En un tiempo dominado por la
aceleración vertiginosa del tiempo, provocado por las redes y los avances
tecnológicos, la idea de volver a los clásicos quizás puede sonar para algunos,
a nostalgia erudita. Sin embargo, la experiencia política tanto argentina como
global muestra que la crisis dirigencial que atravesamos no se resuelve con más
encuestas, más consultoras ni más algoritmos, sino con algo mucho más antiguo y
exigente: formar dirigentes con hondura ética, lucidez intelectual y sentido
del bien común. Y ese tipo de formación tiene en los clásicos griegos, latinos
y españoles una fuente insustituible.
Los grandes autores de la Antigüedad y
del Siglo de Oro español pensaron con una sabiduría admirable qué es lo que significa
gobernar, qué cualidades distinguen a un buen gobernante y cuáles son los
peligros propios del poder. Platón y Aristóteles, Cicerón y Quintiliano, la
Escuela de Salamanca y Rivadeneira, Gracián y Saavedra Fajardo, no escribieron
desde un laboratorio aséptico de las ideas, sino desde el contacto real con guerras
civiles, con el surgimiento de imperios, con cambios de época, con intrigas cortesanas,
con el surgimiento de nuevos mundos, con la corrupción y la fragilidad de las
instituciones. Sus textos son, muchas veces, el resultado de haber visto de
cerca el auge de nuevos reyes e imperios, junto a la ruina de ciudades, reinos
y dinastías.
En un contexto como el actual, marcado
a nivel geopolítico por la crisis del orden internacional y a nivel local por
la desconfianza hacia la actividad política, la polarización y una preocupante
resignación social, recuperar el horizonte de los clásicos es algo más que un
gesto cultural. Es un modo de recordarnos que las categorías con las que
discutimos hoy –ley, justicia, prudencia, tiranía, bien común, pacto– tienen
una historia, una profundidad y una exigencia que no caben en un eslogan ni en
un hilo de redes. Sin ese sustrato de largo plazo, podemos quedar presos del
presentismo. Esto es, que cada coyuntura se vive como única, cada crisis como
la peor de todas, cada nuevo líder como salvador o demonio absoluto.
La tradición hispánica, en este punto,
suele ser la gran olvidada. Se la cita para la literatura, para el barroco,
para el misticismo, pero mucho menos para la reflexión política y jurídica. Sin
embargo, en el Siglo de Oro español confluyen dos corrientes de una potencia
extraordinaria. Por un lado, la Escuela de Salamanca –con figuras como
Francisco de Vitoria y Francisco Suárez– elabora una teoría original del poder,
de la ley, de la soberanía y del ius gentium que anticipa debates
centrales del derecho internacional y de la teoría del Estado. Por otro, los
grandes tratadistas políticos del XVI y XVII se toman muy en serio la educación
del príncipe, la prudencia de gobierno y los límites morales de la razón de
Estado.
En esa tradición hispánica, un lugar
central ocupa la Ratio Studiorum de la Compañía de Jesús
(1599), plan educativo que sintetiza la pedagogía ignaciana cuyo objeto es
la eloquentia perfecta: pensar, actuar y hablar bien sobre lo divino y
humano, cultivando humanidades clásicas (gramática, retórica, poesía) para
formar hombres íntegros. Esta eloquentia no es mera oratoria,
sino humanismo integral y trascendente —armonía de razón, virtud y fe
cristiana—, que integra a Cicerón y Quintiliano con Ejercicios Espirituales,
preparando líderes prudentes para gobernar para el bien común. Así, jesuitas
como Francisco de Toledo Herrera contribuyeron en la Universidad de Salamanca, uniendo las letras paganas con la teología para dirigentes que, como enseña la Ratio, actúen ad
maiorem Dei gloriam (a mayor gloria de Dios) en mundos complejos.
En ese cruce se sitúa, por ejemplo,
Pedro de Rivadeneira, cuya obra El Príncipe cristiano puede leerse
como una respuesta frontal a Maquiavelo. Frente a la tentación de separar
radicalmente eficacia política y moral, Rivadeneira propone una “razón de
Estado cristiana” que busca armonizar prudencia y valores evangélicos. El
príncipe que dibuja, es un gobernante que entiende la autoridad como servicio,
el poder como responsabilidad ante Dios y la comunidad, y la conservación del
Estado como tarea inseparable del cultivo de las virtudes personales. No es un
ingenuo: conoce la dureza y crueldad del mundo, pero se niega a aceptar que
“gobernar bien” consista en sacrificar la justicia en el altar del éxito.
Baltasar Gracián, por su parte, lleva
esta discusión a otro nivel. En El Héroe esboza la figura del varón
eminente, no solo en el campo militar o cortesano, sino en el plano moral e
intelectual. Y en el Oráculo manual y arte de prudencia nos deja una
colección de aforismos que parecen escritos para la política contemporánea:
cómo leer las situaciones, cómo gobernar las propias pasiones, cómo distinguir
entre apariencia y realidad, cómo resistir la presión del entorno sin
convertirse en cínico. Hay allí una auténtica pedagogía de la prudencia, un
arte de conducirse en un mundo complejo que nuestros dirigentes –y quienes
aspiran a serlo– harían bien en frecuentar.
Diego de Saavedra Fajardo completa
este tríptico con sus Empresas políticas, un manual de educación del
príncipe en cien empresas. Cada empresa articula un lema, una imagen y un
comentario que vincula símbolo, carácter y gobierno. Saavedra asume la
problemática moderna del poder, incluida la formulada por Maquiavelo, pero
insiste en que la razón de Estado no puede desligarse de la ética cristiana sin
destruir, tarde o temprano, tanto la legitimidad como la eficacia del gobierno.
En tiempos de liderazgo fragmentado y sobreactuado en la superficie mediática,
la idea de que el gobernante necesita visión de largo plazo, integridad moral y
dominio de sí suena menos anticuada de lo que parece.
¿Por qué todo esto debería importarle
a un joven argentino del siglo XXI? Porque el contacto con estos textos lo saca
de la cadena infinita de estímulos y lo introduce en una conversación que lleva
siglos haciéndose la misma pregunta: ¿cómo vivir juntos y quién debe gobernar?¿Cómo
y para quién gobierna? La “rapidación”, como la llamaba el Papa Francisco, no solo
acelera el tiempo; también atrofia la memoria y empobrece el lenguaje. Sin
memoria y sin palabras, la política se degrada en pura técnica o pura emoción.
No se trata de idealizar el pasado ni
de pensar que un curso de clásicos vaya a resolver mágicamente nuestra crisis.
Se trata, más bien, de afirmar que sin una formación humanista seria –capaz de
articular Grecia, Roma, Salamanca y el Siglo de Oro con nuestros dilemas
presentes– cualquier proyecto de liderazgo quedará a merced de las encuestas,
los focus groups y las pulsiones del momento.
En lugar de resignarnos a que las
nuevas generaciones de dirigentes se formen exclusivamente en manuales de
marketing político, valdría la pena abrir espacios –cátedras, seminarios,
programas extracurriculares– donde la palabra, el debate y la memoria histórica
vuelvan a ser escuela de ciudadanía. No por nostalgia académica, sino porque,
sin esa profundidad, la política corre el riesgo de olvidar aquello que la
justifica: ser, en última instancia, una búsqueda compartida del bien común en
base a la verdad.
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