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domingo, 8 de noviembre de 2020

Permisivismo moral, hedonismo y sociedad de consumo en el uso descontrolado de las pantallas.

 



Son muchos los problemas que aquejan a la actual sociedad, pero probablemente uno de los principales es el auge del permisivismo moral, del hedonismo y la vinculación de estos con la sociedad de consumo.

Sobre esta cuestión, hace ya unas décadas, San Juan Pablo II dijo lo siguiente: “El permisivismo moral afecta sobre todo a ese ámbito más sensible de la vida y de la convivencia humana que es la familia. A él van unidas la crisis de la verdad en las relaciones interhumanas, la falta de responsabilidad al hablar, la relación meramente utilitaria del hombre con el hombre, la disminución del sentido del auténtico bien común y la facilidad con que éste es enajenado. Finalmente, existe la desacralización que a veces se transforma en «deshumanización». Una cultura donde ya nada es “sacro” va decayendo moralmente, a pesar de las apariencias” (Dives in misericordia, n° 12, traducción libre).

Así pues, este permisivismo moral muy bien descripto por el papa polaco,  hoy se difunde especialmente entre los niños y los adolescentes a través de lo que muchos especialistas llaman una “educación tóxica”. Con educación tóxica se refieren a los productos que consumen a través de las pantallas (móviles, tablets, ordenadores, TV, etc.) y sus contenidos dominantes en formatos tales como la música “de moda”, videoclips, videojuegos, películas, series, youtubers, redes sociales, etc. La gravedad del problema radica en que, en la actualidad, para muchos niños y adolescentes, estos contenidos predominan, incluso, por encima de la educación recibida en sus hogares de parte de sus padres o en las aulas por sus profesores.

El problema se agudiza, por dos razones importantes. La primera es, como expone la psicopedagoga María Catarineu, que la edad del uso de los celulares es cada vez más temprana iniciándose en la primera infancia y generando "desnutrición emocional" y dificultades en los niños para estar a solas y desarrollar su vida interior, con las graves implicancias que ello acarrea (ver https://www.infobae.com/opinion/2025/05/05/la-nata-contra-el-celular-riesgo-de-desnutricion-emocional-en-edad-tempranas/). 

La segunda, es que los contenidos de la llamada "educación tóxica" van generando una especie de colonización cultural por la influencia que ejercen sobre niños y adolescentes modelos artificiales que desestiman las idiosincrasias y valores locales, y que tienden a imponer una cultura homogeneizada en todos los sectores. Una cultura narcisista, que se caracteriza por la sobrevaloración de la subjetividad individual y la despreocupación o la indiferencia por los demás. Lo que el Papa Francisco denominó reiteradas veces la globalización de la indiferencia.

Así pues, si se consolida en los niños la carencia de una solida vida interior y el predominio del individualismo,  se va provocando el debilitamiento de los vínculos comunitarios y el desentendimiento por el bien común, para dar paso solamente a las realización de los deseos individuales, incluso de los más extravagantes y arbitrarios. De esta forma, las relaciones humanas guiadas por este individualismo extremo, dejan de considerarse como un valor en si mismo que hay cultivar y pasan a considerarse como objetos de consumo, que se pueden usar y luego tirar favoreciendo a la denominada cultura del descarte (Documento de Aparecida, n° 46, 2007).

Por su parte, la estrecha relación entre las industrias culturales y una suerte de filosofía del consumidor compulsivo, fomenta un entorno social y cultural que dificulta las posibilidades de reflexión, educación y también el mantenimiento de una vida civilizada para gran parte de los niños y niñas e incluso de sus padres (entre los que se incluyen los propios docentes).

No es un tema menor el hecho de que las aplicaciones que consumen niños y adolescentes están programadas por empresas que cuentan con millones de dólares para contratar a los mejores neuropsicólogos de Silicon Valley provistos de escáneres cerebrales y especializados en hacer adictivos sus productos. Frente a esto, las posibilidades de que el menor abandone las pantallas “por voluntad propia”, sin la intermediación de un adulto, son solo una ilusión.

Por consiguiente, toda esta suerte de ecosistema cultural que es de alcance masivo y que impacta  especialmente en los niños, niñas y adolescentes, favorece la difusión de la denominada filosofía del consumidor compulsivo. En efecto, a través de las "celebrities" de las redes, de los "influencers" y de los "youtubers", se fomenta un ideal de felicidad impulsado en el deseo y basado en el consumo incesante de bienes y servicios.  

Para cualquier estilo de vida que uno elija, para cualquier proyecto de autoinvención, para cualquier ejercicio de autoconstrucción, siempre hay una oferta en el mercado y un "sistema experto" que garantiza su confiabilidad. La sociedad de consumo y su "filosofía" transforma a los ciudadanos asociados en consumidores individualizados y unidos sólo por el credo consumista: de ello brota la sociedad individualizada de la que somos habitantes, atomizada en la pura serialidad del deseo exacerbado de los sujetos y diferenciadas únicamente por el poder adquisitivo que encierran sus bolsillos.

Además, la avidez del mercado y sus sofisticadas técnicas de marketing y publicidad descontrola también el deseo de niños y jóvenes. Paulatinamente, los estereotipos sociales y culturales que se van creando conducen a mundos ilusorios donde todo deseo puede ser satisfecho por el consumo de bienes que tienen un carácter eficaz, efímero y hasta mesiánico. Es decir, que se sobre estimula el deseo para manipularlo con el objeto de que se instale la idea de que la felicidad, solo se logra con mero bienestar económico y satisfacción hedonista.

Este ecosistema social, va produciendo gradualmente un ciudadano cada vez más superficial, hedonista,  narcisista y con vínculos familiares o comunitarios débiles, que se vuelve funcional a los objetivos de la sociedad del hiperconsumo, tal como la planifica el establishment de la industria del entretenimiento y del consumo para seguir ganando dinero. 

Frente a esto, no podemos quedarnos anulados como simples espectadores mudos. Tampoco podemos rechazar el uso de los dispositivos tecnológicos y de las pantallas. Por el contrario, tenemos el enorme desafío de utilizarlos y dotarlos de un contenido ético y antropológico que sea edificante para toda la sociedad y que mejore el aprendizaje de los niños y adolescentes. De esta forma, en vez de que sean instrumentos a través de los cuales se difunde una "educación tóxica", se transformen en herramientas para educar y formar a las personas en los valores humanos y comunitarios orientados al bien común. 

Pese a lo difícil que pueda parecer, se trata de un desafío totalmente posible. Pero para poder realizarlo,  primero debemos tomar conciencia del problema y a partir de allí diseñar una estrategia educativa y cultural que se proponga transformar la actual influencia negativa de las pantallas, en dispositivos de aprendizaje y de difusión de contenidos que generen vínculos humanos sólidos y solidarios tanto en las familias como en las comunidades y que formen ciudadanos más racionales, más humanos, mas solidarios y más responsables. FIN