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lunes, 19 de enero de 2026

“Gobernar la aceleración: El regreso a los clásicos como antídoto político”.

 


En un tiempo dominado por la aceleración vertiginosa del tiempo, provocado por las redes y los avances tecnológicos, la idea de volver a los clásicos puede sonar, para algunos, a nostalgia erudita. Sin embargo, la experiencia política argentina y global muestra que la crisis dirigencial que atravesamos no se resuelve con más encuestas, más consultoras ni más algoritmos, sino con algo mucho más antiguo y exigente: formar dirigentes con hondura ética, lucidez intelectual y sentido del bien común. Y ese tipo de formación tiene en los clásicos griegos, latinos y españoles una fuente insustituible.

Los grandes autores de la Antigüedad y del Siglo de Oro español pensaron con una sabiduría admirable qué significa gobernar, qué distingue a un buen gobernante y cuáles son los peligros propios del poder. Platón y Aristóteles, Demóstenes e Isócrates, Cicerón y Quintiliano, la Escuela de Salamanca y Ribadeneyra, Gracián y Saavedra Fajardo, no escribieron desde un laboratorio aséptico de las ideas, sino desde el contacto real con guerras civiles, con el surgimiento de imperios, cambios de época, intrigas cortesanas, nuevos mundos, la corrupción y la fragilidad de las instituciones. Sus textos son, muchas veces, el resultado de haber visto de cerca el auge de nuevos reyes e imperios, junto a la ruina de ciudades, reinos y dinastías.

En un contexto como el actual, marcado a nivel geopolítico por la ruptura del orden internacional y a nivel local por la desconfianza hacia la actividad política, la polarización y una preocupante resignación social, recuperar el horizonte de los clásicos es algo más que un gesto cultural. Es un modo de recordarnos que las categorías con las que discutimos hoy –ley, justicia, prudencia, tiranía, bien común, pacto– tienen una historia, una profundidad y una exigencia que no caben en un eslogan ni en un hilo de redes. Sin ese sustrato de largo plazo, podemos quedar presos del presentismo. Esto es, que cada coyuntura se vive como única, cada crisis como la peor de todas, cada nuevo líder como salvador o demonio absoluto.

La tradición hispánica, en este punto, suele ser la gran olvidada. Se la cita para la literatura, para el barroco, para el misticismo, pero mucho menos para la reflexión política y jurídica. Sin embargo, en el Siglo de Oro español confluyen dos corrientes de una potencia extraordinaria. Por un lado, la Escuela de Salamanca –con figuras como Francisco de Vitoria y Francisco Suárez– elabora una teoría original del poder, de la ley, de la soberanía y del ius gentium que anticipa debates centrales del derecho internacional y de la teoría del Estado. Por otro, los grandes tratadistas políticos del XVI y XVII se toman muy en serio la educación del príncipe, la prudencia de gobierno y los límites morales de la razón de Estado.

En ese cruce se sitúa, por ejemplo, Pedro de Ribadeneyra, cuya obra El Príncipe cristiano puede leerse como una respuesta frontal a Maquiavelo. Frente a la tentación de separar radicalmente eficacia política y moral, Ribadeneyra propone una “razón de Estado cristiana” que busca armonizar prudencia y valores evangélicos. El príncipe que dibuja, es un gobernante que entiende la autoridad como servicio, el poder como responsabilidad ante Dios y la comunidad, y la conservación del Estado como tarea inseparable del cultivo de las virtudes personales. No es un ingenuo: conoce la dureza y crueldad del mundo, pero se niega a aceptar que “gobernar bien” consista en sacrificar la justicia para satisfacer exclusivamente la sed de poder.

Baltasar Gracián, por su parte, lleva esta discusión a otro nivel. En El Héroe esboza la figura del varón eminente, no solo en el campo militar o cortesano, sino en el plano moral e intelectual. Y en el Oráculo manual y arte de prudencia nos deja una colección de aforismos que parecen escritos para la política contemporánea: cómo leer las situaciones, cómo gobernar las propias pasiones, cómo distinguir entre apariencia y realidad, cómo resistir la presión del entorno sin convertirse en cínico. Hay allí una auténtica pedagogía de la prudencia, un arte de conducirse en un mundo complejo que nuestros dirigentes –y quienes aspiran a serlo– harían bien en frecuentar.

Diego de Saavedra Fajardo completa este tríptico con sus Empresas políticas, un manual de educación del príncipe en cien empresas. Cada empresa articula un lema, una imagen y un comentario que vincula símbolo, carácter y gobierno. Saavedra asume la problemática moderna del poder, incluida la formulada por Maquiavelo, pero insiste en que la razón de Estado no puede desligarse de la ética cristiana sin destruir, tarde o temprano, tanto la legitimidad como la eficacia del gobierno. En tiempos de liderazgo fragmentado y sobreactuado en la superficie mediática o digital, la idea de que el gobernante necesita visión de largo plazo, integridad moral y dominio de sí suena menos anticuada de lo que parece.

¿Por qué todo esto debería importarle a un joven argentino del siglo XXI? Porque el contacto con estos textos lo saca de la cadena infinita de estímulos y lo introduce en una conversación que lleva siglos haciéndose la misma pregunta: ¿cómo vivir juntos y quién debe gobernar, cómo y para qué? La “rapidación”, como la llamaba el Papa Francisco, no solo acelera el tiempo; también atrofia la memoria y empobrece el lenguaje. Sin memoria y sin palabras, la política se degrada en pura técnica o pura emoción.

No se trata de idealizar el pasado ni de pensar que un curso de clásicos vaya a resolver mágicamente nuestra crisis. Se trata, más bien, de afirmar que sin una formación humanista seria –capaz de articular Grecia, Roma, Salamanca y el Siglo de Oro con nuestros dilemas presentes– cualquier proyecto de liderazgo quedará a merced de las encuestas, los focus groups y las pulsiones del momento.

En lugar de resignarnos a que las nuevas generaciones de dirigentes se formen exclusivamente en manuales de marketing político, valdría la pena abrir espacios –cátedras, seminarios, programas extracurriculares– donde la palabra, el debate y la memoria histórica vuelvan a ser escuela de ciudadanía. No por nostalgia académica, sino porque, sin esa profundidad, la política corre el riesgo de olvidar aquello que la justifica: ser, en última instancia, una búsqueda compartida del bien común en base a la verdad.

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