El creciente avance de la ciencia y su formidable capacidad para controlar la naturaleza a través de los dispositivos modernos no se han dado en el vacío; con frecuencia, han ido acompañados por una correspondiente "retirada" de la filosofía, de la religión e incluso de la fe cristiana. No es una coincidencia que diversos pensadores identifiquen en este despliegue tecnológico una de las principales raíces de la secularización y el materialismo de masas. Para Benedicto XVI, sin embargo, el verdadero peligro de nuestra época no reside en los instrumentos técnicos en sí mismos, sino en la instauración de un «espíritu técnico»: una ideología tecnocrática que se asume como el único criterio de verdad.

Cuando la técnica se independiza de todo horizonte moral y cae en la ilusión de su propia autosuficiencia, el ser humano se precipita en una distorsión antropológica de consecuencias impredecibles. Bajo el influjo de esta autosuficiencia, el hombre contemporáneo renuncia a interrogarse por el para qué de los incesantes adelantos y por el modelo de sociedad en el que estos se introducen; clausura las preguntas por el sentido y abdica de evaluar sus implicaciones éticas. El fruto más amargo de esta renuncia es una mutilación de la racionalidad: el sujeto solo se pregunta por el cómo, subordinando los porqués esenciales que deberían guiar la acción voluntaria.

Se consolida de este modo una mentalidad tecnicista que hace coincidir la verdad con lo meramente factible, reduciendo el misterio, la riqueza y el esplendor de la realidad. Para este pragmatismo, lo que importa ya no es la búsqueda de la verdad intrínseca de las cosas, sino exclusivamente la operación correcta y el procedimiento eficaz.

Frente a esta reducción, Joseph Ratzinger sostiene que el auténtico desarrollo no consiste principalmente en el hacer, sino en una inteligencia capaz de entender la técnica y captar su significado plenamente humano, situándola bajo el horizonte de sentido de la persona. Reubicar la tecnología al servicio del desarrollo integral implica recordar que el ser humano es el principio, el fundamento y el fin de todo ordenamiento social, económico y tecnológico. Lejos de refugiarse en una nostalgia estéril hacia un pasado que no regresará, Ratzinger propone una vía superadora: reconocer lo positivo del espíritu moderno, pero ampliar nuestro concepto de razón y de su uso. Esto significa recuperar la apertura a la trascendencia y rehabilitar un modo de habitar abierto al misterio, capaz de transfigurar la realidad a través de la palabra y de intuir la presencia de lo sagrado en lo cotidiano.

El Paradigma Tecnocrático en “Laudato si” y la raíz de la crisis

Esta veta crítica es retomada y ampliada por el Papa Francisco en su encíclica Laudato si, donde se advierte que la verdadera raíz de la crisis ecológica y social de nuestro tiempo no radica en los avances técnicos aislados, sino en la consolidación de un paradigma tecnocrático dominante. Este enfoque presupone un modo de comprender la existencia y la acción humana que se desvía de lo real, tratando a la naturaleza y a la vida misma como objetos infinitamente moldeables y sujetos a una posesión violenta.

El paradigma opera a través de dos dinámicas complementarias:

  • La posesión y la manipulación del objeto: La tecnología deja de ser un canal de sintonía armónica con el entorno para convertirse en un intento de extraer de las cosas todo lo posible, imponiendo de manera ciega la voluntad humana. De este modo, se asume la quimera de un crecimiento ilimitado o infinito que fagocita los recursos del planeta.
  • La devaluación del ser humano: Al desvincularse de cualquier verdad objetiva anterior, se consagra el dogma de que el poder técnico equivale automáticamente a progreso y bienestar. Francisco advierte sobre la desprotección en la que queda el sujeto cuando este paradigma extiende su dominio sobre la política y la economía, reduciendo a las personas a simples engranajes de un sistema de optimización constante.

La deuda filosófica con Romano Guardini

La arquitectura conceptual de este diagnóstico en Laudato si se nutre directamente de la obra del teólogo y filósofo Romano Guardini, en especial de su ensayo El fin de los tiempos modernos (1950). El magisterio pontificio hace suya la distinción guardiniana entre la «técnica como servicio» y la «técnica como voluntad de dominio absoluto», desarmando dos de los grandes mitos de la modernidad:

  • La ilusión de la neutralidad: Guardini demostró con lucidez que la técnica nunca es neutral. No es una mera herramienta que depende del uso bueno o malo del usuario; el artefacto mismo condiciona la cultura, las conductas y el modo en que el ser humano se concibe a sí mismo, imponiendo su férrea lógica interna.
  • La falta de una cultura del límite: La gran advertencia heredada de Guardini es que el ser humano contemporáneo ha adquirido un poder inmenso, pero carece de la formación interior, los valores éticos y la espiritualidad necesarios para autolimitarse. El crecimiento tecnológico exponencial no ha sido acompañado por un desarrollo correlativo en responsabilidad, conciencia y maduración del ser.

4. La continuidad doctrinal en Magnifica humanitas

Promulgada en 2026, la encíclica Magnifica humanitas del Papa León XIV lleva el diagnóstico de Guardini, Benedicto XVI y Francisco hacia su frontera contemporánea definitiva: la Inteligencia Artificial y la automatización existencial. Si Laudato si alzó la voz contra la pretensión de someter el ecosistema planetario a la lógica de las máquinas, Magnifica humanitas advierte sobre un peligro mucho más íntimo: someter el núcleo de la conciencia, la identidad y las decisiones humanas al imperio de los algoritmos de lucro.

La IA como transformación interna del pensamiento

León XIV expone en el primer capítulo que la inteligencia artificial no puede despacharse como un simple apéndice temático o una emergencia periférica a gestionar. Se trata de una revolución estructural que interpela desde dentro las categorías de la Doctrina Social y afecta de raíz la autocomprensión del hombre. Las innovaciones en IA, ciencias cognitivas, robótica y biotecnología tienen un potencial inmenso para el desarrollo humano integral y el cuidado de la Casa común; pero, precisamente por el poder acumulado que representan, actúan como un acelerador del paradigma tecnocrático si se las deja desprovistas de un marco espiritual, ético y político adecuado. Más poderoso nunca significa necesariamente mejor.

 El peligro del reduccionismo cognitivo

Continuando la línea de Laudato si sobre la fragmentación del conocimiento, Magnifica humanitas eleva una advertencia severa contra el riesgo de que la técnica opaque la formación humana y ética profunda, reduciendo la educación a una mera gestión de datos: «No podemos dejar que surja un sistema educativo carente de amor por la verdad y que simplemente esté brindando información, pero no formación». El peligro estriba en que este paradigma digital haga parecer justa y normal una visión antihumana de la existencia, según la cual la plenitud de la vida consistiría únicamente en acumular, reducir la fragilidad, eliminar lo imprevisto y controlarlo todo por vía algorítmica. Cuando la eficiencia se erige en la única medida de valor, el ser humano es tentado a considerarse como un proyecto de ingeniería que debe optimizarse, olvidando que es una criatura llamada intrínsecamente a la relación, a la justicia y a la comunión.

De la dominación ecológica a las "estructuras de pecado" en el entorno digital

León XIV recupera el esquema de Guardini y Francisco, señalando que el desarrollo desregulado de la IA genera asimetrías de poder inéditas y nuevas dinámicas de descarte social: «La tecnología puede curar, conectar, educar y cuidar la casa común, aunque también advierte que puede dividir, descartar y generar nuevas injusticias cuando no está orientada al bien». El Papa profundiza este análisis al constatar que el control de las plataformas, las infraestructuras, los datos y la capacidad de cálculo no es prerrogativa de los Estados, sino de grandes actores económicos y tecnológicos que determinan de facto las condiciones de acceso, las reglas de visibilidad y las mismas posibilidades de participación pública. Cuando un poder de tal magnitud se concentra en pocas manos de forma opaca, crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones y desigualdades.

Es precisamente en el núcleo de esta asimetría donde el magisterio de León XIV reintroduce con fuerza el concepto teológico y social de las «estructuras de pecado» aplicadas al entorno digital. El Papa advierte que cuando los sistemas algorítmicos se diseñan, entrenan y optimizan con el único fin de maximizar el lucro, el control y la eficiencia —ignorando la justicia social y el destino universal de los bienes—, se consolidan verdaderas estructuras ciegas que automatizan la exclusión. Estas estructuras operan de manera independiente a las voluntades individuales de los usuarios, atrapando a las comunidades en dinámicas de dependencia y descarte. En este escenario, hablar de bien común exige desenmascarar esta asimetría epistémica, económica y política, nombrando directamente a los nuevos monopolios de la IA.

La arquitectura de diseño y los principios de la DSI

De esto se deriva una consecuencia apremiante que resuena con las advertencias de Heidegger sobre la cuadrícula mental: la IA no es moralmente neutra. Todo artefacto técnico lleva consigo decisiones y prioridades: lo que mide, lo que ignora, lo que optimiza y el modo en que clasifica a las personas y las situaciones. Si un sistema se concibe tratando algunas vidas como menos dignas, introduce ya un criterio que contradice la dignidad inalienable de la persona. Por eso, el discernimiento ético no puede limitarse a evaluar si el fin para el que usamos un sistema es bueno o malo; debe interrogarse sobre el modo en el que el sistema ha sido diseñado y qué idea de ser humano queda inscrita en sus datos y modelos.

No basta con invocar la mera "alineación" de la IA con los valores humanos; es necesario tener la valentía de someter el código ético a criterios de justicia social compartida. De lo contrario, quien controla la IA impondrá su propia visión moral como una infraestructura invisible. Se requiere una política más presente, capaz de ralentizar donde todo acelera y de proteger los espacios de participación comunitaria. A la luz de los principios de la Doctrina Social de la Iglesia, León XIV redefine los ejes de intervención frente a esta realidad digital:

• Destino universal de los bienes: Exige asegurar el acceso universal a las tecnologías y a la formación, regulando la propiedad de los datos —que son fruto del aporte de muchos— como un bien común o colectivo que no puede confiarse en exclusiva al sector privado.

• Subsidiariedad: Demanda proteger la capacidad de las comunidades y cuerpos intermedios para decidir, vigilar y corregir los estándares desde su origen, impidiendo que sean reducidos a simples receptores pasivos de decisiones tomadas en otros lugares.

• Solidaridad: Obliga a reconocer y dignificar el trabajo invisible y a menudo explotado que alimenta los modelos algorítmicos de los centros de poder.

• Justicia social: Pide cuestionar las geografías del poder que definen quién programa los modelos y quién es solo objeto de esa programación, garantizando que la justicia sea una condición de diseño originaria y no una reparación posterior.

Desarmar la IA frente al transhumanismo y posthumanismo

Finalmente, León XIV introduce el imperativo de «desarmar la IA». Esto significa sustraerla de la lógica de la competencia armamentística —tanto militar como económica y cognitiva— que busca consolidar ventajas geopolíticas o comerciales mediante el monopolio de algoritmos y bancos de datos. Desarmar la IA no implica renunciar a ella, sino romper la equivalencia entre el poder tecnológico y el derecho a gobernar, impidiéndole el dominio sobre lo humano y restableciendo la pluralidad de las culturas y formas de vida.

Esta tarea es ecológica en el sentido más radical, pues desarma también el trasfondo ideológico del transhumanismo y el posthumanismo. Estas corrientes, instaladas en los centros de poder tecnológico, colonizan el imaginario colectivo a través de medios y redes sociales, induciendo un entusiasmo acrítico por una "humanidad potenciada" o un "hombre hibridado" con la máquina. Frente a la tentación de optimizar al ser humano como si fuera un proyecto de ingeniería, el magisterio de la Iglesia recuerda que la plenitud de la vida no radica en el control absoluto o en la eliminación de la fragilidad, sino en la custodia de lo humano como una criatura llamada intrínsecamente a la relación, a la justicia y al misterio.

5. Conclusión: Habitar poéticamente el mundo y la restauración de la mirada

El recorrido a través de este siglo de penuria y asombro nos sitúa ante una certeza fundamental: la Inteligencia Artificial y la automatización existencial no representan fenómenos de irrupción repentina, sino la consumación de una disposición metafísica que el pensamiento humanista viene rastreando desde las primeras décadas del siglo XX. Cuando la técnica se emancipa de la ética y se proclama autosuficiente, cuando el cálculo intencional se transforma en la única grilla aceptable para medir lo real, el mundo corre el riesgo de vaciarse. Las "cosas vacías" que denunciaba Rilke y la reducción de la naturaleza a un mero "inventario de reserva" de Heidegger encuentran hoy su réplica exacta en la devaluación del sujeto humano bajo el paradigma tecnocrático y las estructuras de pecado que operan en los monopolios del entorno digital.

Frente a la tentación contemporánea del transhumanismo, que pretende optimizar la existencia como si fuera un frío proyecto de ingeniería, el pensamiento crítico y el magisterio social nos devuelven una advertencia y un límite: la plenitud de la vida no radica en el control absoluto, en la anestesia del dolor o en la eliminación artificial de toda fragilidad e imprevisto. Pretender erradicar el riesgo constitutivo de vivir a través del dominio algorítmico es, paradójicamente, precipitarse en el peligro existencial definitivo: el confinamiento en una superficie ruidosa y opaca, completamente desvinculada de la verdad del Ser y de la patria espiritual.

Sin embargo, el porvenir permanece abierto. La salida a esta encrucijada no se halla en una resistencia ciega contra los dispositivos, ni en el refugio nostálgico de un pasado que no ha de volver. La verdadera alternativa radica en un cambio profundo de conciencia: en la valentía de desarmar la técnica para impedirle su dominio sobre lo humano, y en el acto ético de ampliar las fronteras de la razón hacia la trascendencia. Se trata, en definitiva, de recuperar los porqués que nos impulsan a actuar y de subordinar la eficacia procedimental a la dignidad inalienable de la persona y al misterio de la comunión.

Allí es donde la esperanza se vuelve una tarea del presente y se viste con los ropajes de la belleza poética. Sostener la esperanza hoy es atreverse a mantener, en medio de la saturación digital, la apertura del corazón. Es recordar que, tal como intuyeron el poeta y el filósofo, todos estamos llamados a ser custodios del mundo, puentes vivientes entre lo efímero y lo eterno. Al igual que los almendros en flor, que se arriesgan con serenidad ante el frío del invierno porque confían en el flujo invisible de la vida, el ser humano está llamado a florecer en la intemperie de su propia vulnerabilidad.

La salvación se encuentra en restaurar la mirada: aprender a contemplar las cosas por lo que son y no por el provecho que podemos extraer de ellas; rescatar el tejido íntimo de la palabra que transfigura la realidad y nos devuelve el asombro ante el milagro cotidiano de existir. En un mundo que nos empuja a ser meros engranajes eficaces de un sistema opaco, la resistencia más radical consiste en volver a habitar poéticamente la tierra, cuidando de lo creado, celebrando su misterio y reconociendo que la dimensión invisible de la vida es la que verdaderamente la dota de un sentido eterno.

Bibliografía y Fuentes Consultadas

Documentos del Magisterio Eclesial

  1. León XIV. (2026). Carta Encíclica Magnifica Humanitas: Sobre la protección de la persona humana en tiempos de inteligencia artificial y automatización existencial. Texto oficial de la Santa Sede (15 de mayo de 2026).
  2. Francisco. (2015). Carta Encíclica Laudato si’: Sobre el cuidado de la casa común. Roma: Tipografía Vaticana.
  3. Francisco. (2019). Exhortación Apostólica Postsinodal Christus vivit: A los jóvenes y a todo el Pueblo de Dios. Roma: Tipografía Vaticana.
  4. Pablo VI. (1967). Carta Encíclica Populorum Progressio: Sobre la necesidad de promover el desarrollo de los pueblos. Roma: Tipografía Vaticana.

Referencias Académicas, Filosóficas y Literarias

  1. Guardini, R. (1950). El fin de los tiempos modernos (Das Ende de Neuzeit). Würzburg: Werkbund.
  2. Heidegger, M. (1954). La pregunta por la técnica (Die Frage nach der Technik). En Vorträge und Aufsätze. Pfullingen: Neske.
  3. Rilke, R. M. (1923). Elegías de Duino y Sonetos a Orfeo (Duineser Elegien / Die Sonette an Orpheus). Leipzig: Insel Verlag.
  4. Rilke, R. M. (1925). Carta a Witold Hulewicz (13 de noviembre de 1925). En Briefe aus Muzot. Leipzig: Insel Verlag.