En
1940, Eduardo Mallea escribió La Bahía de Silencio, un libro
extraordinario de enorme impacto en su tiempo. Si bien ciertos aspectos han
perdido actualidad, sus ideas centrales conservan una vigencia absoluta.
Mallea, en toda su obra, pero especialmente en esta, contraponía a una Argentina visible
—superficial, anodina e indigna— una Argentina invisible: sencilla,
profunda y depositaria de las reservas morales de la nación.
Esta
distinción sustancial ya se advierte en su dedicatoria del libro a los jóvenes que, habitando la
"zona subterránea", sostienen una idea de limpia grandeza frente a la
indignidad de quienes engañan y trafican con la patria. Hoy, su literatura nos
invita a interrogar no solo su lugar en la historia, sino la utilidad de sus metáforas
para pensar un país que continúa atravesado por fracturas tan profundas como
las que él describía en la primera mitad del siglo XX.
Para
Mallea, la oposición entre las dos argentinas no es meramente sociológica; sino que remite a una crisis
espiritual y metafísica. Es el drama de un país que vive en el simulacro,
renunciando a su "forma interior" y a la búsqueda de autenticidad y grandeza. En La
Bahía de Silencio, esto se grafica en lo que llamó "La Traición del
Pan": la trampa de decirle al pueblo que, como ya tiene el pan
material, debe abandonar su inquietud interior y sumergirse en el sueño, abandonando la búsqueda de nuevos horizontes.
Pero
como no todo es pan, la traición se asienta en ese sopor. El pueblo, privado de
inspiración moral, se abandona a la comodidad y a los pactos, olvidando lo
principal: su destino interior. Sin embargo, para Mallea, en el hondón más profundo de la
Argentina, se come otro pan, "el pan no traidor": el pan de quien construye
desde el alma y nutre una aspiración fundamentalmente moral. Es un alimento de
espera e inquietud que, en la sombra, va organizando una sinfonía que crece
como un cono invertido: de una semilla rica hacia el árbol central del bosque:
"En el hondón más profundo de la Argentina se come otro pan, uno que no traiciona, el pan del que está construyendo lo que le ha salido del alma, el pan con el que un hombre nutre las hambres y las fatigas de una aspiración fundamentalmente moral, no política ni pecuniaria; fundamentalmente moral. De ese pan honrado, de ese pan inspirado, de ese pan de preocupación, de ese pan de espera y de inquietud se están alimentando, a esta hora, las partes más olvidadas de esta tierra; y así se va organizando en la sombra una sinfonía cuyo crecimiento es como la forma del cono invertido: de un punto se va haciendo el todo; de una semilla rica, el árbol central del bosque entero. ¡En quién sabe cuántas estancias recónditas, cuartos pobres de ciudad, campos andinos, selvas septentrionales, planicies australes, pampas escasamente habitadas no se come hoy otra cosa que el buen pan, el no traidor…”
Así pues, la
distinción entre la Argentina visible e invisible, lejos de ser una metáfora
agotada, parece ser un poderoso símbolo que describe con precisión la brecha
entre una superficie saturada de imágenes, de culto al éxito fácil y a la
vulgaridad estética, y un subsuelo social donde se acumulan frustraciones,
precariedades y formas de vida que no son nombradas en el discurso público. Sin embargo, esa realidad “invisible” y "sin expresión", hace referencia a hombres y mujeres
justos que, desde la noche de los tiempos hasta la actualidad, siguen
sosteniendo los fundamentos de una nación que se tambalea.
Esta
lectura dual conserva una notable capacidad de interpelación en la Argentina
contemporánea, marcada por la polarización, la desconfianza y la presencia de ciertas élites parasitarias que asfixian la savia vital del pueblo. Por eso, lejos de ser un testimonio
de época, la prosa de Mallea funciona como matriz para repensar las tensiones
entre la búsqueda de la notoriedad pública y el esfuerzo cotidiano por un futuro mejor, entre el
consumismo exhibicionista y la búsqueda de una fuerza interior autentica que nos haga responsables del bien común de la patria.
Recuperar
a Mallea hoy implica integrarlo en un universo de lecturas que permitan reabrir
la vieja pregunta por la forma interior de nuestra comunidad, por nuestra identidad profunda. Al obligarnos a
mirar más allá de la "Argentina visible", nos obliga también a
cuestionar nuestra propia complicidad con un orden anodino e insustancial y a apostar por una nueva pasión argentina que articule memoria histórica,
crítica lúcida y especialmente, un proyecto de futuro compartido.
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