Por Juan Bautista González Saborido
Como sociedad, los argentinos
solemos enorgullecernos de nuestros logros científicos y de los premios Nobel
recibidos a lo largo de la historia por nuestros compatriotas. Eso habla de una
historia y de una identidad en el desarrollo científico y tecnológico. Sin
embargo, hoy esa identidad está en riesgo bajo la premisa de una urgencia
fiscal que, si no se maneja con visión estratégica, podría condenarnos a la
irrelevancia tecnológica y económica. Es imperativo que comprendamos que la
ciencia no es un lujo de países ricos o poderosos, sino una herramienta que
permite a los países desarrollarse y defender su lugar en el mundo.
Nuestro Sistema de Ciencia,
Técnica e Innovación (SNCTI) está integrado por más de 131.000 personas, entre los que se
encuentran investigadores y personal técnico y de apoyo, que pertenecen a diversas
instituciones y que conforman el ecosistema científico y tecnológico de la
Nación: el CONICET, La Comisión Nacional de Energía Atómica –CNEA-, El
Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria – INTA-, El Instituto Nacional de
Tecnología Industrial –INTI-, El Servicio Geológico Minero Argentino -SEGEMAR-,
y El Instituto Nacional del Agua -INA-. Instituciones que se encuentran al borde
de la parálisis, de ahí deriva la gravedad y urgencia de la cuestión.
El deber de la transparencia y
el fin de los "feudos académicos"
Debemos empezar por una
autocrítica honesta. Durante años, sectores del sistema científico y académico
han permitido que la ineficiencia y la ideologización se filtren en sus
estructuras. La existencia de "redes de influencia" y líneas de
investigación dominadas por cuestiones ideológicas –por ejemplo la ideología de
género-, sin impacto real, alimentaron un malestar social legítimo.
La sociedad tiene todo el derecho
de exigir que cada peso invertido se use con transparencia, buscando la
excelencia y la concordancia de la investigación con las necesidades y
objetivos estratégicos de nuestra nación. En ese contexto, hablar de saneamiento
no es una mala palabra; es un requisito ético para que el sistema recupere su
prestigio.
No obstante ello, hay una
diferencia abismal entre podar las ramas secas para que el árbol crezca y talar
el árbol por completo. Lo que hoy vemos en el Presupuesto 2026 no es un plan de
eficiencia, sino un programa de desmantelamiento estructural. Al eliminar las normas
que garantizaban un financiamiento estable y progresivo, estamos desbaratando nuestra
proyección de futuro.
La ciencia como motor de
desarrollo y soberanía
En cualquier plan de desarrollo
nacional, la ciencia y la tecnología deben ser motores centrales, no vagones de
cola. Sin capacidades propias, sin un ecosistema científico y tecnológico
sólido, Argentina cede sus posibilidades de desarrollo soberano y se encamina a
ser un mero exportador de recursos primarios y un importador pasivo de
tecnología ajena.
Esta cuestión no es un debate
abstracto entre académicos. Se traduce en realidades cotidianas:
- Federalización: Sin recursos, el interior
del país pierde la posibilidad de potenciar sus economías regionales con
innovación local, ampliando la brecha entre las provincias y la
fragmentación política, económica y social.
- Capital Humano: Si vaciamos al sistema de
recursos, estamos empujando a nuestros jóvenes más brillantes a una nueva
"fuga de cerebros". Un país que expulsa a sus talentos está
regalando su mayor riqueza al mundo.
El tablero geopolítico: No
podemos ser socios "vacíos"
En el actual escenario mundial,
de lucha por hegemonía regional y mundial, Argentina ha decidido asociarse con
los Estados Unidos en un contexto de guerra tecnológica entre este país y
China. Pero debemos preguntarnos: ¿con qué capacidades nos sentamos a esa mesa?
Por su propio interés, Estados
Unidos busca socios con capacidad tecnológica, no solo clientes políticos. Un
país que desmantela su sistema de ciencia y técnica renuncia a su capacidad de
liderazgo regional y se puede volver un aliado irrelevante en áreas
estratégicas como la inteligencia artificial, la energía nuclear o la
biotecnología. Si no fortalecemos nuestras capacidades internas, el riesgo es
caer en un "alineamiento
dependiente". Es decir, coincidir en los discursos, pero carecer de
peso para negociar beneficios reales, inversiones de calidad o transferencia
tecnológica.
Frente a la presencia económica
de China, la situación es igual de crítica. Sin científicos nacionales que
puedan auditar y adaptar la tecnología que ingresa al país, perdemos toda
autonomía para decidir sobre nuestra propia infraestructura digital y
energética.
Es una cuestión que involucra
el bien común
La ciencia no pertenece a un
gobierno ni a un partido; pertenece a la nación. El presupuesto 2026 prevé que
la Función Ciencia y Técnica -en la que se concentra la mayor porción de la
inversión estatal en el sector- caerá un 7,2% en términos reales contra 2025.
De este modo, totalizará un descenso del 46,4% desde diciembre de 2023.
Dicho presupuesto -aprobado por
el Congreso Nacional-, al eliminar los artículos 5°, 6° y 7° de la Ley de
Financiamiento de Ciencias y Tecnología (27.614), propone un ajuste que reduciría la inversión
en ciencia a niveles insignificantes, apenas un 0,15% del PBI, menos de un
tercio de lo que se había garantizado.
Debemos exigir eficiencia, sí.
Debemos eliminar cada rincón de despilfarro, por supuesto. Debemos rechazar que
se vuelquen recursos en cuestiones ideológicas ajenas a los intereses del país.
Pero no podemos permitir que se destruya la base de nuestro conocimiento.
Un país que renuncia a poseer un
sistema científico, tecnológico y de innovación sólido, es un país que renuncia
a su capacidad de pensar, de crear y de decidir su propio destino en el mapa
del poder mundial. La importancia de esta cuestión es superlativa: se trata de
decidir si queremos ser protagonistas del siglo XXI o simplemente espectadores
dependientes.
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