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sábado, 10 de octubre de 2020

LA PANDEMIA, LA INTERPELACIÓN AL PARADIGMA TECNOCIENTÍFICO Y LA COMUNIDAD ORGANIZADA.



Por Juan Bautista González Saborido1

Introducción

No es ninguna novedad que la pandemia originada por el coronavirus ha interpelado y puesto en cuestión el actual paradigma tecno-económico y su modelo de producción y consumo. Una cuestión que nos parece muy relevante es el contexto en el cual se desarrolla la pandemia. Un contexto de cambio de época que indudablemente provoca un desafío sanitario, económico, social, ético, político y cultural. Casi diríamos que no hay nada de lo humano que no enfrente algún reto o desafío en la actualidad.

Resuena muy actual la reflexión de Theodor Adorno y Max Horkheimer referida al sentido de la ciencia y la técnica moderna: «Lo que los hombres quieren aprender de la naturaleza es servirse de ella para dominarla por completo, a ella y a los hombres. […] Lo que importa no es aquella satisfacción que los hombres llaman verdad, sino la operación, el procedimiento eficaz. […] En el camino hacia la ciencia moderna los hombres renuncian al sentido. Sustituyen el concepto por la fórmula, la causa por la regla y la probabilidad»2.

El mismo Perón, con notable lucidez, ya había advertido claramente estos problemas el 21 de febrero de 1972 en su Mensaje a los Pueblos y Gobiernos del Mundo, donde señaló: “El ser humano ya no puede ser concebido independientemente del medio ambiente que él mismo ha creado. Ya es una poderosa fuerza biológica y, si continúa destruyendo los recursos vitales que le brinda la Tierra, sólo puede esperar verdaderas catástrofes sociales para las próximas décadas”3.

Más de cuatro décadas después de esta advertencia, en medio de la llamada cuarta revolución industrial, la pandemia ha puesto de manifiesto la debilidad del capitalismo global y sus organizaciones internacionales (ONU, OMS, etc.) y regionales (Unión Europea, Mercosur, etc.), que fueron incapaces de articular una respuesta adecuada y coordinada frente a la amenaza sanitaria. Fue penoso advertir la incapacidad de los países centrales para producir suficientes mascarillas, equipos de protección para el personal sanitario o alcohol en gel para prevenir los efectos del virus. En Europa, en plena crisis, el personal sanitario que trabajaba en primera línea sentía que lo habían enviado a la guerra sin armas ni municiones. El mismo sentimiento existe entre agentes del sector de salud en EEUU4.

Ahora bien, en este contexto de enorme complejidad hay una serie de desafíos que son estructurales y que deben ser abordados en forma urgente. Uno de ellos es el del paradigma tecno económico al que se han subordinado el hombre y la naturaleza, al punto de generar una crisis socio ambiental sin precedentes que pone en riesgo la supervivencia del planeta. Es un desafío que requiere más que respuestas técnicas, jurídicas y políticas. Hay una necesidad de respuestas existenciales más amplias, tanto individuales como colectivas. Por eso, nos parece oportuno volver la mirada hacia la comunidad organizada y buscar en esta extraordinaria concepción elaborada por Juan Domingo Perón algunas de las respuestas para encarar el futuro próximo.

La comunidad organizada como fundamento del modelo social, político, jurídico y cultural

Dentro del ideario político del peronismo y de la filosofía justicialista, la concepción de “Comunidad Organizada” es la principal, porque sobre esta concepción se construye el  modelo social, político y cultural al que aspira el peronismo como movimiento político. El fundamento de esta concepción se asienta sobre la dignidad eminente que tiene la persona humana como miembro de ese “nosotros” o ente colectivo, que es la comunidad organizada. El mismo Perón en el discurso de apertura del Congreso Internacional de Filosofía de 1949 en Mendoza dijo: Aristóteles nos dice: El hombre es un ser ordenado para la convivencia social; el bien supremo no se realiza, por consiguiente, en la vida individual humana, sino en el organismo superindividual del Estado; la ética culmina en la política”5.

La concepción tanto de la persona humana, como de su dignidad, son tomados por Juan Domingo Perón, de la tradición jurídica y política grecolatina sintetizada en el ideal romano de la humanitas. La humanitas, para la concepción romana, “…significa, por una parte, el sentido de la dignidad de la personalidad propia, peculiarísima y que se debe cultivar y desarrollar hasta el máximo. Por otra, significa el reconocimiento de la personalidad de los demás y de su derecho a cultivarla, y este reconocimiento implica transigencia, dominio de sí, simpatía y consideración”6.

Esta elevada concepción de la jerarquía de la persona humana heredada de griegos y romanos, a su vez fue enriquecida por el aporte del cristianismo. La importancia que para el cristianismo reviste la persona humana, últimamente,  fue plasmada en la enseñanza social de la Iglesia: “El principio fundamental de esta concepción consiste en que cada uno de los seres humanos es y debe ser el fundamento, el fin y el sujeto de todas las instituciones en las que se expresa y actúa la vida social: cada uno de los seres humanos visto en lo que es y en lo que debe ser según su naturaleza intrínsecamente social y en el plan providencial de su elevación al orden sobre natural”7.

La construcción de la comunidad organizada implica el restablecimiento del sentido de la vida en común (el paso del yo al nosotros) y de las verdades últimas de un hombre vertical en un mundo en el que dominan el desarrollo científico-tecnológico, el individualismo y el consumismo exacerbado, aunque este último, paradójicamente, sólo para unos pocos. El mismo Perón dice: “Lo que nuestra filosofía intenta restablecer al emplear el término armonía es, cabalmente, el sentido de plenitud de la existencia. Al principio hegeliano de realización del yo en el nosotros, apuntamos la necesidad de que ese “nosotros” se realice y perfecciones por el yo8 .

Una cuestión importante a destacar, frente a cualquier idea posnacional o cosmopolita, es que esta comunidad organizada a la que aspiramos, está situada en un tiempo y en un espacio determinado. Al agregarse estas dos dimensiones, la comunidad organizada se transforma en la patria concebida como morada, como hogar, como devenir y destino colectivo. La persona como miembro de una comunidad queda ligada a un paisaje, a un grupo humano, a un lenguaje y a una cultura histórica. Este es un aspecto sustancial de la comunidad organizada. La geografía que habita esta comunidad organizada, se transforma en geocultura –como para Kusch– espacio cargado de significación. Ámbito en donde se opera la relación con los otros y donde se juega el destino colectivo y que es para quienes lo habitan “el rincón más risueño de la tierra”, pues allí se sitúan las vivencias más íntimas y significativas del ser humano9.

Por último, la vivencia que se opera dentro de la comunidad de poseer un origen en común, una historia y un destino colectivo, brota de la coordenada temporal. De allí surge la noción de pueblo como conjunto fraternal, no gregario, construido sobre la noción cristiana de persona. El pueblo es el sujeto histórico y colectivo que realiza el destino común. Parafraseando a Marechal, la construcción de una comunidad organizada es “transformar una masa numeral, en un pueblo esencial”10.

Los cambios tecnológicos y los desafíos que ponen en crisis la dignidad de la persona como fundamento de los derechos humanos

Tal como señalamos, la dignidad humana es uno de los fundamentos de la comunidad organizada. Sin embargo, desde hace tiempo, los cambios tecnológicos acelerados están poniendo en jaque la relevancia de la misma, y vaciando de contenido el concepto de persona proyectándose a las diversas formas de organización social.

El primer ámbito donde se dan los grandes cambios es en el de las tecnologías de la información y la comunicación que generan una interconexión efectiva y global de carácter económico, cultural, turístico, científico, técnico y comunicativo. A este proceso se lo denomina globalización y abarca los procesos económicos, mediáticos, técnicos, y culturales que se desprenden de dicha globalidad.

Cabe señalar, por un lado, que estos procesos se realizan a veces de forma espontánea, pero también de modo premeditado y planificado y que tienen un ritmo particular: por momentos se acelera y por momento se desacelera, como sucede actualmente. Es decir que no es un proceso rectilíneo, ya que operan en forma simultánea dinámicas de globalización y de desglobalización. Las transformaciones económicas, sociales y tecnológicas que generan estos procesos, requieren de una continua adaptación política e institucional para responder a las nuevas necesidades y para aprovechar las oportunidades que se abren en un sistema mundial. Por ello, los cambios y la necesidad de adaptación del derecho a los mismos constituyen inequívocamente un factor de incertidumbre y de crisis en los ordenamientos jurídicos, especialmente cuando se implementan leyes bajo la presión de los grandes grupos económicos, sin respetar la idiosincrasia y cultura de los pueblos.

Asimismo, últimamente, con el desarrollo de la inteligencia artificial y el análisis de los macro datos, se ha posibilitado que Estados y empresas controlen y manipulen como nunca antes la información y vigilen la vida de los ciudadanos, fragmentándose cada vez más el tejido social, provocando que derechos básicos como la privacidad, la intimidad, el honor y la libertad de opinión y de expresión queden en entredicho.

Por último, el avance de la tecnología de la información ha generado una interacción creciente con el hombre, produciendo que la frontera entre hombre y máquina se haya tornado mucho más borrosa y difusa, con la lógica afectación de la concepción que tenemos sobre la persona humana y su dignidad. Como ha señalado el sociólogo Manuel Castells:

La integración creciente entre mentes y máquinas, está borrando lo que se denomina “la cuarta discontinuidad” (la existente entre humanos y máquinas), alterando de forma fundamental el modo en que nacemos, vivimos, aprendemos, trabajamos, producimos, consumimos, soñamos, luchamos o morimos11.

El segundo de los ámbitos donde se dan grandes cambios, es en el de la biotecnología o tecnologías de la vida. En este campo, desde la década de 1990, la capacidad educativa e investigadora se ha incrementado exponencialmente y ha acelerado la revolución biotecnológica. Esto significa que se ha incrementado el poder del hombre sobre la vida en el planeta a un nivel en que se ha tornado terriblemente imprecisa la frontera entre naturaleza y tecnología. A tal punto es así, que actualmente el poder tecnológico tiene la posibilidad de manipular incluso la vida humana. Este avance tecnológico reviste una importancia singular, porque significa que el hombre podría borrar los límites de su propia condición humana12.

Una consecuencia de todo esto es que, conforme aumenta la capacidad tecnológica, aumenta simultáneamente el imperativo tecnológico. Esto es: que todo avance, por el solo hecho de ser posible en el campo de los hechos, se vuelve inmediatamente deseable en el campo axiológico13. Así pues, este imperativo tecnológico nos pone frente a una paradoja sorprendente: el hombre es a la vez un creador omnipotente que descubrió cómo dominar el misterio de la vida y como producirla, pero simultáneamente pierde su eco de eternidad y se convierte en un puro objeto técnico. Se trata de un cruce de límites en la concepción occidental del ser humano que necesariamente se traslada al campo jurídico y que devalúa la noción de persona14.

Por otra parte, la aparición de estas nuevas tecnologías y el desarrollo de la inteligencia artificial por la vía de la apropiación del conocimiento y la generación de los sistemas concentrados, ha generado la acumulación de recursos en los países altamente desarrollados en detrimento de los países periféricos o semiperiféricos como el nuestro. Al mismo tiempo, estas tecnologías ponen en riesgo el empleo porque tienen la capacidad de sustituir el trabajo del hombre. Todo este paradigma se desarrolla, además, en el contexto de un discurso hegemónico, fomentado por el avance de las ciencias y las técnicas, que le niega a la persona toda dimensión trascendente, y clausura todo anhelo de absoluto y de eternidad.

De lo expuesto concluimos que los desafíos que tenemos por delante son realmente complejos. El mismo Perón señalaba que el ser humano, cegado por el espejismo de la tecnología, ha olvidado las verdades que están en la base de su existencia. Y así, mientras consigue logros extraordinarios y conocimientos fabulosos en dicho campo, al mismo tiempo mata el oxígeno que respira, el agua que bebe y el suelo que le da de comer, así como eleva constantemente la temperatura del medio en que vive, sin medir sus consecuencias biológicas15.

Conclusión: ¿Qué aportes nos hace la Comunidad Organizada frente a estos desafíos?

Frente al panorama descripto, que en gran medida se ha acelerado con la epidemia provocada por el Covid-19, también existe una oportunidad para la recuperación de la centralidad del ser humano y de su dignidad. Tenemos la oportunidad de recuperar la importancia del sujeto, de la singularidad de cada vida humana concreta, de las relaciones humanas, de los vínculos y de la vida en comunidad como factor sustancial en la construcción político cultural del pueblo.

Recuperar hoy al ser humano concreto no es un simple juicio de valor, es la exigencia de recuperar un realismo perdido. Esta recuperación parte de un juicio de la razón práctica, de una afirmación sobre la realidad en la cual vivimos. Cada persona humana es única e irrepetible, no es un cálculo, no es una cifra y no es descartable.

En ese orden de ideas, la comunidad organizada conserva todo su valor y vigencia, pues es más necesario que nunca rescatar la importancia del cuidado de cada vida, de la naturaleza como fuente de vida, de la dignidad de la persona humana y de la interdependencia que nos vincula a todas las personas. El imperativo de la hora es fortalecer vínculos humanos para construir comunidad.

Dentro de la comunidad organizada, la tecnología podrá ser un aliado de progreso, pero solamente si se la incorpora en un marco ético y jurídico que jerarquice la dignidad humana como principio rector. La tecnología no es algo que «sobrevenga» sin más. Estamos frente a la posibilidad de reflexionar y de diseñar cómo se desarrollará la tecnología y para qué modelo social la vamos a aplicar. Por eso es importante no centrarse solo en lo que puede hacer las tecnologías, sino más bien en lo que pueden hacer las personas (creatividad, empatía, colaboración), lo que queremos que sigan haciendo, y buscar formas en que las personas puedan seguir dignificándose a través del trabajo.

Finalmente, hay una cuestión de fondo que debemos abordar: la posibilidad de construir una racionalidad que trascienda a la racionalidad instrumental. Una racionalidad que esté basada en las necesidades de las personas y no exclusivamente en el afán de lucro. En definitiva, lo que necesitamos es humanizar la tecnología para poner a la persona en el centro de todos los avances tecnológicos.


Notas


1 Abogado, Docente universitario e investigador.
2 Max Horkheimer- Theodor W. Adorno. Dialéctica de la Ilustración. Madrid, Trotta, 1998, pág. 60.
3 Juan Domingo Perón “Mensaje Ambiental a los Pueblos y Gobierno del Mundo” Madrid, 21 de febrero de 1972, consulta en línea en http://www.labaldrich.com.ar/wp-content/uploads/2013/03/Mensaje-Ambiental-de-Juan-Domingo-Per%C3%B3n-a-los-Pueblos-y-Gobiernos-del-Mundo-%E2%80%93-Madrid-1972.pdf
4 Ver lo publicado en línea en https://www.nytimes.com/2020/03/19/health/coronavirus-masks-shortage.html
5 Juan Domingo Perón, La Comunidad Organizada, Secretaría Política de la Presidencia de la Nación, Buenos Aires, 1974, Editorial Códex, pág. 25.
6 R. H. Barrow, Los Romanos, Fondo de Cultura Económica, México, 2008, pág. 15.
7 Juan XXIII, Mater et Magistra, n° 219.
8 Juan Domingo Perón, La Comunidad Organizada, Secretaría Política de la Presidencia de la Nación, Buenos Aires, 1974, Editorial Códex, pág. 75
9 Graciela Maturo, Marechal, el camino de la belleza, Editorial Biblos, Buenos Aires, 1999, pág. 268.
10 Andrés, Alfredo, Palabras con Marechal, Editorial Ceyne SRL, Buenos Aires, 1990, pág. 49.
11 Castells, Manuel “La era de la información. Economía, sociedad y cultura” Vol. I, I, La sociedad red, editorial Siglo Veintiuno S.A., México, 3ra. Edición en español, 2001, pág. 59.
12 Castells, Manuel “La era de la información. Economía, sociedad y cultural” Vol. I, I, La sociedad red, editorial Siglo Veintiuno S.A., México, 3ra. Edición en español, 2001, pág. 74 -77.
13 Szlajen, Fernando “El humano exacerbado, consecuencias del equilibrio perdido” consulta en línea en https://www.fernandoszlajen.com.ar/assets/frontend/images/pdf/5be418d804dc1.pdf el 10 de agosto de 2019.
14 Supiot, Alain, Homo juridicus. Ensayo sobre la función antropológica del derecho, Siglo Veintiuno Editores S.A., 2da. Edición argentina revisada, 2012, pág. 41.
15 Juan Domingo Perón, Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, Ediciones Realidad Política, Buenos Aires, pág. 62.

sábado, 26 de septiembre de 2020

PERONISMO, FEMINISMOS Y GLOBALISMO.

PERONISMO, FEMINISMOS Y GLOBALISMO

https://nomos.com.ar/2020/10/01/peronismo-feminismos-y-globalismo/

Por Juan Bautista González Saborido

I – Introducción

Perón advertía, hace más de 40 años atrás, que asistíamos a un desolador proceso: la disolución progresiva de los lazos espirituales entre los hombres. Agregaba que este catastrófico fenómeno debía su propulsión a la ideología egoísta e individualista, según la cual toda realización es posible sólo como desarrollo interno de una personalidad clausurada y enfrentada con otras en la lucha por el poder y el placer. Y concluía que este pensamiento solo había logrado aislar al hombre del hombre, a la familia de la Nación, a la Nación del mundo, poniendo a unos contra otros en una competencia ambiciosa y en una guerra absurda1.

Pues bien, este proceso de disolución progresiva señalado por Juan D. Perón, ha sido impulsado por un sistema económico global dominado por el afán de lucro, que actúa como una suerte de “hybris” y que genera, a su vez, un modelo de producción y consumo que en términos geobiofísicos y sociales es insostenible en el tiempo. Desde hace aproximadamente 30 años la reorganización global de la economía capitalista se sustenta sobre el debilitamiento del Estado Nación y sobre el fomento y la promoción de las divisiones identitarias hacia adentro de los pueblos. Dichas divisiones generan hibridación cultural,  segmentación y fragmentación del tejido social, pero sobre todo generan un debilitamiento de la identidad cultural y de la cohesión social de las naciones.

Frente a esta realidad, el modelo social, político y económico que busca edificar el peronismo es el de la Comunidad Organizada, un modelo que busca tomar lo mejor del mundo del espíritu, del mundo de las ideas y del mundo de los sentidos, y agregarle a ello todo lo que es autóctono y original de nuestro pueblo para desarrollar un profundo nacionalismo cultural, abierto a la comunicación con todas las culturas del mundo, pero donde quede perfectamente plasmado que “Argentina es el hogar”. Esa es la forma de preservar nuestra identidad frente a un mundo globalizado y con una ideología cosmopolita y posnacional, que la debilita2.

II – El modelo “civilizatorio” de la globalización

A este modelo social, político y económico plasmado en la comunidad organizada, que proviene de las entrañas profundas de la patria, se le opone un modelo de organización social y política, de matriz individualista al que denominamos neoliberalismo. El neoliberalismo es debatido y confrontado como una teoría económica, pero en realidad es el discurso hegemónico de un modelo civilizatorio originado en los países anglosajones que se ha extendido por todo el orbe de la tierra.

La sociedad neoliberal –con sus variantes progresistas o conservadoras– promocionada por los organismos internacionales –financieros y no financieros- como el FMI y la ONU y los grandes medios de comunicación,  se constituye así no sólo en un orden social y político deseable, sino en “el único posible”. Para esta concepción nos encontramos hoy en un punto de llegada, con un modelo civilizatorio único, globalizado, universal, que hace innecesaria la política en la medida en que ya no habría alternativas posibles a ese modo de vida3.

Este discurso neoliberal restringe la grandeza de la persona humana a su capacidad de generar ingresos monetarios y de consumo, generando la ruptura de su identidad cultural y el avance del mercado sobre la vida en general. Los valores que elogia están relacionados con las mutaciones del sistema capitalista, son los propios de la expansión de la sociedad de consumo y tienden a producir individuos consumidores en donde todas las realidades humanas son analizadas desde la óptica de lo que se compra y lo que se vende. Todo se transforma en mercancía, incluso las personas.

En ese orden, la sociedad de consumo neoliberal promueve, en forma explícita o implícita, una erosión de las naciones entendidas como comunidades políticas fundadas en fuertes vínculos familiares, sostenidas en tradiciones comunes y fortalecidas en una fe compartida. La «sociedad abierta» que preconiza como paradigma socio cultural, es una sociedad desarraigada y multicultural, en la que todo lazo social y toda aspiración al bien común son disueltos mediante la promoción de ideologías que debilitan la institución familiar y los vínculos sociales.

Este proceso de avance de la sociedad de consumo también genera una peligrosa mercantilización de la vida. La mercantilización de la vida significa, ante todo, un conjunto de conductas, de ideologías, estrategias económicas, opciones sociales y políticas por las cuales la vida (la del otro pero, en el fondo, la propia) pierde su estatuto de santuario que abriga el misterio del ser para convertirse en un objeto mercantilizado por el deseo y el frenesí de poseer4.

Por ello, no concebimos nada que se oponga de manera tan frontal a la construcción de la comunidad organizada como este modelo social individualista, que endiosa la subjetividad, al mercado y al dinero, promotor de la cultura del descarte y de la muerte,  generador de exclusiones y de desigualdades inaceptables. El endiosamiento del individuo, del deseo y de la riqueza que promueve el discurso neoliberal ha llegado hasta tal punto que hoy peligra el destino del planeta y la supervivencia de la humanidad.

Inversamente a lo que promueven estas ideologías, desde la raíz cultural de nuestro pueblo, lo que está en el centro es el valor de lo comunitario por encima de lo individual, y esta percepción es defendida y sostenida por una vital densidad simbólica de creencias y prácticas espirituales, donde el cristianismo ocupa un lugar importante, que forja estilos de vida en donde lo central no es la compulsión a tener y a consumir, sino que tienen como meta la vida digna de todos y la fiesta como expresión de la celebración de la vida.

En este contexto de auge mercantilista cabe preguntarnos: ¿qué es lo que el mercado global le enseña al individuo? El mercado es una manera de entender la relación entre el otro y yo, y en particular una manera de concebir nuestros intereses. El mercado (como criterio de distribución) nos presenta nuestros intereses como si estuvieran en conflicto, nos obliga a mirar al otro como una fuente de recursos y como una amenaza. Con miedo y codicia, en otras palabras.

Por el contrario, si observamos las relaciones familiares funcionales, estas se caracterizan por ser lo opuesto del mercado: entre los miembros de una familia no hay conflictos de interés, al menos en el sentido profundo en que sí los hay en el mercado. El interés de uno no está en oposición al interés de su hermano, sino que lo incluye: uno no puede ser feliz si su hermano sufre, porque la felicidad de uno es (en parte) la felicidad de su hermano. La realización de uno incluye la realización del otro. Porque mantiene viva la posibilidad al menos de una relación de este tipo, la familia es, efectivamente, una institución social fundamental5.

De esta forma, en las relaciones familiares, en las comunidades locales, en las fuerzas vivas de la sociedad civil y en las organizaciones libres del pueblo tiende a surgir un estilo de vida diferente al del neoliberalismo hegemónico, en donde se promueve que no vivamos para trabajar/producir/consumir, sino que trabajemos para convivir y para construir un proyecto de vida en común que integre a todos.

En efecto, la idiosincrasia de nuestro pueblo le otorga una enorme importancia a la realidad familiar, y desde allí suele colocar en el centro de la vida las relaciones humanas y con la naturaleza; no orienta su existencia por las pautas de cálculo costo-beneficio, productividad, competitividad, capacidad de acumulación y consecuente concentración de la riqueza; nuestras familias y comunidades locales, en su mayoría, producen así estilos de vida disfuncionales con el mercado global y la mercantilización de la vida que este genera6. Por eso, es que el discurso neoliberal –en cualquiera de sus variantes– busca permanentemente debilitar a todos los agentes sociales y colectivos que provoquen un condicionamiento al individualismo, principalmente la familia, los clubes y organizaciones barriales, las asociaciones de profesionales y de trabajadores, etc.

III – El Feminismo hegemónico se inscribe dentro del proyecto cultural y político del globalismo neoliberal

En este marco, desde diversas usinas se promocionan corrientes de pensamiento que funcionan como patrones de dominio cultural. Dentro de estos patrones de dominio cultural incluimos diversas formas de una teoría, genéricamente llamada de género (gender), que actualmente tiene un rol hegemónico entre las diversas corrientes feministas y que se basa en la idea de que la identidad sexual se deriva de una pura construcción sociocultural, por ende, relativiza la diferencia y la reciprocidad natural de hombre y de mujer. Esta teoría presenta una sociedad donde las diferencias de sexo en términos biológicos son irrelevantes, desdibujando la identidad de la mujer y vaciando de fundamento antropológico a la familia.

Ahora bien, esta teoría, que nutre a una corriente del feminismo que es actualmente hegemónica, moldea algunos proyectos educativos y directrices legislativas que promueven una identidad personal y una intimidad afectiva desvinculadas de la diversidad biológica entre hombre y mujer y que se forma sobre la base del propio deseo y la autopercepción, en una versión extrema del individualismo sobre el propio cuerpo, debilitando los vínculos familiares y consecuentemente con el resto de la sociedad civil.

Según esta teoría dominante, la identidad humana viene determinada por una opción subjetiva, que también puede cambiar con el tiempo. Ahora bien, lo que llama la atención es que teorías de este tipo, que pretenden responder a ciertas aspiraciones a veces comprensibles, procuren imponerse como un pensamiento único que determine incluso la educación de los niños7.

No hay que ignorar que el sexo biológico (sex) y el papel sociocultural del sexo (gender), se pueden distinguir pero no separar. En relación a esto, también debemos considerar que la revolución biotecnológica en el campo de la procreación humana ha introducido la posibilidad de manipular el acto generativo, independizándolo de la relación sexual entre hombre y mujer. De este modo, la vida humana, así como la paternidad y la maternidad, se convierten en realidades flexibles que se componen y se descomponen, sujetas principalmente a los deseos de los individuos o de las parejas. Esta realidad provoca que el sexo se transforme en un mero objeto de consumo, desvirtuando su dimensión humana profunda, y que las personas sean utilizadas como un instrumento para la consecución del goce y del placer. Asimismo, hasta la búsqueda de un hijo se puede transformar en una mercancía a la carta8.

Por lo tanto, una cosa es comprender las particularidades de la vida, y luchar contra las injusticias e inequidades que sufren muchas mujeres. Pero otra cosa es aceptar teorías foráneas que pretenden divorciar los aspectos operantes de la realidad. El voluntarismo omnipotente que niega la realidad, a la corta o a la larga termina perjudicando al mismo hombre y dañando su dignidad. La realidad nos precede y debe ser aceptada tal como se nos presenta. Al mismo tiempo, somos llamados a custodiar nuestra humanidad, y eso significa ante todo aceptarla y respetarla tal como ha sido creada. Si de lo que se trata es de defender los derechos de las mujeres, es menester defenderlas como tales valorizando sus potencialidades, e integrándolas codo a codo con los hombres en la formación de un proyecto común. Tal es un auténtico punto de partida para la construcción de la comunidad organizada.

IV – Conclusión

Frente a la difusión de teorías o consignas que funcionan como patrones de dominio cultural, es bueno recordar que el justicialismo es el resultado de un conjunto de ideas y valores que se deducen y se obtienen del ser de nuestro pueblo. Esas ideas y valores se realizan efectivamente en la comunidad organizada sobre dos principios fundamentales: la unidad, que genera la fuerza de un pueblo, y la solidaridad, que es lo que le da la cohesión. A su vez, la comunidad organizada comprende a la nación como una unidad abierta generosamente con espíritu universalista, pero consciente de su propia identidad.

Por otra parte, el justicialismo siempre asume las luchas por la justicia social, la equidad y la igualdad de derechos de los hombres y las mujeres. Pero lo hará siempre desde nuestra particular idiosincrasia, sin necesidad de importar acríticamente teorías foráneas de matriz liberal que debilitan a la misma mujer en su dignidad, a la institución familiar y consecuentemente a todo el tejido social. Ideologías que bajo una falsa bandera revolucionaria son en realidad funcionales al discurso hegemónico liberal o neoliberal.

La sociedad necesita de la familia por su fecundidad y por la reproducción de la sociabilidadEso por cuanto la familia actúa como agente de socialización, de transmisión de valores culturales, de contención afectiva, de equidad generacional y de regulación social. Por eso es que es la base de la sociedad y de la comunidad organizada.

Finalmente, el fomento de estas teorías que tienen una fuerte impronta antinatalista, debilita uno de los factores de poder más importantes para nuestro país como es el factor demográfico. Este factor constituye una cuestión estratégica de primer orden, pues está directamente vinculada con el desarrollo de una política poblacional y de arraigo territorial tan urgente como necesaria, debido a la extensión geográfica de nuestra región, a su insuficiente población y a su mala distribución. Desde esta perspectiva, la familia también ocupa un lugar fundamental.

Por todas estas razones, sostenemos que la teoría de género que domina en los medios y entre ciertos sectores del feminismo, está fundada en una matriz individualista, centrada exclusivamente en el derecho subjetivo y en los deseos del individuo, debilitando así los vínculos comunitarios, nuestra identidad y en definitiva, nuestro proyecto de vida en común.


Notas


1 Juan Domingo Perón, Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, Ediciones Realidad Política, Buenos Aires, pág. 78.

2 Juan Domingo Perón, ídem anterior, pág. 15.

3 Lander, Edgardo “Ciencias Sociales, saberes coloniales y eurocéntricos” en La Colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas Latinoamericanas. Edgardo Lander  (comp.), CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Buenos Aires, Argentina, Julio de 2000, págs. 15 y 16.

4 Mons. Piero Coda “La mercantilización de la persona” consulta en línea el 5 de septiembre de 2018 en CCIC Centro Católico Internacional de Cooperación con la UNESCO, París, Francia.

5 Atria, Fernando “Derechos Sociales, Socialismo y Contrato Social” pág. 31/32 consulta en línea el 20 de septiembre de 2018 en https://law.yale.edu/system/files/documents/pdf/SELA14_Atria_CV_Sp.pdf

6 Segato, Rita Laura “La perspectiva de la colonialidad del poder”, en Aníbal Quijano: Textos de Fundación. Palermo, Zulma y Quintero, Pablo (compiladores), 1ra. Edición, Buenos Aires, Del Signo, 2014, pág.25.

7 Papa Francisco, Amoris LaetitiaExhortación Apostólica Postsinodal, 1ra. Edición, Conferencia Episcopal Argentina, pág. 48 y siguientes.

8 Ídem anterior, pág. 66 y siguientes.



lunes, 31 de agosto de 2020

Razón tecnológica y razón ampliada: La necesaria revisión del imperativo tecnológico para habitar un mundo más humano.


1.- Introducción:

En la encíclica  "Fides et Ratio" de Juan Pablo II[1] se postula, con singular lucidez, la necesidad de recuperar la armonía fundamental entre el conocimiento filosófico y el religioso que proviene de la fe. Ello debido a que la fe, lejos de ser irracional, requiere que su objeto sea comprendido con la ayuda de la razón y la razón, por su lado, en el punto límite de de su búsqueda, admite como necesario lo que la fe le presenta como verdadero.

El vínculo equilibrado entre la razón religiosa (la fe) y la razón filosófica y científica, es muy fecundo debido que se amplía el horizonte de conocimiento del hombre.  Igualmente conviene  aclarar, que la unidad y armonía entre la fe y la razón, de todos modos distinguía claramente sus diversos objetos y métodos sin confundirlos.

Sin embargo, a partir de la baja Edad Media la legítima distinción entre los dos saberes se transformó progresivamente en una infortunada separación. Debido al excesivo espíritu racionalista de algunos pensadores -especialmente a partir de la ilustración europea- se radicalizaron las posturas, llegándose de hecho a una filosofía y a unas ciencias separadas y absolutamente autónomas respecto a los contenidos de la fe. Es decir, que la razón religiosa y la secular marcharon por caminos separados.

En esa senda, lo cierto, es que el gran proyecto ilustrado de poner a la razón humana, como el logro supremo del hombre falló. Y falló –precisamente- porque  encorsetó a la razón en el molde propio de su condición humana, llena de límites, y la desvinculó de todo horizonte metafísico. Lejos de pensar con más amplitud, lo que se produjo fue una singular restricción de la inteligencia y del razonamiento en general. 

Asimismo, esta separación, en el ámbito de la investigación científica generó que paulatinamente se vaya imponiendo una mentalidad positivista. La misma, no sólo se fue alejando de cualquier referencia a la visión cristiana del mundo, sino que fue olvidando y despreciando toda relación con la visión metafísica y moral de la realidad. 

Una de las consecuencias de este proceso es el paulatino oscurecimiento del valor de la persona y de su dignidad intrínseca e inalienable. Este oscurecimiento llega al punto donde algunos científicos, carentes de toda referencia ética, dejan de poner en el centro de su interés a la persona y la globalidad de su vida. Es más, algunos de ellos, conscientes de las potencialidades inherentes al progreso técnico, parece que ceden, no sólo a la lógica del mercado, sino también a la tentación de un poder demiúrgico sobre la naturaleza y sobre el ser humano mismo[2].

Frente a esta realidad, resulta muy oportuno revisitar algunas de las reflexiones que realizaron Joseph Ratzinger y Jürgen Habermas[3] sobre el denominado "imperativo tecnológico" del paradigma vigente y discernir cuáles son sus profundas consecuencias y  peligros, pero fundamentalmente, de qué manera la humanidad puede resolver dichos desafíos.

2.- La autosuficiencia de la técnica y la necesidad de ampliar el horizonte de la razón:

La primera cuestión que abordaron es lo que se denomina la autosuficiencia de la técnica. Esto significa que frente al poder de la tecnología, el hombre ya no se pregunta el para qué de los incesantes adelantos, ni tampoco en qué modelo de sociedad se insertan los mismos. Por lo tanto, la autosuficiencia de la técnica, significa que el hombre ya no se pregunta por el sentido de la técnica, ni tampoco se cuestiona sus implicancias éticas.

Así pues, el fruto de la “autosuficiencia de la técnica” para Ratzinger, será que “el hombre se pregunta sólo por el cómo, en vez de considerar los porqués que lo impulsan a actuar”. De esta forma, se consolida una “mentalidad tecnicista, que hace coincidir la verdad con lo factible” lo cual conlleva a una mutilación de la realidad, reduciendo su misterio, su riqueza y su esplendor.  Para la mentalidad tecnicista lo que importa ya no es la satisfacción de aquello que los hombres llaman verdad, sino solamente la operación correcta y el procedimiento eficaz.

Ahora bien, más adelante Ratzinger sostiene que “el verdadero desarrollo no consiste principalmente en hacer. La clave del desarrollo está en una inteligencia capaz de entender la técnica y de captar el significado plenamente humano del quehacer del hombre, según el horizonte de sentido de la persona”. Esto significa que hay que volver a ubicar la técnica al servicio del hombre y de su desarrollo integral y no a la inversa. No vamos a poder encontrar el sentido de la técnica, si subordinamos la grandeza del hombre al mero desarrollo tecnológico. Por el contrario, la persona humana es y debe seguir siendo, el principio, el fundamento y el fin del ordenamiento político, social, económico y  tecnológico.

Luego de señalar el problema de la autosuficiencia de la técnica y la necesidad de captar el significado plenamente humano de la misma, Ratzinger plantea que para resolver el problema de “la autosuficiencia de la técnica”, no es posible refugiarse nostalgiosamente en un pasado que no vuelve. Esto sería una mera ilusión sin arraigo en la realidad.  Lo más razonable para él es reconocer "lo que tiene de positivo el desarrollo moderno del espíritu”, por lo que no merece la pena “retroceder o hacer una crítica negativa, sino ampliar nuestro concepto de razón y de su uso”. Vale decir, que lo que es verdaderamente relevante es recuperar el sentido de la trascendencia. Rescatar también un modo de habitar poético que por un lado esté abierto al misterio y, por el otro, que genere la capacidad de transfigurar la realidad con la palabra y de intuir la presencia del misterio de lo sagrado en la realidad.

3.- Importancia del dialogo profundo e intercultural frente al relativismo ético:

Además de ampliar el concepto de razón y de su uso en el sentido señalado, es también muy relevante el ejercicio del diálogo, de un dialogo profundo e intercultural. Sin embargo, no hay que confundir en dicho ejercicio el valor de la tolerancia y la amplitud de horizonte con el relativismo ético. Ratzinger tiene el convencimiento de que el relativismo ético, lejos de dejar abierto un apacible campo de diálogo social, sólo sirve de entrada a un individualismo egocéntrico en donde predominan los intereses subjetivos dominados por el deseo. De este modo triunfa el utilitarismo economicista, que es completamente incompatible tanto con la antropología cristiana como con una crítica lúcida al capitalismo como la que realiza Habermas. 

En efecto, en 2001 Habermas publicó un libro titulado "El futuro de la naturaleza humana. ¿Hacia una eugenesia liberal?", en el que se enfrentaba a los desafíos provocados por la arbitraria expansión de las biotecnologías. En el desarrollo ilimitado de las mismas, Habermas percibe una manifestación más de la colonización del mundo de la vida por imperativos sistémicos. En este caso, el imperativo sistémico sería el del dinero. En ese libro, Habermas llega a sostener que la posibilidad de modificar el genoma humano y la selección libre del patrimonio genético que la ciencia hace posible, tecnifica las relaciones interpersonales y pone en entredicho la auto comprensión de la especie humana. Una afirmación de enorme trascendencia e importancia.

En ese orden de ideas, un punto central de su preocupación es la posibilidad de sustitución tecnológica de lo “engendrado” a través de las relaciones humanas entre varón y mujer, por lo "manufacturado" en un laboratorio. Esto último le lleva a preocuparse seriamente por el futuro de la naturaleza humana. Más adelante, reflexionando sobre su ya mítico “Lebenswelt” (mundo de la vida), Habermas señala que “nuestro mundo vital está en cierto sentido constituido aristotélicamente” y recuerda la distinción del estagirita entre teoría, técnica y praxis.

Empero, en la modernidad las ciencias naturales pasaron de esa observación desinteresada, a realizar una intervención técnica, destinada a someter a una naturaleza “desalmada”, o “desencantada”, y desprovista de finalidad. Con la aclaración de que las consideraciones sobre la naturaleza, incluyen también a la naturaleza del ser humano. En consecuencia, en la Modernidad la praxis se tecnificó, presa de una “lógica de aplicación”, dominada por el utilitarismo, con una deriva que termina cuestionando la “función directiva de la praxis propia de la moral y el derecho.”[4].

Para comprender la cuestión de la técnica, desde la perspectiva habermasiana, es muy relevante la entrada en juego de la biotecnología y sus enormes posibilidades de manipulación del hombre. Esta entrada, genera la obligación de plantearse si habrá que comportarse “autónomamente”, con el apoyo tanto de consideraciones éticas personales como de una regulación pública de la biotecnología basada en “una democrática conformación de voluntad”, o si todo consistirá en actuar “arbitrariamente de acuerdo con preferencias subjetivas, que encuentran satisfacción en el mercado”. 

Esto significa que como la biotecnología tiene la posibilidad de "producir" seres humanos a la carta, el dilema es si se regula legislativamente dicha posibilidad, o si dejamos que la naturaleza humana se mercantilice y sea un bien más en el mercado. El dilema ética-mercantilismo queda así meridianamente expuesto, como así también la posibilidad de que el ser humano se transforme en una mercancía más que se compra y se vende en función de deseos, ahora convertidos en derechos subjetivos.

Para Ratzinger el hecho de que la razón secular (moderna) se confunda o se limite a la mera razón tecnológica o utilitaria implica que la "técnica" puede acabar entendiéndose como un instrumento “de la libertad absoluta, que desea prescindir de los límites inherentes a las cosas.”. En efecto, es tal el poder de la técnica que el hombre puede renunciar a reconocer un límite objetivo para su utilizaciónEllo lo lleva a Ratzinger a diagnosticar que “el peligro del mundo occidental” es que “se rinda ante la cuestión de la verdad: Y eso significa al mismo tiempo que la razón, al final, se doblega ante la presión de los intereses y ante el atractivo de la utilidad, y se ve forzada a reconocerla como criterio último”. Para Ratzinger, ética o mercado, a su modo, también están contrapuestos.

Frente a estos dilemas, Ratzinger no tiene la menor duda de que “escuchar las grandes experiencias y convicciones de las tradiciones religiosas de la humanidad, especialmente las de la fe cristiana, constituye una fuente de conocimiento; oponerse a ella sería una grave limitación de nuestra escucha y de nuestra respuesta”. De ahí que haya que mostrar “la valentía para abrirse a la amplitud de la razón, y no la negación de su grandeza”. Es decir, que es necesario que la razón religiosa y que la razón secular dialoguen y se complementen.

Y prosigue: “En la actualidad, la bioética es un campo prioritario y crucial en la lucha cultural entre el absolutismo de la técnica y la responsabilidad moral”. Nos encontramos ante “un ámbito muy delicado y decisivo, donde se plantea con toda su fuerza dramática la cuestión fundamental: si el hombre es un producto de sí mismo o si depende de Dios. Los descubrimientos científicos en este campo y las posibilidades de una intervención técnica han crecido tanto que parecen imponer la elección entre estos dos tipos de razón: una razón abierta a la trascendencia o una razón encerrada en la inmanencia”

4.- Conclusión:

Por lo tanto, para Ratzinger “la racionalidad del quehacer técnico centrada sólo en sí misma se revela como irracional, porque comporta un rechazo firme del sentido y del valor”. Atraída por el puro quehacer técnico, la razón sin la fe se ve avocada a perderse en la ilusión de su propia omnipotencia y por su parte, "la fe sin la razón corre el riesgo de alejarse de la vida concreta de las personas”. En consecuencia, concluye que “la sabiduría de las grandes tradiciones religiosas” es “una realidad que no se puede impunemente tirar a la papelera de la historia de las ideas”.

Por estos motivos, Ratzinger, devenido en el Papa Benedicto XVI el 11 de mayo de 2010 en pleno vuelo hacia Lisboa, frente a periodistas señaló: “una cultura europea, que fuera únicamente racionalista no tendría la dimensión religiosa trascendente, no estaría en condiciones de entablar un diálogo con las grandes culturas de la humanidad, que tienen todas ellas esta dimensión religiosa trascendente, que es una dimensión del ser humano. Por tanto, pensar que hay sólo una razón pura, antihistórica, y que ésta sería la razón, es un error”.

Que un Papa afirme todo esto no puede sorprender a nadie, pero el propio Habermas no tendrá tampoco nada que objetar; muy al contrario: se cuestionará si es “la ciencia moderna una práctica que puede explicarse completamente por sí misma” y, sobre todo, si “determina performativamente la medida de todo lo verdadero y todo lo falso”, o si “puede más bien entenderse como resultado de una historia de la razón que incluye de manera esencial las religiones mundiales”.

Una de las conclusiones que podemos sacar de estos diálogos tan importantes y con tanta vigencia, es que: frente a un paradigma tecno científico cuestionado debido a la pandemia del coronavirus, se hace necesario reafirmar la necesaria complementariedad entre razón y fe. Esta complementariedad en palabras de San Juan Pablo II significa que: “… se ayudan mutuamente, ejerciendo recíprocamente una función tanto de examen crítico y purificador, como de estímulo para progresar en la búsqueda y en la profundización”.[5]

Este dialogo, realizado con honestidad, es lo que permitirá que tengamos una razón ampliada que reconozca la grandeza de la apertura a la trascendencia y que nos permita dialogar con las grandes religiones y tradiciones de la humanidad. Un camino cada vez más necesario para revisar críticamente la complejidad del actual paradigma tecno-económico que ha causado una crisis socio ambiental sin precedentes y que también pone en peligro la supervivencia de la humanidad misma.





[1] Juan Pablo II, Carta Encíclica “Fides et Ratio”, 14 de septiembre de 1998, consulta en línea con fecha 8 de abril de 2023 en: https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html

 [2] Juan Pablo II, Fides et Ratio, 14 de septiembre de 1998, nº 46-48, consulta en línea con fecha 8 de abril de 2023 en: https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html

[3] Joseph Ratzinger y Jürgen Habermas, Dialéctica de la secularización, Ed. Encuentro, Madrid, 2006. En italiano tiene otro título: Ragione e fede in dialogo, Marsilio / I libri di Reset, Venezia, 2005.

[4] Ollero Tassara, Andrés “La crítica de la razón tecnológica. Benedicto XVI y Habermas, un paralelismo sotenido” 6 de junio de 2010, consulta en línea  con fecha 1 de mayo de 20212, en https://www.bioeticaweb.com/la-crastica-de-la-razasn-tecnolasgica-benedicto-xvi-y-habermas-un-paralelismo-sostenido/

[5] Juan Pablo II, Fides et Ratio, n° 100 consulta en línea el 23 de abril de 2021 en http://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html

viernes, 21 de agosto de 2020

La realidad del Teletrabajo y los principales desafíos que plantea en una sociedad en crisis.

 


 

Título:

La realidad del Teletrabajo y los principales desafíos que plantea en una sociedad en crisis

Autor:

González Saborido, Juan B.

Publicación:

El Teletrabajo en el Ordenamiento Jurídico Argentino - Derecho del Trabajo. Proyección y Teletrabajo

Fecha:

24-08-2020

Cita:

IJ-CMXXIII-78

Sumarios

En este trabajo nos proponemos analizar la realidad del teletrabajo, ponderando las ventajas que promete y los desafíos que genera, en medio de la crisis sanitaria y social provocada por el Coronavirus. Lo hacemos desde una perspectiva humanista que pone el centro en la protección de la dignidad humana del trabajador y en el cuidado de sus derechos. Las ventajas que promete, podrán ser aprovechadas si se neutralizan los riesgos. Como principales riesgos advertimos la posibilidad de precarización laboral, la excesiva carga de tareas y la violación del derecho a la intimidad que pueden sufrir las personas que trabajan bajo esta modalidad.

Palabras Claves: Teletrabajo, innovación tecnológica, derecho a la desconexión, precarización.

La realidad del Teletrabajo y los principales desafíos que plantea en una sociedad en crisis

 

Por Juan B. González Saborido*

1. Introducción

El teletrabajo, se inscribe dentro de las innovaciones que se realizan como consecuencia de los adelantos tecnológicos. En este sentido, las medidas de aislamiento social tomadas para hacer frente a la pandemia provocada por el Coronavirus han operado como un catalizador de esta modalidad de trabajo. Situación que requiere de un profundo análisis para determinar sus ventajas y riesgos.

Para analizar las ventajas y riesgos del teletrabajo, previamente, debemos realizar un análisis crítico y profundo del paradigma tecnológico en el que estas innovaciones se insertan de modo de pensar y debatir que tipo de sociedad queremos construir en el futuro cercano. Este es un aspecto que intentamos abordar en el presente trabajo para enmarcar conceptualmente el fenómeno del teletrabajo.

 

No se trata de oponerse a los adelantos tecnológicos, ni tampoco de buscar demorar dichos procesos. Sino más bien de tener en claro cuáles son las consecuencias que generan en un modelo de organización social y político determinado y, sobre dicha base, formar a los trabajadores, a los técnicos, a los científicos y a los dirigentes para que sean capaces de conducirlo. 

Así pues, gracias entre otros, a Habermas, sabemos que la tecnociencia está al servicio del capitalismo, tanto en su forma de producción, como así también en su faceta más polémica que es su forma de acumulación.

Esto significa, que en los países centrales, la tecnología no sale de la ciencia sino de las empresas. Para ello la ciencia se mediatiza y se ajusta al interés de las industrias, del mercado y de las instituciones del poder. Debemos tener en claro que la investigación, en los países centrales suele servir primordialmente a dos fines: la guerra y el lucro de las empresas[1].

Vale decir, la sociedad industrial avanzada, y la estructura científico-técnica en que se basa, es parte de un proyecto histórico concreto que consiste en la institucionalización de la ciencia y la técnica como primeros motores de las fuerzas productivas.

Por tanto, la “ideología tecnocrática” en las sociedades urbanas e industriales consiste en que la formación democrática de la voluntad política en relación con las cuestiones prácticas, se sustituye por decisiones técnicas[2]. Nos parece que este riesgo hay que tenerlo muy en cuenta cuando se plantean grandes innovaciones como sucede en este caso con teletrabajo.

En el nivel de las representaciones mentales, juega precisamente un papel central aquí la fe en el progreso indefinido. Esto es, que todo adelanto técnico constituye sin más un progreso, como si la realidad, el bien y la verdad brotaran espontáneamente del mismo poder tecnológico y económico[3].

Son ideas que muchas veces se asumen sin el necesario análisis crítico y que están fundadas en la creencia de que la continua innovación tecnológica y el crecimiento económico solucionaran todos los problemas de la sociedad. Estas creencias son solo una ilusión.

El grave problema es que esta ideología tecnocrática y progresista opera como un condicionante que subordina los horizontes de justicia social a una infraestructura económica y tecnológica monolítica, determinista y divorciada de la realidad.

No obstante, la vida y el mundo de la vida reclaman su lugar central en el nuevo paradigma civilizatorio. La vida no se deja someter a la racionalidad instrumental y economicista de la tecnología. En ella, siempre hay múltiples planos definidos por el dinamismo, la diversidad y la complejidad y que se dejan captar mejor desde una aproximación múltiple e interdisciplinaria.

Es preciso entonces, por un lado, retomar la vía de exaltar la dignidad de la persona y por el otro, señalar la interdependencia, la intersubjetividad relacional que es constitutiva del mundo de la vida del hombre como horizonte de sentido.

El reconocimiento de la dignidad de la persona humana es de singular trascendencia porque es el fundamento de los derechos humanos. Por esta razón, se encuentra expresamente tutelada en el Código Civil y Comercial en el art. 51 que dispone: “ARTÍCULO 51. Inviolabilidad de la persona humana. La persona humana es inviolable y en cualquier circunstancia tiene derecho al reconocimiento y respeto de su dignidad.”

Todos los derechos de la personalidad derivan y se fundan en la noción de dignidad. Al introducirse en la legislación positiva, esto implica un cambio de concepción y paradigma donde el hombre es principio y fundamento del orden social y político. Ergo, no debe quedar sometido a ningún paradigma tecnológico, ni económico.

En palabras de la Corte Suprema, esto significa que:

“el hombre es eje y centro de todo el sistema jurídico y en tanto fin en sí mismo -más allá de su naturaleza trascendente- su persona es inviolable y constituye valor fundamental con respecto al cual los restantes valores tienen siempre carácter instrumental”[4].

En base a lo expuesto, concordamos con el Papa Francisco cuando señala que estamos frente a una oportunidad para que los gobiernos comprendan que los paradigmas tecnocráticos (sean estado céntricos, sean mercado céntricos) no son suficientes para abordar esta crisis ni los otros grandes problemas de la humanidad. Ahora más que nunca, son las personas, las comunidades, los pueblos quienes deben estar en el centro, unidos para curar, cuidar, trabajar, compartir[5].

Estos planteos se vuelven más necesarios en el contexto económico, social y laboral toda vez que la crisis provocada por la pandemia del COVID-19 tendrá un fuerte impacto en el mercado de trabajo de Argentina, que ya acusaba una situación de gran debilidad antes de esta emergencia sanitaria.

Para salir de la crisis es imperioso generar nuevos puesto de trabajo y conservar los existentes. El trabajo será siempre el principal organizador social y el instrumento resolutor de los problemas del país, porque media entre la necesidad y la satisfacción.

Por ello, debe ser uno de los principales objetivos de toda gestión de gobierno. Pero la generación de trabajo, no debe hacerse a costa de sacrificar los derechos de las personas que trabajan.

2. Marco regulatorio y principales ventajas del teletrabajo

Tal como señalamos más arriba, para muchos trabajadores el COVID-19 impuso el teletrabajo de forma obligatoria. De alguna manera, podemos decir que la pandemia ha puesto en práctica un experimento de teletrabajo a escala mundial. 

El teletrabajo es un modelo de prestación flexible que, en líneas generales, surge como un modo de organización capaz de minimizar e incluso anular las consecuencias de fenómenos meteorológicos o, como es este caso, procesos de epidemiológicos.

Se presenta, además, como una alternativa para favorecer la conciliación de la vida laboral y familiar, a la vez que las empresas ven reducidos sus costes en infraestructuras y ausentismo.

Desde una perspectiva quizás muy optimista, Laura Ripani, especialista principal en la División de Mercados Laborales del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), afirma que una de las grandes lecciones que nos dejará esta experiencia es que muchas personas pueden trabajar de forma remota sin problema con la tecnología existente[6]..

No creemos que esto vaya a suceder de forma espontánea. Sin embargo, es posible que con una regulación adecuada y con políticas públicas eficaces, que pongan en el centro de las preocupaciones a la protección de la dignidad humana, el teletrabajo pueda reportar las siguientes ventajas:

- Ahorrar tiempo y costos al evitar el desplazamiento entre el domicilio y el trabajo.

- Reducir la congestión de tráfico y de las emisiones de carbono.

- Conciliar la vida familiar, social y laboral.

- Incrementar la productividad.

- Disminuir la tasa de ausentismo laboral.

- Incluir a los grupos vulnerables.

- Optimizar el tiempo de trabajo.

- Reducir el espacio de trabajo en instalaciones de la empresa.

- Aumentar la motivación mediante la formación profesional.

- Retener talentos.

- Acompañar la revolución 4.0.

Si bien todavía no contamos con un instrumento jurídico específicamente diseñado para el teletrabajo, están vigentes un conjunto de leyes que engloban la actividad: la Ley de Contrato de Trabajo (LCT, Ley N° 20.744 del año 1976) es la principal normativa, junto con la Ley N° 25.800 que ratifica el Convenio N°177 sobre trabajo a domicilio de la OIT.

Este convenio de la OIT -que fue incorporado a nuestro derecho interno- promueve la igualdad de condición de este tipo de trabajadores con respecto a los presenciales. En este punto, existe concordancia entre ambas normas que tutelan la actividad correspondiente a los trabajadores contratados en relación de dependencia que incluyen el teletrabajo.

Asimismo, debemos señalar que recientemente fue sancionado por la Cámara de Diputados un proyecto de Ley que regula esta modalidad de trabajo. Dicho proyecto todavía, debe ser tratado por la Cámara de Senadores.

Esta iniciativa legislativa, incorpora el art. 102 bis a la Ley de Contrato de Trabajo señalando que “habrá contrato de teletrabajo cuando la realización de actos, ejecución de obras o prestación de servicios” sea “efectuada total o parcialmente en el domicilio de la persona que trabaja, o en lugares distintos al establecimiento o los establecimientos del empleador mediante la utilización de tecnologías de la información y de las comunicaciones”.

Además, ese nuevo artículo señala que “las regulaciones específicas del teletrabajo se establecerán para cada actividad mediante la negociación colectiva, respetando los principios de orden público establecidos en esta ley”. De modo que atinadamente se habilita la negociación colectiva para regular el teletrabajo por sectores.

Por otra parte, la iniciativa establece la igualdad de derechos entre las personas que trabajan en forma presencial y las que lo realizan mediante la modalidad del teletrabajo.[7]

Otro aspecto del proyecto de ley que debe ser destacado es el principio de reversibilidad, que es uno de los elementos centrales de esta modalidad laboral, pues actúa como garantía de la voluntariedad de la persona que teletrabaja.

Sin embargo, debemos señalar que este proyecto de ley ha recibido críticas de parte del sector empresarial. Sintéticamente, la critica apunta a la mayor rigidez normativa que se desprende de dicha iniciativa, que -según aducen- resulta contraria a la flexibilidad que piden los mismos empleados y a lo que es la práctica que las empresas vienen desarrollando desde hace algunos años.

Por consiguiente, según ellos, el proyecto de ley, desincentiva esta modalidad de trabajo.

3. Principales desafíos

3.1. Precarización y flexibilización laboral: el estudio del teletrabajo nos lleva obligadamente a preguntarnos si esta modalidad de trabajo no puede transformarse en los hechos en una fuente de precarización laboral, en donde no se le brinden a los trabajadores, los derechos de la seguridad social correspondientes, ni la protección jurídica que brinda la Ley de Contrato de Trabajo[8].

La tercerización del empleo, a través de la figura del “emprendedor”, podría ser mal utilizada por algunos empresarios para ahorrarse costos en cargas sociales y sueldos fijos. Por consiguiente, es verosímil pensar, que un modelo de estas características puede derivar en el incremento de la precarización laboral.

Cuando hablamos de precariedad laboral nos estamos refiriendo a un conjunto de condiciones que determinan una situación de desventaja o desigualdad. Por un lado, la falta de estabilidad laboral o temporalidad y por otro lado, factores como exceso de horas de trabajo, riesgos para la seguridad y la salud, renuncia a derechos laborales, diferencias salariales injustificadas, dificultad o imposibilidad de ascenso profesional, entre otros.

Estamos aludiendo a un universo heterogéneo, especialmente en nuestro país, que padece altas tasas de informalidad laboral. Se trata de una realidad compleja que comprende el trabajo clandestino, la subcontratación, los contratos a corto plazo, las prácticas de las agencias de contrato temporal, así como los arreglos inestables de todo tipo. Los dispositivos que se pueden utilizar son prácticamente innumerables.

Por otra parte, no se puede anular la posibilidad de que el carácter deslocalizado del puesto de trabajo favorezca la intensificación del trabajo, la reducción de los costos laborales y la externalización de los circuitos de coordinación del trabajo. Aspectos que pueden resultar sumamente atractivos para el empresario, pero significativamente precarios para la persona que trabaja bajo esta modalidad.

Por consiguiente, si bien el teletrabajo abre la posibilidad de generar nuevos empleos, ello no puede operar como una justificación para que se genere una flexibilización o precarización de hecho sobre los derechos de los trabajadores.

3.2. El control sobre la persona que trabaja: un tema que nos parece sustantivo y que no fue abordado en el proyecto sancionado por la Cámara de Diputado de la Nación, es lo relativo al control de los datos y la consecuente desprotección del derecho a la intimidad de los teletrabajadores y de su entorno familiar.

A menos que se regule a tiempo, el empleo remoto puede intensificar el poder de control y la pérdida de privacidad de las personas que trabajan y de sus familias. Se trataría de un intolerable agravio a la dignidad de los trabajadores que no puede justificarse.

Esta realidad puede derivar en abusos por parte de los empleadores, quienes podrán tener un acceso más libre a los datos y perfiles de los empleados. Si bien la mayoría de las empresas locales no realizan este tipo de vigilancia, la modalidad viene creciendo a nivel global y no tardará de instalarse en la región.

Sobre esto, la Ley de Contrato de Trabajo, establece en su art. 70, lo siguiente:

“Los sistemas de controles personales del trabajador destinados a la protección de los bienes del empleador deberán siempre salvaguardar la dignidad del trabajador y deberán practicarse con discreción y se harán por los medios de selección automática destinados a la totalidad del personal…”.

Aplicando dicha norma al teletrabajo, podemos afirmar que todas las medidas que se adopten deberán estar encaminadas a verificar única y exclusivamente el cumplimiento de los deberes laborales y su aplicación debe guardar respecto a la dignidad del trabajador, porque de otro modo se estaría vulnerando la esfera de la intimidad del dependiente.

Por ello, el empresario que utilice estas herramientas de control deberá informar al trabajador de su uso, así como obtener su consentimiento para no vulnerar la intimidad ni la inviolabilidad de su domicilio. Este control deberá limitarse a los momentos en que se trabaje y deberá estar plenamente justificado.

Los trabajadores, sus representantes y los organismos de contralor deben estar muy alertas para que no sean vulnerados los derechos personalísimos de los teletrabajadores.

Asimismo, somos de la opinión de que en caso de violación del derecho a la intimidad o la privacidad de la persona que trabaja o de su entorno familiar deberá ser considerada como una injuria laboral grave, sin perjuicio del derecho al resarcimiento de los daños y perjuicios del trabajador.

En definitiva, la mejor manera de garantizar la tutela del teletrabajador consistirá en recoger y tratar únicamente los datos estrictamente imprescindibles para la relación laboral, teniendo en cuenta el tipo de empleo y las necesidades evolutivas de información de la empresa. De ahí la necesidad de que la autoridad de aplicación, por vía reglamentaria, fije las restricciones a las infinitas posibilidades que ofrece actualmente la tecnología para controlar a las personas que trabajan.

Pero, como contrapartida al respeto de la intimidad y de los datos del teletrabajador, existen deberes en cabeza de este. Así las personas que teletrabajan tienen el deber de secreto, de custodia y conservación no solo de los elementos, sino de la información a la cual el teletrabajador ha accedido en ocasión o con motivo de su trabajo, el respeto por la propiedad intelectual y/o de los programas informáticos que le pertenecen a su empleador, el deber de permanencia y no concurrencia (en caso de pacto de exclusividad).

En suma, nos parece que la cuestión del control de los datos y la protección de la intimidad de las personas que trabajan y de su entorno familiar, debe ser introducida en una eventual ley que regule el teletrabajo.

3.3. Importancia del derecho a la desconexión:

En este escenario, cobra significativa relevancia la regulación del derecho a desconexión laboral (que es bien distinto a la jornada de 8 horas ya consagrada en nuestro sistema jurídico). La hiperconectividad puede transformar al trabajador en un recurso disponible 24 horas al día. Así pues, el abuso de la conectividad no es otra cosa que una explotación del tiempo libre del trabajador. 

Por ello, consideramos muy positivo que en el proyecto de ley que actualmente está bajo tratamiento en el Senado de la Nación, se introduzca el derecho a la desconexión digital, por el cual la persona que trabaja bajo esta modalidad “tendrá derecho a no ser contactada y a desconectarse de los dispositivos digitales y/o tecnologías de la información y comunicación, fuera de su jornada laboral y durante los períodos de licencias” y “no podrá ser sancionada por hacer uso de este derecho”.

Muchos especialistas advierten acerca de las afecciones psicosociales que vienen de la mano de la solución del teletrabajo:

“activación permanente, incremento de tareas y demandas laborales cada vez más complejas, contaminación de nuestras relaciones familiares y personales, soledad y falta de apoyo de otros compañeros (…) Sin olvidar el aumento de la brecha digital entre clases socioeconómicas -con o sin acceso a la tecnología- y generaciones -jóvenes nativos que nacieron en esta era tecnológica frente a los más mayores,” inmigrantes digitales, que tuvimos que migrar hacia estos nuevos territorios”[9].

De no abordarse de forma adecuada, estas complicaciones pueden repercutir en la salud de los trabajadores.

“Todos estos riesgos pueden perjudicar nuestra salud provocando, en principio, estrés (tecnoestrés) y agotamiento. Que luego tienen implicaciones sobre la salud física (problemas cardiovasculares, trastornos músculo-esqueléticos por las largas jornadas frente al ordenador, desórdenes gastrointestinales por la ruptura de ritmos de comida) y psicosocial (depresión, ruptura de relaciones sociales y familiares, aislamiento, soledad”[10].

Otro temas relevante y que fue regulado en el proyecto de Ley, es sobre la tarea de cuidados, quienes

“acrediten tener a su cargo, de manera única o compartida, el cuidado de personas menores de 13 años, personas con discapacidad o adultas mayores que requieran asistencia específica, tendrán derecho a horarios compatibles con las tareas de cuidado a su cargo y/o a interrumpir la jornada”.

De este modo, es más fácil compatibilizar las tareas domésticas juntamente con las profesionales o laborales, asunto de especial importancia para no sobrecargar de tareas a la persona que trabaja.

Con respecto al derecho a la desconexión, nos parece importante señalar que algunos países avanzaron en la regulación logrando compensaciones por mensajes recibidos fuera de horario de trabajo.

En ese sentido, establecieron regímenes que fijan la cantidad de veces que los empleadores se pueden contactar y los motivos por los cuales pueden hacerlo, en una suerte de ordenamiento que delimita la responsabilidad, la productividad y el límite de lo humanamente posible.

Este es el caso de algunos convenios colectivos en Alemania. Será necesario contemplar estas consideraciones y regular adecuadamente el nuevo mundo laboral, priorizando el bienestar de los trabajadores y sus familias[11].

3.4. La potencialidad del teletrabajo: ahora bien, hay que tener muy presente que esta modalidad puede ser el sueño o la pesadilla de los trabajadores, dependiendo de la infraestructura con la que cuentan y de las distintas realidades domésticas. Por ejemplo, los problemas de conectividad pueden generar enormes problemas para las personas que teletrabajan.

En ese sentido, un reciente estudio[12] señala que el porcentaje de trabajos que tiene el potencial para realizarse desde el hogar se encuentra entre un 27% y un 29% de los trabajos totales, ratio que se reduce sensiblemente si se corrige la estimación por el uso efectivo de las tecnologías de la información y la comunicación (TICs) en los hogares, llegando a una estimación de piso de 18% en el caso de uso de computadoras.

Aun así, estos porcentajes difieren sensiblemente si se estima cuantos trabajadores efectivamente trabajan desde el hogar: menos del 8%. Debemos tener muy presente, que si bien hay ocupaciones que podrían ser teletrabajables con alguna reasignación de tareas, unos 4,8 millones de trabajos -esto es, un 40% de los trabajadores detectados en EPH- requieren críticamente de la interacción física para ser llevados a cabo.

Por su parte, la transformación digital en los hogares también se encuentra rezagada y exhibe muchas brechas, tanto en niveles de ingreso como de acceso a lo largo de los aglomerados urbanos.

En esto, la política pública debe trabajar en varios frentes, desde mejorar la conectividad digital hasta incentivar el uso de dispositivos digitales en el hogar, pasando por readaptar las habilidades de las personas para que se intensifiquen los conocimientos sobre los beneficios y riesgos del uso de TICs en el hogar, en particular para segmentos de riesgo.

Asimismo, cabe señalar, que aun si se logra asegurar la infraestructura para el teletrabajo, su potencial es limitado pues abarca poco más de un cuarto de los trabajadores, y aún con una fuerte reasignación de tareas, un 40% de los trabajos no tienen ninguna posibilidad de realizarse en forma virtual[13].

Es importante tener en cuenta esta realidad, para que no nos dejemos encandilar por supuestas maravillas que no existen. Como en todo, las innovaciones y los adelantos técnicos no implican per se, que se vaya construir una sociedad mejor y más justa.

Ello, depende más bien del trabajo mancomunado de los teletrabajadores, de los dirigentes sociales y de los políticos, para lograr aprovechar las ventajas de esta nueva modalidad y neutralizar sus problemas.

Además y para culminar este punto, no pueden obviarse los problemas relacionados con la disparidad existente en la formación de los trabajadores y su correspondiente calificación. Debemos ser conscientes del problema que se plantea en materia de trabajo, pues al desarrollo de los sistemas de inteligencia artificial y automatización que elimina mano de obra calificada y no calificada, se le suma la falta de formación y de preparación de un sector importante de la población para utilizar como herramienta de trabajo a la tecnología digital[14].

Todos estos problemas que señalamos, son manifestaciones elocuentes de que es necesario estar alerta sobre esta situación crítica para que el teletrabajo sea realmente una herramienta para generar trabajo y no para eliminarlo.

4. Algunas propuestas que van más allá del marco legislativo

En este punto, vamos a delinear algunas propuestas que exceden lo propiamente legislativo, pues nos vamos a referir también a la necesidad de desarrollar políticas públicas.

Así pues, coincidimos con los puntos identificados como factores de éxito para introducir el teletrabajo, que en 2012 enumeraba el economista Patricio Leucona[15]:

- Una legislación laboral apropiada.

- Renovación en la cultura organizacional de empresas e instituciones.

- Formación continua de los trabajadores en el uso de informática y telecomunicaciones, provista por el Estado o el sector privado.

- Descenso del costo de las herramientas tecnológicas, acompañado de créditos estatales para su adquisición, preferentemente en articulación con las empresas productoras de tecnología.

- Construcción de nueva infraestructura urbana, como telecentros y telecottagges.

- Provisión de equipamientos que acompañen el teletrabajo en áreas residenciales: guarderías, centros de cuidado de ancianos y niños, comercios, proveedores de insumos informáticos y gimnasios, entre otros.

- Aplicación al sector de fondos destinados a la reconversión laboral.

De lo expuesto nos surge la certeza que el Estado deberá ser el impulsor de ciertas inversiones de base, de inducir educativamente a las empresas y de apoyar a los protagonistas iniciales. Asimismo, deberá regular y -especialmente- controlar adecuadamente esta nueva modalidad de trabajo.

También, se deben tomar medidas respecto de la infraestructura que precisan los trabajadores para poder desarrollar su tareas. Las empresas deben garantizar la conectividad y la tecnología adecuada. En Argentina, la responsabilidad y el costo de estos aspectos, no puede caer sobre el bolsillo del trabajador.

Respecto a esta cuestión, la iniciativa que está bajo tratamiento en el Congreso Nacional, establece que

“el empleador debe proporcionar el equipamiento -hardware y software-, las herramientas de trabajo y el soporte necesario para el desempeño de las tareas, y asumir los costos de instalación, mantenimiento y reparación de las mismas, o la compensación por la utilización de herramientas propias de la persona que trabaja”[16].

En tanto, el trabajador remoto “tendrá derecho a la compensación por los mayores gastos en conectividad y/o consumo de servicios que deba afrontar” y “dicha compensación operará conforme las pautas que se establezcan en la negociación colectiva, y quedará exenta del impuesto a las Ganancias”.

Estamos de acuerdo con la forma en que regula esta cuestión el proyecto de ley que será tratado próximamente en el Senado de la Nación.

De todos modos, nos parece necesario señalar, que la Comisión Mundial sobre el Futuro del Trabajo de la OIT, en su informe “Trabajar para un futuro más prometedor”, advierte que la inteligencia artificial, la automatización y la robótica darán lugar a una pérdida de empleos, en la medida que las competencias se volverán obsoletas.

Sin embargo, dicha comisión, apuesta a que estos mismos avances tecnológicos, junto a la ecologización de las economías, también crearán nuevos empleos, si se aprovechan las nuevas oportunidades. En tal sentido, insta a los gobiernos a comprometerse a adoptar una serie de medidas:

- Una garantía universal de empleo que proteja los derechos fundamentales de los trabajadores, garantice un salario que permita un nivel de vida digno, horas de trabajo limitadas y lugares de trabajo seguros y saludables.

- Una protección social garantizada desde el nacimiento hasta la vejez que atienda las necesidades de las personas a lo largo de su ciclo de vida.

- Un derecho universal al aprendizaje permanente que permita que las personas se formen, adquieran nuevas competencias y mejoren sus cualificaciones.

- Una gestión del cambio tecnológico que favorezca el trabajo decente.

- La reestructuración de los incentivos a las empresas a fin de estimular las inversiones a largo plazo[17].

A su vez, los especialistas sobre estos cambios innovativos, destacan las siguientes consideraciones en torno a la adopción de nuevas modalidades de trabajo en la región:

- La pieza más importante para prepararnos para un mundo laboral impredecible es movernos hacia una cultura de aprendizaje que no tenga principio y fin, sino que sea continua; poniendo el foco en el aprendizaje individualizado.

- Una mayor inclusión digital permitirá mejorar el acceso a oportunidades laborales no tradicionales.

- Ajustar rápidamente la oferta formativa según las exigencias de la industria facilita la vinculación de las trayectorias de aprendizaje y trabajo.

- Los programas blended, que combinan la formación en línea con la interacción humana, son los que muestran mejores resultados para poblaciones vulnerables o con necesidades específicas.

- Tener contenido de alta calidad y que esté contextualizado a la comunidad[18].

Con lo señalado, es bastante evidente que la cuestión del teletrabajo es compleja y que requiere de un gran impulso e inversión, tanto privada como estatal.

Con la crisis provocada por la pandemia, quizás nuestro país pueda ganar tiempo y aumentar el margen de maniobra para adaptarse a esta realidad. Pero también tiene la oportunidad de hacerlo poniendo a las personas por delante del sistema, porque la consigna que surge con fuerza es humanizar la tecnología en vez de tecnificar lo humano.

La respuesta no puede articularse a partir de la oposición a la tecnología, sino mediante la búsqueda de su humanización y es a partir de dicho objetivo fundamental que se pueden establecer unos compromisos básicos que aprovechen las nuevas herramientas poniéndolas al servicio de la persona y del bien común[19].

5. Conclusiones

Como hemos expuesto, el teletrabajo es más que una nueva forma de trabajo, es una modalidad de organización del trabajo, inscripta en el marco del proceso de descentralización que experimentan las empresas en la actualidad.

Para el empresario, entre las ventajas que conlleva se enuncian la reducción de los gastos laborales y edilicios, aumenta la productividad de los trabajadores y mejora la calidad del trabajo realizado, facilita la fidelización de personal interesante para la empresa y ayuda a captar nuevos profesionales, amortiza la inversión en informática y sistemas de información, aumenta el uso del ordenador y permite descentralizar las actividades de la empresa.

Por su parte, para la sociedad también redunda en beneficios, ya que reduce la contaminación, la congestión del tráfico y el consumo energético provocados por el desplazamiento al trabajo situado en las grandes ciudades.

Facilita además la integración al mundo del trabajo de personas con dificultad de desplazamiento (madres con bebes, discapacitados, presos, etc.), aumenta la calidad de vida, ofrece nuevas oportunidades de trabajo, evita la concentración de población en grandes núcleos urbanos y el empobrecimiento de las zonas más desfavorecidas.

Sin embargo, como se ha analizado más arriba, el beneficio del trabajador comienza a desdibujarse a medida que se van advirtiendo los variados factores precarizantes que juegan en torno al instituto. Somos conscientes que la precariedad laboral no acecha exclusivamente a estas nuevas formas de prestar servicios, sabemos que es un malestar generalizado que afecta gran parte de las varias formas y vínculos laborales.

Por ello, es que planteamos que los teletrabajadores deben gozar de los mismos derechos que tienen los trabajadores cuya modalidad en la prestación es presencial, siendo los convenios colectivos instrumentos adecuados para ajustar las condiciones particulares en que se prestan esos servicios.

Los derechos de los teletrabajadores, a su vez, deben estar incluidos en la Ley de Contrato de Trabajo y no aumentar la dispersión normativa que generaría mayores dificultades en su interpretación y aplicación.

Consideramos de gran relevancia la plena vigencia y el necesario reforzamiento de los derechos colectivos en la modalidad del teletrabajo, promoviendo una representación de acuerdo al modelo sindical argentino. Los teletrabajadores deben ser reconocidos como pertenecientes al ramo de la actividad en que prestan sus tareas y deben tener su calificación en los escalafones respectivos.

El derecho a la desconexión digital, entendido como garantía a la interrupción en la conectividad de dispositivos y sistemas tecnológicos fuera de los horarios de trabajo y como la prohibición al empleador de establecer la realización de tareas fuera de aquellos, resulta fundamental para el respeto de la jornada de trabajo y la dignidad de la persona.

También nos parece de enorme relevancia que incluyan herramientas que garanticen, por un lado, la compatibilización de los tiempos de trabajo con los tiempos familiares y de descanso de modo de evitar la sobrecarga con las tareas no remuneradas en el hogar.

Un tema muy relevante es la cuestión del respeto al derecho a la intimidad de las personas que trabajan. Debe ser tratado legislativamente en el proyecto que pretende regular el teletrabajo. Tutelar este derecho es fundamental para proteger la dignidad de los trabajadores.

El proceso de inclusión digital y de inversión en infraestructura, resulta indispensable para establecer una verdadera movilidad social ascendente de todas las personas que trabajan, y constituye una herramienta fundamental para que puedan acceder a las nuevas tecnologías y, por tanto, a la nueva modalidad de contrato de trabajo, permitiendo una mejor adecuación a la misma y la reducción de la brecha digital.

El Estado deberá cumplir un rol fundamental como impulsor de ciertas inversiones de base y promotor de de esta modalidad de trabajo. Asimismo, tendrá el enorme desafío de regular y -especialmente- controlarla adecuadamente.

En materia de condiciones y medioambiente de trabajo resulta indispensable que la autoridad de aplicación dicte -además de las ya existentes- las normas pertinentes con el objetivo de brindar una protección adecuada, cuyo eje sea la prevención y con cobertura integral del sistema de riesgos del trabajo.

Es plenamente posible entrar en una senda virtuosa donde las Tecnologías Convenientes, la negociación colectiva y el diálogo social, el resguardo de la dignidad y la vida y, en definitiva, la justicia social, sean los elementos centrales que guíen a la modalidad del Teletrabajo a partir de la salida del aislamiento social, preventivo y obligatorio y la superación de la pandemia de COVID-19[20].

Notas

*Abogado, Docente Universitario e Investigador en la Facultad de Ciencias Jurídicas de la Universidad del Salvador (USAL).

[1] José Luis Di Lorenzo, “¿Fin del Trabajo? Publicado en la Revista de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, Nº 93, Mayo de 2017, pág. 7.
[2] Jürgen Habermas (2009), Ciencia y técnica como ideología, Madrid, Tecnos [1968], pág. 91.
[3] Papa Francisco, “Carta Encíclica Laudato Si”, n° 104, consulta en línea en http://www.vatican .va/content/fra ncesco/es/ency clicals/documents /papa-fra ncesco_2015052 4_enciclica- laudato -si.html
[4] CSJN, “Bahamondez, Marcelo s/ medida cautelar”, 06/04/1993.
[5] Papa Francisco, “Carta a los movimientos populares”, 12 de abril de 2020, Domingo de Pascua.
[6] Laura Ripani, “Coronavirus: un experimento de teletrabajo a escala mundial”, IADB (Marzo 24, 2020). Disponible en: https://blogs .iadb.org/trabajo/e s/coron avirus-un-exp erimento-de-teletra bajo-a-esca la-mundial/
[7] Teletrabajo los detalles del proyecto consensuado que aprobó diputados, consulta on line en https://www.parlamen tario.com/2020/06/ 25/teletrabajo-lo s-detalles -del-proyec to-consensuado- que-aprobo-dip utados/
[8] Alasia, Ana Laura; Macaluso, Juan Ramón y Moncada, Flavia Carolina “El teletrabajo: ¿otra cara más de la precariedad laboral? trabajo publicado en diciembre de 2008 en www.saij.j us.gov.ar, Id SAIJ: DACC080116.
[9] Francisco Diaz Bertones, “El teletrabajo también nos puede enfermar”, The Conversaion (Abril 4, 2020). Disponible en: https://theconvers ation.com/amp/e l-teletrabajo-t ambien-nos-p uede-enferm ar-135221
[10] Francisco Diaz Bertones, “El teletrabajo también nos puede enfermar”, The Conversaion (Abril 4, 2020). Disponible en: https://theconver sation.com/a mp/el-teletr abajo-tambien -nos-puede-enfer mar-135221
[11] Sofía Scasserra, “Los nuevos hamsters de las plataformas”, Revista Anfibia. Disponible en: http://revistaanfibi a.com/ensay o/hamsters- plataformas- teletrabajo/
[12] Ramiro Albrieu, “Evaluando las posibilidades y límites del teletrabajo en Argentina en tiempos de Covid-19”, CIPPEC, 2020. Consulta en línea en https://www.cippec.o rg/wp-content/ uploads/2020/0 4/Albrieu-abril-202 0-Oportunid ades-y-limit es-del-teletrabaj o-en-Argentin ...-3.pdf 
[13] Ramiro Albrieu, “Evaluando las posibilidades y límites del teletrabajo en Argentina en tiempos de Covid-19”, CIPPEC, 2020. Consulta en línea en https://www.cippe c.org/wp-conte nt/uploads/2 020/04/Albrieu -abril-2020-O portunidad es-y-limites- del-teletrabaj o-en-Argenti n...-3.pdf
[14] Antimio C. Bustamante, “Debemos prepararnos ya para la post-pandemia: Tomás Miklos” (abril 7, 2020). Disponible en: https://www.cronic a.com.mx/ notas-debemos _preparar nos_ya_para_la __post_pande mia_tomas_mikl os-11503 81-2020
[15] Patricio Lecuona (2012), Teletrabajo, Buenos Aires: Universidad de Buenos Aires, Facultad de Ciencias Económicas, Escuela de Estudios de Posgrado.
[16] Nicolás Francisco Barbier, “Comentarios al proyecto de Ley: Régimen Legal del Contrato de Teletrabajo” publicado en http://www.saij.gob.ar/nicolas-francisco-barbier-comentarios-al-proyecto-ley-regimen-legal-contrato-teletrabajo- consulta en línea el 25 de julio de 2020.
[17] “Trabajar para un futuro más prometedor”, informe de la Comisión Mundial sobre el Futuro del Trabajo, OIT. Disponible en: https://www.ilo.o rg/wcmsp 5/groups/pu blic/---dgre ports/---cabinet/d ocument s/publicat ion/wcms_6 62442.pdf
[18] Nicole Amaral y Claire Bentata, “¿Estamos listos para aprender en línea? Reflexiones sobre equidad en torno al coronavirus”, IADB (Marzo 30, 2020). Disponible en: https://blogs.ia db.org/trabajo /es/estamos- listos-para- aprender-en-lin ea-reflexiones-s obre-equid ad-en-torno-al-c oronavirus/
[19] Universidad de Deusto, Declaración de Derechos Humanos en entornos digitales. Disponible en: https://www.deus to.es/cs/Sa tellite/ deusto/es/unive rsidad-de usto/vive-deu sto/el-lune s-se-present a-la-declarac ion-deusto- sobre-derecho s-humanos-en -entornos-digitales-ela borada-por-la -universida d/noticia
[20] Declaración del Punto de Encuentro Teletrabajo PDET, 29 de junio de 2020, consulta en línea en https://foropa raeldiadespue s.net.ar/?page_ id=566