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domingo, 18 de enero de 2026

La ciencia como activo estratégico: Entre el saneamiento necesario y el riesgo de la irrelevancia internacional

 


Por Juan Bautista González Saborido

Como sociedad, los argentinos solemos enorgullecernos de nuestros logros científicos y de los premios Nobel recibidos a lo largo de la historia por nuestros compatriotas. Eso habla de una historia y de una identidad en el desarrollo científico y tecnológico. Sin embargo, hoy esa identidad está en riesgo bajo la premisa de una urgencia fiscal que, si no se maneja con visión estratégica, podría condenarnos a la irrelevancia tecnológica y económica. Es imperativo que comprendamos que la ciencia no es un lujo de países ricos o poderosos, sino una herramienta que permite a los países desarrollarse y defender su lugar en el mundo.

Nuestro Sistema de Ciencia, Técnica e Innovación (SNCTI) está integrado por  más de 131.000 personas, entre los que se encuentran investigadores y personal técnico y de apoyo, que pertenecen a diversas instituciones y que conforman el ecosistema científico y tecnológico de la Nación: el CONICET, La Comisión Nacional de Energía Atómica –CNEA-, El Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria – INTA-, El Instituto Nacional de Tecnología Industrial –INTI-, El Servicio Geológico Minero Argentino -SEGEMAR-, y El Instituto Nacional del Agua -INA-. Instituciones que se encuentran al borde de la parálisis, de ahí deriva la gravedad y urgencia de la cuestión.

El deber de la transparencia y el fin de los "feudos académicos"

Debemos empezar por una autocrítica honesta. Durante años, sectores del sistema científico y académico han permitido que la ineficiencia y la ideologización se filtren en sus estructuras. La existencia de "redes de influencia" y líneas de investigación dominadas por cuestiones ideológicas –por ejemplo la ideología de género-, sin impacto real, alimentaron un malestar social legítimo.

La sociedad tiene todo el derecho de exigir que cada peso invertido se use con transparencia, buscando la excelencia y la concordancia de la investigación con las necesidades y objetivos estratégicos de nuestra nación. En ese contexto, hablar de saneamiento no es una mala palabra; es un requisito ético para que el sistema recupere su prestigio.

No obstante ello, hay una diferencia abismal entre podar las ramas secas para que el árbol crezca y talar el árbol por completo. Lo que hoy vemos en el Presupuesto 2026 no es un plan de eficiencia, sino un programa de desmantelamiento estructural. Al eliminar las normas que garantizaban un financiamiento estable y progresivo, estamos desbaratando nuestra proyección de futuro.

La ciencia como motor de desarrollo y soberanía

En cualquier plan de desarrollo nacional, la ciencia y la tecnología deben ser motores centrales, no vagones de cola. Sin capacidades propias, sin un ecosistema científico y tecnológico sólido, Argentina cede sus posibilidades de desarrollo soberano y se encamina a ser un mero exportador de recursos primarios y un importador pasivo de tecnología ajena.

Esta cuestión no es un debate abstracto entre académicos. Se traduce en realidades cotidianas:

  • Federalización: Sin recursos, el interior del país pierde la posibilidad de potenciar sus economías regionales con innovación local, ampliando la brecha entre las provincias y la fragmentación política, económica y social.
  • Capital Humano: Si vaciamos al sistema de recursos, estamos empujando a nuestros jóvenes más brillantes a una nueva "fuga de cerebros". Un país que expulsa a sus talentos está regalando su mayor riqueza al mundo.

El tablero geopolítico: No podemos ser socios "vacíos"

En el actual escenario mundial, de lucha por hegemonía regional y mundial, Argentina ha decidido asociarse con los Estados Unidos en un contexto de guerra tecnológica entre este país y China. Pero debemos preguntarnos: ¿con qué capacidades nos sentamos a esa mesa?

Por su propio interés, Estados Unidos busca socios con capacidad tecnológica, no solo clientes políticos. Un país que desmantela su sistema de ciencia y técnica renuncia a su capacidad de liderazgo regional y se puede volver un aliado irrelevante en áreas estratégicas como la inteligencia artificial, la energía nuclear o la biotecnología. Si no fortalecemos nuestras capacidades internas, el riesgo es caer en un "alineamiento dependiente". Es decir, coincidir en los discursos, pero carecer de peso para negociar beneficios reales, inversiones de calidad o transferencia tecnológica.

Frente a la presencia económica de China, la situación es igual de crítica. Sin científicos nacionales que puedan auditar y adaptar la tecnología que ingresa al país, perdemos toda autonomía para decidir sobre nuestra propia infraestructura digital y energética.

Es una cuestión que involucra el bien común

La ciencia no pertenece a un gobierno ni a un partido; pertenece a la nación. El presupuesto 2026 prevé que la Función Ciencia y Técnica -en la que se concentra la mayor porción de la inversión estatal en el sector- caerá un 7,2% en términos reales contra 2025. De este modo, totalizará un descenso del 46,4% desde diciembre de 2023.

Dicho presupuesto -aprobado por el Congreso Nacional-, al eliminar los artículos 5°, 6° y 7° de la Ley de Financiamiento de Ciencias y Tecnología (27.614),  propone un ajuste que reduciría la inversión en ciencia a niveles insignificantes, apenas un 0,15% del PBI, menos de un tercio de lo que se había garantizado.

Debemos exigir eficiencia, sí. Debemos eliminar cada rincón de despilfarro, por supuesto. Debemos rechazar que se vuelquen recursos en cuestiones ideológicas ajenas a los intereses del país. Pero no podemos permitir que se destruya la base de nuestro conocimiento.

Un país que renuncia a poseer un sistema científico, tecnológico y de innovación sólido, es un país que renuncia a su capacidad de pensar, de crear y de decidir su propio destino en el mapa del poder mundial. La importancia de esta cuestión es superlativa: se trata de decidir si queremos ser protagonistas del siglo XXI o simplemente espectadores dependientes.

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